Panes y peces
Septiembre 3, 2007
En Marcos 6 se nos relata la historia en la que una multitud de 5000 personas es alimentada cuando son presentados 5 panes y 2 peces. Dos capítulos más tarde, en Marcos 8, Jesús y sus discípulos se encuentran de nuevo en una situación sospechosamente similar a la anterior, esta vez con 4000 personas y 7 panes y unos cuantos peces, y la conversación entre ellos se repite hasta tal punto que da la impresión que los discípulos de Jesús tienen una memoria mucho más corta de lo que podríamos imaginar (o una falta de fe completamente increíble). Para sorpresa de cualquier lector, después de haber presenciado una historia muy similar solo dos capítulos antes, encontramos que los discípulos preguntan de nuevo: “¿De dónde podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?” (Marcos 8:4). Una posible explicación a esta incomprensible incredulidad puede ser que el autor del evangelio de Marcos encontrara estas dos versiones de un mismo evento por separado (en fuentes distintas) y, en una decisión editorial, las utilizara como dos historias distintas referidas a eventos distintos (esto explicaría la decisión editorial alternativa de los escritores de los evangelios de Lucas y Juan de tomar una de las dos historias y desechar la otra; ellos probablemente se dieron cuenta de que eran distintas versiones de una misma historia).
Dejando a un lado si fueron una o dos las historias acerca de esta memorable comida con Jesús, me gustaría pensar un poco acerca del milagro en sí. ¿Convirtió Jesús unos pocos panes y peces en miles? ¿Fue ese realmente el milagro? La pregunta no se basa en mi falta de incredulidad acerca de la posibilidad de que Dios pueda multiplicar comida sin apenas ningún esfuerzo. El diablo mismo, según dos de nuestros evangelios, tentó a Jesús intentando que convirtiese piedras en panes, que rompiese los límites físicos, políticos y económicos de una sociedad en la que muchos de sus habitantes estaban viviendo en la miseria, y crease una fuente inacabable de alimento para todos esos hambrientos que vivían en su entorno. Por tanto, he de suponer que el mismo diablo creyó que Jesús era capaz de realizar tales milagros (y muchas fuentes anti-cristianas atestiguan de esta posibilidad de que Jesús estuviera realizando milagros). Mi problema con este milagro en particular es que, cuando fue tentado por el diablo, la respuesta de Jesús en este caso fue negativa: no iba a convertir piedras en pan, no iba a romper los límites de la sociedad (al menos no como muchos esperaban), no era su plan crear una fuente inacabable de alimento de la que todos pudieran saciarse. De hecho, las propias bienaventuranzas resumen un mensaje muy distinto a ese de convertir piedras en pan. Lo que él parecía ofrecer era algo mucho más sutil, no agua de un pozo sino agua viva del alma, no pan humano sino pan divino. Esa fue su respuesta entonces… ¿por qué iba entonces a cambiar de plan?
Si bien es muy posible que Jesús hubiera realizado milagros en su ministerio, muchos de los relatos acerca de estos milagros han llegado hasta nosotros rodeados de mucho más material tradicional y legendario del que inicialmente debieron tener. Esto es normal: los evangelios fueron escritos decenas de años después de la muerte de Cristo, y la tradición oral era muy susceptible a adiciones y modificaciones a lo largo del proceso de comunicación. Además, no hemos de olvidar que el propósito principal de los creadores de los evangelios no era relatar fielmente los eventos históricos que habían acontecido a lo largo del ministerio de Jesús. Su propósito era otro: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
La pregunta es: ¿de dónde sacaron entonces los creadores de los evangelios tradiciones y leyendas de las que pudieran tomar y adjudicarlas a Jesús? Una de las fuentes principales fue el Antiguo Testamento, ya que la Iglesia primitiva creía que Jesús había venido para cumplir lo que había sido profetizado en aquellos antiguos escritos judíos, y no solo a cumplir sino a superar. Y entre las muchas historias del A.T., los relatos de los ministerios de Elías y Eliseo sirvieron como patrón de muchas de las historias que encontramos en nuestros propios evangelios (no sin razón algunos creían que Jesús era Elías). Leamos, por ejemplo, la historia que encontramos en 2 Reyes 4:42-44:
“Vino entonces un hombre de Baal-salisa, el cual trajo al varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada, y trigo nuevo en su espiga. Y él dijo: Da a la gente para que coma. Y respondió su sirviente: ¿Cómo pondré esto delante de cien hombres? Pero él volvió a decir: Da a la gente para que coma, porque así ha dicho Jehová: Comerán, y sobrará. Entonces lo puso delante de ellos, y comieron, y les sobró, conforme a la palabra de Jehová”
Como vemos, ambos testamentos especifican el número de personas hambrientas (100 en el A.T. y 4000 o 5000 en el N.T., un número mucho mayor, lo que implica un milagro mucho mayor); ambos hablan de la poca comida que tienen disponible (20 panes en el A.T. y 5 en el N.T., de nuevo un milagro mucho mayor); en ambas historias los profetas dicen a sus discípulos que den de comer a la gente y en ambas los discípulos protestan ante la falta de alimento; finalmente, en ambos casos las multitudes son alimentadas y al final incluso sobra comida. ¿Es posible que cierta tradición acerca de una comida memorable con Jesús haya sido modificada en consonancia con ciertas historias del A.T. convirtiéndola así en algo un tanto distinto a lo que fue en realidad? ¿Es posible que ciertos escritores cristianos sintieran la libertad literaria como para realizar cambios de tal envergadura?
La versión que nos presenta el evangelio de Juan confirma nuestras sospechas. Mientras que en todas las historias que aparecen en Mateo, Marcos y Lucas, son los discípulos quienes tienen los panes y los peces, en Juan 6:9 se nos dice: “Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?”. La pregunta es: ¿De dónde sale este muchacho que tantos recordamos cuando pensamos en esta historia, y por qué ninguno de los otros evangelios le menciona? Es muy posible que Juan conociera la tradición (del A.T.) utilizada para la creación (o modificación) de esta historia y añadiera otros elementos que aparecen en ella y que le dan un tono aún más dramático. De hecho, si tomamos la versión de 2 Reyes 4:41-44 que aparece en la Septuaginta (LXX), ahí encontramos al muchacho (paidarion) que utiliza Juan, al igual que los panes de cebada (artous krithinous) que no menciona ningún otro evangelio excepto el de Juan. Al conocer la procedencia de esta tradición, este último autor decide tomar algunos elementos más de esta historia veterotestamentaria con la intención de añadir ciertos elementos dramáticos. Y gracias a estos elementos, Juan confirma nuestras sospechas acerca de la procedencia de los elementos tradicionales de esta historia del milagro de los panes y los peces.
Entonces, ¿es que no hubo milagro? Personalmente me inclino a pensar que sí, que hubo un milagro mucho mayor que el que hemos acabado interpretando en estas historias evangélicas. Irónicamente, lo cierto es que si leemos algunas de estas historias evangélicas, en ellas no se menciona nunca ningún milagro en absoluto. Fijaos bien en lo que se dice en una de ellas:
“Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar desierto. Él les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud. Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta. Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos. Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les sobró, doce cestas de pedazos” (Lucas 9:12-17)
No hay milagro espectacular, ni siquiera se menciona una palabra del tremendo asombro que debió causar el haber multiplicado (contra natura) unos pocos panes y peces para dar miles. Mucho menos volvemos a leer que a alguien se le ocurriera pedirle a Jesús (en vista de su capacidad multiplicativa) que volviera a multiplicarlos para dar de comer a los muchos pobres que le rodeaban (ah, sí, solo al diablo se le pasa por la cabeza tal tentación de alimentar a los pobres, pero Jesús no cae). Lo cierto es que lo único que se dice en el texto es que Jesús decidió juntarlos en grupos de 50, que dio gracias por los alimentos y que los repartió, y que al final de la comida todos habían comido suficiente. ¿Cómo? Creo que en el fondo todos sabemos cómo. En España hay un refrán que dice: ‘cuando la barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar’. Cuando creemos que hay falta de comida, intentamos esconder lo que tenemos y guardarlo para que nadie sepa que tenemos, con la intención de que los nuestros tengan suficiente. Es cuestión de instinto. A veces es un instinto que refleja la realidad, y otras veces es solo consecuencia de nuestra propia percepción de esa realidad: creemos que tenemos poco y necesitamos más, y por tanto escondemos lo ‘poco’ que tenemos de los demás. Parece que el milagro de Jesús fue conseguir contrarrestar la tremenda fuerza de ese instinto humano y hacer que (al menos en esta ocasión) todos compartiesen lo poco que tenían, dándose cuenta al final de que no era tan poco como habían imaginado al principio. Sin duda esa debió ser una comida memorable, una comida como ninguna otra, en la que la fuerza de la solidaridad, el amor y la koinonia debieron notarse tremendamente. De ahí el interés de estos cuatro escritores por mantener el recuerdo del milagro de los panes y los peces.
A ver si algún día se nos mete en la cabeza a los cristianos que el verdadero milagro que Dios espera en medio de su pueblo a veces no tiene tanto que ver con la ruptura de las leyes de la naturaleza, sino con la ruptura de las leyes de la condición humana. El verdadero milagro es la conversión del ser humano de un ser egoísta y despreciable en uno que se atreve a compartir incluso cuando no está seguro de si va a tener suficiente para mañana.
Agar
Agosto 29, 2007
Contar historias es la esencia de la vida. Stephen Jay Gould dijo en cierta ocasión:
“El cerebro vertebrado parece operar como un dispositivo sintonizado para reconocer patrones. Cuando la evolución nos dio el don de la consciencia sobre este órgano característico de la especie humana, la antigua necesidad de buscar patrones se desarrolló para convertirse en la tendencia a organizar estos patrones como historias, y a explicar el mundo que nos rodea a través de las narraciones expresadas en dichas historias”
Esta tendencia a organizar nuestra realidad a modo de historias se puede detectar de forma clara en la Biblia. Si vamos al A.T., observamos que la mayoría de los escritos constituyen historias narrativas que intentan comunicar mensajes de distinto tipo. Si vamos al N.T., el mensaje del reino de Dios en labios de Jesús es explicado por medio de cortas historias, llamadas parábolas, que intentan imaginar un mundo distinto al que la audiencia conoce y bajo el cual viven. Y así es también transmitido el mensaje de Jesús en las generaciones siguientes, por medio de cuatro evangelios, no uno solo, que demuestran que lo importante del mensaje de Jesús puede ser transmitido a través de varias historias (distintas versiones) de su vida.
Existe el riesgo, quizá debido a nuestro afán por comodidad, de elegir ciertas historias de la Biblia que encajan bien con nuestra construcción de la realidad y olvidar otras que resultan un tanto incómodas. Estas historias incómodas no son predicadas en los púlpitos, ni se leen en los hogares, y cuando toca leerlas en las escuelas dominicales (si es que alguna vez toca), se pasa un tupido velo para no hablar de ciertos asuntos a los que el texto apunta pero que no se sabe muy bien cómo tratar.
Mi intención aquí es ir a uno de estos incómodos textos y leerlo de verdad, escuchando todas las voces que aparecen reflejadas en el texto, incluso aquellas que el autor no deja oír con mucha claridad. Una ventaja del regalo de la inspiración divina (ventaja que es a menudo olvidada o manipulada), es que dicho regalo no murió cuando se completó el canon, sino que sigue con nosotros hoy al leer estos textos; el Espíritu sigue hablando por medio de ellos, a veces para mostrarnos cosas nuevas que no habíamos visto antes. Me gustaría que leyésemos ‘La historia de Agar’ (Génesis 16:1-16; 21:9-21) (esa es mi única intención, leer) dejándonos inspirar – quizá nos sorprendamos de las nuevas voces que podemos escuchar. ¿Lo habéis leído ya? A continuación voy a compartir algunas ideas acerca del texto…
Aunque Abraham es el símbolo típico de la fe utilizado al menos en tres de las religiones monoteístas, esta historia no se centra en este personaje tan importante, sino que se desarrolla más bien entre dos mujeres, Sara y Agar. Sus posiciones al inicio de la historia son muy distintas: Sara es la esposa de un hombre rico (13:2), y tiene los privilegios y poder que otorgan las sociedades patriarcales, mientras que Agar es una sierva sin voz. Sin embargo, Sara es estéril (11:30), lo cual le hace dudar de que el plan que Dios parece tener de darles un heredero a ella y su marido vaya a ser posible. Esta duda provoca un plan alternativo, tener un hijo de su sierva sin voz, que aunque pobre y esclava, también es joven y fértil.
Al convertir a Agar en la ‘esposa’ de Abram (16:3), y no su concubina, Sara ha disminuido su propio status con respecto al de su sierva (hasta ahí parece llegar su desesperación). Sin embargo, aún así sigue manteniendo un control total sobre Abram, su marido, que no parece realmente un patriarca tan poderoso como nos han hecho saber todos estos años. Cuando la sierva sabe que está embarazada, se da cuenta de que su posición ha cambiado en esta familia; ahora está a la misma altura que su señora, un equilibrio que Sara encuentra bastante molesto. Entonces decide culpar a Abram de este problema, llegando incluso a pedir el juicio de Dios sobre esta situación que se ha creado. Sara ha decidido recuperar el status que ha perdido a toda costa.
La primera vez que Abram habla (16:6), no dice mucho, la verdad… Y no parece capaz de evitar lo que se avecina. Así que Sara decide afligir a su contrincante. El verbo que se utiliza aquí para referirse a dicha aflicción es uno muy fuerte (que recuerda muy de cerca al verbo utilizado acerca de las aflicciones de Israel bajo Egipto). Ahora, irónicamente, es Israel quien aflige a Egipto. El oprimido se ha convertido en opresor. A veces da la impresión de que la línea que separa ambos es demasiado fina.
Agar huye. Pero sigue sin hablar, o por lo menos seguimos sin poder escuchar su voz. Quizá el autor ha olvidado que en esta historia hay dos personajes importantes y no solo uno. Agar está junto a una fuente (qué distinta imagen a la del pueblo de Israel huyendo de Egipto), y está a las puertas de su casa. Su liberación está cercana, unos pasos más y habrá llegado. Entonces el ángel de YHWH le encuentra. Agar tiene el honor de ser la primera persona en la Biblia que recibe una visita de este carácter divino. Además, por primera vez alguien habla con Agar y le llama por su propio nombre. También es esta la primera vez que oímos hablar a Agar. Al final parece que tenía voz, aunque muy bajita. La respuesta de Agar a la pregunta que se le hace es curiosa: ‘huyo de Sara, mi señora’. Parece que la huída no ha eliminado su mentalidad de esclava; la libertad corporal no implica la libertad mental (como con Israel, ahora ocurre con Agar).
Pero su gozo en un pozo. Las dos órdenes siguientes nos hacen recordar la severidad que había sufrido Agar a manos de Sara, ya que son palabras muy parecidas. Estas dos órdenes nos presentan con unas palabras de terror (sí, aquí en medio de nuestras Biblias) contra esta mujer abusada. Chocan también estas órdenes con la actitud de Dios hacia la esclavitud de Israel, ‘he visto el sufrimiento de mi pueblo…’. Aquí la historia es otra: Agar tiene que volver para seguir siendo afligida. No seré yo quien juzgue estas palabras. Es suficiente con encontrarlas y no cerrar nuestros ojos ante ellas. Conozco cristianos cuya experiencia con Dios es similar: Dios me ha dicho que debo quedarme aquí, a pesar de lo que esta situación está haciendo conmigo y mi familia.
Pero Agar también recibe promesas. Ella es la primera mujer en recibir estas promesas de Dios, aunque fuera del contexto del pacto. La promesa de Dios ofrece un poco de esperanza, a la vista de la aflicción que llega. Estas promesas implican una mezcla curiosa: consolación y desolación; a menudo la experiencia cristiana. La sierva que pudo imaginar su liberación y que tan cerca estuvo de ella, ahora es invitada a imaginar una nueva posibilidad de esperanza por medio de la futura concepción de su hijo, y Agar decide llamar a Dios: ‘Dios que todo lo ve’. No conoce bien a este Dios, pero sabe de primera mano algo que no muchos saben: Dios es el ‘Dios que todo lo ve’. O quiza le conozca mejor que muchos de nosotros…
Saltamos al capítulo 21. El drama se desarrolla de forma similar al anterior, aunque con dos nuevos caracteres, Ismael e Isaac. Ahora que Sara tiene un hijo, tiene más poder que nunca en este hogar. Y por tanto Agar tiene menos que antes, si cabe. Los niños juegan. Nadie sabe con certeza qué matices deben ser añadidos al término utilizado aquí, ‘jugando’. Puede que estuvieran jugando normalmente como dos chavales, o que Ismael estuviera jugando con Isaac (abusando?), o algunas posibilidades más. Lo que está claro es que Sara no va a permitir el más mínimo reto por parte del hijo de su sierva. Y aprovecha la situación, aún plagada de ambigüedades (¿dos críos jugando?), para decidir echar a Agar. ¿Cuántos padres se vuelven tan protectores con sus hijos que hacen de ellos unos inútiles inaguantables? La palabra utilizada para ‘echar’ es similar a la usada por el faraón en Exodo, cuando decir ‘echar’ a los Israelitas para proteger a su primogénito. Este cambio de papeles es curioso. De nuevo, la sierva egipcia toma el papel de Israel, y la mujer israelita toma el papel de Faraón.
Abraham, el gran patriarca, no sabe qué hacer. Dios habla para convencerle de que lo mejor es que se vayan. Es muy chocante la manera en la que Dios se refiere al hijo de Agar como ‘ese chaval’, y a su madre como ‘tu esclava’. ¿Estamos oyendo aquí las palabras de Dios, o las palabras del autor? Abraham ‘deja ir’ a Agar, recordando al momento en que Faraón dejó ir al pueblo de Israel. Con una diferencia: en esta ocasión Agar no está tan segura de querer irse, porque parece estar marchando a una muerte segura. Así parece que se usa el término que indica que ‘andaba errante’. Después de haber imaginado un futuro de esperanza, y de haber visto a Dios, ahora encontramos a Agar intentando no ver lo que se avecina, la muerte de su hijo. De nuevo, ante el llanto de una mujer desconsolada (algunos creen que el llanto es el del niño), el ángel de YHWH se aparece de nuevo. Esta vez Agar no tiene la oportunidad de responder a la pregunta que se le hace. Su voz queda en silencio. Pero Dios abre sus ojos de nuevo a una nueva esperanza, y le muestra un nuevo pozo.
El reto en esta historia es conseguir escuchar la voz de Agar en medio de estas estructuras de poder y opresión que le rodean y que rodean a nuestro texto. Tampoco resulta sencillo escuchar la voz de Dios en todo este relato. El autor cubre todo con su percepción de la realidad. Las palabras y promesas de Dios pasan por el filtro de un autor que se resiste a aceptar que esta esclava pueda ser realmente el personaje principal de la historia. Podemos notar una y otra vez los intentos del autor por acallar la voz de Agar y por justificar las acciones de Sara. Esta historia, yo creo, lleva nuestra fe en la capacidad del texto bíblico para mostrar la acción liberadora de Dios hasta lugares insospechados. La esclava Agar es esclava en varios sentidos: nacionalidad, clase y sexo; no solo con respecto a los otros personajes de la historia, sino también con respecto al narrador. Aún así, ella es la primera persona bíblica a quien visita este agente divino, y la primera que nombra a Dios. Agar es Israel huyendo de la esclavitud. Agar soy yo, y eres tu. Sara es el faraón, obrando sin piedad. Y Dios aparece en momentos clave para ofrecer nuevas posibilidades de esperanza a esta esclava en exilio. Una interpretación un tanto distinta a la que Pablo hace en Gálatas 4:21-31. Como digo, el Espíritu sigue inspirando hoy nuevas lecturas, dejándonos imaginar nuevas realidades, como por ejemplo la de un Dios cuya sutil voz puede ser escuchada incluso en medio de un entorno (y un autor) en contra.
Jesús y el divorcio
Agosto 22, 2007

Estudiamos los textos bíblicos para encontrar el mensaje de verdad que nos hace libres. Pero no solo eso: también los estudiamos para intentar impedir que un uso equivocado (o abuso) de estos textos nos separe de dicho mensaje de verdad. Se está extendiendo la práctica de tomar textos bíblicos y utilizarlos de manera literal sin tener en cuenta ninguna consideración, ni del contexto ni de la naturaleza de los mismos. No es difícil encontrar hoy día sermones creados y fundamentados solamente en una palabra o incluso en un tiempo verbal dentro de un versículo, como si esa palabra hubiera sido escrita de esa manera con la intención de comunicar un mensaje secreto ‘espiritual’ a través de los siglos. Nada más lejos de la verdad: el mensaje del evangelio no depende de una palabra, ni tampoco de si el tiempo verbal de otra está en el presente continuo o en el pasado perfecto. Y sin embargo algunos leen esas palabras como si estuviesen leyendo el Código da Vinci, algún conjunto de letras mágicas universales y eternas que nos dicen lo que debemos hacer tanto nosotros como los que están a nuestro alrededor.
Solo las obras
Agosto 13, 2007
La Biblia nos ofrece varios ejemplos de cómo una misma historia puede ser interpretada de distintas formas con distintas intenciones igualmente válidas. La historia de Abraham está registrada en el libro del Génesis 11:26-25-10. Lo que tenemos aquí es una serie de relatos aislados, todos ellos girando alrededor de este importante patriarca, que fueron expandidos por distintas manos judías y transformados en una narración más o menos coherente. En el Nuevo Testamento, esta figura es mencionada en nada menos que 79 ocasiones, mucho más que cualquier otro personaje del Antiguo Testamento, a excepción de Moisés. De todas estas menciones, dos de las más controvertidas son las que hacen los apóstoles Pablo y Santiago en sus respectivos textos (aunque es probablemente cierto que la carta de Santiago fue compilada después de la muerte del apóstol, también es cierto que no existen razones para desechar la posibilidad de que dichos textos nos lleven hasta las palabras del mismo Santiago). Ambos autores citan un texto, Génesis 15:6, ‘Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia’:
‘Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia’ (Romanos 4:3)
‘Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios’ (Santiago 2:23)
Sin embargo, aunque inicialmente usando los mismos textos, ambos autores sacan conclusiones completamente opuestas (o, podríamos decir que ambos autores interpretan los mismos textos de formas distintas de acuerdo con las audiencias a las que están aludiendo, y de acuerdo al contexto y los énfasis determinados contra los que están intentando argumentar). La conclusión de Pablo es: ‘Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley’ (Romanos 3:28). La de Santiago es: ‘Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe’ (Santiago 2:24).
Desde el punto de vista de los que intentan encontrar un sistema coherente de términos y definiciones sin contradicciones aparentes, la solución a esta contradicción es obvia: no existe. Y después de varios siglos de historia cristiana hemos aprendido a dominar esta versión de los hechos. La versión de la solución que me enseñaron a mí fue: dado que no puede haber contradicción, y dado que Pablo tiene prioridad sobre Santiago, la fe es más importante que las obras y viene primero, y las obras vienen después como consecuencia de la fe verdadera. Por supuesto, nunca se me explicó con todas las palabras, pero esto es lo que se quería decir. Esta es la versión que abunda en las iglesias protestantes y que proviene, en un amplio sentido, de los extremos y excesos alcanzados en tiempos de Lutero por la Iglesia. En aquellos tiempos pareció adecuado enfatizar que las obras no daban la salvación, como algunos habían llegado a pensar, sino que la fe era un elemento fundamental en todo este proceso. Y el énfasis resultó liberador. En aquellos tiempos se decidió olvidar por unos instantes el texto de Santiago (de hecho, ¡incluso se intentó sacar del canon!) y enfatizar el de Pablo, que por razones contextuales parecía haber sido olvidado. Así surge uno de los principios de la reforma.
Sin embargo, para cualquiera que lee la carta de Santiago, parece imposible pasar por alto que la relación entre fe y obras para este autor es mucho más cercana de lo que muchos han decidido aceptar hoy día. Su contexto, por supuesto, era muy distinto al de Lutero, y en aquel tiempo pareció adecuado enfatizar hasta tal punto las obras que es en esta carta donde leemos frases tan contundentes como: ‘¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?’ (Santiago 2:20). Irónicamente, esta forma que el autor tenía de interpretar los textos procedentes de la historia de Abraham no estaba en disonancia con las lecturas más comunes dentro del Judaísmo de la época. Existían diversos textos judíos que hablaban de las ‘obras de Abraham’, algunos de ellos incluso las enunciaban, y una de estas obras, el sacrificio de su hijo Isaac, era considerada como una de las mayores (Libro de los Jubileos 18:15f; 1 Macabeos 2:51-52). Vernon K. Robbins considera este tema de las pruebas que pasó Abraham como uno de los temas más importantes que sirven de base a todo el documento de Santiago. De hecho, para sorpresa de muchos, es Pablo quien se sale de la forma típicamente judía de interpretar estos textos y los lleva más allá de lo que muchos se habrían atrevido a hacer en aquellos días. Después de todo, la audiencia y el contexto al que Pablo había sido llamado también eran distintos a los que la mayoría de judíos estaban acostumbrados. La extraordinaria misión de Pablo le obligó a interpretar los textos de forma extraordinaria.
Leídos de esta manera, los textos bíblicos nos presentan con una tensión sin solución entre estas dos interpretaciones de los mismos textos del Antiguo Testamento, interpretaciones orientadas a contextos muy distintos. Y cualquier intento por solucionar o armonizar esta tensión lo único que hace es desviarnos de lo que las Escrituras simplemente presentan ante nosotros. A lo largo de la historia ha habido momentos en los que los cristianos nos hemos desviado y hemos enfatizado un extremo por encima del otro. En esos momentos hemos tenido que esperar a que alguna voz profética nos ayudara a entender esta desviación, y nos proveyera con alguna interpretación correctiva que nos llevara de nuevo al centro. Esos principios correctivos, sin embargo, tienen un carácter estrictamente contextual: sin la desviación original, no hace falta la interpretación correctiva. Es por esto que tomar alguno de estos principios correctivos como fundamentales a expensas del otro extremo, provoca una nueva desviación en el sentido contrario que vuelve a necesitar, irónicamente, de nuevas voces proféticas.
Me pregunto cuál es el contexto en el que vivimos los cristianos protestantes hoy. Me pregunto si algunos de nuestros principios más amados, quizá considerados fundamentales, se han convertido en una nueva forma de esclavitud. Me pregunto si ha llegado el momento de reinterpretar el mensaje del evangelio de modo que algunas de estas ideas que en ciertos contextos fueron enfatizadas sobre manera deban ser dejadas a un lado por un momento con la intención de enfatizar los otros extremos que han sido olvidados hoy. No se trata de cambiar un extremo por otro, sino más bien de dejar a un lado aquello que no hace falta repetir más porque está de sobra en nuestras mentes, y comenzar a considerar la posibilidad de que haya algún extremo que tengamos que volver a recuperar del pozo en el que había caído.
Propongo un ejemplo. Cuando se habla de ‘ser salvo’, lo que se tiene en mente normalmente es un proceso de dos pasos: ‘arrepentimiento personal e individual’ y ‘oración aceptando a Jesús como Señor y Salvador’. En este proceso, el ingrediente fundamental es la fe: ella es necesaria para creer que estamos perdidos sin Dios, y ella es necesaria para creer que haciendo una simple oración ya somos salvos e iremos al cielo para siempre. Incluso una palabra tan basada en obras como es ‘arrepentimiento’, ha sido interpretada como un mero acto mental de examen de conciencia. En todo este proceso las obras se han convertido en algo secundario, no tienen voz ni voto a la hora de efectuar nuestra salvación, sino que sirven únicamente como la confirmación de que dicha salvación ha ocurrido. Son algo que debe seguir, que debe aparecer poco a poco. Son los frutos. Aunque, para ser exactos, nadie sabe muy bien qué tipo de obras son esas que definen cuándo la oración ha sido hecha de forma correcta (hemos sido realmente salvos) y cuándo no. Para unos, las obras correctas son: leer la Biblia cada día, ir a la iglesia cada semana, orar de vez en cuando, y ser buen ciudadano. Para otros, las obras son: dar de comer a los pobres, mandar dinero a los que no tienen, e ir a la iglesia una vez al mes. Para otros, se trata más de una cuestión moral: si no eres homosexual, y no haces ninguna de las cosas más gordas que puedas pensar (matar, hmm…, eso, matar), entonces eres salvo. En la mayoría de los casos estas son decisiones más bien subjetivas. De hecho, la Biblia aporta listas de qué debemos y no debemos hacer para entrar en el Reino de los cielos en numerosos sitios, y en muchos de ellos se nombran pequeñas cosillas como no mentir, o no jurar, o no murmurar, junto a otros pecados mayores (si es que se puede hacer distinción). Sin embargo, a menudo encontramos que los cristianos hacen sus propias listas de cuáles de estos pecados son más importantes (tanto como para demostrar que alguien no hizo la oración con la fe necesaria) y cuáles son meros problemillas que poco a poco se irán resolviendo (y aunque no se resuelvan no pasa nada porque no influyen en absoluto en tu salvación).
Tal y como yo lo veo, me parece que estas discusiones entre qué listas son mejores y cuáles son peores provienen en buena medida de una lectura muy desviada de los textos bíblicos que han provocado una definición de ‘salvación’ muy distinta de la que tenían los escritores bíblicos y nos han convertido en personas que intentan hacer oraciones lo más honestas posibles para ser salvos, y una vez hechas nos consideramos salvos por siempre. Me parece que esta forma de leer el mensaje de salvación cristiano es una desviación provocada precisamente por una lectura inadecuada de ciertos principios protestantes que, aunque quizá una vez fueron liberadores, hoy se han vuelto todo lo contrario. Es necesario encontrar una nueva definición de ciertos principios protestantes; en este sentido es necesaria una nueva reforma, una nueva lectura de los textos. Quizá un primer paso puede ser sacar del anonimato a Santiago, reconocer la tensión implícita en nuestros textos, y pensar en las profundas implicaciones que esa otra lectura de la realidad debe tener en nuestra forma de entender asuntos tan básicos dentro del Cristianismo como la salvación, la redención, la gracia, la lectura de la Biblia, y la libertad cristiana. Quizá escuchar a Santiago de nuevo sea solo un primer paso en todo es nuevo proceso de relectura, pero es sin duda un paso importante.
Pan
Agosto 12, 2007
Los textos son eso, textos. Y como tales son susceptibles de ser interpretados y utilizados de distintas maneras, algunas radicalmente opuestas a otras. En Lucas 13:10-17 se nos presenta la historia de una mujer que por dieciocho años había vivido encorvada. Jesús decide sanarla en el día de reposo, decide dejar que repose. Entonces llega el principal de la sinagoga y se ofende ante este acto que él interpreta como una ofensa en contra de la Ley. Y Jesús se ofende igualmente ante esta interpretación de la Ley que hace el principal de la sinagoga. Fijaos bien en lo que está ocurriendo: el principal de la sinagoga (junto con un buen número de judíos de la época) ha leído los textos de las Escrituras y los ha interpretado de una manera determinada, imaginando un mundo de acuerdo con esa interpretación, de modo que, con el paso del tiempo, esa forma de ver la realidad es la que ha ganado consenso y ha sido aceptada hasta tal punto que todos han creído que esa forma de leer los textos es la única posible, todos han creído que los textos simplemente dicen eso y ya está; por otro lado Jesús le deja ver que lo que él cree que es la verdad de la Ley de Dios, no es otra cosa que la forma privada de leer los textos de muchos judíos (él incluido), forma que han convertido en oficial y ortodoxa. Entonces le llama ‘hipócrita’, porque actúa como si lo que dice que dicen los textos fuese la verdad, pero en el fondo sabe que no lo es, y así lo demuestra en su propia vida.
Ante esta forma de imaginar la realidad a través de una lectura determinada (y, digámoslo, legalista) de los textos bíblicos, Jesús plantea una nueva lectura de esos mismos textos, imagina una nueva realidad en la que esta mujer, que según la lectura ortodoxa y aceptada por muchos no es más que una enferma inútil y sin valor, es ahora una hija de Abraham, una en cuyo cuerpo se cumplen las promesas de Dios de forma poderosa. Y ella acepta esta nueva versión de la realidad, se pone en pie y glorifica a Dios. Los mismos textos, las antiguas historias de la Ley judía, sirven a uno para mantener a esta mujer esclavizada ante su enfermedad, y a otro para sanarla. Jesús no decide buscar nuevos textos, porque no es necesario. Los textos son los que son. El problema no son los textos (algo que repetiría en su momento el apóstol Pablo, Romanos 7:7-14) sino quienes los leen y utilizan para imaginar una nueva realidad. Jesús se atreve a tomar estos textos que han sido domesticados por medio de la interpretación ortodoxa de muchos, releerlos y convertir en pan aquello que era piedra.
La palabra que he usado ha sido imaginar. Algo me dice (y no solo a mí) que está naciendo una nueva forma de hacer teología, una forma en la que muchas de las antiguas categorías están siendo reconsideradas. Los textos de esta nueva teología no son nuevos, son los mismos de siempre. Pero esta nueva forma de acercarnos a ellos nos está ayudando a entender que las fórmulas y principios antiguos que creíamos que fluían directamente de los textos mismos, no eran más que la forma solidificada, aceptada y reinante por medio de la cual los habíamos leído durante muchos años (bueno, no tantos si miramos a la historia general del Cristianismo). Es cierto, los términos que usamos son los mismos: seguimos hablando de pecado original, de Adán y Eva, de la cruz de Cristo, del sacrificio del cordero… Pero no es lo mismo, porque nos estamos dando cuenta de que la forma en la que dichos términos habían sido leídos, la interpretación que se les había dado, no era algo que venía implícito en ellos mismos, sino que era solamente un disfraz, una máscara que pertenecía a aquellos que se la habían dado en el contexto histórico (y en medio de los problemas circunstanciales) de sus vidas. Y al darnos cuenta de eso, también estamos viendo que, al igual que dichos términos podían ser interpretados por medio de esas máscaras, también podrían ser interpretados por medio de otras, quizá más útiles en nuestros tiempos.
Por tanto, quizá al gritar nuestro muy amado ‘Sola Biblia’, hagamos bien en ser conscientes de que ese grito dice algo con respecto a los textos, pero no a su interpretación. Queda de nuestra mano convertir ese ‘Sola Biblia’ en una piedra con la que golpear, o en pan con el que alimentar.
El ojo falible
Agosto 3, 2007
El ejemplo que usó Sartre fue el de una cerradura. Por medio de esta imagen el popular filósofo existencialista francés nos lleva directamente al corazón de la experiencia humana vista a través de los ojos de los demás. A través de la cerradura observamos la experiencia ajena, desde el lugar secreto, y nos llenamos de satisfacción al ver lo bueno y lo malo de los demás, como creyendo entender y poseer al otro, con un conocimiento que (nos parece) nos otorga poder sobre el observado. Esta visión de la experiencia humana desde el punto de vista del observador eterno (y la sorpresa de Sartre al darse cuenta de que él mismo está siendo también observado por una cerradura que hay detrás de él) lleva al filósofo al vómito, a la nausea. Todo lo contrario, parece, de lo que ocurre en nuestra sociedad. A través de libros, revistas, televisión o cine, las experiencias de los demás son presentadas ante nuestros ojos para satisfacción del observador indiscreto. Así nos imaginamos a nosotros mismos como el ojo que todo lo ve, el Gran Hermano, que ve y juzga, y que por medio de esa observación posee, controla, conoce y comprende todo lo que hay que comprender sobre el observado; casi como si fuese un conocimiento puro, sin intermediarios, sin dominadores, sin dominados.
En su última obra antes de morir, Clarice Lispector nos deleita con una lectura distinta acerca de la visión de la experiencia humana a través de la historia de una joven brasileña narrada desde el ojo de la cerradura de un narrador masculino. En A hora da Estrela, la estrella es Macabea, una joven que nadie nota, que nadie ve, cuya experiencia escapa incluso al narrador, quien pasa tremendas dificultades para siquiera conseguir penetrar en esta vida tan elusiva. Ella (según él) no sabe leer los signos de los tiempos, no sabe leer los códigos de la cultura dominante y ni siquiera parece darse cuenta de que no sabe hacerlo. Parece que, ante la frustración de su narrador, este chica solo puede fijarse en las cosas pequeñas e ‘insignificantes’, en comparación con Olímpico (su único novio), quien ha aprendido a leer dichos códigos de supervivencia, a ver las cosas ‘importantes’ de la vida, demasiado bien.
Aquí tenemos a un narrador que cree estar mirando a través del ojo de la cerradura, que se cree capaz de observar fríamente la experiencia de esta joven, y capaz de relatarla sin aspavientos. Es por eso que (cree él) esta historia solo podría haber sido relatada por un hombre; porque una mujer estaría inmersa en un mar de lágrimas con cada línea (aún hoy hay personas en nuestro entorno que repiten estas mismas palabras). Sin embargo, este narrador encuentra tremendos problemas para conseguir ‘ver’ a este carácter tan esquivo. No es hasta la mitad del libro que escuchamos por primera vez el nombre de esta joven, cerca del momento en el que el autor está tan lleno de angustia que decide dejar de escribir por unos días, a ver si consigue volver a recuperar la compostura y seguir ‘explicando’ a un personaje que le saca tanto de quicio. La satisfactoria experiencia de observar por el ojo de la cerradura en secreto se convierte, en la mente de este narrador, en una razón de desesperación ante la incomprensión ajena. Sus intentos por controlar la historia, por dominar a su personaje, por domesticar lo que ve, se vuelven una y otra vez intentos fallidos. Aunque el narrador se cree capaz de acceder con libertad a la experiencia de Macabea, lo cierto es que parece estar separado por cientos de barreras, y solo llega a describirla por medio de estereotipos (masculinos y de clase media, vale la pena decir).
Pero también vale la pena recordar que esta no es sino la historia de una joven narrada por un hombre, toda ella narrada por una mujer, Lispector. Y como tal la propia experiencia del narrador queda por siempre lejana de nuestros ojos (cosa que, no dudo, Lispector tuvo en cuenta al escribir). Este juego de máscaras masculinas (en manos femeninas) y femeninas (en manos masculinas) no es sino una imagen de la tremenda paradoja de nuestra sociedad, en la que creemos conocer y poseer, pero muy dentro sentimos estar realmente muy lejos de poder empezar a comprender la experiencia ajena. Es este un juego capaz de retar la autoridad textual de cualquier escritor, la experiencia privilegiada de cualquier sector. Es un juego que muestra la falibilidad del narrador, así como la del narrador del narrador. E incluso la del lector. Nos cuesta poner plenamente nuestra confianza en este narrador, ya que percibimos claramente su falibilidad. Pero es esta falibilidad la que permite a la narradora escribir sin la limitación de tener que asumir una posición de omnisciencia plena. Gracias a este narrador falible intermedio, Lispector encuentra la posibilidad de acercarse a la experiencia de esta joven, sin afán de control ni posesión ni violación. Y es precisamente la muerte de ese afán lo que permite una aproximación más genuina, más cercana a la experiencia real. No mirando desde el otro lado de la cerradura, sino desde dentro de la habitación.
Es este un libro admirable en el que el narrador (y la narradora) se proponen contar la historia de una joven de forma objetiva, y donde nos cuesta oír siquiera una vez la voz interna de Macabea. Ni siquiera es capaz de mostrar el narrador ni un poco de simpatía, mucho menos empatía. El valor de esta joven (desde los ojos de este hombre) reside en su capacidad de ser buena trabajadora, en su capacidad de usar sus armas de mujer con los hombres, en su capacidad de reproducirse y dar hijos, en su inteligencia, en su compostura. Según los cánones sociales Macabea es defectuosa. Es él quien tiene el bolígrafo y escribe su historia. El narrador utiliza palabras, ellas son la base de su historia, mientras que esta joven casi no sabe leer. El usa palabras complejas, mientras que ella no sabe siquiera poner dos palabras juntas con sentido (¿quién define el sentido?). El define las reglas sociales aceptables, mientras que ella ni siquiera es consciente de que sus muchos hábitos se salen de dichos moldes.
Me acuerdo de Agar. Esta egipcia cuya historia se nos relata por judíos, en un entorno judío. La historia de un anti-Exodo fallido, de una escapada que no llega a ser tal. La historia de una mujer sin voz, solo con llanto. La historia de una mujer malinterpretada, mal escuchada, cuya experiencia ni siquiera es entendida. Solo una voz le da esperanza, la del hijo del hombre, el ángel de Dios. Pero ni siquiera esta voz escapa a la mano falible del narrador, que no consigue comprender la necesidad de libertad y liberación en esta mujer. Una mujer que (quizá) grita por ser escuchada, por ser conocida, pero plenamente, de verdad, sin estereotipos, sin manos que controlan, sin cerraduras que transforman en objetos. También me acuerdo del Salmo 139. De un narrador que desea huir del Gran Hermano, del ojo omnisciente de Dios, del ojo que todo lo ve, que todo lo escucha, que todo lo observa. Un narrador lleno de nausea que no quiere ser violado, que no quiere perder su independencia, que no quiere que su experiencia sea observada, manipulada, utilizada en su contra, malinterpretada, no entendida, perdida entre palabras que no dicen nada. Ni siquiera por Dios. Pero que de repente se da cuenta de que el ojo de Dios provoca todo lo contrario. El conocimiento de Dios libera. Es esta capacidad de Dios por conocernos, hasta lo más profundo de nuestras entrañas, que resulta más liberador: nunca seremos perdidos en la incomprensión, nunca quedaremos solamente en un conjunto de palabras que no supieron ser interpretadas adecuadamente (porque ni siquiera nosotros sabíamos qué queríamos decir). Somos conocidos, pero ese conocimiento solo cumple una función, y esa no es controlar, poseer, manipular o violar, sino liberar.
Es posible que este descubrimiento haya sido uno de los más grandes en mi vida. Quizá es posible volver a hablar, a intentar expresarme, sin la ansiedad provocada por el miedo a quedarme sin ser conocido. Ya lo soy. Es posible que este descubrimiento de la falibilidad humana en su afán por conocer (y en su incapacidad de lograrlo) sea una puerta abierta que nos permita entrar a dialogar. Créeme, escritora anónima, que yo también sufro para poder expresarme, y entenderte, y entenderme. Quizá el silencio sea la única solución para evitar la incomprensión. Para qué gastar saliva (o tinta). O quizá podamos hacer un último esfuerzo y entrar en la habitación donde está el otro… y charlar sin miedo.
Dialogar es saludable, ¿no?
Agosto 1, 2007
Pues parece que para algunos no. No entiendo la manía que tienen algunas personas de ponerse a la defensiva cuando se les propone dialogar con otras que opinan distinto a ellas. No puedo evitar pensar que la única razón para ponerse a la defensiva es que aún mantienen una forma de pensar sobre el diálogo como una batalla campal, en donde hay vencedores y vencidos, en donde tienes que sacar todas tus armas para convencer, en la que el conocimiento es poder, pero poder que se ejerce contra los demás, bien para someterlos, bien para humillarlos, bien para ‘convertirlos’ (en qué, Dios lo sabe). Se les menciona el diálogo y se ponen de uñas: comienzan a llamarte liberal, que has perdido el norte, que no tienes principios, que apoyas el sincretismo, o el pluralismo, que no crees en nada realmente, que eres un indeciso, que solo intentas sustituir una filosofía por otra. Y no te cuento ya si se propone un culto unido entre católicos y protestantes, o si se propone un estudio del Corán, o si se lee algún libro de Bultmann, o de Barth, o de Tillich, o de Boff. Y si ya se te ocurre, en un acto de tremenda rebeldía, el montar un seminario interdenominacional (pero de verdad), o incluso uno donde se fomente el diálogo entre religiones, no se conforman ya con dejarte en la calle sin sueldo ni pan; casi casi te crucifican. Qué habrá hecho la palabra ‘diálogo’ para ganar tan mala reputación. ¿Qué ocurre con estas personas? ¿A qué le tienen miedo?
Es cierto que los seres humanos necesitamos los moldes para vivir. Nos construimos ciertas imágenes de la realidad que nos ayudan a aprender y a vivir, y poco a poco esas imágenes, hasta cierto punto asentadas en nuestra forma de entender nuestro entorno, van cambiando según cambia nuestro conocimiento y nuestra experiencia de la realidad. En este sentido los moldes no son ni malos ni buenos. Pueden serlo. Pueden ser buenos si son la tienda de campaña intermedia en la que vive nuestro ser en nuestro peregrinaje por la vida, que utilizamos para aprender, para experimentar, para crecer, y que dejamos atrás para movernos a otra tienda distinta cuando llega el momento. Y como medio de vivencia transitoria, son buenos si evitamos que se vuelvan más que eso, si evitamos que se solidifiquen y se conviertan en un barrera que limite nuestro conocimiento y experiencia de la realidad. Pueden ser malos si dan el paso de transformarse de una tienda de campaña temporal y transitoria en nuestro hogar eterno, si pasan de ser un medio transitorio de aprendizaje a ser un fin que engloba todo lo que es verdad para nosotros y para siempre, si se convierten en nuestro dios, en nuestra única fuente de verdad, en la única verdad objetiva, universal y eterna que nos dice lo que debemos o no debemos creer.
El diálogo cumple funciones muy distintas en estos dos casos. En el primero, el diálogo puede ser una herramienta más para conocer, experimentar y vivir en nuestro entorno y con nuestros parientes, hermanos, amigos y enemigos. Por medio del arte de la conversación aprendemos que hay personas que pasan por las mismas cosas que nosotros, que hay personas que opinan como nosotros, y también que hay personas que opinan muy distinto a nosotros. Escuchamos testimonios que retan todas nuestras presuposiciones y que nos invitan a plantearnos una vez más nuestra visión de la realidad. En este caso el diálogo es una herramienta útil que sirve para deconstruir nuestra tienda ideológica, y quizá para ayudarnos a formar una nueva, nuestro próximo hogar en este proceso de aprendizaje en el que vivimos.
En el segundo caso, sin embargo, el diálogo cumple una función muy distinta. Dado que no se contempla el paso de un molde a otro como algo beneficioso sino más bien como la pérdida del hogar en el que habíamos decidido vivir para siempre, pérdida de la verdad que ya habíamos encontrado y que poseíamos, el diálogo entendido de la forma que hemos visto arriba es un enemigo: es la esencia de una tolerancia que no quiere más que obligarnos a aceptar a aquellos que odiamos (aunque no lo digamos abiertamente) en nuestro hogar, incluso sabiendo que hacen mal con sus vidas y que encima no quieren cambiar para adaptarse a mi visión de la realidad (que por cierto es la única válida); es una invitación a la conversación con todas esas otras tiendas de campaña que nos rodean, todas esas religiones (y denominaciones) demoníacas que han construido sus tiendas en nuestro jardín y que fomentan un sincretismo religioso que solo puede ser antibíblico; es el primer paso de la caída hacia un relativismo moral que no puede llevarnos a otro sitio que a un mundo lleno de hogares (eternos) separados, hijos perdidos, padres confusos, sociedades rotas. El diálogo, visto a través de los ojos de estas personas, es un truco de Satanás, de la bestia que nos intenta convencer por medio de sus palabras suaves y dulces, por medio de sus argumentos lógicos y atractivos, por medio de su ciencia y de su arte. Es un intento más, típico de los últimos días (no sé cuántas veces tengo que escuchar el muy repetido: “esto no ocurría hace 30 años…”), por desviar al remanente espiritual de su camino de verdad hacia uno de mentira. Y por tanto deciden no participar en este engaño de Satanás, deciden no dialogar porque creen que nada bueno puede ser sacado de ello. La alternativa que les queda es ‘santificar’ la herramienta del diálogo y convertirla en una nueva herramienta que solo debe ser usada para la conversión ajena. El diálogo, en este caso, es un arma de guerra que solo debe ser utilizada si es con vistas a evangelizar al otro. Al fin y al cabo, ¿no dicen las Escrituras que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?
Nadie dice que el diálogo tenga la clave a todos nuestros problemas. Puede que no sea así. ¿Pero por qué no vamos a poder intentarlo? Después de todo llevamos ya muchos años en un molde que fomenta todo lo contrario, que fomenta un tipo de verdad situada en lo universal, abstracto y eterno, un tipo de verdad que está ahí para ser descubierta por el observador objetivo que llevas dentro, y que si tú tienes la suerte de descubrirla (sea por revelación divina o como sea) esa verdad que has descubierto y que posees es aplicable a todo ser humano, y por tanto no hace falta diálogo a menos que sea para con-vencerte acerca de la (mi) verdad. Llevamos ya muchos años intentando vivir con esta idea de una verdad universal que podemos poseer, y ha dado ya muchos frutos, algunos buenos y otros malos. La teología sistemática es uno de los resultados de esta mentalidad. Y la forma de enseñanza que se fomenta en muchos seminarios cristianos, esa enseñanza que se dedica a la repetición constante de estas verdades encontradas, es otro. Resultados que han producido un cierto avance de la sociedad y del Cristianismo, pero también un retroceso. ¿Por qué no podemos cambiar ahora e intentar algo nuevo? ¿Es que estamos atados ya de forma irremediable a esa forma de entender la verdad, a ese molde anti-diálogo?
No quiero que nadie se confunda. No estoy diciendo que tengamos que pasar de un molde de patrones universales y abstractos a otro. No me cabe duda de que el diálogo puede ser transformado en una filosofía abstracta más, una nueva máscara que prometa nuevas verdades universales y eternas al estilo del molde que estamos intentando dejar atrás. Es normal que este riesgo exista: es la consecuencia inevitable de intentar aplicar nuestro molde de verdades abstractas, universales y eternas al diálogo mismo, convirtiéndolo así en nuestra verdad, en el fin de sí mismo. Pero el riesgo de que ocurra este tipo de transformación no es excusa para dejar de dialogar. Quizá sí que es un aviso para darnos cuenta de que nuestras presuposiciones y nuestra visión de la realidad es difícil de dejar atrás. No es tarea fácil, pero no por ello hemos de desesperar.
Palabras divinas
Julio 31, 2007
Se puede aprender tanto de este video, que lo mejor es verlo. No tengo comentarios ni acerca del pobre predicador ni acerca del auditorio, porque no creo que sean necesarios.
Solo una reflexión: esta misma predicación podría oírse este domingo en más de una iglesia española, con los mismos argumentos, el mismo tono de voz, la misma ‘profunda’ exposición bíblica, y la misma preparación y años de pensamiento acerca de lo que se está diciendo ‘en nombre de Dios’; eso sí, por pastores con muchos más años de los que tiene este. De hecho, sospecho que esto es precisamente lo que esperan muchas de las personas que se levantarán este domingo para ir a la iglesia, un sermón similar a este, bañado de todo tipo de palabras que apunten a un cierto conocimiento divino, con algún que otro versículo lanzado a la olla, pero con este mismo fondo y forma. No irán a la iglesia buscando pensar, buscando la verdad, buscando que el Espíritu les abra la mente y el corazón a algo nuevo que no habían visto antes. Lo que irán es buscando que alguien, sea quien sea y con la preparación y las intenciones que sean, les repita en tono más bien elevado las mismas ‘verdades’ que aprendieron en la escuela dominical cuando eran niños; y si este predicador puede montar un buen show, mucho mejor.
¿Y qué hacen algunos de nuestros seminarios para evitar esto? Suben el nivel de las redacciones y exámenes (lo cual significa que tienes que aprender a poner bien las comas y los puntos en el papel o si no te bajo la nota), y bajan el nivel del tipo de enseñanza a la educación bancaria de la que ya ha hablado Ignacio Simal en su blog de forma extensa (de hecho, hay un buen debate ahí que recomiendo a todo el que esté interesado). Se enfocan en intentar que esos futuros predicadores estén tan convencidos de lo que dicen que ni siquiera hayan dado una oportunidad a ninguna otra versión de la realidad. Enseñan las mismas doctrinas, y la misma forma de leer el texto, sin permitir cuestionamientos, sin permitir conversaciones con el mundo exterior. Enseñan apologética para impedir que los futuros pastores sepan conversar, para que solo sepan competir contra los muchos oponentes que les rodean. Se fomenta el espíritu competitivo entre los alumnos, para que los futuros pastores sean capaces de destrozarse unos a otros por conseguir el lugar de autoridad dentro de alguna futura iglesia, aunque tengan que pasar unos por encima de otros, rivales en la búsqueda de alguna iglesia, o incluso amenazando con provocar crisis en las iglesias si no se respeta su autoridad.
A mí eso me hace pensar de lo lindo. ¿Y a ti?
El camino (III)
Julio 26, 2007
En Juan 3 se nos relata la historia de una conversación en la noche, en secreto, entre dos personas, una del Espíritu y otra de la ley, una del viento y otra de las fórmulas, una de los cielos y la otra de la tierra. El autor/autora de esta historia nos permite adentrarnos en esta conversación secreta y escuchar cómo hablan los cielos con la tierra y de qué manera la poesía actúa para deconstruir la ley. ‘El viento viene y va, y escuchas su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va’. Quizá debería haberlo sabido un maestro de la ley, pero no lo sabe. La ley le ha solidificado, le ha convertido en piedra inmóvil, incapaz de ver más allá de lo que tiene delante de la narices, y a veces ni siquiera eso. Esta conversación ofrece a Nicodemo la posibilidad del cambio radical, de nacer de nuevo, de romper la piedra, de saltar la ley, de superar los patrones dictados por el mundo religioso que le rodea, de imaginar un nuevo mundo donde incluso es posible nacer de nuevo.
No es poco irónico que este sea el capítulo que contenga uno de los versículos más utilizados en los tratados evangélicos de fórmulas que permiten la entrada en el camino del Reino de Dios – hablo de Juan 3:16, por supuesto, versículo que ha sido pervertido al ser separado de su igual, el 3:17, el cual declara la intención original de la venida de Jesús al mundo: no para juzgarlo. Jesús no habla aquí de fórmulas sino de imágenes poéticas que llaman a nuestra imaginación y nos invitan a imaginar una nueva realidad en la que es posible dejarse llevar por el viento del Espíritu, en la que uno puede nacer de nuevo, reinventar el mundo que le rodea, el orden que le ha instalado en una posición con unas expectaciones definidas, y crear un nuevo orden donde haya nuevas esperanzas.
‘Nacer de nuevo’, esta sí que es una imagen de libertad. Pero en labios de muchos cristianos modernos se ha convertido en todo lo contrario, se ha convertido en una nueva fórmula, un slogan, una contraseña secreta que indica quién tiene permiso de entrar al camino del Reino y quién no. ¿Has nacido de nuevo? ¿Has aceptado a Jesús como tu Señor y Salvador personal? ¿Has hecho la oración que había al final de tu tratado? ¿Pero de corazón? ¿Vas a la iglesia siempre? ¿Oras y lees la Biblia a menudo? ¿Cantas y lees el tipo de canciones y libros que pertenecen a personas ‘nacidas de nuevo’? ¿Llevas el anillo de la castidad que llevan los ‘nacidos de nuevo’? ¿Tienes el tipo de creencias acerca de la Biblia, Dios, Jesús, que tienen los ‘nacidos de nuevo’? Si tu respuesta a estas preguntas es sí, entonces de verdad has nacido de nuevo, eres un ‘born-again’, eres uno de los nuestros , de los que se van a salvar, del pequeño remanente que queda para ir al cielo. Un significado muy distinto al que tenía en labios de Jesús, en su conversación secreta con Nicodemo.
Estamos tan sumergidos en nuestra forma moderna de pensar que ni siquiera nos molesta el hecho de que Jesús nunca definiera el evangelio en términos de ‘aceptar a Jesús como nuestro salvador personal’, o que nunca presentara la idea del Reino de Dios como un gran espectáculo moderno de leyes, pasos a seguir, pequeños diagramas que tenemos que aceptar al estilo de una reunión de negocios enfocado en el crecimiento de las ventas. La poesía de Jesús es muy distinta a las fórmulas del Cristianismo actual. En tiempos en los que el Imperio Romano ejercía un control absoluto del pueblo de Dios, lo que Jesús propone no son un conjunto de fórmulas que debemos cumplir para entrar en el cielo algún día, sino que propone un conjunto de imágenes alternativas que invitan a imaginar un mundo muy distinto en el que los que escuchan pueden participar como personajes principales, un nuevo mundo que está empezando aquí y ahora, en el que muchos de los valores cotidianos, aceptados e impuestos por el régimen romano (o por los líderes políticos y religiosos de turno) han sido invertidos, convirtiendo a aquellos que estaban marginados fuera del camino del Reino en sus principales invitados. La poesía de Jesús invita a la creación de una nueva comunidad en la que cada persona pueda encontrar una nueva posición social, un nuevo lugar de actuación, un nuevo propósito por medio del cual entender su futuro. La poesía de Jesús no está caracterizada por un conjunto de definiciones abstractas acerca de Dios, de su omnipotencia eterna y universal, como tampoco abunda en fórmulas ni leyes que todos deben cumplir.
Por supuesto, al utilizar la imagen del Reino de Dios (en contraposición con el Imperio actual, tanto político como religioso, que gobernaba las vidas de aquellas personas), Jesús estaba tomando un camino muy arriesgado, estaba ‘jugando’ con las esperanzas y las expectaciones de las personas que le rodeaban, estaba aludiendo a los sueños de todos aquellos que le seguían (en alguna ocasión hasta intentaron coronarle rey), estaba entrando directamente en el mundo que les rodeaba y presentando un mundo alternativo que dinamitaba las esperanzas de algunos y creaba nuevas esperanzas para otros. Esto es arriesgado por todo el conjunto de enemigos que te puedes formar por medio de este tipo de poesía; incluso Pedro protestó cuando Jesús se arrodilló a lavarle los pies: ‘Esa no es forma de actuar para un gran rey’.
Va siendo hora de que los cristianos aprendamos lo que significa seguir a Cristo. Va siendo hora de que dejemos de contar conversiones y comencemos a contar conversaciones. Pero de las de verdad, con cambios reales por ambas partes. Eso es lo que hace el evangelio de Juan, interesante; en lugar de contar conversiones cuenta conversaciones reales y profundas, de las que producen cambios verdaderos en los que participan en ellas. Al final va a resultar que es más bíblico conversar que convertir.
El camino (II)
Julio 26, 2007
Jesús utilizaba un lenguaje extremadamente arriesgado (ciertamente escandaloso para los conservadores de su época) cuando intentaba comunicar ciertas realidades espirituales acerca del camino del Reino. En ocasiones se atrevió a comparar a Dios con un juez cruel. Otras veces lo comparó con un jefe injusto. También utilizó a un administrador corrupto como un buen ejemplo del Reino de Dios. Incluso dijo que las prostitutas entrarían en el Reino de Dios antes de los estudiosos de la Biblia, o que aquellos que se sentaban en la última fila con un corazón contrito eran perdonados antes que aquellos que se sentaban en la primera fila y hacían largas oraciones. Dijo que la anciana que echaba dos monedas (de lo poco que tenía) se había sacrificado más que aquellos que daban cientos (de lo mucho que abundaban). Me pregunto cuál sería la reacción de algunas personas hoy si se les dijera que los homosexuales irán al cielo antes que los pastores. O que debían vender sus posesiones y repartir el dinero entre los pobres para poder seguir a Jesús. Anticipo que la reacción no sería muy agradable (y las cartas de protesta y amenaza tampoco se harían esperar). Sin embargo parece que las realidades espirituales que conciernen al Reino de Dios requieren un lenguaje arriesgado (a menos que creamos, claro, que pueden ser reducidas a pequeñas fórmulas teológicas).
Estamos tan adaptados al mundo moderno, con sus muchas formulaciones teóricas que nos cuesta mucho dar el salto postmoderno. Pero tanto el uno (el mundo moderno que se va) como el otro (el mundo postmoderno que llega) son etapas históricas, ambos con sus cosas buenas y sus cosas malas, pero ninguno mejor que otro en todos los sentidos. Los tiempo corren y, como dijo el pensador de Eclesiastés, hay un tiempo para todo; el modernismo se acaba y el postmodernismo llega. Va siendo hora de aceptar que los tiempos cambian (a veces incluso para bien), y aprender a vivir en el mundo y ayudar a introducir el Reino de Dios en esta nueva etapa que nos toca, en lugar de permanecer escondidos intentando permanecer en nuestra mentalidad moderna antigua (algunos creen aún que estos son términos contradictorios). Es increíble la poca capacidad poética que corre por nuestras venas. Como buenos modernistas, nos encontramos mucho más cómodos con formulaciones estrictas que nos digan quién va a ir al cielo y quién no, en lugar de algunas historias ambiguas y escandalosamente punzantes que nos hagan pensar y nos dejen en un estado de incomodidad general. Sin embargo, sospecho que las parábolas de Jesús encajan tan bien en un entorno como en el otro (incluso me atrevería a afirmar que algunas encajan mejor en un entorno postmoderno, post-fórmulas).
Una de las historias de C.S. Lewis que pertenece a la serie de Narnia, The Last Battle, contiene un diálogo muy interesante entre uno de los seguidores del dios Tash cuando se encuentra de repente con Aslan, el gran león:
“Alas, Lord, I am no son of Thine but the servant of Tash. He [Aslan] answered, Child, all the service thou has done to Tash, I account as service done to me[…] Therefore if any man swear by Tash and keep his oath for the oath’s sake, it is by me that he has truly sworn, though he know it not, and it is I who reward him. And if any man do cruelty in my name, then though he has the name Aslan, it is Tash whom he serves and by Tash his deed accepted”
El león acepta el sacrificio hecho en bondad y buena voluntad por este seguidor de Tash como sacrificio hecho para él, aún sin él saberlo. Y de igual manera rechaza todo sacrificio de maldad hecho en su nombre por sus propios seguidores. Historia que nos recuerda a la conversación imaginaria que plantea Jesús en Mateo 7:22, donde algunos le preguntaban: ‘¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Jesús respondió: ‘Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad’. Sin duda palabras arriesgadas que llevan la idea del Reino de Dios y su justicia mucho más lejos que simples legalismos llenos de fórmulas que hay que seguir, y que nos ayudan a percibir que el camino del Reino no es un camino controlado por dichos legalismos, sino uno muy distinto y complejo. O quizá me equivoque, quizá no sea complejo en absoluto, quizá sea mucho más simple de lo que queremos hacer de él.
Pero, por muy importante que sea, no nos hemos de conformar con el lenguaje arriesgado. Jesús también actuó de forma muy provocativa en algunas ocasiones, aún a riesgo de ser apedreado. No puedo olvidar a aquella mujer que cayó a los pies de Jesús a punto de ser apedreada hasta la muerte por un grupo de judíos. La respuesta de Jesús fue primero silencio y luego una pregunta: ‘¿Quién es el mayor pecador, esta mujer o aquel estudioso de la ley que tiene una piedra en la mano con la intención de tirársela?’ Y la respuesta, al menos en esa ocasión, no estuvo tan clara al final como los acusadores habían creído al principio. Creo que nunca lo está. Quizá por eso hemos sido llamados a no juzgarnos unos a otros sino a aprender a juzgarnos a nosotros mismos de forma adecuada. Y sin embargo, el pueblo cristiano no se caracteriza precisamente por su capacidad de auto-análisis y su apertura a los demás; incluso a veces lo contrario es lo que abunda, nuestra capacidad de juzgar y juzgar y juzgar, a los otros, a los que no cumplen nuestras reglas. ¿Cuánta energía dedicamos los cristianos a condenar los pecados sexuales de los demás y cuánta dedicamos a evitar juzgarles? Hoy responderíamos a Jesús sin miedo alguno: ‘La mujer que cayó a tus pies es la mayor pecadora, por supuesto, no hay duda de ello’. Hoy volveríamos a crucificar a Jesús, sin pensarlo dos veces. Después de todo, ¿quién crucificó a Jesús, adúlteras o estudiosos de la ley?
Tampoco puedo olvidar al Jesús que, ante la frustración de los que se divertían bebiendo en la boda, tiene la perfecta solución: sacarse una botella más de vino de la manga. ¡Qué digo una botella! ¡Cientos de ellas! Este es un sermón poco predicado, quizá por todas las reglas que empiezan a abundar en contra de tomar un vaso de vino. Este Jesús al que algunos llamaban comedor y bebedor (me pregunto de dónde le vendría esa fama) estaba lleno de riesgo. Comía y bebía con quien no debía. Tenía el tipo de compañía menos recomendable. Gustaba de la presencia de enfermos, mujeres de mal vivir, hombres de negocios, bebedores, comedores, pobres, terroristas… Vamos, lo mejorcito de la sociedad. Vivía peligrosamente, porque el camino del Reino de Dios es un camino de riesgo, un riesgo provocado, en la mayoría de las ocasiones, por todas esas reglas que creemos que deben abundar en él. Son precisamente esas reglas (y quienes las pretenden aplicar a toda costa) las que a veces provocan el riesgo; precisamente son esas reglas (y quienes reúnen piedras para el apedreo) las que provocan que el camino de Reino sea peligroso. Es un camino peligroso… Tomemos juntos un vasito de buen vino y lancémonos a él.