¿Vencerán los fundamentalistas?
octubre 3, 2007
Este es el título que el pastor Harry Emerson Fosdick dio a uno de sus sermones el 21 de Mayo de 1922. En los años 1920s muchos norteamericanos llenaban las iglesias fundamentalistas. Al mismo tiempo muchos protestantes buscaban reconciliar la fe con la ciencia e intentaban tranquilizar las tendencias reaccionarias del fundamentalismo. Este sermón predicado en 1922 llamaba a los cristianos a formar una comunidad de mente abierta, intelectual y tolerante. A pesar de que dicho sermón le costó su puesto en la Primera Iglesia Presbiteriana de Nueva York, sus ideas y visión reflejaban la postura de una cierta minoría dentro del Cristianismo. A continuación entrego una traducción propia de este sermón para que sea analizada y cuestionada… Aún me sorprende que este sermón pudiera costar el puesto a alguien…
“Esta mañana vamos a pensar acerca de la controversia Fundamentalista que amenaza con dividir nuestras iglesias americanas, como si no estuvieran ya suficientemente divididas. Hay una escena un tanto sugerente al hablar sobre este tema en el libro de los Hechos, donde los líderes judíos arrastran a Pedro y otros apóstoles porque han estado predicando a Jesús como el Mesías. Además, estos líderes proponen matarlos en el momento en que Gamaliel se levanta y dice, ‘Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios’…
La mayoría de nosotros hemos oído hablar de aquellas personas que se hacen llamar los Fundamentalistas. Su intención aparente es sacar de las iglesias evangélicas a todos los hombres y mujeres que tienen opiniones liberales. Puedo hablar de esta polémica con libertad ya que no hay dos iglesias más afectadas por este tema que la Bautista y la Presbiteriana. No deberíamos identificar a los Fundamentalistas con los conservadores. Todos los Fundamentalistas son conservadores, pero no todos los conservadores son Fundamentalistas. Los mejores conservadores pueden a menudo dar lecciones a los liberales acerca de la verdadera libertad de Espíritu; sin embargo la agenda Fundamentalista es anti-liberal e intolerante.
Los Fundamentalistas ven, y ven con razón, que en estos últimos tiempos ha habido movimientos extraños en el pensamiento cristiano. Una gran cantidad de nuevo conocimiento ha caído en manos de los seres humanos – nuevo conocimiento sobre el universo físico, su origen, sus fuerzas, sus leyes; nuevo conocimiento acerca de la historia de la humanidad y en particular acerca de las maneras en las que las antiguas gentes pensaban sobre asuntos de religión y los términos que usaban para explicar sus experiencias espirituales; y nuevo conocimiento, también, acerca de otras religiones y las formas tan extrañamente parecidas en que dichas creencias y religiones se han desarrollado en todos los lugares…
Hoy día existen muchos cristianos reverentes que no han sido capaces de mantener todo este nuevo conocimiento en un compartimiento de sus mentes y la fe cristiana en otro. Estos cristianos creen que toda la verdad viene del único Dios y de su revelación. Por tanto, es a partir de esta integridad intelectual y espiritual – y no a partir de irreverencia, capricho o celo destructivo – que pretenden amar al Señor su Dios, no solo con su corazón y su alma y su fuerza sino también con toda su mente, y que intentan ver todo este nuevo conocimiento en términos de la fe cristiana, así como ver la fe cristiana en términos de este nuevo conocimiento.
Es verdad que han cometido errores. Es verdad que entre ellos ha habido personas radicales de gran ingenuidad intelectual y con una gran falta de profundidad espiritual. Pero aún así, estas personas siguen considerando esta empresa como indispensable para la Iglesia cristiana. El nuevo conocimiento y la antigua fe no pueden permanecer enfrentadas como enemigos, como si una persona pudiera utilizar el sábado un conjunto de reglas para su vida y el domingo cambiar a otro conjunto totalmente distinto. Debemos ser capaces de pensar acerca de nuestra vida moderna en términos cristianos, y para conseguir eso hemos de ser capaces igualmente de pensar nuestra fe cristiana en términos modernos.
No hay nada nuevo acerca de esta situación. Ha ocurrido una y otra vez a través de la historia, como por ejemplo cuando una Tierra estacionaria comenzó a moverse de repente y todo el universo cuyo centro había sido este planeta encontró un nuevo centro en el Sol, alrededor del cual los planetas giraban. Cuando situaciones así han sucedido solo ha habido una salida: el nuevo conocimiento y la antigua fe han tenido que formar una nueva combinación. Ahora, las personas en nuestra generación que están intentando hacer esto mismo son los liberales, y los Fundamentalistas han formado una campaña para cerrarles las puertas de la comunidad cristiana. ¿Se les debe permitir que venzan?
Es interesante notar los énfasis particulares que los Fundamentalistas están utilizando para marcar los límites de la doctrina alrededor de la Iglesia, a través de los cuales nadie ha de poder pasar excepto en términos de completo acuerdo. Están insistiendo en que todos hemos de creer en la historicidad de ciertos milagros especiales, preeminentemente el nacimiento virginal del Señor; en que todos debemos creer en la teoría de la inspiración – que los documentos originales de las Escrituras, que por supuesto no poseemos, eran inerrantes dictados de la misma manera que los seres humanos pueden dictar algo a alguien; que debemos creer en una teoría determinada acerca de la expiación – que la sangre de nuestro Señor, derramada en una muerte sustitutoria, sirve para aplacar a una deidad alienada y hace posible la bienvenida del pecador; y que debemos creer en la segunda venida de nuestro Señor sobre las nubes del cielo para instaurar un milenio aquí, como si esa fuera la única manera en la que Dios pudiera ser capaz de traer la historia a una culminación adecuada. Estos son algunos énfasis que pretenden marcar los límites doctrinales alrededor de la Iglesia.
Si una persona es genuinamente liberal, su protesta principal no es contra ninguno de estos énfasis, aunque es posible que también proteste contra su posicionamiento como si fuesen los puntos fundamentales del Cristianismo. Este es un país libre y todos tenemos el derecho de mantener estas opiniones o cualquier otra si es que estamos convencidos sinceramente de ella. La pregunta es: ¿tiene alguien el derecho de denegar el nombre de cristiano a aquellos que no están de acuerdo con él en algunos de estos puntos y de cerrarles las puertas de la comunidad cristiana? Los Fundamentalistas dicen que eso es lo que se debe hacer, y así lo están intentando tanto en este país como en el extranjero. Incluso están intentando insertar en los estatutos de algunos estados leyes en contra de la enseñanza de biología moderna. Si consiguieran hacer todo esto en medio de nuestra Iglesia, estarían creando dentro del Protestantismo un tribunal doctrinal más rígido que el del papa.
En tiempos como estos, delicados y peligrosos, donde las emociones están subiendo a la superficie, quiero intentar argumentar en esta mañana el caso a favor de la magnanimidad, libertad y tolerancia. Lo que haría, si pudiera alcanzar sus oídos, es decir a los Fundamentalistas acerca de los liberales lo que Gamaliel dijo a los judíos, ‘Y ahora os digo: Apartaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios’…
Con la intención de ser concretos y no perdernos en la niebla de las generalidades, tomemos en esta mañana dos o tres de estos temas Fundamentalistas y veamos cuál es la situación en las iglesias cristianas con respecto a ellos. Muy a menudo nosotros, los predicadores, no hemos sabido hablar con franqueza acerca de las diferencias de opinión que existen entre los cristianos evangélicos, aunque todo el mundo sabe que dichas diferencias existen. Atrevámonos en esta mañana a considerar algunas de estas diferencias con las que tarde o temprano hemos de tratar.
Podríamos empezar con la cuestión del nacimiento virginal de nuestro Señor. Conozco personas en las iglesias cristianas, ministros, misioneros, u otros cristianos devotos amantes del Señor y siervos del evangelio, quienes aunque similares a la hora de adorar a su Maestro, mantienen distintos puntos de vista acerca de este tema. Uno de estos puntos de vista, por ejemplo, es que el nacimiento virginal de Jesús ha de ser aceptado como un hecho histórico, como si hubiera pasado de verdad, como si no hubiera habido otra forma posible por la que el Maestro pudiera haber venido a este mundo que por medio de un milagro biológico especial. Este es un punto de vista, y son muchas las preciosas almas que lo mantienen. Pero junto a ellos hay también en las iglesias evangélicas otros grupos de igual lealtad y reverencia que opinan que el nacimiento virginal no ha de ser considerado como un hecho histórico… Lejos de pensar estas personas que han abandonado una parte vital de la actitud que requiere el Nuevo Testamento para con Jesús, lo que hacen estos cristianos es recordarnos que los dos hombres que más contribuyeron al pensamiento de la Iglesia acerca del significado divino del Cristo fueron Pablo y Juan, y ninguno de ellos alude en absoluto al nacimiento virginal.
Aquí en nuestras iglesias cristianas existen estas dos opiniones, estos dos grupos de personas, y la pregunta que los Fundamentalistas provocan en todos nosotros es: ¿debe uno de estos grupos tener la autoridad de echar al otro? ¿Debe la intolerancia tener algo que decir ante esta situación? ¿Acaso no es la Iglesia lo suficientemente grande como para mantener en su comunidad a aquellas personas que difieren en sus puntos de vista y que deciden diferir hasta que la verdad plena sea revelada? Los Fundamentalistas responden que no. Dicen que los liberales deben marcharse. Sin embargo, si los Fundamentalistas consiguieran lo que pretenden, lo que tendríamos es una Iglesia que ha perdido a una buena parte de la mejor vida cristiana y consagrada de esta generación – multitudes de hombres y mujeres, devotos y reverentes cristianos, que necesitan a la Iglesia y a quién la Iglesia necesita.
Consideremos otro de estos temas en los que hay sinceras diferencias de opinión entre los cristianos evangélicos: la inspiración de la Biblia. Un punto de vista es que los documentos originales de las Escrituras fueron inerrantemente dictados por Dios a los hombres. Sea que tratemos con la historia de la creación o con las listas de reyes o con las narrativas del reinado de Salomón o con el sermón del monte o con el capítulo 13 de primera de Corintios, todos estos textos llegaron a nosotros de la misma manera, y todos ellos llegaron a nosotros como ningún otro libro lo ha hecho; todos fueron inerrantemente dictados. Así, todo lo que aparece en ellos – opiniones científicas, teorías médicas, juicios históricos, e ideas espirituales – es infalible. Esta es una de las opiniones acerca de la inspiración de la Biblia. Pero junto a estos que lo mantienen, existen otras personas tan amantes de este libro como los primeros que no piensan acerca de la Biblia de la misma manera. De hecho, esa teoría estática y mecánica de la inspiración les parece a ellos un grave peligro para la vida espiritual…
Hoy podemos encontrar estos dos grupos en nuestras iglesias cristianas, y la pregunta que los Fundamentalistas provocan es: ¿debe un grupo poder echar al otro? ¿Es posible que la causa de Jesucristo sea beneficiada al hacer eso? Si fuésemos capaces de imaginarle a El esta mañana caminando entre esta congregación, ¿podríamos imaginar que su forma de actuar fuera llamar suyos a aquellos que tienen esa opinión acerca de la inspiración de las Escrituras y que mandaría a los otros a la oscuridad lejos de El? No es posible encajar al Señor Cristo en el molde de los Fundamentalistas. En occidente hemos escuchado cómo algunos Fundamentalistas han conseguido lo que buscaban en algunas comunidades y los ministros cristianos nos cuentan las consecuencias de esos actos: la gente educada está buscando la religión fuera de las iglesias.
Consideremos otro de estos temas donde hay serias y sinceras diferencias de opinión entre cristianos evangélicos: la segunda venida de nuestro Señor. La segunda venida fue la frase que la Iglesia cristiana primitiva utilizaba para referirse a la esperanza. Nadie en el mundo antiguo pensaba, como hacemos nosotros hoy, acerca del desarrollo, del progreso, del cambio gradual como el camino que Dios puede utilizar para cumplir Su voluntad en la vida humana y sus instituciones. Ellos pensaban en la historia humana como una serie de etapas que se sucedían unas a otras de golpe. El mundo greco-romano dio nombres de metales a estas etapas – oro, plata, bronce, hierro. Los hebreos tenían sus etapas también – el paraíso original en el que el ser humano comenzó, el mundo maldito en el que el hombre vive hoy, el reino mesiánico bendito que un día aparecerá de repente entre las nubes del cielo. Esa era la manera hebrea de expresar la esperanza en la victoria de Dios y Su justicia. Cuando los cristianos llegaron tomaron estas frases de esperanza, como vemos en el Nuevo Testamento. La predicación de los apóstoles muestra el alegre anuncio de que ‘Cristo viene’.
En las iglesias evangélicas hoy día hay diferentes puntos de vista acerca de esto. Unos piensan que Cristo viene de manera literal, externamente, en las nubes del cielo, para establecer su reino. Yo nunca escuché esa enseñanza en mi juventud. En mi caso siempre se ha referido a una nueva resurrección cuando las circunstancias han llegado a un punto desesperado y la única esperanza del hombre es la intervención divina. Por tanto, no es extraño que durante estos años de caos y catástrofe haya habido un nuevo renacer de estas frases de esperanza. ‘Cristo viene’ resuena para muchos cristianos como el mensaje central del evangelio. En él encuentran energía para seguir adelante sirviendo al mundo. Pero desafortunadamente muchos también lo enfatizan tanto que superan con mucho cualquier significado que los hebreos o los antiguos cristianos pudieran haber dado a este mensaje. Se sientan tranquilos y no hacen nada esperando que el mundo vaya empeorando poco a poco hasta que venga Cristo.
Junto a estos que opinan que la segunda venida es una esperanza literal, existe otro grupo en nuestras iglesias evangélicas. Ellos también dicen, ‘Cristo viene’. Lo dicen en sus corazones; pero no están pensando en una venida externa en las nubes. Ellos han asimilado como parte de la revelación divina el pensamiento que estas recientes generaciones han traído hasta nosotros, que el desarrollo es la manera que Dios está utilizando para llevar a cabo Su voluntad…
Y estos cristianos, cuando dicen que Cristo viene, quieren decir que, aunque lento pero seguro, Su voluntad y los principios de Su reino van a ser poco a poco instaurados por la gracia de Dios en la vida humana y sus instituciones, hasta que ‘verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho’.
Estos dos grupos existen en nuestras congregaciones cristianas y la pregunta que provocan los Fundamentalistas es: ¿ha de conseguir un grupo echar al otro? Muchos hombres y mujeres jóvenes se van a graduar este año en nuestras escuelas de aprendizaje, miles de ellos cristianos de cuya sincera devoción a Dios nosotros, ya mayores, tenemos mucho que aprender. Ellos no están pensando en términos antiguos y dejando las ideas de progreso a un lado. Ellos no pueden pensar en esos términos. No podría haber mayor tragedia que los Fundamentalistas cerraran la puerta de la comunidad cristiana a estas personas.
No creo ni por un momento que los Fundamentalistas vayan a conseguir lo que se proponen. Ningún tipo de intolerancia puede ayudar a resolver la situación que acabo de describir. Por tanto, si los Fundamentalistas no tienen ninguna solución con que contribuir a esta situación, ¿dónde podemos encontrarla? Para terminar paso a considerar la respuesta a esta pregunta.
El primer elemento que es necesario es un espíritu de tolerancia y libertad cristiana. ¿Cuándo va el mundo a aprender que la intolerancia no resuelve ningún problema? Esta es una lección que no solo tienen que aprender los Fundamentalistas; los liberales también deben aprenderla. Hablando desde el punto de vista liberal, dejadme que diga que si conociera a una persona joven, con una mente fresca y con nuevas ideas, que hubiera luchado intelectual y espiritualmente, pero que estuviera siendo tentado a volverse intolerante acerca de sus opiniones, para volverse ofensivamente condescendiente hacia las opiniones de otros y convertirse en un juez cruel hacia esas personas, haría bien en recordar que muchas de esas personas que está pensando en atacar han dado al mundo algunos de los más nobles caracteres y servicios. La mejor manera que tienen las nuevas generaciones de mostrar sus argumentos no es por medio de intolerancia controvertida, sino por medio de la utilización de esas nuevas opiniones para producir algo de esa fuerza y profundidad, nobleza y belleza de carácter que en otros tiempos eran asociados con otros tipos de pensamiento. De hecho, no fue otro que un sabio liberal, el hombre más aventurero de su tiempo – el apóstol Pablo – que dijo, ‘el conocimiento envanece, pero el amor edifica’.
Sin embargo, también es cierto que ahora los Fundamentalistas nos están dando una de las peores exhibiciones de intolerancia amarga que hemos visto jamás en nuestras iglesias. Al escucharles y ver lo que hacen uno recuerda la frase que dijo el general Armstrong del Instituto Hampton, ‘alguien enfadado y raro es peor que alguien heterodoxo’. Hay muchas opiniones controvertidas hoy día las cuáles no sé si son buenas o malas, pero hay una cosa de la que estoy seguro: cortesía y bondad y tolerancia y humildad y justicia son buenas. Las opiniones pueden estar equivocadas; el amor nunca lo está.
Por tanto, al pedir una iglesia intelectualmente hospitalaria, tolerante y amante de la libertad estoy pensando, por supuesto, acerca de esta nueva generación. Todos tenemos niños y niñas creciendo en nuestras casas y escuelas y debido a que les amamos nos preguntamos qué tipo de iglesia será la que les reciba. El peor tipo de iglesia que puede ser ofrecida a esta nueva generación es una iglesia intolerante. Los ministros a menudo se quejan de que los jóvenes dejen la religión y acepten la ciencia cuando se trata de tomar decisiones acerca de la vida. Hay una sencilla explicación: la ciencia trata la mente de una persona joven como si fuese realmente importante. Un científico dice a una persona joven, ‘Aquí está el universo retando nuestra investigación. Aquí están las verdades que hemos encontrado hasta ahora. ¡Ven y estudia con nosotros! Ve lo que nosotros también hemos visto y luego mira más allá, porque la ciencia es una aventura intelectual en busca de la verdad’. ¿Podéis imaginar que alguien que vale la pena reciba con los brazos abiertos el llamamiento de una iglesia que le diga: ‘Ven, y alimentaremos tus opiniones con una cuchara. No está permitido pensar a menos que dichos pensamientos te convenzan de ciertas conclusiones predeterminadas. Estas conclusiones te las iremos dando a su tiempo; piensa, pero solo para llegar a estos resultados’.
Queridos amigos, no hay nada en el mundo que valga más la pena que pensar acerca de Dios, Cristo, la Biblia, el pecado y la salvación, los propósitos divinos para la humanidad, y la vida eterna. Pero no podemos limitar los pensamientos de esta generación acerca de estos sublimes temas por medio de los términos que intenta imponer una iglesia intolerante.
El segundo elemento necesario si es que vamos a alcanzar una solución satisfactoria a este problema es la capacidad de profundizar en los asuntos que caracterizan al Cristianismo moderno así como un sentimiento de vergüenza penitente ante la imagen de una iglesia cristiana que continúa peleando acerca de asuntos tan pequeños en comparación con los problemas reales de un mundo en sufrimiento. Si, durante la guerra, cuando las naciones estaban luchando al borde del mismísimo infierno y a veces parecía que todo estaba perdido, hubiésemos encontrado a dos personas discutiendo sobre un tema menor relacionado con el sectarismo denominacional, ¿habrías podido contener tu indignación? Habrías dicho: ‘¿Qué se puede hacer con personas como estas que, frente a estos colosales problemas deciden jugar con los pecadillos de la religión?’ Igualmente ha de ocurrir ahora cuando se nos saca de este mundo lleno de preguntas serias, importantes y profundas para escuchar el ruido de la controversia Fundamentalista, cuando el mundo muere por falta de atención a temas de leyes, justicia, misericordia, y fe…
Y es ahora precisamente cuando los Fundamentalistas proponen sacar de las iglesias cristianas a todas esas consagradas personas que no están de acuerdo con su teoría de la inspiración. ¡Qué gran tontería! Bueno, no lo van a conseguir; al menos no en estos vecindarios. Ni siquiera sé si en esta congregación alguien ha sido tentado en absoluto para hacerse Fundamentalista. Nunca hasta ahora he encontrado en esta iglesia una muestra de intolerancia. Que Dios nos mantenga así, agrandando nuestra comunidad cristiana: intelectualmente hospitalaria, abierta de mente, amante de la libertad, justa, tolerante, no con la tolerancia de la indiferencia, como si no nos importara lo que tiene que ver con la fe, pero sí porque nuestro énfasis siempre cae sobre los asuntos más importantes de la ley.
Con los pies en el suelo
septiembre 27, 2007
Cuando Bob Jones Jr. fue preguntado: ‘¿Por qué tiene usted tantos cuadros católicos?’, su respuesta fue: ‘No hay muchas pinturas protestante buenas… Tuve que comprar pinturas católicas, a pesar de la falsedad en ellas’. Aunque existen un buen número de artistas protestantes, lo que el doctor Jones quería decir es que no existen muchos pintores de arte religioso protestantes. Pasado el revuelo en contra de las imágenes que caracterizó la Reforma, nació la tendencia a pintar escenas de la vida cotidiana como los verdaderos contextos donde tenía lugar la vida espiritual de los seres humanos, en lugar de las típicas y exaltadas escenas bíblicas. Nacieron así obras y estilos como el reflejado más arriba, en donde lo espiritual no es algo solamente reservado para la Iglesia y sus altos mandos, sino que pertenece a todos en todo lugar, ya sea en el lugar de trabajo o en el hogar, con la familia o dando un paseo por el parque, en la voz pública o en el subsuelo más profundo. Lo espiritual está abierto a todos, y todos tienen acceso; todos son sacerdotes.
Uno de esos pintores protestantes que intentaron rescatar la espiritualidad de la vida cotidiana fue Rembrandt. Sus retratos de María no son glamurosos o exaltados, sino humildes, simples y bíblicos. Encontramos esta cotidianidad también en los poetas reformados. Uno de ellos, el poeta holandés Jeremías de Decker, escribe acerca de esta madre sufriente de carne y hueso (citado en W. A. Visser’t Hooft, Rembrandt and the Gospel, Westminster Press, 1957, traducido del alemán Rembrandt’s Weg Zum Evangelium, por K. Gregor Smith, 48):
He sees his mother here with half-broken eyes,
Moved to the depths of her soul
By what he has to endure,
A sword of sadness pierces her sorrowful soul
Un poema que resalta ante todo la tremenda humanidad de sus protagonistas, y en medio de dicha humanidad su tremenda espiritualidad.
Me gustaría decir que esta percepción de la realidad espiritual como algo presente en lo cotidiano del día a día, esta espiritualidad con los pies en el suelo tan típicamente protestante, se está perdiendo hoy día en nuestras iglesias. Y uno de los culpables de esta pérdida es la manera en la que hemos aprendido a leer los textos bíblicos: donde las Escrituras nos presentan con un Jesús de carne y hueso que sufre y muere, nosotros queremos encontrar un fantasma sobrenatural que se desplaza en una nube; donde las Escrituras nos hablan de las crisis de fe que pasa nuestro amado Mesías, nosotros vemos a una figura siempre segura de sí misma, que conoce el pasado, el presente y el futuro; donde la Biblia nos habla de un Jesús tentado que sufre para vencer la tentación, nosotros vemos a un héroe que nunca lo pasa mal, un Stephen Seagal casi cinematográfico que nunca falla y cuyas tentaciones no son otra cosa que una broma necesaria pero sin veneno real; donde los textos bíblicos nos hablan de Dios hecho carne, nosotros vemos una carne divina que no tiene nada de carne.
Hay muchos ejemplos en nuestras biblias que resaltan la humanidad de Jesús. Si bien es cierto que algunos de sus autores encontraron dificultades para asimilar la realidad de un Dios tan humano como este, es difícil leer la Biblia y no encontrar una y otra vez atisbos e indirectas que nos apuntan hacia el Jesús de carne y hueso que vivió entre nosotros. Uno de los autores bíblicos que más ha sabido llevarnos hasta el mismo extremo de dicha humanidad es el autor de nuestra carta a los Hebreos. Este autor parece conocer tradiciones históricas que reflejan una pasión en la que Jesús aparece aterrorizado ante la muerte que se avecina, e incluso algunas tradiciones que intentan apuntar a que al final Jesús murió sin apoyo ni consolación divina. Una de estas tradiciones es tan radicalmente distinta de lo que muchos cristianos esperaban (y esperan) de un Dios glorioso y sobrenatural, que constituye uno de los problemas textuales más interesantes de todo nuestro Nuevo Testamento. Encontramos dicho texto en Hebreos 2:8-9:
“Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”
Todas nuestras versiones bíblicas, al igual que una buena mayoría de nuestros manuscritos, contienen la parte final de este texto tal y como yo he puesto más arriba. Sin embargo, existen dos manuscritos que contienen una versión distinta:
“Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que separado de Dios gustase la muerte por todos”
El cambio necesario en el griego solo va de CHARITI a CHORIS respectivamente. Aunque estos dos manuscritos están fechados en el siglo X, al menos uno de ellos (minúsculo 1739) es una copia de otro que era tan antiguo como los manuscritos más antiguos que tenemos. Aún más interesante es que el escritor cristiano Orígenes nos dice que esta segunda versión era la que aparecía en la mayoría de los manuscritos de su época. Y esta versión también aparece en textos de Ambrosio, Jerónimo, y algunos otros escritores eclesiásticos hasta el siglo XI. Por tanto, aunque hoy no disponemos de esa mayoría de manuscritos que había en aquella época, parece que esta segunda versión fue la apoyada entonces por la evidencia externa.
Está claro que de las dos versiones que tenemos, la primera es más fácil de aceptar que la segunda desde un punto de vista cristiano tradicional. Y todo parece indicar que así era también para un buen número de escribas y copistas. Existen numerosos casos textuales en nuestras biblias en los que los escribas y copistas bíblicos se encargaban de suavizar ciertos textos difíciles de leer (y aceptar) para hacerlos más sencillos y aceptables. Después de todo, esta práctica es mucho más lógica a que se dedicaran a tomar textos sencillos y fáciles de entender y los hicieran más difíciles y complicados. En los primeros años del Cristianismo, los cristianos consideraban la muerte de Jesús como la manifestación suprema de la gracia de Dios. Sin embargo, decir que Jesús había muerto ‘separado de Dios’ podría ser tomado de muchas maneras y llevado en muchas direcciones, muchas de ellas inaceptables. Dado que los escribas debieron haber creado una de estas versiones partiendo de la otra, es obvio cuál de ellas es la mejor candidata a ser modificada.
Además, si miramos a la evidencia interna del libro, resulta que de las dos versiones que tenemos la segunda encaja mejor con la teología de Hebreos que la primera. Mientras que no encontramos ninguna instancia que utilice la palabra gracia para referirse a la muerte de Jesús, sí que encontramos muchos casos en los que el autor enfatiza una y otra vez que Jesús murió completamente como ser humano, que murió una muerte vergonzosa, que murió separado del entorno de gloria del que procedía. De la misma manera, Dios no intervino en la pasión de Jesús ni hizo nada para minimizar su dolor. Así, podemos leer en versículos como 5:7 acerca de los ‘ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas’ y de su ‘reverencial miedo’ (por cierto, ese versículo es otro problema textual digno de otro estudio profundo). La imagen presentada aquí es la de un ser humano en profundo sufrimiento ante la cercanía de su muerte, una imagen de un Dios de carne y hueso.
El miedo que parece que tenemos a leer los textos bíblicos de forma abierta y dispuestos a retar nuestras presuposiciones más profundas acerca de Dios es el mismo miedo que sirve para alejarnos del Dios de carne y hueso que vino, vivió y murió entre nosotros. Nuestro afán por hacer de Dios un ente totalmente trascendente y alejado de nuestro entorno provoca la imposibilidad de siquiera imaginar a un Dios inmanente y presente en medio de nuestra vida cotidiana. El clamor protestante de hace siglos que pretendía liberar a Dios de sus cerrojos eclesiásticos vuelve a ser necesario hoy ante nuestra tendencia a encerrar a Dios en nuestras lecturas privadas (convertidas en interpretaciones divinas) de ciertos textos bíblicos. Si hemos de volver a nuestra herencia protestante es necesario también que volvamos a una lectura de los textos bíblicos con los pies en el suelo. Una nueva Reforma pasa por aprender a pelearnos con el desorden y la confusión humana de los textos bíblicos más allá de toda caja sistemática. Una nueva Reforma pasa necesariamente por rescatar la espiritualidad del día a día que tan importante ha demostrado ser desde tiempos bíblicos, comenzando por la espiritualidad del propio Jesús de carne y hueso.
Solo las obras
agosto 13, 2007
La Biblia nos ofrece varios ejemplos de cómo una misma historia puede ser interpretada de distintas formas con distintas intenciones igualmente válidas. La historia de Abraham está registrada en el libro del Génesis 11:26-25-10. Lo que tenemos aquí es una serie de relatos aislados, todos ellos girando alrededor de este importante patriarca, que fueron expandidos por distintas manos judías y transformados en una narración más o menos coherente. En el Nuevo Testamento, esta figura es mencionada en nada menos que 79 ocasiones, mucho más que cualquier otro personaje del Antiguo Testamento, a excepción de Moisés. De todas estas menciones, dos de las más controvertidas son las que hacen los apóstoles Pablo y Santiago en sus respectivos textos (aunque es probablemente cierto que la carta de Santiago fue compilada después de la muerte del apóstol, también es cierto que no existen razones para desechar la posibilidad de que dichos textos nos lleven hasta las palabras del mismo Santiago). Ambos autores citan un texto, Génesis 15:6, ‘Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia’:
‘Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia’ (Romanos 4:3)
‘Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios’ (Santiago 2:23)
Sin embargo, aunque inicialmente usando los mismos textos, ambos autores sacan conclusiones completamente opuestas (o, podríamos decir que ambos autores interpretan los mismos textos de formas distintas de acuerdo con las audiencias a las que están aludiendo, y de acuerdo al contexto y los énfasis determinados contra los que están intentando argumentar). La conclusión de Pablo es: ‘Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley’ (Romanos 3:28). La de Santiago es: ‘Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe’ (Santiago 2:24).
Desde el punto de vista de los que intentan encontrar un sistema coherente de términos y definiciones sin contradicciones aparentes, la solución a esta contradicción es obvia: no existe. Y después de varios siglos de historia cristiana hemos aprendido a dominar esta versión de los hechos. La versión de la solución que me enseñaron a mí fue: dado que no puede haber contradicción, y dado que Pablo tiene prioridad sobre Santiago, la fe es más importante que las obras y viene primero, y las obras vienen después como consecuencia de la fe verdadera. Por supuesto, nunca se me explicó con todas las palabras, pero esto es lo que se quería decir. Esta es la versión que abunda en las iglesias protestantes y que proviene, en un amplio sentido, de los extremos y excesos alcanzados en tiempos de Lutero por la Iglesia. En aquellos tiempos pareció adecuado enfatizar que las obras no daban la salvación, como algunos habían llegado a pensar, sino que la fe era un elemento fundamental en todo este proceso. Y el énfasis resultó liberador. En aquellos tiempos se decidió olvidar por unos instantes el texto de Santiago (de hecho, ¡incluso se intentó sacar del canon!) y enfatizar el de Pablo, que por razones contextuales parecía haber sido olvidado. Así surge uno de los principios de la reforma.
Sin embargo, para cualquiera que lee la carta de Santiago, parece imposible pasar por alto que la relación entre fe y obras para este autor es mucho más cercana de lo que muchos han decidido aceptar hoy día. Su contexto, por supuesto, era muy distinto al de Lutero, y en aquel tiempo pareció adecuado enfatizar hasta tal punto las obras que es en esta carta donde leemos frases tan contundentes como: ‘¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?’ (Santiago 2:20). Irónicamente, esta forma que el autor tenía de interpretar los textos procedentes de la historia de Abraham no estaba en disonancia con las lecturas más comunes dentro del Judaísmo de la época. Existían diversos textos judíos que hablaban de las ‘obras de Abraham’, algunos de ellos incluso las enunciaban, y una de estas obras, el sacrificio de su hijo Isaac, era considerada como una de las mayores (Libro de los Jubileos 18:15f; 1 Macabeos 2:51-52). Vernon K. Robbins considera este tema de las pruebas que pasó Abraham como uno de los temas más importantes que sirven de base a todo el documento de Santiago. De hecho, para sorpresa de muchos, es Pablo quien se sale de la forma típicamente judía de interpretar estos textos y los lleva más allá de lo que muchos se habrían atrevido a hacer en aquellos días. Después de todo, la audiencia y el contexto al que Pablo había sido llamado también eran distintos a los que la mayoría de judíos estaban acostumbrados. La extraordinaria misión de Pablo le obligó a interpretar los textos de forma extraordinaria.
Leídos de esta manera, los textos bíblicos nos presentan con una tensión sin solución entre estas dos interpretaciones de los mismos textos del Antiguo Testamento, interpretaciones orientadas a contextos muy distintos. Y cualquier intento por solucionar o armonizar esta tensión lo único que hace es desviarnos de lo que las Escrituras simplemente presentan ante nosotros. A lo largo de la historia ha habido momentos en los que los cristianos nos hemos desviado y hemos enfatizado un extremo por encima del otro. En esos momentos hemos tenido que esperar a que alguna voz profética nos ayudara a entender esta desviación, y nos proveyera con alguna interpretación correctiva que nos llevara de nuevo al centro. Esos principios correctivos, sin embargo, tienen un carácter estrictamente contextual: sin la desviación original, no hace falta la interpretación correctiva. Es por esto que tomar alguno de estos principios correctivos como fundamentales a expensas del otro extremo, provoca una nueva desviación en el sentido contrario que vuelve a necesitar, irónicamente, de nuevas voces proféticas.
Me pregunto cuál es el contexto en el que vivimos los cristianos protestantes hoy. Me pregunto si algunos de nuestros principios más amados, quizá considerados fundamentales, se han convertido en una nueva forma de esclavitud. Me pregunto si ha llegado el momento de reinterpretar el mensaje del evangelio de modo que algunas de estas ideas que en ciertos contextos fueron enfatizadas sobre manera deban ser dejadas a un lado por un momento con la intención de enfatizar los otros extremos que han sido olvidados hoy. No se trata de cambiar un extremo por otro, sino más bien de dejar a un lado aquello que no hace falta repetir más porque está de sobra en nuestras mentes, y comenzar a considerar la posibilidad de que haya algún extremo que tengamos que volver a recuperar del pozo en el que había caído.
Propongo un ejemplo. Cuando se habla de ‘ser salvo’, lo que se tiene en mente normalmente es un proceso de dos pasos: ‘arrepentimiento personal e individual’ y ‘oración aceptando a Jesús como Señor y Salvador’. En este proceso, el ingrediente fundamental es la fe: ella es necesaria para creer que estamos perdidos sin Dios, y ella es necesaria para creer que haciendo una simple oración ya somos salvos e iremos al cielo para siempre. Incluso una palabra tan basada en obras como es ‘arrepentimiento’, ha sido interpretada como un mero acto mental de examen de conciencia. En todo este proceso las obras se han convertido en algo secundario, no tienen voz ni voto a la hora de efectuar nuestra salvación, sino que sirven únicamente como la confirmación de que dicha salvación ha ocurrido. Son algo que debe seguir, que debe aparecer poco a poco. Son los frutos. Aunque, para ser exactos, nadie sabe muy bien qué tipo de obras son esas que definen cuándo la oración ha sido hecha de forma correcta (hemos sido realmente salvos) y cuándo no. Para unos, las obras correctas son: leer la Biblia cada día, ir a la iglesia cada semana, orar de vez en cuando, y ser buen ciudadano. Para otros, las obras son: dar de comer a los pobres, mandar dinero a los que no tienen, e ir a la iglesia una vez al mes. Para otros, se trata más de una cuestión moral: si no eres homosexual, y no haces ninguna de las cosas más gordas que puedas pensar (matar, hmm…, eso, matar), entonces eres salvo. En la mayoría de los casos estas son decisiones más bien subjetivas. De hecho, la Biblia aporta listas de qué debemos y no debemos hacer para entrar en el Reino de los cielos en numerosos sitios, y en muchos de ellos se nombran pequeñas cosillas como no mentir, o no jurar, o no murmurar, junto a otros pecados mayores (si es que se puede hacer distinción). Sin embargo, a menudo encontramos que los cristianos hacen sus propias listas de cuáles de estos pecados son más importantes (tanto como para demostrar que alguien no hizo la oración con la fe necesaria) y cuáles son meros problemillas que poco a poco se irán resolviendo (y aunque no se resuelvan no pasa nada porque no influyen en absoluto en tu salvación).
Tal y como yo lo veo, me parece que estas discusiones entre qué listas son mejores y cuáles son peores provienen en buena medida de una lectura muy desviada de los textos bíblicos que han provocado una definición de ‘salvación’ muy distinta de la que tenían los escritores bíblicos y nos han convertido en personas que intentan hacer oraciones lo más honestas posibles para ser salvos, y una vez hechas nos consideramos salvos por siempre. Me parece que esta forma de leer el mensaje de salvación cristiano es una desviación provocada precisamente por una lectura inadecuada de ciertos principios protestantes que, aunque quizá una vez fueron liberadores, hoy se han vuelto todo lo contrario. Es necesario encontrar una nueva definición de ciertos principios protestantes; en este sentido es necesaria una nueva reforma, una nueva lectura de los textos. Quizá un primer paso puede ser sacar del anonimato a Santiago, reconocer la tensión implícita en nuestros textos, y pensar en las profundas implicaciones que esa otra lectura de la realidad debe tener en nuestra forma de entender asuntos tan básicos dentro del Cristianismo como la salvación, la redención, la gracia, la lectura de la Biblia, y la libertad cristiana. Quizá escuchar a Santiago de nuevo sea solo un primer paso en todo es nuevo proceso de relectura, pero es sin duda un paso importante.
Pecado original
junio 23, 2007
En cierta ocasión alguien preguntó al novelista Evelyn Waugh cómo era posible, dado su espíritu malvado, que se llamara a sí mismo cristiano. El respondió que si no fuera por el Cristianismo, no sería humano en absoluto. Esta afirmación se encuentra debajo de algunas de las acusaciones más comunes en contra de los ateos: si no crees en Dios, ¿entonces qué te impide ser un asesino y un violador? De alguna forma, aquellos que utilizan este argumento en contra del ateísmo suponen que todos aquellos que no creen en Dios son prácticamente asesinos en serie, aunque la propia experiencia nos muestra que esto no es así (también recuerdo algo que me dijo una vez un profesor: ‘aquellos que tienen las reglas más estrictas son aquellos que tienen más secretos que esconder’, algo que he comprobado en numerosas ocasiones). Uno de los argumentos fundamentales que sirven de base a aquellos que acusan a los ateos de inmorales sin necesidad siquiera de conocer a quienes están acusando, es que todos los seres humanos somos malvados de nacimiento, por naturaleza. Si preguntamos la razón de tal inmoralidad universal a un cristiano, existe una gran probabilidad de que la respuesta que nos dé sea: el pecado original.
Aunque muchos cristianos se lanzan a citar lo que ellos entienden como referencias al pecado original en el Antiguo Testamento (como por ejemplo, Salmos 51:5), dicha doctrina no puede ser encontrada en la teología hebrea. Podéis hacer el ejercicio hermenéutico de tomar vuestras biblias, quitaros vuestras gafas neotestamentarias y leer el relato del Génesis 2-3 intentando buscar evidencias textuales que apunten a la doctrina de que a partir del pecado de Adán todos y cada uno de sus descendientes han de morir por decreto divino por herencia de dicho pecado. Por supuesto, en la época del Segundo Templo existían diversas teorías acerca del mal, de la muerte, de la vida eterna y también del pecado original. Algunos judíos (aunque sin duda no todos) creían en alguna forma de pecado original (quizá basados en textos como Exodo 20:5) y llevaban dicho pecado hasta Adán. Otros, aunque apoyando la idea del pecado original, se centraban más en otros textos como Génesis 6:2 y 1 Enoch, y creían que el pecado original había sido traído hasta nosotros por mediación de unos ‘hijos de Dios’ malvados en forma de conocimiento para destruir la creación; algunos creen que esta última interpretación es la que aceptaban los judíos de la comunidad del Mar Muerto. Y aún otros rechazaban toda esta idea del pecado original como una desviación de las Escrituras, entendiendo que los hijos no deberían ser castigados por los pecados de los padres (Ezequiel 18:20).
Las tradiciones occidentales, tanto católica como protestante, acerca del pecado original están basadas, en gran medida, en los escritos de San Agustín. Una de las conclusiones de dicho escritor cristiano fue que, debido precisamente a la herencia del pecado original, los bebés nacidos pero no bautizados irían al infierno. Muchos padres de la Iglesia siguieron a Agustín y adoptaron sus mismas conclusiones, convirtiéndose este autor en un punto de referencia para mucha de la teología desarrollada en la Edad Media. Desde entonces los teólogos han tenido que luchar con esta idea del pecado original como el pecado heredado de nacimiento por todos los seres humanos, viéndose forzados a inventar distintas soluciones intermedias a los problemas que se derivan de ella, sin que ninguna de ellas fuese realmente una solución (una de estas invenciones nos trajo la doctrina sobre el ‘limbo de los bebés’, y otra nos trajo la ‘concepción inmaculada’ de María, sin ‘pecado (original) concebida’).
Por supuesto, este no ha sido solamente un problema católico. En el lado protestante, leemos acerca del pecado original, por ejemplo, en la Confesión de Augsburgo:
“También se enseña entre nosotros que desde la caída de Adán todos los hombres que nacen de acuerdo a los principios naturales son concebidos y nacen en pecado. Es decir, todos los hombres están llenos de inclinaciones y perversiones malvadas desde el vientre de sus madres y son incapaces por naturaleza de tener verdadero temor de Dios y verdadera fe en Dios. Además, esta enfermedad de nacimiento y pecado heredado es verdaderamente pecado y condena a la eterna perdición a todos aquellos que no nacen de nuevo por medio del bautismo y del Espíritu Santo”.
La iglesia metodista, fundada por John Wesley, defiende el artículo VII de los artículos sobre la religión de su Libro de Disciplina de la Iglesia Metodista:
“El pecado original… es la corrupción de la naturaleza de todo hombre, que es engendrado de forma natural de la descendencia de Adán, por medio de la cual todo hombre está muy lejos de la justicia original, y por naturaleza está inclinado hacia el mal, y eso continuamente”.
Y esta doctrina del pecado original parece servir de base a muchas de las conclusiones teológicas del Cristianismo del siglo XXI. Incluso no resulta difícil encontrarla en las conocidas ‘4 leyes espirituales’ del evangelismo, donde el punto 1 suele afirmar en algunos casos que ‘el ser humano ha nacido separado de Dios’. De ahí la necesidad de…
Algo me dice que si los primeros judíos no se consiguieron poner de acuerdo acerca de esta doctrina del pecado original (de hecho, tampoco es algo aceptado en el Judaísmo de hoy en día) y los cristianos lo han pasado tan mal a lo largo de la historia para conseguir explicar y justificar muchos de los problemas derivados de ella, quizá no sea esta una doctrina imprescindible para explicar las buenas noticias de la gracia de Dios. Sin embargo, también sospecho que para muchos cristianos dudar de esta doctrina supone un abandono de la mismísima base del Cristianismo, y que sin ella todo el mensaje de la cruz pierde su significado. ¿Qué hacemos entonces con ella? ¿Hay alguna solución?
Los olvidados
junio 22, 2007
Hace unos días tuve la oportunidad de ver en el cine el clásico de Luis Buñuel, Los Olvidados. En esta película, asentada en los barrios de México, se nos presenta la realidad de un grupo de jóvenes que buscan esperanza en un contexto muy complejo y plagado de pobreza. Mis palabras se van a quedar muy cortas si pretendo describir todo lo que pasó por mi mente y la mezcla de sentimientos que me invadieron mientras veía la película sentado en mi cómodo sillón. Sin embargo, cuando terminó, y después de pasar muchos minutos callado sin poder explicar lo que había visto, decidí rescatar de la estantería aquel antiguo libro de Gustavo Gutierrez, Beber en su propio pozo, y en él leí lo siguiente:
“Para muchos cristianos en América latina actualmente la posibilidad del seguimiento de Jesús se juega en su capacidad para incorporarse a la experiencia espiritual del pueblo pobre. Esto les exige una conversión profunda: se trata de hacer suya la experiencia que los pobres tienen de Dios y de su voluntad de vida para todo ser humano. Tal vez en el pasado este tipo de cristianos, formados en alguna escuela espiritual, sentían que a ellos les correspondía transmitir al pueblo sus propias experiencias e indicarle la senda de una correcta vida cristiana. Hoy, ellos mismos están llamados a dar un vuelco en esta manera de ver”.
El juego del que habla Gustavo se refiere más a una transformación copérnica de nuestra manera de entender la fe cristiana: de la teológica sistemática desarrollada en nuestro sofa y aplicable a todas las situaciones universales independientemente del contexto histórico al que nos refiramos, a una teología que surge de la experiencia espiritual contextual de un pueblo. En las palabras del propio Gustavo: “La experiencia espiritual es el terreno en que hunde sus raíces una reflexion teológica”. Por supuesto, todos conocemos la tan repetida frase: ‘Dios no cambia’ (sea lo que sea lo que dicha afirmación quiera decir). Pero nuestra nuestra reflexion teológica, sí. Y esto se debe a que nuestra propia experiencia con Dios, nuestra forma de relacionarnos con él, de hablar con él, no permanence constante con los años, ni tampoco con nuestras experiencias. A medida que crecemos (si es que aún no hemos perdido la capacidad de crecer) y cambiamos (si es que todavía existe capacidad de cambio en nuestra vida) nuestra relación con Dios también cambia. Eso sí: nuestra relación con Dios cambia solamente en el caso de que dicha relación sea una relación de tu a tu, viva, dinámica. Si nuestra relación solo consiste en nuestro conocimiento y nuestras afirmaciones teológicas acerca de Dios, entonces no tienen porqué cambiar.
Digo que este cambio de perspectiva es copérnico porque no consiste simplemente en sustituir un conjunto de frases por otras, sino en cambiar nuestra forma de construir dichas frases. Consiste en un cambio de posicionamiento del observador, de la posición de privilegio desde la cual podemos determinar qué afirmaciones acerca de Dios son correctas y cuáles no lo son, a una nueva posición de observado que ha perdido la capacidad de observar el universo como un objeto y de sacar conclusiones universales a partir de dicha observación. Leonardo Boff, en su libro Gracia y Experiencia Humana, explica bastante bien la antigua posición de control que posee el que observa desde su supuesta posición de privilegio, refieriéndose al observador científico:
“La ciencia no consiste tanto en una sistematización elaborada cuanto en una actitud básica. Tal actitud no es solo psicológica, sino también ontológica: es un modo de ser, como una vision unificadora y totalizante. Considerada como conjunto sistemático del saber, la ciencia es encarnación y proyección de esta actitud fundamental, que se caracteriza por la objetivación. Por la objetivación, el hombre se distancia de la naturaleza, se aparta de sí mismo con la intención de hacerse objeto del saber. La objetivación rompe el acuerdo inmediato entre el hombre y el mundo e inaugura un cierto dualismo que distingue entre sujeto y objeto y los mediatiza por el lenguaje”.
Si bien esta actitud básica de observador objetivo es imposible de perder, por ser una parte fundamental de la condición humana, es necesario combinarla con otra actitud casi opuesta a esa, la de observado. Martin Buber habla de este juego entre la posición de yo-ello (que equivale a la posición de observador objetivo) y la posición de yo-tu (que equivale a la de observado, a la misma altura de tu a tu con aquel que tengo delante). Necesitamos en nuestras vidas este juego constante entre esas dos posiciones. Porque si permanecemos demasiado tiempo en la primera, nos convertimos en Dios, creyendo que tenemos la autoridad y el poder de decidir qué afirmaciones son verdaderas y aplicables de manera universal con respecto a aquello que hemos decidido observar, mientras que si permanecemos demasiado tiempo en la segunda, perdemos la capacidad de aprender, de analizar, de criticar, de juzgar, de distinguir entre el bien y el mal. Quizá en otra vida podamos vivir siempre en la segunda posición y no nos haga falta la primera, pero por ahora necesitamos ambas.
Si nos permitimos aprender este juego, el observador, yo, pierdo la capacidad de sacar conclusiones universales, eternas y aplicables a las experiencias de los otros por muy distintas que sean sus experiencias. En este caso, aunque yo saque mis conclusiones desde una posición de observador, siempre existirá un factor de corrección que venga desde mi otra posición, la de observado, de modo que cada observador externo a mí, desde su experiencia particular del universo y de Dios, tenga la capacidad de reflexionar y de derivar sus propias afirmaciones sobre la realidad. Ser cristiano, en cierto modo, consiste en aprender a jugar a este juego muy bien, en hacernos expertos, en evitar que existan olvidados. Yo aún estoy en ello.
Caídas
mayo 27, 2007
No pretendo jugar a abogado del diablo aquí, pero después de haber leído un par de artículos sobre el fenómeno de las caídas en dos revistas teológicas digitales (Protestante Digital y Lupa Protestante) y de haber percibido una recepción negativa por parte de ambos artículos ante la ocurrencia de dichos eventos en algunas iglesias del mundo, me gustaría que nos preguntásemos por un instante, aunque solo sea por amor al debate cristiano, si no es posible que en todo esto de las caídas haya mucho de verdad. La cuestión también me viene a mí de lejos. Yo también he sido empujado en una iglesia para ver si me caía y nada. En esa ocasión no me dejé tirar y salí de la iglesia ese día tan enfurecido como muchos otros que han escrito acerca de ello. No me gustan en absoluto los reportajes que sacan a algunos pastores famosos, como el bueno de Benny Hinn, diciendo que necesitan un avión privado para sus muchos viajes alrededor del mundo ministrando (y cogiendo pasta) a las gentes necesitadas del amor de Dios. Ni tampoco me gustan todos aquellos que se autoconvencen de que el evangelio es solo eso y siempre eso, caídas y manifestaciones extrañas, y se olvidan de que los apóstoles no solo fueron a compartir las buenas nuevas con manifestación del Espíritu (aunque por supuesto sí que había manifestaciones visibles del poder de Dios) sino que permanecían muchos meses enseñando y escudriñando las Escrituras con ellos. Todo eso no me gusta porque implica un desequilibrio del mensaje del evangelio de Cristo convirtiéndolo en un mensaje que tiene que elegir entre apelar a la mente o a las emociones del que escucha, pero nunca a ambos.
Pero no creo que todos esos malos testimonios de gente que se aprovecha de ciertas experiencias cristianas desestimen la posible veracidad de dichas experiencias (o la posibilidad de que puedan ocurrir y ser usadas por Dios). Por un lado, no creo que tengamos que estar buscando constantemente versículos bíblicos (como algunos han afirmado) para justificar cada cosa que el Espíritu desea hacer en las vidas de las personas (como espero que haya quedado claro en mi anterior mensaje sobre los asnos). De hecho el Cristianismo surgió precisamente gracias a que los judíos que creían en Jesús permitieron la posibilidad de que el Espíritu estuviera haciendo cosas inesperadas y nuevas entre los gentiles – como provocar diversas manifestaciones espirituales entre ellos. A veces nos olvidamos de eso y tomamos nuestros libros bíblicos como una espada con la que podemos atizar a los demás cuando estos comparten que el Espíritu ha hecho algo nuevo en sus vidas: “Hermano, eso no es posible, yo no veo eso en mi Biblia así que quizá estés loco porque mi Dios no habría hecho eso; tu experiencia debe de estar mal porque se sale de mi caja bíblica”. Encuentro especialmente irónico que muchos de estos cristianos que alegan no haber encontrado ningún versículo en la Biblia que justifique dichas experiencias reaccionen exactamente igual cuando se les pregunta acerca del resto de los dones y manifestaciones espirituales que sí aparecen en los textos que se refieren a las iglesias paulinas. Parece que en sus biblias la única iglesia aceptable es aquella en la que los únicos dones presentes y necesarios sean los de la enseñanza y la predicación (a ser posible de un sermón de 30 o 40 minutos largos).
Por otro lado, me cuesta creer que estos pastores famosos, por muy farsantes que sean, tengan la capacidad de engañar de tal forma a tantos miles de personas que les hagan creer que Dios está haciendo algo en sus vidas cuando Dios no está haciendo nada de nada (y sobre todo les hayan convencido de que la forma que Dios ha elegido es la de tirarles al suelo, ¡con lo que eso duele!). Me cuesta creer que el pueblo cristiano sea tan tremendamente manipulable (por supuesto, puedo estar equivocado). ¿Hemos de creer que todos los casos que hemos oído, visto o presenciado de personas que se han caído y han testificado acerca de experiencias en las que Dios les ha restaurado, sanado o yo qué sé, que todos esos casos son mentiras en las que esas personas se han dejado manipular y que Dios no ha hecho nada en sus vidas realmente? Me parece que asumir esto de entrada sin permitir ni siquiera el beneficio de la duda es un tanto paternalista e injusto. Igualmente podríamos asumir que las experiencias de las que testifican nuestras amadas biblias (lenguas de fuego, sanamientos, visiones, etc…) son igualmente ficciones inventadas por los escritores bíblicos para dar cierta emoción a sus escritos. Muchos cristianos no tienen ningún miedo en asumir lo primero pero se rasgan sus vestiduras al pensar en lo segundo.
No creo que estemos cometiendo un pecado imperdonable si dedicamos unos minutos a estudiar el fenómeno de las caídas con una mente abierta: su historia, su utilidad e incluso su posible necesidad en las vidas de algunos creyentes. Quizá encontremos que dicho fenómeno no sea tan satánico como muchos creen, e incluso nos sorprendamos ante la posibilidad de que las caídas sean algo que el Espíritu de Dios hace de vez en cuando, quizá incluso a menudo (aunque no siempre). Quizá tengamos que repasar nuestro conocimiento acerca de las religiones de ciertas gentes de las montañas Apalaches, sus conexiones con la iglesia metodista en los siglos XVIII y XIX (donde las caídas eran tremendamente populares), las experiencias y rituales que aquellas gentes tenían y la influencia que dichos rituales tuvieron en los grandes avivamientos de esos siglos en aquellas zonas. Quizá encontremos que ese fenómeno no es simplemente una desviación satánica reciente, sino más bien un fenómeno con una historia específica e interesante. Es posible que el estudio abierto de fenómenos espirituales como estos nos ayude a equilibrar nuestro mensaje del evangelio y a transformarlo en un mensaje que consiga apelar no solo a nuestra parte racional sino también a la emocional. Cualquier desviación de dicho equilibrio tiene malas consecuencias.
Permitamos la posibilidad de que todo eso de las caídas no sea algo que debamos rechazar de entrada inventado por ciertas personas malas y manipuladoras, sino que Dios mismo esté detrás de ello. Permitamos la posibilidad de que las caídas sean utilizadas de vez en cuando por Dios para cumplir algún propósito en las vidas de ciertas personas pero, como muchas otras cosas dentro del Cristianismo, sean susceptibles de ser manipuladas por los seres humanos para llevar a cabo ciertos fines que no concuerden con los fines de Dios. ¿Es posible que esto sea así? En este caso quizá deberíamos criticar más bien a aquellos que se encargan de mentir, manipular, fingir y utilizar estos hechos para sacar provecho de ellos, mientras que al mismo tiempo quizá podríamos intentar aprender un poco más acerca de aquellas cosas que el Espíritu de Dios ha decidido hacer entre su pueblo, por muy extraño y fuera de lugar que nos pueda parecer.
Un solo barco
mayo 17, 2007
Algunos miembros del profesorado de uno de los seminarios teológicos más respetados de Inglaterra afirman que se sienten intimidados y menospreciados por una institución que se está volviendo cada vez más conservadora. Incluso uno de sus miembros más prominentes, Elaine Storkey, quien contribuye habitualmente en la columna Thought for the Day, fue amenazada con acción disciplinaria. El descontento que ha surgido en Wycliffe Hall, un seminario evangélico anglicano que es parte de la Universidad de Oxford, se ha materializado por medio de varias dimisiones por parte de algunos profesores, entre ellos el director de estudios pastorales, los tutores de liturgia y evangelismo, y el vicerector del seminario y tutor de Nuevo Testamento. El seminario ha sido acusado de haberse vuelto más conservador teologicamente, más hostil a la ordenación de mujeres y más homófobo desde que llegó un nuevo director al centro, Richard Turnbull (quien sustituye a Alister McGrath). Estas divisiones solo reflejan la situación de crisis que atraviesa el anglicanismo a nivel mundial con respecto a temas como la ordenación de mujeres y la homosexualidad.
Me pregunto si esta misma crisis existe también dentro del mundo evangélico. Nuestra historia nos muestra de forma clara que el movimiento evangélico siempre ha abarcado un ámplio rango de colores, desde personas que no pueden aceptar que las mujeres hablen en público a otras que no solo aceptan que hablen sino que también pastoreen. Desde personas que creen firmemente que la Biblia es infalible, inerrante, inspirada, sin error de ningún tipo en absoluto y que debe ser leída de forma literal como si Dios la hubiese dictado desde el cielo al profeta de turno hasta aquellos que consideran a la Biblia como un conjunto de textos escritos por seres humanos en sus intentos falibles de intentar entender lo que ocurre a su alrededor. Desde personas que creen tener la autoridad de decirte cómo debes vestir, con quién debes hablar y cómo debe ser tu vida sexual a personas que son de la opinión de que todo eso es asunto privado de cada uno (y de Dios). Desde personas que creen que el evangelismo debe ser el centro de toda actividad cristiana, sea cual sea, hasta aquellos que piensan que evangelizar es algo que se puede hacer por medio de dar un trozo de pan a alguien que lo necesita, sin necesidad de predicarle a Cristo. Muchos colores, todos dentro de un mismo barco.
La historia también nos dice que este conjunto tan variado de colores no ha convivido siempre sin polémica añadida. A veces nos hemos tirado de las orejas unos a otros por diversas faltas de consideración o por exceso de rigidez. No pocas veces nos hemos sentido ofendidos al leer artículos que parecen atacar directamente todo aquello que consideramos el centro de nuestra identidad evangélica. En más de una ocasión hablamos unos de otros mostrando una tremenda falta de respeto porque pensamos que, al fin y al cabo, todos tenemos el derecho de defender nuestra identidad por encima de quien sea. A veces incluso juzgamos a las personas sin pararnos un par de minutos a considerar que quizá lo que están diciendo, aquello que nos crea tanto asco interior, sea verdad. No nos paramos a pensar en eso porque ese acto de consideración es también un acto donde nos mostramos vulnerables, y la vulnerabilidad no forma parte de nuestro juego evangélico.
Pero eso es lo que todo esto es, un juego evangélico. Y hay que reconocer que hasta cierto punto este juego ha dado cierta vidilla a las reuniones y convenciones de los distintos grupos cristianos, donde unos podían sacar a colación los temas de moda para debatir y discutir, y dichos debates incluso ayudaban a los cristianos a reforzar y comprender mejor su fe. Todo este juego parece formar parte del barco y siempre ha estado ahí. Ahora, todo eso deja de ser un juego cuando algunos grupos deciden tomar el mando del barco y llevarlo hacia donde ellos quieren provocando que los demás grupos que también conviven en ese barco tengan que saltar por la borda. Y la historia también nos recuerda que en ocasiones ha sido así. No son pocos los casos en los que algunas personas han tenido que saltar del barco para caer a un mar frío y lleno de tiburones, sin nada que comer y sin nadie con quien hablar. En esos momentos, cuando unos deciden tomar el control del barco y llevarlo por donde ellos quieren sin consideración alguna por los demás tripulantes, es cuando el mundo evangélico pierde su condición histórica de variedad y diversidad (una condición que procede del Cristianismo más primitivo) para convertirse en una especie de dictadura anti-evangélica.
Yo creo que esta es la única forma real que tenemos los evangélicos de perder nuestra verdadera identidad: permitir que nuestras diferencias doctrinales nos hagan tomar el control del barco y forzar a los demás tripulantes a abandonarlo. Y la ironía está en que aquellos que pretenden proteger la identidad evangélica y deciden tomar el control del barco para llevarlo a un lugar que ellos consideran seguro, lo que realmente consiguen es encontrar la única forma de destruir dicha identidad. Porque en el momento en el que intentamos eliminar la diversidad de colores para intentar ver el mundo a través de uno solo, perdemos la capacidad de ver nada adecuadamente.
Convivencia
mayo 11, 2007
Hace poco escuchamos la noticia de unas muertes en Turquía por motivos de fe. Esta no es la única noticia que delata el estado de intolerancia en el que estamos viviendo. El mes pasado se conoció también la noticia de una chica de 17 años, Du’a Khalil Aswad, que murió apedreada en Iraq por amar a un chico de un grupo religioso distinto al suyo (aunque ambos eran musulmanes). Algunos familiares creyeron que esa era razón suficiente como para sacarle de su casa al estilo veterotestamentario y apedrearla a la vista de todos, fuerzas de seguridad incluídas. Al mismo tiempo nos enteramos de que el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, ha caído en desgracia y está siendo atacado por diversos sectores tradicionales conservadores que han condenado un acto en el que el presidente besaba la mano de un antiguo profesor suyo, cosa prohibida en algunos textos sagrados. Por otro lado escucho la noticia de que hace unos días un partido de fútbol amistoso entre cristianos y musulmanes en Noruega tuvo que suspenderse después de una pelea provocada por la participación de mujeres en el partido. Supongo que habría alguna interpretación de algún texto sagrado en juego ante la presencia de algunas jugadoras de fútbol, cosa que algunos debieron entender como una amenaza profunda de las columnas de la fe en la que creían. Y hace dos días me entero de que existen unos pamfletos evangélicos cuya función es la de… no sé… evangelizar, o mostrar sentido del humor, o yo qué sé…
Noticias como estas me hacen darme cuenta de que los creyentes de este planeta aún no percibimos la gravedad de la situación en la que estamos viviendo. Quizá no nos estamos dando cuenta del punto de intolerancia al que estamos llegando, una intolerancia que aparece reflejada en las situaciones más insospechadas, demostrando que el problema no es ni mucho menos uno superficial. La pregunta que yo me hago es la siguiente: ¿Dónde reside el problema de tales actitudes intransigentes y faltas de diálogo? ¿Es que acaso no es posible pertenecer a ninguna de las tres religiones monoteístas – Islam, Cristianismo y Judaísmo – sin atacarnos unos a otros tanto verbal como físicamente? ¿Acaso nuestros textos sagrados incitan a la violencia? Y si así fuera, ¿es posible que los creyentes nos demos cuenta de una vez de que no existe ningún texto, sea lo sagrado que sea, que esté por encima de los derechos de un ser humano, de que los seres humanos estamos por encima de los textos sagrados que leemos porque así lo quiso Dios, y que todo texto que vaya en contra de dichos derechos debe ser abandonado o reinterpretado de forma adecuada?
Voy a proponer tres razones por las que creo que esta situación sigue así y al final sugerir algunos caminos para evitar que dichas actitudes de intolerancia continúen creciendo.
1. Falsa tolerancia
Quiero compartir una noticia que conocí la semana pasada. Se refiere a una serie de veredictos de varios juzgados en Alemania que hicieron saltar la alarma el mes pasado. Uno de los casos se centra en una mujer llamada Nishal, marroquí de 26 años, inmigrante en Alemania, con dos hijos y un marido sicótico. Desde que se casó con él, su marido le ha pegado incesantemente. Ella fue a la policia cubierta de heridas, y ellos ordenaron a su marido que se alejara de ella. Por supuesto él se negó, y siguió aterrorizándole. Así que Nishal fue a juicio para pedir el divorcio, en la esperanza de que una vez divorciados su marido le dejaría en paz. Cualquier juez que hubiera creído en los derechos de esta mujer habría permitido dicho divorcio. Pero la juez Christa Datz-Winter siguió una lógica distinta, la lógica del multiculturalismo. Dijo que no le daría el divorcio – a pesar de la mucha documentación de la policia que mostraba una violencia extrema – basándose en que Nishal era una mujer musulmana, y por tanto debería haber esperado que algo así ocurriera. De hecho, tomó el Corán y leyó algunos pasajes para mostrar que los maridos musulmanes tienen el ‘derecho de castigar corporalmente’. “Mira a la Sura 4, versículo 34”, dijo, “donde el Corán dice claramente que te puede maltratar. Esa es tu cultura”. Y este caso no parece una excepción. El periódico alemán Der Spiegel ha documentado una larga lista de ejemplos similares que han resultado en veredictos multiculturales.
Parece que en honor de palabras como tolerancia y cultura, ciertas personas de poder han decidido que pueden poner algunos textos sagrados por encima de los derechos humanos que toda persona tiene. Lo irónico es que, en estos casos particulares, los que lo han decidido ni siquiera piensan que dichos textos sean sagrados. Para ellos ha debido ser una decisión racional que tenía sentido tomar. No así para la mujer musulmana. Es en estos casos que palabras como ‘tolerancia’ pierden su contenido real. Cuando hablamos de encontrar un entorno de paz, tolerancia y libertad donde se respeten los derechos de las personas no estamos hablando de conseguir veredictos como estos. Se trata más bien de crear entornos de diálogo interreligioso donde predomine todo lo contrario, donde la principal prioridad sea el respeto a la vida, donde un musulmán tenga la autoridad de decirle a un cristiano que ciertos textos bíblicos donde el autor manda callar a la mujeres no deberían ser considerados sagrados, o donde un cristiano tenga derecho de decirle a un musulmán que las enseñanzas que algunos de sus maestros, como por ejemplo el Imam Mohammed Kamal Mustafa, están dando atentan contra los derechos de las mujeres. No podemos permitir que ciertos textos sigan sirviendo de excusa para oprimir, torturar, callar o imponer la voluntad de algunos sobre la de otros. Los seres humanos tenemos la autoridad de romper todas las barreras, ya sean culturales o religiosas, cuando estas sirven de excusa para el maltrato y la tortura.
2. Ignorancia
En la librería británica Sacred podemos encontrar una de las mayores exposiciones de textos sagrados de la historia de la humanidad, textos de las tres religiones monoteístas – Judaísmo, Islam y Cristianismo. Ahí podemos encontrar textos históricos: restos del Mar Muerto, versiones antiguas de los evangelios e incluso un Corán escrito en Arabia un siglo después de la vida del Profeta. Pero lo que también se puede percibir de forma muy clara es la tremenda interacción creativa que existía entre estas tres grandes religiones en los tiempos antiguos. Aprendieron caligrafía, diseño e iluminación unos de otros. Los antiguos rollos de la Torá, las elaboradas letras mayúsculas de los evangelios Lindisfarne, y los ricos patrones geométricos de los textos islámicos, todos ellos interactuan dejando ver rasgos de imitación entre sí. En ocasiones, muchas de las ilustraciones parecen copias directas unas de otras. El rey David parece sospechosamente similar en dos textos franceses del siglo XIII, uno judío y uno cristiano. Y esto es solo la superficie de lo que era, sin duda, un conjunto mucho más ámplio y profundo de correspondencias recíprocas. La Ley judía, la Halaka, influenció la Sharia, la Ley islámica. Los grandes filósofos musulmanes de los siglos XI y XII introdujeron el pensamiento de Platón y Aristóteles a sus colegas judíos, como por ejemplo Maimónides, que a su vez influyeron a otros teólogos cristianos como Aquino. La poesía medieval judía española debe mucho al verso árabe. ¿No apuntan estos ejemplos a una conexión mucho mas profunda entre religiones de lo que muchas de nuestras interpretaciones cerradas de nuestros textos sagrados a veces nos dejan ver?
Hoy vivimos en un mundo plagado de ignorancia. No solo ignorancia acerca de los demás, de las demás religiones, sino también acerca de nuestra propia religión. Nos llamamos musulmanes, cristianos o judíos, pero a veces no conocemos realemente nuestra fe, su historia, su procedencia, lo que ha hecho bien y lo que ha hecho mal. No conocemos nuestros textos sagrados, no sabemos identificar dónde reside realmente su valor y el alcance que realmente tienen. Vemos nuestra identidad religiosa constantemente amenzada por todo tipo de comentarios externos – ya sean científicos, culturales, sociales o religiosos – provocando que acabemos encerrados dentro de un pequeño muro que hemos creado para protegernos y seguir siendo ignorantes. No sabemos escuchar ni hablar con otras personas a menos que sea para intentar convencerles de que lo que nosotros creemos está bien. Estamos enfermos, enfermos de ignorancia. Ni siquiera sabemos leer nuestros textos, discernir qué es lo importante en ellos, lo que debemos aplicar a nuestras vidas, y lo que no. No sabemos diferenciar entre lo transitorio y lo eterno. Somos como bebés que siguen necesitando leche, a pesar de tantos siglos de crecimiento.
3. Anhelo de poder
Pero no es solo ignorancia. El problema también tiene que ver con nuestro anhelo de poder, de control sobre otros. En la librería Sacred que he mencionado más arriba, se puede leer otra historia que nos recuerda lo cortos que han sido aquellos momentos en los que se ha alcanzado algo parecido a una convivencia entre religiones. En dicha exposición se puede ver un manuscrito judío creado en 1482 en Lisboa, Portugal (la foto del medio que aparece arriba). Un simple vistazo ayuda a percibir la paz que debieron sentir aquellos judíos que lo crearon, el período de tranquilidad y desarrollo que vivieron. Aún así, en poco más de 10 años judíos y musulmanes fueron expulsados de España (o forzados a convertirse), y en poco más de 5 fueron expulsados también de Portugal. Esto marcó el brutal final de una época de mucho esplendor. Ese fue todo el tiempo que se necesitó para echar por tierra la convivencia entre gentes de distintas culturas y religiones. Solo fue necesario un grupo de personas con anhelo de poder para volver a la brutalidad y la violencia. Me pregunto si estamos viviendo hoy en otro 1482. Me pregunto si hemos olvidado con tanta facilidad el pasado, nuestra historia, que no nos importará volver a repetirlo de nuevo. ¿Sufrimos amnesia? ¿Somos capaces de olvidar con tanta facilidad el dolor y el sufrimiento que produce el anhelo de poder?
Los textos sagrados son también una herramienta muy útil para aquellos que quieren controlar. El proceso es sencillo: cuando conseguimos un montón de personas incapaces de pensar por sí mismos, que siguen a ciegas lo que creen que ciertos textos les dicen que deben hacer, entonces solo basta con convertirnos en los que tienen la autoridad para descifrar (o interpretar) dichos textos para que todos nos sigan. Si conseguimos convertirnos en los maestros que proporcionan la interpretación ‘ortodoxa’, entonces también nos convertimos en los reyes de la granja, y todos los demás nos siguen. En ese momento, lo que hemos conseguido es tomar ciertos textos sagrados y convertirlos en satánicos, en textos que sirven para oprimir y cumplir precisamente la función contraria que pretendían: se han convertido en piedras en lugar de pan.
Si la falsa tolerancia, la ignorancia y el anhelo de poder muestran caminos de sufrimiento y dolor, de opresión y tortura, ¿qué otros caminos podemos seguir? Podemos intentar seguir los opuestos: verdadera tolerancia, conocimiento y humildad.
1. Verdadera tolerancia
Aquellas personas que dicen seguir a Dios, o a Alá, o a Yavé, o a Cristo, ¿no tienen ellos la responsabilidad de encontrar la forma de respetar la vida que dicho Dios ha creado? ¿Acaso no es este Dios al que todos adoramos un Dios de misericordia, paz, amor, justicia y libertad? Puedo ir incluso más lejos que eso. ¿No está este Dios por encima de todos los textos sagrados que los seres humanos podamos escribir? ¿No es nuestro Dios mayor que todas las religiones juntas, o más grande que todo aquello que los seres humanos somos capaces de comprender? Si esto es así, ¿cómo es que no somos capaces de encontrar la manera de convivir unos con otros en libertad y tolerancia? ¿Cómo es posible que continúen perdurando aquellas antiguas interpretaciones cuya única intención es la de controlar a los demás rompiendo así la convivencia?
Si pretendemos aumentar nuestra tolerancia hacia los demás, quizá ayude crear ciertos entornos donde predomine el diálogo entre personas que no opinan de la misma manera. Quizá ayude fomentar actividades ecuménicas entre las tres religiones. Estamos faltos de diálogo, de comunicación real donde unos escuchen e intenten comprender a los otros. No se trata de encontrar un contexto de falsa tolerancia donde cada uno pueda hacer uso de sus libertades como le plazca, sino que encontrar un lugar creado para el diálogo donde todas las voces puedan ser escuchadas, y donde la tónica común sea la del respeto a la vida, principio que el Dios de las tres religiones apoya.
2. Crecimiento en el conocimiento de nuestra propia fe, así como de otras
También sería útil, creo yo, aprender a entender nuestra propia fe, sea la que sea, desde aquellos entornos que nos provean una visión lo suficientemente ámplia y justa como para no salir más cerrados de lo que entramos al principio. Son necesarios más seminarios interdenominacionales, o al menos más seminarios donde se permitan voces distintas (distintas de verdad) y donde dichas voces puedan ser escuchadas de forma justa y no paternalista. Si ya es un problema el que no seamos capaces de dialogar entre religiones, no creo que vayamos a superar este problema si ni siquiera aprendemos a hablar con las personas que están dentro de una misma religión. Se está haciendo muy necesario que aparezcan centros que enseñen a pensar, no que solo se interesen por indoctrinar. Aquella antigua idea (bueno, no tan antigua) de que, ‘cuanto más repitas una mentira, más probabilidades hay de que se vuelva verdad’, ha mostrado tener más poder del que se creía, pero poder para engañar, poder para mover masas no pensantes. Ese fue, por cierto, uno de los lemas del nazismo.
Estaría bien dedicar tiempo a conocer otras religiones también, a intentar comprender nuestros puntos en común, así como dónde radican nuestras diferencias reales. Hemos de dedicar tiempo a leer unos los textos sagrados de los otros, pero no para buscar errores, sino en expectación real de que Dios sea capaz de hablarnos incluso por medio de otros textos sagrados distintos a los nuestros. ¿Serías capaz de tomar un libro sagrado distinto al tuyo y leerlo meditando en él, con expectación de que Dios pueda hablarte por medio de él? ¿Cuántas veces lo has hecho? Quizá ejercicios de este tipo ayudarían a pondernos en los zapatos de nuestros vecinos, y a entender la riqueza de esas otras religiones.
3. Humildad
Si Dios es más grande que cualquier religión, entonces Dios no puede ser contenido por ninguna de ellas. Por tanto, ninguno de nosotros poseemos a Dios. De hecho, quizá necesitamos un cambio copérnico de nuestros paradigmas y dejar de mirarnos al ombligo como si la historia de nuestra religión (que normalmente es la que tiene razón) fuese la historia de la fe que nosotros tenemos en Dios. Quizá hagamos bien en quitarnos del trono y permitir la idea de que quizá sea posible que la historia de nuestra fe, sea cual sea, se parezca más a la historia de la fe que Dios tiene en nosotros (una fe que, por otro lado, resulta incomprensible a la vista de los resultados). No somos nosotros los que ocupamos el centro de la fe, sino Dios, y las características principales de dicho Dios parecen ser amor, misericordia y bondad. Por tanto, haríamos bien en intentar aceptar la posibilidad de que este Dios de amor nos ame a todos los creyentes, sea de la religión que sea, de la misma forma.
La pelota está en nuestro tejado. O bien nos conformamos con discusiones interminables acerca de qué Dios es el mejor y qué libro es más sagrado, o bien comenzamos a caminar juntos por un mundo mejor. Tenemos delante la responsabilidad de encontrar una nueva forma de convivencia. Los enemigos del científico y escritor Benedicto Espinoza le acusaban diciendo que ‘tenía la Biblia y el Corán en la misma estantería’. Y yo me pregunto, ¿por qué ha de ser este un insulto? Desde luego, Espinoza no lo tomaba como tal. Después de todo, para él Dios era muy distinto del que muchos creían conocer, y suficientemente grande como para abarcar todas las religiones. Por supuesto, muchos se rasgarían las vestiduras al leer sus escritos (como ya le ocurrió en vida), pero yo me sigo preguntando, ¿por qué debería ser ese un insulto? En mi estantería estaban juntos y ninguno de ellos explotó al contacto con el otro.
Jorge Luis Borges escribió una historia llamada Los Teólogos. En ella se relata la historia de dos teólogos rivales, Aureliano y Juan de Panonia. Ambos intentan ser los mejores encontrando herejías y despedazándolas por medio de sus escritos, aportando argumentos para que la inquisición de turno actue en contra de dichos herejes. En un momento de la historia Aureliano descubre un escrito al que denuncia como herejía, pero en su denuncia utiliza una frase de su rival, Juan de Panonia, que da a entender que él también es un hereje. Ante su sorpresa, Juan de Panonia es acusado de profesar opiniones heréticas. Y aunque Juan dedica horas a explicar que su frase no era más que un intento de rechazar otra herejía contra la que había escrito en el pasado, no consigue hacerles ver su error y es condenado a la hoguera. Aureliano le ve morir quemado. Jorge Luis termina su historia con el siguiente párrafo:
“El final de la historia sólo es referible en metáforas, ya que pasa en el reino de los cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó con Dios y que Este se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión en la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona”.
Si fuésemos capaces de percibir aunque sólo fuese un grano de esta verdad, quizá cambiaría mucho nuestra actitud hacia los demás. Entonces se habría puesto el primer grano de una nueva convivencia, una basada, no en la ignorancia, la falsa tolerancia o el anhelo de poder, sino en el amor y el respeto por la vida. Vale la pena seguir luchando por ello.
Paradigmas proféticos
abril 30, 2007
Hace poco tuve la oportunidad de leer una respuesta que escribió el autor Sam Harris a un cristiano que le había criticado fervientemente. A continuación, reproduzco parte de dicha respuesta. Sam Harris es autor de libros tan conocidos como The End of Faith o Letter to a Christian Nation, que han causado conmoción desde su publicación:
“Los cristianos a menudo afirman que la Biblia predice futuros eventos históricos. Por ejemplo, Deuteronomio 28:64 dice, ‘Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo; y allí servirás a dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres, al leño y a la piedra’. Jesús dice en Lucas 19:43-44, ‘Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación’. Se supone que tenemos que creer que estas frases predicen la historia futura de los judíos de una forma tan precisa que no quedaría más remedio que admitir que la única explicación posible es supernatural[…] Pero solo imagina por un momento cuán precisas dichas profecías deberían ser si fueran realmente el producto de una mente omnisciente. Si la Biblia fuese tal libro, nos daría predicciones específicas y falsificables acerca de eventos humanos. Podríamos esperar frases como, ‘En la segunda parte del siglo XX, la humanidad va a desarrollar una red mundial de ordenadores – los principios de los cuales explico en Levítico – y este sistema se llamará internet’. Sin embargo, la Biblia no contiene nada ni siquiera parecido a esto. De hecho, no contiene ni una sola frase que no pudiera haber sido escrita por un hombre o una mujer viviendo en el primer siglo.”
Quizá Sam Harris dió con algún cristiano que le explico ‘amorosamente’ que la veracidad o falsedad del Cristianismo depende de si se cumplen o no las profecías (o predicciones) bíblicas. Y luego Sam decidió abrir este libro mágico y leer dichas predicciones, y lo que encontró, lejos de ser frases del estilo que él menciona en su párrafo, eran más bien frases ambiguas y difusas que en algunos casos anunciaban ciertos eventos que en ocasiones ni siquiera llegaban a cumplirse. Y por tanto llegó a la conclusión de que dicha religión debía estar basada en una forma de pensar errónea acerca de dicho libro sagrado.
Sin embargo, si este es el entendimiento que los cristianos tenemos de cómo funcionan las profecías bíblicas, creo que lo hemos debido entender mal en algún punto del camino. No me parece cierta la creencia popular de que la intención principal de las profecías bíblicas fuera la de dar predicciones acerca del futuro. Y esto no lo digo porque tenga ganas de negar la fe cristiana (a la que pertenezco) y mucho menos porque no crea en el poder de Dios para predecir eventos futuros (en el caso de que eso fuera en lo que Dios estuviera interesado). Lo digo más bien basándome en el texto que tenemos en nuestras biblias y que tenemos la respondabilidad de leer adecuadamente para no llevar a confusión a aquellos que nos preguntan acerca de nuestra fe. Si seguimos diciendo que el entendimiento que debemos tener los cristianos acerca de las profecías bíblicas es uno de predicciones futuristas emanadas por un ser omnisciente, es normal que cualquier persona honesta que abra la Biblia y la lea acabe convencida de que en ese caso la propia Biblia demuestra que dicho entendimiento está equivocado. Tomemos un ejemplo. En Ezequiel 26:7-14 leemos la siguiente profecía:
“Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí que del norte traigo yo contra Tiro a Nabucodonosor rey de Babilonia, rey de reyes, con caballos y carros y jinetes, y tropas y mucho pueblo. Matará a espada a tus hijas que están en el campo, y pondrá contra ti torres de sitio, y levantará contra ti baluarte, y escudo afirmará contra ti. Y pondrá contra ti arietes, contra tus muros, y tus torres destruirá con hachas. Por la multitud de sus caballos te cubrirá el polvo de ellos; con el estruendo de su caballería y de las ruedas y de los carros, temblarán tus muros, cuando entre por tus puertas como por portillos de ciudad destruida. Con los cascos de sus caballos hollará todas tus calles; a tu pueblo matará a filo de espada, y tus fuertes columnas caerán a tierra. Y robarán tus riquezas y saquearán tus mercaderías; arruinarán tus muros, y tus casas preciosas destruirán; y pondrán tus piedras y tu madera y tu polvo en medio de las aguas. Y haré cesar el estrépito de tus canciones, y no se oirá más el son de tus cítaras. Y te pondré como una peña lisa; tendedero de redes serás, y nunca más serás edificada; porque yo Jehová he hablado, dice Jehová el Señor”
La fecha de la profecía la tenemos en Ezequiel 26:1, para que conste en acta. Sin embargo, unas páginas más tarde encontramos otra profecía fechada unos 16 años más tarde (Ezequiel 29:17), donde el profeta parte del hecho de que el ataque de Nabucodonosor contra Tiro había sido un fracaso:
“Hijo de hombre, Nabucodonosor rey de Babilonia hizo a su ejército prestar un arduo servicio contra Tiro. Toda cabeza ha quedado calva, y toda espalda desollada; y ni para él ni para su ejército hubo paga de Tiro, por el servicio que prestó contra ella. Por tanto, así ha dicho Jehová el Señor; He aquí que yo doy a Nabucodonosor, rey de Babilonia, la tierra de Egipto; y él tomará sus riquezas, y recogerá sus despojos, y arrebatará botín, y habrá paga para su ejército. Por su trabajo con que sirvió contra ella le he dado la tierra de Egipto; porque trabajaron para mí, dice Jehová el Señor” (Ezequiel 29:18-20)
Aquí tenemos un caso sorprendente de una profecía que sustituye a otra: la profecía original no ocurrió, Tiro no cayó y Nabucodonosor no había tenido su recompensa por todos sus ataques, y por tanto Dios le da Egipto.
Hay algo importante que debería hacernos pensar cuando leemos historias como estas en la Biblia (historias que, por cierto, se repiten en muchas ocasiones; podéis encontrar otro ejemplo en Jeremias 22:19 comparado con Jeremias 36:30). Si os fijais bien en lo que hemos leído aquí, el autor no muestra ningún problema mental ni ninguna crisis de fe a la hora de escribir en su libro tanto la profecía como el no cumplimiento de la misma. Ahora, si dicho autor entendiera el acto de anunciar una profecía como equivalente al de anunciar una predicción futurista, ¿no sería lógico que intentara explicar el aparente no cumplimiento de la misma de alguna manera? Si el autor fuera uno de tantos creyentes fundamentalistas, ¿no encontraría algún problema con poner ambas historias tan cerca una de la otra que el lector puediera darse cuenta del fracaso profético? La respuesta es que el autor no era un creyente fundamentalista. Todo lo contrario. Dado que estos episodios se repiten en varias ocasiones en la Biblia, parece que sus autores asumían un paradigma profético distinto del que se predica en nuestras iglesias hoy.
Sugiero (aunque no soy yo el primero en sugerir algo así), como posible idea a considerar, que los profetas bíblicos no tenían como objetivo principal la predicción de hechos que iban a ocurrir muchos años (incluso siglos) más adelante. No creo que la función principal de las profecías fuera la de informar de ciertos eventos que iban a ocurrir en un futuro lejano: ‘Hey, chicos… quería que supiéseis que dentro de tres siglos ocurrirá algo que no os va a gustar mucho’. No creo que esta frase hubiera significado mucho para aquellos judíos que no tenían pensado vivir tres siglos, y menos aún cuando muchos no creían en una vida después de la muerte. Frases como esas no habrían tenido ningún potencial para cambiar las sociedades en las que estaban viviendo los profetas. Lo que necesitaban eran voces autoritarias (la voz de Dios) que amenazaran con traer calamidades o bendiciones dependiendo de las actitudes de los oyentes. Lo que los profetas necesitaban eran afirmaciones que ayudaran a provocar un cambio en la sociedad del momento. Y por tanto las profecías debían tener un contenido relevante y muy real para el momento presente de quienes las anunciaban.
Encontramos este mismo paradigma también en los libros del Nuevo Testamento, donde las profecías que se citan del A.T., se citan con la única intención de mostrar la manera en la que dichas afirmaciones han cobrado vida para dar un mensaje actual y relevante para quienes escriben y escuchan. De esta forma, se repite el hecho de que la función principal de dichas profecías no es mostrar el valor histórico y contextual que tienen cuando se dijeron hace muchos años, sino más bien el valor y significado que podrían tener en estos momentos. Lo que realmente importa de dichos textos no es lo que significan historicamente, sino lo que nos están diciendo a nosotros en nuestra situación. Eso parece decir al menos 1 Pedro 1:10-12:
“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles”
Como veis, para los autores del N.T. los antiguos profetas no habían profetizado para aquellos tiempos antiguos, sino que habían estado hablando de lo que iba a ocurriren un futuro lejano. Y este sentir de que todas aquellas voces con autoridad del pasado hablaban sobre nosotros y sobre nuestro tiempo se repite en numerosas ocasiones. No hace falta más que leer los evangelios para encontrar una infinidad de supuestas profecías que se cumplen en la vida del Mesías. Digo supuestas porque los que las habían pronunciado en el pasado probablemente no habían estado profetizando cosas para dentro de varios siglos, como hemos dicho ya, sino para sus tiempos actuales. Pero en tiempos de Jesús pareció adecuado a algunos autores el tomar frases sueltas y aplicarlas al Hijo de Dios, como para dar más autoridad a su vida y su existencia, o quizá para otorgar continuidad entre las antiguas escrituras y el advenimiento del Mesías.
Así, no es dificil encontrar casos en los que ciertas afirmaciones del pasado adquieren un nuevo significado en la esperanza de comunicar un mensaje relevante a las personas y situaciones actuales que viven en el mismo momento del que escribe. En muchos de estos casos dichas supuestas profecías no son tales, sino que se convierten en intentos de encontrar en las antiguas escrituras ciertos secretos guardados acerca del Mesías que solo los judíos del primer siglo parecían capaces de descifrar (cuidado, no estoy diciendo que todas las afirmaciones encajen dentro de este grupo). De nuevo, doy un ejemplo. En Mateo 2:14-15 leemos:
“Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo”
El pasaje al que se refiere el autor se encuentra en el profeta Oseas:
“Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 11:1)
En dicho texto está claro que el profeta no está hablando del Mesías, sino de Israel. De hecho, el profeta no está hablando acerca del futuro en absoluto, ni está pronunciando una predicción que se cumplirá en muchos años. Sin embargo, el autor de Mateo toma esas palabras como si el profeta hubiera estado profetizando acerca del Mesías. (De hecho, si imaginamos que realemente las Escrituras estaban llenas de tantos mensajes proféticos como nos quiere hacer creer el autor de Mateo, resulta complicado entender cómo es posible que a tanta gente se le escapara la llegada del Mesías.)
Hay algo que tienen en común los dos ejemplos que he puesto aquí, tanto el del A.T. como el del N.T. Si os fijáis bien, en ambos casos los autores están intentando hablar con autoridad acerca del presente que están viviendo. En el caso del A.T. dicha autoridad viene del hecho de que, según ellos, es Dios mismo hablando por medio de sus labios. En el caso del N.T. la autoridad viene de otro lugar, de aquellos profetas a los que Dios habló de forma directa. Pero en ambos casos lo que dichas personas intentan hacer es hablar con autoridad acerca del tiempo y las circunstancias que les toca vivir. Ninguno de ellos está intentando predecir ningún evento que ocurrirá dentro de muchos muchos años. Lo que intentan es que las personas que viven a su alrededor les lean o escuchen, y tomen ciertas decisiones que ellos consideran adecuadas. Por tanto, podríamos decir que las profecías bíblicas no son predicciones, sino que son intentos de hablar con autoridad en un momento histórico determinado y con una intención (política o social) determinada. Y es muy importante saber ver que la forma (que no el fondo) de la autoridad de la que proceden dichos intentos no permanece fija, sino que se adapta al momento, al contexto y a la situación en medio de la cual están hablando.
Lo cual nos trae al presente y a la manera en la que los textos bíblicos se usan muchas veces para provocar cambios y para hablar con autoridad en ciertas circunstancias. Visto lo visto, podemos decir que Sam Harris tiene razón con respecto a las profecías bíblicas: no son muy buenas predicciones. Pero quizá porque nunca intentaron serlo. De hecho, en todo el asunto profético, lo importante no parece ser el texto (por mucho que sea lo que siempre se quiera enfatizar) sino la capacidad para provocar cambios sociales y políticos. El texto es más bien una excusa: en unos tiempos sirvió para dar una forma determinada a la autoridad con la que se estaba hablando (“Dios puso sus palabras en mis labios”), mientras que en otros sirvió para dar otra (“Los antiguos profetas hablaron de parte de Dios y dijeron…”). El texto sirve funciones distintas en ambos casos, pero esas funciones y sus formatos determinados no son lo importante de los mensajes, sino que lo que importa es el contenido y la intención.
Sobra decir que hoy vivimos en unos tiempos distintos a los tiempos bíblicos, y por tanto las formas han cambiado. Hoy no funciona proclamar que nuestras palabras proceden de la misma boca de Dios, y no tiene porqué. Tampoco funciona tomar textos del pasado y afirmar (por medio de diversos términos teólogicos) que tienen autoridad para obligarnos a hacer ciertas cosas que no queremos hacer. Ninguno de esos formatos consigue comunicar el mensaje que los cristianos tenemos que comunicar. De hecho, dichos formatos no hacen otra cosa que empañarlo. Y por ello nosotros tenemos la responsabilidad de ser personas de nuestro tiempo, personas que son capaces de utilizar los textos de forma responsable para provocar cambios importantes en nuestra sociedad. No es el texto el que está por encima del ser humano, sino el ser humano el que está por encima del texto. No estamos atados a los formatos antiguos, ni tenemos la obligación constante de repetirlos de una forma u otra. Hay momentos en los que hay que cambiar los odres viejos por unos nuevos, o si no el vino se echa a perder. Y el vino se está echando a perder demasiado en nuestros días por culpa de las formas en las que creemos que debemos comunicar nuestro mensaje. Los profetas y escritores bíblicos sabían eso muy bien, y por ello usaban dichos textos con la fluidez suficiente como para no permanecer atados a las formas antiguas.
Kahlil Gibran fue un escritor, poeta y pintor que murió el siglo pasado. Una de las líneas más notables que nos han quedado de dicho escritor procede de una colección de poesías (o parábolas) llamada, Sand and Foam (1926), y dice lo siguiente: ‘La mitad de lo que digo no tiene sentido, pero lo digo para que la otra mitad pueda alcanzarte’. En la primera mitad del siglo pasado, el mundo vió nacer una de sus obras maestras, The Prophet. En este libro se recogen las enseñanzas que un profeta, Almustafa, dejó a aquellos que le escuchaban antes de dejarles. Entre todas las cosas que el profeta llega a decir, algunas de ellas nos recuerdan a las antiguas profecías de escritores como Isaías o incluso Jesús:
“La tierra te entrega su fruto y nunca tendrás necesidad si sabes cómo llenarte las manos. Por medio del intercambio de los dones de la tierra encontrarás abundancia y serás satisfecho. Sin embargo, a menos que dicho intercambio sea en amor y bondadosa justicia llevará a unos a la avaricia y a otros al hambre”
“De la misma forma que tanto el santo como el justo no podrán elevarse por encima de lo más alto que hay en vosotros, así tampoco el malvado y el débil podrá caer más abajo de lo que hay en vosotros”
Textos como estos siguen apelando a los seres humanos porque tienen un alto contenido profético. Y eso ocurre también con obras de arte, canciones, poesías, etcétera. El mensaje profético no ha cambiado inmensamente en todos estos siglos que han pasado desde los grandes profetas bíblicos. Pero, así como el mensaje profético no ha cambiado, las formas sí lo han hecho y tenemos que, al igual que hicieron los profetas bíblicos, encontrar la manera de comunicar dichas profecías de forma que la sociedad nos escuche. Tenemos que aprender a elegir nuestras batallas adecuadamente y dejar de levantar muros allí donde no los hay. Tenemos que aprender a escuchar a los profetas que tenemos en nuestros tiempos, en nuestra sociedad, y ayudar a que su mensaje llegue, no quemarlos porque sus formas no nos gustan o no se ajustan a los formatos bíblicos. Tenemos que aprender a tirar los odres viejos, antes de que el vino se pierda.
Etsi Deus non daretur
abril 20, 2007
“No podemos ser honestos sin reconocer que es necesario que vivamos en el mundo etsi Deus non daretur [como si Dios no fuese dado]. Llegados a la mayoría de edad, hemos de reconocer de forma más verdadera nuestra situación ante Dios. Dios nos hace saber que es preciso que vivamos como seres humanos que llegan a vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el que nos abandona (Mc 15.34)! El Dios que nos deja vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo ‘Dios’ es aquel ante el cual estamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios se deja desalojar del mundo y clavar en cruz. Dios es impotente y débil en el mundo y sólo así está con nosotros y nos ayuda. Mt 8.17 nos indica claramente que Cristo nos ayuda, no por su omnipotencia, sino por su debilidad y sufrimientos.”
En este mundo de sufrimiento sin sentido y de torturas intolerantes, Dios habla con voz potente y clara. Quizá no con la voz que muchos quieren (o esperan) escuchar, sino más bien con la voz de la solidaridad con el que sufre, desde el sufrimiento. Este es el único Dios que supo traer consolación a Bonhoeffer en sus últimos días en prisión – “Sólo el Dios sufriente puede ayudar”. Este es el Dios revelado, el Dios que ninguna sabiduría humana, ninguna religión, se ha atrevido a proponer (Arnaud Corbic). Un Dios que habla con igual potencia a creyentes y a no creyentes, ambos habitantes sufrientes del mundo.
“Me pregunto a menudo por qué un instinto cristiano me inclina con frecuencia hacia las personas que no son religiosas, más bien que hacia las que son. Y esto no con una intención misionera, sino casi fraternalmente. Mientras que, frente a personas religiosas, con frecuencia no me atrevo a pronunciar el nombre de Dios – porque tengo la impresión de que produzco un sonido falso y de que no soy honesto – (…) frente a personas no religiosas puedo ocasionalmente nombrar a Dios con toda tranquilidad y como algo que cae por su propio peso.”
Aún hay cristianos que aman la vida y la tierra lo bastante como para luchar por su liberación de todo tipo de terror fundamentalista. Aún quedan cristianos que entienden el significado de palabras como paz y libertad, más allá de toda abstracción, no solo como términos teóricos, sino como herramientas políticas para construir comunidades de seres humanos adultos. Y digo seres humanos… porque todos estamos en el mismo barco.




