¿El juicio de Dios o el nuestro?
Septiembre 23, 2007
Me ha sorprendido recientemente leer en alguna revista cristiana ciertas frases que ponen los pelos de punta acerca del juicio que España está acumulando para sí por parte de Dios. La idea detrás de frases como estas es sencilla, aunque no por ello deja de ser atrevida (quizá demasiado atrevida): yo veo con mis dos ojitos que a mi alrededor suceden cosas que no me agradan, se toman decisiones políticas con las que no estoy de acuerdo, muchas personas deciden actuar de forma que yo considero anti-democrática o incluso anti-cristiana, la moralidad de las personas que viven a mi alrededor no me agrada, etcétera…, y como consecuencia de ello, dado que mi punto de vista equivale al punto de vista de Dios (porque mi punto de vista está basado en la palabra inspirada e infalible de Dios), entonces la única conclusión posible es que Dios debe estar tan ofendido como yo estoy, y por tanto, dado que sabemos que cuando Dios está ofendido produce juicios de terror contra sus enemigos, esta sociedad pronto va a ser juzgada por Dios.
No es tan extraño como debería ser encontrar razonamientos como estos dichos a los cuatro vientos en medios de comunicación públicos, tanto cristianos como no cristianos. Hace unos meses sufrimos inundaciones muy serias en el Reino Unido. Algunas personas fallecieron como consecuencia de estas inundaciones, y miles de viviendas fueron desalojadas. El reverendo anglicano Graham Dow, obispo de Carlisle, declaró sin pelos en la lengua que dichas inundaciones no eran solamente el juicio de Dios en contra del mal uso que los seres humanos estamos haciendo de nuestra creación, sino que también eran el juicio de Dios en contra de la decadencia moral de la sociedad. Algunas de sus palabras fueron:
“Esto ha sido un juicio fuerte y definitivo porque el mundo ha sido arrogante al decidir ir por su propio camino… Estamos segando las consecuencias tanto de nuestra degradación moral como del daño medio ambiental que hemos causado… Estamos en un serio problema moral porque hoy día cualquier tipo de forma de vida ha sido legitimada… En la Biblia, al poder institucional se le llama ‘la bestia’, que se impone para controlar a las personas y su moralidad. Nuestro gobierno ha tomado el papel de Dios al decir que la gente es libre para actuar como quieran [refiriéndose a la reciente introducción de ciertas leyes favorables a la homosexualidad que, según el obispo, minan el matrimonio]… Las distintas regulaciones sobre la orientación sexual son parte de esta permisividad general. Estamos en una situación en la que el juicio de Dios, cuya intención es que nos arrepintamos, puede caer sobre nosotros”
Es cierto que la Biblia nos habla de ocasiones en las que el juicio de Dios cayó sobre una nación o incluso sobre una persona como consecuencia de sus actos inadecuados (quizá de desobediencia). Por tanto, no podemos negar que la Biblia contiene la posibilidad de tales actos de juicio divino (aunque habría hecho bien el obispo de Carlisle en repasar otros textos relacionados con los diluvios en los que Dios menciona que ‘no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio’ (Génesis 9:8-11)). Otra cosa es, sin embargo, tener el poder y la autoridad interpretativa como para mirar a nuestro alrededor y determinar con certeza qué desastres naturales (o enfermedades, o situaciones de tremendo sufrimiento) han sido causados por Dios como actos de juicio en contra de ciertas personas y cuáles no. Al hacer estas interpretaciones a la ligera, corremos el riesgo de convertir a Dios en nuestro matón personal, un matón que ‘decide’ matar precisamente en todas aquellas ocasiones en las que sucede algo contrario a nuestros principios personales de moralidad. No hacemos mal en recordar otras palabras que también se encuentran en nuestras Biblias:
“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (Juan 9:1-5)
El juicio apresurado de los discípulos es detenido al instante por Jesús y sustituido por un acto de cuidado, ayuda y esperanza. Los juicios de muerte, aquellos que salen por nuestra boca con tremenda prontitud, sin ni siquiera pensarlos, son sustituidos por actos de vida. Las murmuraciones y críticas baratas que provocan tremenda oscuridad y soledad en las personas que hemos decidido marginar son sustituidas, en Jesús, por abrazos de luz. Creo que en otro texto se nos invita a ser hijos de luz, si no me equivoco…
El ojo falible
Agosto 3, 2007
El ejemplo que usó Sartre fue el de una cerradura. Por medio de esta imagen el popular filósofo existencialista francés nos lleva directamente al corazón de la experiencia humana vista a través de los ojos de los demás. A través de la cerradura observamos la experiencia ajena, desde el lugar secreto, y nos llenamos de satisfacción al ver lo bueno y lo malo de los demás, como creyendo entender y poseer al otro, con un conocimiento que (nos parece) nos otorga poder sobre el observado. Esta visión de la experiencia humana desde el punto de vista del observador eterno (y la sorpresa de Sartre al darse cuenta de que él mismo está siendo también observado por una cerradura que hay detrás de él) lleva al filósofo al vómito, a la nausea. Todo lo contrario, parece, de lo que ocurre en nuestra sociedad. A través de libros, revistas, televisión o cine, las experiencias de los demás son presentadas ante nuestros ojos para satisfacción del observador indiscreto. Así nos imaginamos a nosotros mismos como el ojo que todo lo ve, el Gran Hermano, que ve y juzga, y que por medio de esa observación posee, controla, conoce y comprende todo lo que hay que comprender sobre el observado; casi como si fuese un conocimiento puro, sin intermediarios, sin dominadores, sin dominados.
En su última obra antes de morir, Clarice Lispector nos deleita con una lectura distinta acerca de la visión de la experiencia humana a través de la historia de una joven brasileña narrada desde el ojo de la cerradura de un narrador masculino. En A hora da Estrela, la estrella es Macabea, una joven que nadie nota, que nadie ve, cuya experiencia escapa incluso al narrador, quien pasa tremendas dificultades para siquiera conseguir penetrar en esta vida tan elusiva. Ella (según él) no sabe leer los signos de los tiempos, no sabe leer los códigos de la cultura dominante y ni siquiera parece darse cuenta de que no sabe hacerlo. Parece que, ante la frustración de su narrador, este chica solo puede fijarse en las cosas pequeñas e ‘insignificantes’, en comparación con Olímpico (su único novio), quien ha aprendido a leer dichos códigos de supervivencia, a ver las cosas ‘importantes’ de la vida, demasiado bien.
Aquí tenemos a un narrador que cree estar mirando a través del ojo de la cerradura, que se cree capaz de observar fríamente la experiencia de esta joven, y capaz de relatarla sin aspavientos. Es por eso que (cree él) esta historia solo podría haber sido relatada por un hombre; porque una mujer estaría inmersa en un mar de lágrimas con cada línea (aún hoy hay personas en nuestro entorno que repiten estas mismas palabras). Sin embargo, este narrador encuentra tremendos problemas para conseguir ‘ver’ a este carácter tan esquivo. No es hasta la mitad del libro que escuchamos por primera vez el nombre de esta joven, cerca del momento en el que el autor está tan lleno de angustia que decide dejar de escribir por unos días, a ver si consigue volver a recuperar la compostura y seguir ‘explicando’ a un personaje que le saca tanto de quicio. La satisfactoria experiencia de observar por el ojo de la cerradura en secreto se convierte, en la mente de este narrador, en una razón de desesperación ante la incomprensión ajena. Sus intentos por controlar la historia, por dominar a su personaje, por domesticar lo que ve, se vuelven una y otra vez intentos fallidos. Aunque el narrador se cree capaz de acceder con libertad a la experiencia de Macabea, lo cierto es que parece estar separado por cientos de barreras, y solo llega a describirla por medio de estereotipos (masculinos y de clase media, vale la pena decir).
Pero también vale la pena recordar que esta no es sino la historia de una joven narrada por un hombre, toda ella narrada por una mujer, Lispector. Y como tal la propia experiencia del narrador queda por siempre lejana de nuestros ojos (cosa que, no dudo, Lispector tuvo en cuenta al escribir). Este juego de máscaras masculinas (en manos femeninas) y femeninas (en manos masculinas) no es sino una imagen de la tremenda paradoja de nuestra sociedad, en la que creemos conocer y poseer, pero muy dentro sentimos estar realmente muy lejos de poder empezar a comprender la experiencia ajena. Es este un juego capaz de retar la autoridad textual de cualquier escritor, la experiencia privilegiada de cualquier sector. Es un juego que muestra la falibilidad del narrador, así como la del narrador del narrador. E incluso la del lector. Nos cuesta poner plenamente nuestra confianza en este narrador, ya que percibimos claramente su falibilidad. Pero es esta falibilidad la que permite a la narradora escribir sin la limitación de tener que asumir una posición de omnisciencia plena. Gracias a este narrador falible intermedio, Lispector encuentra la posibilidad de acercarse a la experiencia de esta joven, sin afán de control ni posesión ni violación. Y es precisamente la muerte de ese afán lo que permite una aproximación más genuina, más cercana a la experiencia real. No mirando desde el otro lado de la cerradura, sino desde dentro de la habitación.
Es este un libro admirable en el que el narrador (y la narradora) se proponen contar la historia de una joven de forma objetiva, y donde nos cuesta oír siquiera una vez la voz interna de Macabea. Ni siquiera es capaz de mostrar el narrador ni un poco de simpatía, mucho menos empatía. El valor de esta joven (desde los ojos de este hombre) reside en su capacidad de ser buena trabajadora, en su capacidad de usar sus armas de mujer con los hombres, en su capacidad de reproducirse y dar hijos, en su inteligencia, en su compostura. Según los cánones sociales Macabea es defectuosa. Es él quien tiene el bolígrafo y escribe su historia. El narrador utiliza palabras, ellas son la base de su historia, mientras que esta joven casi no sabe leer. El usa palabras complejas, mientras que ella no sabe siquiera poner dos palabras juntas con sentido (¿quién define el sentido?). El define las reglas sociales aceptables, mientras que ella ni siquiera es consciente de que sus muchos hábitos se salen de dichos moldes.
Me acuerdo de Agar. Esta egipcia cuya historia se nos relata por judíos, en un entorno judío. La historia de un anti-Exodo fallido, de una escapada que no llega a ser tal. La historia de una mujer sin voz, solo con llanto. La historia de una mujer malinterpretada, mal escuchada, cuya experiencia ni siquiera es entendida. Solo una voz le da esperanza, la del hijo del hombre, el ángel de Dios. Pero ni siquiera esta voz escapa a la mano falible del narrador, que no consigue comprender la necesidad de libertad y liberación en esta mujer. Una mujer que (quizá) grita por ser escuchada, por ser conocida, pero plenamente, de verdad, sin estereotipos, sin manos que controlan, sin cerraduras que transforman en objetos. También me acuerdo del Salmo 139. De un narrador que desea huir del Gran Hermano, del ojo omnisciente de Dios, del ojo que todo lo ve, que todo lo escucha, que todo lo observa. Un narrador lleno de nausea que no quiere ser violado, que no quiere perder su independencia, que no quiere que su experiencia sea observada, manipulada, utilizada en su contra, malinterpretada, no entendida, perdida entre palabras que no dicen nada. Ni siquiera por Dios. Pero que de repente se da cuenta de que el ojo de Dios provoca todo lo contrario. El conocimiento de Dios libera. Es esta capacidad de Dios por conocernos, hasta lo más profundo de nuestras entrañas, que resulta más liberador: nunca seremos perdidos en la incomprensión, nunca quedaremos solamente en un conjunto de palabras que no supieron ser interpretadas adecuadamente (porque ni siquiera nosotros sabíamos qué queríamos decir). Somos conocidos, pero ese conocimiento solo cumple una función, y esa no es controlar, poseer, manipular o violar, sino liberar.
Es posible que este descubrimiento haya sido uno de los más grandes en mi vida. Quizá es posible volver a hablar, a intentar expresarme, sin la ansiedad provocada por el miedo a quedarme sin ser conocido. Ya lo soy. Es posible que este descubrimiento de la falibilidad humana en su afán por conocer (y en su incapacidad de lograrlo) sea una puerta abierta que nos permita entrar a dialogar. Créeme, escritora anónima, que yo también sufro para poder expresarme, y entenderte, y entenderme. Quizá el silencio sea la única solución para evitar la incomprensión. Para qué gastar saliva (o tinta). O quizá podamos hacer un último esfuerzo y entrar en la habitación donde está el otro… y charlar sin miedo.
Dialogar es saludable, ¿no?
Agosto 1, 2007
Pues parece que para algunos no. No entiendo la manía que tienen algunas personas de ponerse a la defensiva cuando se les propone dialogar con otras que opinan distinto a ellas. No puedo evitar pensar que la única razón para ponerse a la defensiva es que aún mantienen una forma de pensar sobre el diálogo como una batalla campal, en donde hay vencedores y vencidos, en donde tienes que sacar todas tus armas para convencer, en la que el conocimiento es poder, pero poder que se ejerce contra los demás, bien para someterlos, bien para humillarlos, bien para ‘convertirlos’ (en qué, Dios lo sabe). Se les menciona el diálogo y se ponen de uñas: comienzan a llamarte liberal, que has perdido el norte, que no tienes principios, que apoyas el sincretismo, o el pluralismo, que no crees en nada realmente, que eres un indeciso, que solo intentas sustituir una filosofía por otra. Y no te cuento ya si se propone un culto unido entre católicos y protestantes, o si se propone un estudio del Corán, o si se lee algún libro de Bultmann, o de Barth, o de Tillich, o de Boff. Y si ya se te ocurre, en un acto de tremenda rebeldía, el montar un seminario interdenominacional (pero de verdad), o incluso uno donde se fomente el diálogo entre religiones, no se conforman ya con dejarte en la calle sin sueldo ni pan; casi casi te crucifican. Qué habrá hecho la palabra ‘diálogo’ para ganar tan mala reputación. ¿Qué ocurre con estas personas? ¿A qué le tienen miedo?
Es cierto que los seres humanos necesitamos los moldes para vivir. Nos construimos ciertas imágenes de la realidad que nos ayudan a aprender y a vivir, y poco a poco esas imágenes, hasta cierto punto asentadas en nuestra forma de entender nuestro entorno, van cambiando según cambia nuestro conocimiento y nuestra experiencia de la realidad. En este sentido los moldes no son ni malos ni buenos. Pueden serlo. Pueden ser buenos si son la tienda de campaña intermedia en la que vive nuestro ser en nuestro peregrinaje por la vida, que utilizamos para aprender, para experimentar, para crecer, y que dejamos atrás para movernos a otra tienda distinta cuando llega el momento. Y como medio de vivencia transitoria, son buenos si evitamos que se vuelvan más que eso, si evitamos que se solidifiquen y se conviertan en un barrera que limite nuestro conocimiento y experiencia de la realidad. Pueden ser malos si dan el paso de transformarse de una tienda de campaña temporal y transitoria en nuestro hogar eterno, si pasan de ser un medio transitorio de aprendizaje a ser un fin que engloba todo lo que es verdad para nosotros y para siempre, si se convierten en nuestro dios, en nuestra única fuente de verdad, en la única verdad objetiva, universal y eterna que nos dice lo que debemos o no debemos creer.
El diálogo cumple funciones muy distintas en estos dos casos. En el primero, el diálogo puede ser una herramienta más para conocer, experimentar y vivir en nuestro entorno y con nuestros parientes, hermanos, amigos y enemigos. Por medio del arte de la conversación aprendemos que hay personas que pasan por las mismas cosas que nosotros, que hay personas que opinan como nosotros, y también que hay personas que opinan muy distinto a nosotros. Escuchamos testimonios que retan todas nuestras presuposiciones y que nos invitan a plantearnos una vez más nuestra visión de la realidad. En este caso el diálogo es una herramienta útil que sirve para deconstruir nuestra tienda ideológica, y quizá para ayudarnos a formar una nueva, nuestro próximo hogar en este proceso de aprendizaje en el que vivimos.
En el segundo caso, sin embargo, el diálogo cumple una función muy distinta. Dado que no se contempla el paso de un molde a otro como algo beneficioso sino más bien como la pérdida del hogar en el que habíamos decidido vivir para siempre, pérdida de la verdad que ya habíamos encontrado y que poseíamos, el diálogo entendido de la forma que hemos visto arriba es un enemigo: es la esencia de una tolerancia que no quiere más que obligarnos a aceptar a aquellos que odiamos (aunque no lo digamos abiertamente) en nuestro hogar, incluso sabiendo que hacen mal con sus vidas y que encima no quieren cambiar para adaptarse a mi visión de la realidad (que por cierto es la única válida); es una invitación a la conversación con todas esas otras tiendas de campaña que nos rodean, todas esas religiones (y denominaciones) demoníacas que han construido sus tiendas en nuestro jardín y que fomentan un sincretismo religioso que solo puede ser antibíblico; es el primer paso de la caída hacia un relativismo moral que no puede llevarnos a otro sitio que a un mundo lleno de hogares (eternos) separados, hijos perdidos, padres confusos, sociedades rotas. El diálogo, visto a través de los ojos de estas personas, es un truco de Satanás, de la bestia que nos intenta convencer por medio de sus palabras suaves y dulces, por medio de sus argumentos lógicos y atractivos, por medio de su ciencia y de su arte. Es un intento más, típico de los últimos días (no sé cuántas veces tengo que escuchar el muy repetido: “esto no ocurría hace 30 años…”), por desviar al remanente espiritual de su camino de verdad hacia uno de mentira. Y por tanto deciden no participar en este engaño de Satanás, deciden no dialogar porque creen que nada bueno puede ser sacado de ello. La alternativa que les queda es ‘santificar’ la herramienta del diálogo y convertirla en una nueva herramienta que solo debe ser usada para la conversión ajena. El diálogo, en este caso, es un arma de guerra que solo debe ser utilizada si es con vistas a evangelizar al otro. Al fin y al cabo, ¿no dicen las Escrituras que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?
Nadie dice que el diálogo tenga la clave a todos nuestros problemas. Puede que no sea así. ¿Pero por qué no vamos a poder intentarlo? Después de todo llevamos ya muchos años en un molde que fomenta todo lo contrario, que fomenta un tipo de verdad situada en lo universal, abstracto y eterno, un tipo de verdad que está ahí para ser descubierta por el observador objetivo que llevas dentro, y que si tú tienes la suerte de descubrirla (sea por revelación divina o como sea) esa verdad que has descubierto y que posees es aplicable a todo ser humano, y por tanto no hace falta diálogo a menos que sea para con-vencerte acerca de la (mi) verdad. Llevamos ya muchos años intentando vivir con esta idea de una verdad universal que podemos poseer, y ha dado ya muchos frutos, algunos buenos y otros malos. La teología sistemática es uno de los resultados de esta mentalidad. Y la forma de enseñanza que se fomenta en muchos seminarios cristianos, esa enseñanza que se dedica a la repetición constante de estas verdades encontradas, es otro. Resultados que han producido un cierto avance de la sociedad y del Cristianismo, pero también un retroceso. ¿Por qué no podemos cambiar ahora e intentar algo nuevo? ¿Es que estamos atados ya de forma irremediable a esa forma de entender la verdad, a ese molde anti-diálogo?
No quiero que nadie se confunda. No estoy diciendo que tengamos que pasar de un molde de patrones universales y abstractos a otro. No me cabe duda de que el diálogo puede ser transformado en una filosofía abstracta más, una nueva máscara que prometa nuevas verdades universales y eternas al estilo del molde que estamos intentando dejar atrás. Es normal que este riesgo exista: es la consecuencia inevitable de intentar aplicar nuestro molde de verdades abstractas, universales y eternas al diálogo mismo, convirtiéndolo así en nuestra verdad, en el fin de sí mismo. Pero el riesgo de que ocurra este tipo de transformación no es excusa para dejar de dialogar. Quizá sí que es un aviso para darnos cuenta de que nuestras presuposiciones y nuestra visión de la realidad es difícil de dejar atrás. No es tarea fácil, pero no por ello hemos de desesperar.
Palabras divinas
Julio 31, 2007
Se puede aprender tanto de este video, que lo mejor es verlo. No tengo comentarios ni acerca del pobre predicador ni acerca del auditorio, porque no creo que sean necesarios.
Solo una reflexión: esta misma predicación podría oírse este domingo en más de una iglesia española, con los mismos argumentos, el mismo tono de voz, la misma ‘profunda’ exposición bíblica, y la misma preparación y años de pensamiento acerca de lo que se está diciendo ‘en nombre de Dios’; eso sí, por pastores con muchos más años de los que tiene este. De hecho, sospecho que esto es precisamente lo que esperan muchas de las personas que se levantarán este domingo para ir a la iglesia, un sermón similar a este, bañado de todo tipo de palabras que apunten a un cierto conocimiento divino, con algún que otro versículo lanzado a la olla, pero con este mismo fondo y forma. No irán a la iglesia buscando pensar, buscando la verdad, buscando que el Espíritu les abra la mente y el corazón a algo nuevo que no habían visto antes. Lo que irán es buscando que alguien, sea quien sea y con la preparación y las intenciones que sean, les repita en tono más bien elevado las mismas ‘verdades’ que aprendieron en la escuela dominical cuando eran niños; y si este predicador puede montar un buen show, mucho mejor.
¿Y qué hacen algunos de nuestros seminarios para evitar esto? Suben el nivel de las redacciones y exámenes (lo cual significa que tienes que aprender a poner bien las comas y los puntos en el papel o si no te bajo la nota), y bajan el nivel del tipo de enseñanza a la educación bancaria de la que ya ha hablado Ignacio Simal en su blog de forma extensa (de hecho, hay un buen debate ahí que recomiendo a todo el que esté interesado). Se enfocan en intentar que esos futuros predicadores estén tan convencidos de lo que dicen que ni siquiera hayan dado una oportunidad a ninguna otra versión de la realidad. Enseñan las mismas doctrinas, y la misma forma de leer el texto, sin permitir cuestionamientos, sin permitir conversaciones con el mundo exterior. Enseñan apologética para impedir que los futuros pastores sepan conversar, para que solo sepan competir contra los muchos oponentes que les rodean. Se fomenta el espíritu competitivo entre los alumnos, para que los futuros pastores sean capaces de destrozarse unos a otros por conseguir el lugar de autoridad dentro de alguna futura iglesia, aunque tengan que pasar unos por encima de otros, rivales en la búsqueda de alguna iglesia, o incluso amenazando con provocar crisis en las iglesias si no se respeta su autoridad.
A mí eso me hace pensar de lo lindo. ¿Y a ti?
El camino (III)
Julio 26, 2007
En Juan 3 se nos relata la historia de una conversación en la noche, en secreto, entre dos personas, una del Espíritu y otra de la ley, una del viento y otra de las fórmulas, una de los cielos y la otra de la tierra. El autor/autora de esta historia nos permite adentrarnos en esta conversación secreta y escuchar cómo hablan los cielos con la tierra y de qué manera la poesía actúa para deconstruir la ley. ‘El viento viene y va, y escuchas su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va’. Quizá debería haberlo sabido un maestro de la ley, pero no lo sabe. La ley le ha solidificado, le ha convertido en piedra inmóvil, incapaz de ver más allá de lo que tiene delante de la narices, y a veces ni siquiera eso. Esta conversación ofrece a Nicodemo la posibilidad del cambio radical, de nacer de nuevo, de romper la piedra, de saltar la ley, de superar los patrones dictados por el mundo religioso que le rodea, de imaginar un nuevo mundo donde incluso es posible nacer de nuevo.
No es poco irónico que este sea el capítulo que contenga uno de los versículos más utilizados en los tratados evangélicos de fórmulas que permiten la entrada en el camino del Reino de Dios – hablo de Juan 3:16, por supuesto, versículo que ha sido pervertido al ser separado de su igual, el 3:17, el cual declara la intención original de la venida de Jesús al mundo: no para juzgarlo. Jesús no habla aquí de fórmulas sino de imágenes poéticas que llaman a nuestra imaginación y nos invitan a imaginar una nueva realidad en la que es posible dejarse llevar por el viento del Espíritu, en la que uno puede nacer de nuevo, reinventar el mundo que le rodea, el orden que le ha instalado en una posición con unas expectaciones definidas, y crear un nuevo orden donde haya nuevas esperanzas.
‘Nacer de nuevo’, esta sí que es una imagen de libertad. Pero en labios de muchos cristianos modernos se ha convertido en todo lo contrario, se ha convertido en una nueva fórmula, un slogan, una contraseña secreta que indica quién tiene permiso de entrar al camino del Reino y quién no. ¿Has nacido de nuevo? ¿Has aceptado a Jesús como tu Señor y Salvador personal? ¿Has hecho la oración que había al final de tu tratado? ¿Pero de corazón? ¿Vas a la iglesia siempre? ¿Oras y lees la Biblia a menudo? ¿Cantas y lees el tipo de canciones y libros que pertenecen a personas ‘nacidas de nuevo’? ¿Llevas el anillo de la castidad que llevan los ‘nacidos de nuevo’? ¿Tienes el tipo de creencias acerca de la Biblia, Dios, Jesús, que tienen los ‘nacidos de nuevo’? Si tu respuesta a estas preguntas es sí, entonces de verdad has nacido de nuevo, eres un ‘born-again’, eres uno de los nuestros , de los que se van a salvar, del pequeño remanente que queda para ir al cielo. Un significado muy distinto al que tenía en labios de Jesús, en su conversación secreta con Nicodemo.
Estamos tan sumergidos en nuestra forma moderna de pensar que ni siquiera nos molesta el hecho de que Jesús nunca definiera el evangelio en términos de ‘aceptar a Jesús como nuestro salvador personal’, o que nunca presentara la idea del Reino de Dios como un gran espectáculo moderno de leyes, pasos a seguir, pequeños diagramas que tenemos que aceptar al estilo de una reunión de negocios enfocado en el crecimiento de las ventas. La poesía de Jesús es muy distinta a las fórmulas del Cristianismo actual. En tiempos en los que el Imperio Romano ejercía un control absoluto del pueblo de Dios, lo que Jesús propone no son un conjunto de fórmulas que debemos cumplir para entrar en el cielo algún día, sino que propone un conjunto de imágenes alternativas que invitan a imaginar un mundo muy distinto en el que los que escuchan pueden participar como personajes principales, un nuevo mundo que está empezando aquí y ahora, en el que muchos de los valores cotidianos, aceptados e impuestos por el régimen romano (o por los líderes políticos y religiosos de turno) han sido invertidos, convirtiendo a aquellos que estaban marginados fuera del camino del Reino en sus principales invitados. La poesía de Jesús invita a la creación de una nueva comunidad en la que cada persona pueda encontrar una nueva posición social, un nuevo lugar de actuación, un nuevo propósito por medio del cual entender su futuro. La poesía de Jesús no está caracterizada por un conjunto de definiciones abstractas acerca de Dios, de su omnipotencia eterna y universal, como tampoco abunda en fórmulas ni leyes que todos deben cumplir.
Por supuesto, al utilizar la imagen del Reino de Dios (en contraposición con el Imperio actual, tanto político como religioso, que gobernaba las vidas de aquellas personas), Jesús estaba tomando un camino muy arriesgado, estaba ‘jugando’ con las esperanzas y las expectaciones de las personas que le rodeaban, estaba aludiendo a los sueños de todos aquellos que le seguían (en alguna ocasión hasta intentaron coronarle rey), estaba entrando directamente en el mundo que les rodeaba y presentando un mundo alternativo que dinamitaba las esperanzas de algunos y creaba nuevas esperanzas para otros. Esto es arriesgado por todo el conjunto de enemigos que te puedes formar por medio de este tipo de poesía; incluso Pedro protestó cuando Jesús se arrodilló a lavarle los pies: ‘Esa no es forma de actuar para un gran rey’.
Va siendo hora de que los cristianos aprendamos lo que significa seguir a Cristo. Va siendo hora de que dejemos de contar conversiones y comencemos a contar conversaciones. Pero de las de verdad, con cambios reales por ambas partes. Eso es lo que hace el evangelio de Juan, interesante; en lugar de contar conversiones cuenta conversaciones reales y profundas, de las que producen cambios verdaderos en los que participan en ellas. Al final va a resultar que es más bíblico conversar que convertir.
El camino (II)
Julio 26, 2007
Jesús utilizaba un lenguaje extremadamente arriesgado (ciertamente escandaloso para los conservadores de su época) cuando intentaba comunicar ciertas realidades espirituales acerca del camino del Reino. En ocasiones se atrevió a comparar a Dios con un juez cruel. Otras veces lo comparó con un jefe injusto. También utilizó a un administrador corrupto como un buen ejemplo del Reino de Dios. Incluso dijo que las prostitutas entrarían en el Reino de Dios antes de los estudiosos de la Biblia, o que aquellos que se sentaban en la última fila con un corazón contrito eran perdonados antes que aquellos que se sentaban en la primera fila y hacían largas oraciones. Dijo que la anciana que echaba dos monedas (de lo poco que tenía) se había sacrificado más que aquellos que daban cientos (de lo mucho que abundaban). Me pregunto cuál sería la reacción de algunas personas hoy si se les dijera que los homosexuales irán al cielo antes que los pastores. O que debían vender sus posesiones y repartir el dinero entre los pobres para poder seguir a Jesús. Anticipo que la reacción no sería muy agradable (y las cartas de protesta y amenaza tampoco se harían esperar). Sin embargo parece que las realidades espirituales que conciernen al Reino de Dios requieren un lenguaje arriesgado (a menos que creamos, claro, que pueden ser reducidas a pequeñas fórmulas teológicas).
Estamos tan adaptados al mundo moderno, con sus muchas formulaciones teóricas que nos cuesta mucho dar el salto postmoderno. Pero tanto el uno (el mundo moderno que se va) como el otro (el mundo postmoderno que llega) son etapas históricas, ambos con sus cosas buenas y sus cosas malas, pero ninguno mejor que otro en todos los sentidos. Los tiempo corren y, como dijo el pensador de Eclesiastés, hay un tiempo para todo; el modernismo se acaba y el postmodernismo llega. Va siendo hora de aceptar que los tiempos cambian (a veces incluso para bien), y aprender a vivir en el mundo y ayudar a introducir el Reino de Dios en esta nueva etapa que nos toca, en lugar de permanecer escondidos intentando permanecer en nuestra mentalidad moderna antigua (algunos creen aún que estos son términos contradictorios). Es increíble la poca capacidad poética que corre por nuestras venas. Como buenos modernistas, nos encontramos mucho más cómodos con formulaciones estrictas que nos digan quién va a ir al cielo y quién no, en lugar de algunas historias ambiguas y escandalosamente punzantes que nos hagan pensar y nos dejen en un estado de incomodidad general. Sin embargo, sospecho que las parábolas de Jesús encajan tan bien en un entorno como en el otro (incluso me atrevería a afirmar que algunas encajan mejor en un entorno postmoderno, post-fórmulas).
Una de las historias de C.S. Lewis que pertenece a la serie de Narnia, The Last Battle, contiene un diálogo muy interesante entre uno de los seguidores del dios Tash cuando se encuentra de repente con Aslan, el gran león:
“Alas, Lord, I am no son of Thine but the servant of Tash. He [Aslan] answered, Child, all the service thou has done to Tash, I account as service done to me[…] Therefore if any man swear by Tash and keep his oath for the oath’s sake, it is by me that he has truly sworn, though he know it not, and it is I who reward him. And if any man do cruelty in my name, then though he has the name Aslan, it is Tash whom he serves and by Tash his deed accepted”
El león acepta el sacrificio hecho en bondad y buena voluntad por este seguidor de Tash como sacrificio hecho para él, aún sin él saberlo. Y de igual manera rechaza todo sacrificio de maldad hecho en su nombre por sus propios seguidores. Historia que nos recuerda a la conversación imaginaria que plantea Jesús en Mateo 7:22, donde algunos le preguntaban: ‘¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’. Jesús respondió: ‘Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad’. Sin duda palabras arriesgadas que llevan la idea del Reino de Dios y su justicia mucho más lejos que simples legalismos llenos de fórmulas que hay que seguir, y que nos ayudan a percibir que el camino del Reino no es un camino controlado por dichos legalismos, sino uno muy distinto y complejo. O quizá me equivoque, quizá no sea complejo en absoluto, quizá sea mucho más simple de lo que queremos hacer de él.
Pero, por muy importante que sea, no nos hemos de conformar con el lenguaje arriesgado. Jesús también actuó de forma muy provocativa en algunas ocasiones, aún a riesgo de ser apedreado. No puedo olvidar a aquella mujer que cayó a los pies de Jesús a punto de ser apedreada hasta la muerte por un grupo de judíos. La respuesta de Jesús fue primero silencio y luego una pregunta: ‘¿Quién es el mayor pecador, esta mujer o aquel estudioso de la ley que tiene una piedra en la mano con la intención de tirársela?’ Y la respuesta, al menos en esa ocasión, no estuvo tan clara al final como los acusadores habían creído al principio. Creo que nunca lo está. Quizá por eso hemos sido llamados a no juzgarnos unos a otros sino a aprender a juzgarnos a nosotros mismos de forma adecuada. Y sin embargo, el pueblo cristiano no se caracteriza precisamente por su capacidad de auto-análisis y su apertura a los demás; incluso a veces lo contrario es lo que abunda, nuestra capacidad de juzgar y juzgar y juzgar, a los otros, a los que no cumplen nuestras reglas. ¿Cuánta energía dedicamos los cristianos a condenar los pecados sexuales de los demás y cuánta dedicamos a evitar juzgarles? Hoy responderíamos a Jesús sin miedo alguno: ‘La mujer que cayó a tus pies es la mayor pecadora, por supuesto, no hay duda de ello’. Hoy volveríamos a crucificar a Jesús, sin pensarlo dos veces. Después de todo, ¿quién crucificó a Jesús, adúlteras o estudiosos de la ley?
Tampoco puedo olvidar al Jesús que, ante la frustración de los que se divertían bebiendo en la boda, tiene la perfecta solución: sacarse una botella más de vino de la manga. ¡Qué digo una botella! ¡Cientos de ellas! Este es un sermón poco predicado, quizá por todas las reglas que empiezan a abundar en contra de tomar un vaso de vino. Este Jesús al que algunos llamaban comedor y bebedor (me pregunto de dónde le vendría esa fama) estaba lleno de riesgo. Comía y bebía con quien no debía. Tenía el tipo de compañía menos recomendable. Gustaba de la presencia de enfermos, mujeres de mal vivir, hombres de negocios, bebedores, comedores, pobres, terroristas… Vamos, lo mejorcito de la sociedad. Vivía peligrosamente, porque el camino del Reino de Dios es un camino de riesgo, un riesgo provocado, en la mayoría de las ocasiones, por todas esas reglas que creemos que deben abundar en él. Son precisamente esas reglas (y quienes las pretenden aplicar a toda costa) las que a veces provocan el riesgo; precisamente son esas reglas (y quienes reúnen piedras para el apedreo) las que provocan que el camino de Reino sea peligroso. Es un camino peligroso… Tomemos juntos un vasito de buen vino y lancémonos a él.
El camino (I)
Julio 23, 2007
Tuvimos que esperar hasta mediados de los años setenta del siglo pasado, en medio de la lucha por la liberación de las personas negras, para que las iglesias de Zimbabwe se distanciaran del sistema colonial y comenzaran a ‘africanizar’ a sus ministros. Sin embargo, un poco antes ya había tenido lugar una cierta distanciación de dicho sistema en el mundo del arte (parece que el arte encontró un camino distinto al que tantas veces se había forzado sobre esas gentes). Por mucho tiempo se había pintado por todo Africa un Jesús blanco como algo completamente normal y aceptado. E igualmente había ocurrido con María y los santos. Pero en Zimbabwe, a mediados de los 1930s, Edward Paterson, un reverendo anglicano y artista, había fundado la Escuela Misionera Cyrene para jóvenes africanos e introdujo entre las asignaturas la de arte. En ella los alumnos tenían la libertad de desarrollar su propia creatividad sin poner condiciones estilísticas a sus obras de arte. No debería sorprendernos que aquellos jóvenes artistas pintaran a Jesús, María, los santos, e incluso Adán y Eva, como personas negras. Como tampoco se preocuparon por usar la técnica de la perspectiva, la cual se había aceptado en Europa desde el Renacimiento. En su lugar las superficies estaban completamente llenas, normalmente de colores primarios, con enfoques especiales en muchos detalles. Con razón estas obras fueron expuestas en muchas exhibiciones alrededor de toda Europa. Ellas habían mostrado una nueva perspectiva, un nuevo punto de vista, una nueva verdad, una nueva senda del camino.
En Juan 14:6 Jesús dice: “Estoy en medio del camino”. Al menos eso es lo que muchos creen que dice. Y así toman a Jesús, como alguien que está en medio del camino, como el amo de las llaves que permite la entrada a algunos y se la niega a otros (dependiendo de si se saben bien la contraseña), como el guardián a quien debemos ser capaces de someternos para conseguir llegar al otro lado, como el gorila a quien tenemos que sobornar para que nos deje pasar, como el gánster a quien tenemos que vender nuestra alma para que perdone nuestra vida. Y dado que creen que ese es el mensaje de Jesús, se esfuerzan estas personas por convertirse en los matones privados de Jesús y de llevar hasta todos los rincones del planeta su visión particular de quién es Jesús y de todo lo que todos tienen que hacer para que Jesús les deje seguir andando por el camino. Para ellos, Jesús está en medio del camino. No solo eso: ellos son los llamados a conocer la única contraseña que hace que Jesús deje continuar en el camino, los que tienen el poder y la autoridad para susurrar esa contraseña en los oídos de aquellas personas que ellos consideran adecuadas y dignas de seguir en este camino – normalmente aquellos que comparten una idea acerca de quién es Jesús similar a la que ellos tienen.
Pero parece que lo que Jesús dijo no fue eso, sino ‘Yo soy el camino’: ‘Soy el camino que sigues cuando te preguntas acerca de Dios, cuando buscas, cuando no te conformas con lo que has aprendido, cuando no dejas que sufran los que te rodean (o si no puedes evitarlo sufres con ellos), cuando te niegas a aceptar el status quo que solo favorece a unos pocos’, ‘Yo soy el camino sobre el que ya estás caminando aún sin saberlo, con tus penas, dudas, sufrimiento y dolor, con tus risas, gozo y emociones de todo tipo’, ‘Yo soy el camino porque no hay otro, porque no hay otra manera de llegar hasta aquel que necesitas’, ‘Yo soy el mejor camino que puede haber, porque te dejo caminar a tu ritmo, sin forzar el paso, porque te guío cuando no lo notas, porque te acompaño cuando te aventuras a entrar por las oscuras sendas que tanto te asustan’, ‘Yo soy el camino ancho y alegre, rodeado de flores y de sol, como también el camino oscuro, tenebroso y lleno de rocas que hacen daño en los pies’, ‘Yo soy el camino que todos han caminado y todos caminan’.
En 1981, Isaiah Berlín escribió algunas notas para un amigo que iba a dar una conferencia y que le había pedido ayuda. Isaiah iba a salir de viaje y escribió una notas rápidas en un papel, notas que recogen su lucha personal en contra de la intolerancia:
“Hay pocas cosas que hayan hecho más daño que la creencia por parte de individuos o grupos (o tribus, o estados, o naciones, o iglesias) de que solamente él o ella o ellos o ellas poseían la verdad… Es una terrible y peligrosa arrogancia creer que solo tú tienes razón; que solo tú tienes un ojo mágico que te permite ver la verdad; y que los otros no pueden tener razón si no están de acuerdo contigo. Esta forma de pensar hace creer a uno que solo existe un objetivo y solo uno para su nación o iglesia o para toda la humanidad, y que vale la pena pasar cualquier tipo de sufrimiento (sobre todo sufrimiento de los demás) para alcanzarlo – ‘a través de un océano de sangre hacia el Reino de Amor’ (o algo así) dijo Robespierre; y Hitler, Lenin, Stalin, y me atrevo a decir, líderes de las guerras religiosas entre Cristianos y Musulmanes, o Católicos y Protestantes también creían sinceramente esto. La creencia de que existe una y solo una respuesta a todas las preguntas centrales que han hecho agonizar a la humanidad y que uno la ha conseguido – o que su líder la posee – ha sido responsable por todos los océanos de sangre, pero no ha habido ningún Reino de Amor como resultado”
20 minutos
Julio 18, 2007
Existen pastores que se jactan de ser capaces de predicar sermones de una, dos e incluso tres horas sin ni siquiera pestañear. A veces, supongo que es posible que se sienta que lo que se está diciendo es tan importante que es necesario repetirlo una y otra vez hasta que se vean caras que muestren aceptación (o ya no quede nadie escuchando). Otras veces ni siquiera importa si hay o no caras de aceptación: se repite lo mismo hasta la saciedad porque así se han acostumbrado ciertas personas a predicar, ante el imperativo de que sus sermones tienen que alcanzar una duración determinada. Empiezo a creer que en algunos seminarios se debe enseñar que un sermón debe ser, al menos, de 35 minutos o más (sin tope máximo) y debe tener al menos 3 puntos (sin poner ningún límite en los sub-puntos). De alguna forma, debe existir la mentalidad de que cuanto más aguantes predicando, más demostrarás haber estado preparando el sermón, o quizá más creerás haberte ganado el sueldo. Parece incluso que existen personas que cuando van a la iglesia esperan eso mismo, un sermón más bien largo, y se sorprenden, e incluso enfadan, si el sermón ha durado 20 minutos o menos (aunque no sean capaces muchos de ellos de mantener la concentración durante más de 10).
Yo me pregunto si en 20 minutos no se puede dar un mensaje lo suficientemente claro y profundo a aquellos que nos escuchan. Me pregunto cuánto duraban los sermones de Jesús (suponiendo, claro, que hubiese dado alguno). Sabemos que su forma predilecta de enseñar era por medio de parábolas, y sabemos que las parábolas que tenemos en la Biblia son más bien cortitas y entretenidas. Estoy seguro de que en 20 minutos nos daría tiempo, no solo a leer cualquiera de ellas, sino también a exponer algunos puntos interesantes que se deriven de ella. ¿Y si tomamos el sermón del monte? Supongamos que Jesús pronunció este sermón: ¿cuánto creéis que duró? ¿Y si tomamos otros sermones bíblicos reconocidos por su importancia? ¿Y si tomamos la declaración de Pedro que menciona Hechos 2, o la defensa ‘evangelística’ de Pablo en Hechos 17? ¿A cuánto habrían llegado?
No dudo de que hay momentos en los que vale la pena extenderse; suele ocurrir en ciertas clases de estudio bíblico en donde parece que todos quieren seguir tratando ciertos temas, y hay interés por todos los lados y mucho que aprender y compartir. Como podría haber dicho el escritor de Eclesiastés: ‘Hay un tiempo para enrollarse, y uno para terminar’. Pero nadie ha dicho nunca, y seguramente (digo seguramente) no está escrito en las doctrinas más bíblicas del evangelicalismo, que cada vez que nos levantemos a predicar nuestro sermón deba durar al menos 35 minutos y deba tener 3 puntos. Es cierto, sin duda, que existe la mentalidad en muchas iglesias de que la única estrella del culto es el sermón, y así se estructuran normalmente las reuniones de domingo: se hace un apartado cortito de anuncios, se cantan un par de canciones mal cantadas (porque en un culto cristiano ‘está escrito’ que hay que cantar aunque no se sepa para qué) y se pasa directamente al plato fuerte, al sermón. Puede que esto sea debido a la cultura audiovisual en la que nos hemos acostumbrado a ser los espectadores que escuchan y ponen el dedo en alto para señalizar aprobación, o bien lo ponen hacia abajo cuando el actor ha dicho algo que no nos ha gustado mucho. O quizá se deba esta mentalidad a la falta de conocimiento de lo que el Espíritu de Dios puede llegar a hacer en un buen tiempo de alabanza. Sea por la razón que sea, está claro que en muchas iglesias el sermón es la única estrella. Me pregunto si esto debería ser así.
Por último, me pregunto si cuando predicamos nos preocupamos por mirar las caras de las personas que tenemos delante. Me pregunto si nos preocupamos por comunicar lo que estamos diciendo a las personas que nos escuchan, o lo tomamos más bien como una labor que tenemos que hacer pero que podríamos hacer exactamente igual aunque tuviésemos una pared delante, o 100 personas roncando. ¿Nos damos cuenta cuando miramos a las personas si están escuchando atentamente o si sus ojos no hacen otra cosa que mandarnos mensajes de S.O.S. para que paremos cuanto antes? ¿Somos capaces de leer las caras de las personas que nos escuchan y reaccionar ante lo que parece que nos están diciendo?
Propongo algo: ¿y si todo pastor que lea este mensaje acepta el reto de preparar un mensaje de 20 minutos o menos para este domingo? Igual aprendemos algo nuevo de esta experiencia…
Los límites de la gracia de Dios
Julio 3, 2007
Bart Campolo es el fundador y capellán de Mission Year, un programa nacional de servicio cristiano que permite a adultos jóvenes unirse a equipos de evangelismo que viven y trabajan en los barrios profundos de las ciudades en compañía de las iglesias locales. Bart también pertenece a Urban Youth Ministry Institute, es profesor en la Staley Foundation, representante nacional de Compassion International, y un reconocido líder de acción social cristiana. También es autor de libros y artículos como Kingdomworks: True Stories about God y His People in Inner-City America.
A continuación os presento, con autorización del autor, una traducción de uno de sus últimos artículos, que ha provocado cierta controversia entre diversos sectores del Cristianismo evangélico. Si queréis leerlo en inglés, podéis pulsar aquí.
Los límites de la gracia de Dios
Escrito por Bart Campolo
Hace unos años, después de que me pidieran educadamente una vez más que saliera antes de tiempo de una de mis charlas por haber respondido equivocadamente a una pregunta acerca de los límites de la misericordia de Dios, decidí que no era justo continuar hablando a confiados evangélicos que no sospechaban nada acerca de mis creencias.
Por muy extraño que parezca, yo conozco muy bien el hecho de que proclamar a un Dios suficientemente compasivo como para intentar rescatar a todos y cada uno de sus hijos – y suficientemente poderoso como para conseguirlo – es un escándalo muy peligroso para estas personas. De una forma muy real, ellos ni siquiera tienen la esperanza de que ocurra una salvación universal. Después de todo, sin el miedo que provoca la eterna condenación de sus amados no salvos, ¿qué otra motivación podrían tener para hacer evangelismo o cualquier otro servicio misionero?
Y aún así, vaya donde vaya, siempre encuentro gente – sobre todo gente joven – a quienes ese miedo no les motiva en absoluto. Todo lo contrario, esta gente está horrorizada ante la noción de un Padre Celestial que esencialmente dice a sus hijos, ‘Os amo, pero si por alguna razón no conseguís aceptar eso antes de vuestra muerte corporal, yo os mataré y torturaré por toda la eternidad’. Especialmente esto es así teniendo en cuenta que este mismo Padre Celestial tiene en su mano todas las razones que sus hijos aceptan o rechazan en primer lugar.
Estas son precisamente las personas que me hacen las preguntas que solían llevarme a cuestionar mi caminar, y también son aquellos que escriben cartas y mensajes electrónicos como este:
Querido Bart,
Puede que esto sea un poco raro, pero tengo una pregunta para ti. Yo viví y trabajé entre los pobres con Mission Year en los barrios profundos de Atlanta el año pasado. Cuando viniste para visitar a mi equipo, contaste una historia que sucedió cuando comenzaste a trabajar en barrios difíciles. En aquella ocasión conociste a una chica que había sido violada por una banda cuando tenía nueve años y – después de que su profesor de Escuela Dominical le dijera que Dios debió tener alguna razón para permitirlo – había rechazado a Dios para siempre. En aquél momento, dado que tú creías que Dios tenía el control, y dado que por su falta de fe esa chica estaba condenada a la perdición eterna, tú decidiste que Dios debía ser un “cruel bastardo”. De alguna forma, por medio de tu historia, dijiste en alto las palabras que yo tenía en mi mente desde hacía mucho tiempo.
Después de haber dejado todo esto a un lado por un año, me gustaría saber cómo has conseguido reconciliar todos esos pensamientos. ¿Cómo has conseguido dar el salto de ‘Dios es un cruel bastardo’ a ‘Puedo confiar en él’? Yo no consigo encontrar la forma de dar ese salto. A veces consigo comenzar a confiar en él, pero cuando recuerdo mi pasado de abusos, y recuerdo a aquellos a los que amo y que están condenados al infierno eterno, hay algo que no encaja en mi mente. Me gustaría conocer al Dios que tú conoces – quien aparentemente permite que ocurran cosas horribles en este mundo, pero aún así permanece puro y santo y fiel y amoroso.
No sé si algo de esto tiene sentido para ti, pero ya que estaba luchando con estos pensamientos una vez más hoy, me acordé de ti y esperaba que tuvieras alguna palabra de ayuda.
Sara
Querida Sara,
Gracias por escribirme. A lo largo de los últimos años he adquirido la convicción de que la pregunta que me haces es la pregunta más importante que se puede hacer. Como el Rabino Harold Kushner observa, ‘Prácticamente toda conversación profunda que he tenido con la gente acerca de Dios ha empezado por esa pregunta o ha llegado a ella en muy poco tiempo’. Así como estoy seguro de que mi respuesta no será tan elocuente como la de este Rabino, intentaré hacerlo lo mejor que pueda.
Antes de nada, mientras que yo creo que mis ideas más preciadas acerca de Dios están apoyadas por la Biblia (¿qué diría un cristiano si no?), tengo que admitir que esas ideas no se originaron ahí. Todo lo contrario, la mayoría de mis ideas fueron formadas durante aquel tiempo difícil que ya te comenté, cuando me desilusioné al observar el sufrimiento y la injusticia que había descubierto en la ciudad profunda – de repente no podía confiar en la Biblia en absoluto. Llegado a ese punto, por primera vez, me di cuenta de que las vidas de las personas no dependen de si creen en Dios o no, sino más bien en qué tipo de Dios creen. También me di cuenta, para mejor o para peor, de que la única evidencia en la que podía confiar de verdad era lo que podía ver por mí mismo.
Lo que vi en aquel momento, y aún veo hoy, es un mundo lleno de maravillosa bondad y de terrible maldad, amor y odio, belleza y fealdad, vida y muerte. A la vista de tan claros dualismos, me pareció entonces, y aún me parece hoy, que existen un puñado de posibilidades espirituales:
- No existen fuerzas espirituales. El universo material lo es todo. Nuestras vidas no tienen ningún sentido, y aquellos que esperan que lo haya esperan en vano. En este caso, considerando a aquella chica víctima de violación, desespero.
- Solo existe una fuerza espiritual que trabaja en el universo, y que es responsable de lo bueno y de lo malo. El mundo es como esta fuerza desea que sea, y todo – incluidas las violaciones de niños – suceden de acuerdo a su plan. En este caso, desespero.
- Existen dos fuerzas espirituales opuestas que trabajan en el universo, una enteramente buena y la otra enteramente mala. Satanás (o como se quiera llamar a la fuerza mala) es más poderosa y por tanto vencerá al final. El sufrimiento de esa pequeña niña no es más que un anticipo de lo que nos espera a todos en el futuro. En este caso, desespero.
- Existen dos fuerzas espirituales opuestas que trabajan en el universo, una enteramente buena y la otra enteramente mala. Dios (o como se quiera llamar a la fuerza buena) es más poderosa y por tanto vencerá al final. El sufrimiento de esa pequeña niña – provocado por el mal – será de alguna forma redimido, y ella misma será sanada como parte del completo plan de redención y absoluta sanidad que nos espera a todos. En este caso – y solo en este caso – me regocijo y alegremente me comprometo con este Dios de amor y bondad.
Por supuesto, no puedo demostrar la veracidad o falsedad de ninguna de estas posibilidades basándome en la evidencia de mi experiencia. Sin embargo, lo que sé con certeza es cuál de ellas me ayuda a querer seguir viviendo, la que yo elijo por amor a mí mismo, la que yo creo digna de mi compromiso. Puede que me equivoque en todo esto, pero no tengo dudas acerca de ello. Si la fe consiste en estar seguro de aquello que se espera, entonces soy verdaderamente un hombre de fe, porque estoy convencido de aquello que espero que sea verdad: que Dios es completamente bueno, enteramente amoroso, y perfectamente perdonador, que Dios está haciendo todo aquello que es posible para vencer al mal (lo cual es evidentemente una tarea larga y difícil), y que Dios conseguirá vencer al final, a pesar de todas las evidencias que apuntan en la dirección contraria.
Este es mi primer artículo de fe. No he requerido ninguna Biblia para llegar hasta él, y – honestamente – ignoraré o interpretaré de forma distinta todos aquellos versículos bíblicos que sugieran otra cosa distinta.
Este primer artículo de fe fue el punto de inicio en el que comenzó mi vuelta a Jesús, y aún hoy permanece como la fundación de mi fe. Este artículo me permitió confiar en la Biblia de nuevo, pero solo porque ella testifica de forma tan clara acerca del Dios de amor en el que yo ya había elegido creer. Me gusta seguir especialmente las enseñanzas de Jesús porque esas enseñanzas – y su vida, muerte y resurrección – me parecen la mejor expresión de la verdad última de Dios, que nosotros los cristianos llamamos gracia. De hecho, en estos días he aprendido a confiar en Jesús incluso cuando no le comprendo, porque me he convencido de que él sabe de qué está hablando, de que él es quien dice ser, y de que él es el único que puede contemplar de forma plena aquello que yo solo puedo esperar que sea verdad.
Desafortunadamente, puede que Dios sea muy distinto del que yo espero que sea, en cuyo caso probablemente yo esté metido en un buen lio cuando llegue el día del juicio. Quizá, como muchos creen, la verdad es que Dios creó y predestinó algunas personas para salvación y otras para perdición, según su voluntad. Quizá ese Dios caprichoso solo nos parece poco amoroso porque no conseguimos comprender. Quizá, como muchos creen, todos aquellos que mueren sin haber confesado a Jesucristo como su Señor y Salvador irán al infierno para sufrir eternamente. O más importante que todo esto, quizá la soberanía de Dios es tal que aunque podría haber impedido que pequeñas niñas fueran violadas, Dios no es menos justo ni menos misericordioso cuando son violadas, y esos niños así como aquellos que les amamos no deberíamos ser críticos y deberíamos dar las gracias y la adoración a Dios en cualquier caso.
Mi respuesta es simple: rechazo creer todo eso. Si así hiciera, desesperaría.
Puede que algunos digan que sería sabio que me tragara mis palabras sobre todo esto, que continuara siendo ortodoxo, y asegurarme así un lugar con Dios en la eternidad. Pero eso es precisamente lo que estoy intentando decir: si esas cosas son verdad, entonces no me importa que Dios me mande al infierno. Para mejor o para peor, simplemente no estoy interesado en otro Dios que no sea completamente bueno, enteramente amoroso, perfectamente perdonador, y suficientemente poderoso como para vencer al final sobre el mal. Puede que dicho Dios no exista, pero moriré intentando encontrarlo, y no me comprometeré con ninguna otra posibilidad porque, francamente, cualquier Dios menor que ese no es digno de mi adoración.
Por favor, no malinterpretes lo que digo. Soy muy consciente de que yo no decido quién es Dios. Lo que sí decido, sin embargo, es con cuál me voy a comprometer. Después de todo, soy un agente libre, y tengo ciertos estándares para mi Dios, el primero de los cuales es este: no adoraré a ningún Dios que no sea al menos tan compasivo como soy yo. Si Mahatma Gandhi y mi pequeña amiga que fue violada por una banda van a ir al infierno porque han fallado en creer las cosas correctas, entonces supongo que yo también voy para allá, por la misma razón.
Puede que John Calvin – o Jerry Falwell igualmente – tengan razón después de todo, pero si la tienen yo prefiero aferrarme a mi esperanza gloriosa que aceptar su amarga verdad solo para salvar el pellejo.
Puedes imaginar el resto. No odio a Dios, porque no creo que Dios tenga el control de este mundo aún. Narices, Dios ni siquiera tiene el control de mi vida aún, incluso cuando yo deseo que así sea – así que, ¿cómo voy a creer que Dios está provocando todo aquello malvado que ocurre en las calles? No odio a Dios porque creo que Dios está siempre intentando hacer todo lo que puede dentro de los límites de la libertad humana, la cual incluso Dios no puede escapar.
En este último punto, considera por un momento la relación esencial que existe entre la libertad humana y el amor, y luego considera la identidad esencial entre el amor y Dios. Si Dios es amor y nos hizo por amor a imagen de Dios, entonces Dios no tuvo otra opción que hacernos libres, y dejarnos libres, e intentar ganarnos como agentes libres para su reino (lo cual, evidentemente, es una tarea larga y difícil). Así hizo Dios, yo creo, y así hace.
No odio a Dios porque, aunque supongo que Dios conoce todo lo que puede ser conocido en un momento dado, no supongo que Dios sabe o controla cualquier cosa que va a ocurrir en el futuro. Tampoco odio a Dios porque en más de veinte años en las calles he visto demasiada maldad (y demasiada de mi intentando-moverme-en-la-dirección-correcta-pero-aún-bastante-pecadora propia naturaleza). No odio a Dios porque me parece que este mundo es un campo de batalla entre el bien y el mal, no un show de marionetas con una sola persona moviendo los hilos. No odio a Dios porque el Dios en el que he elegido creer no puede ser odiado, y porque me niego a creer en cualquier otro Dios que pueda serlo.
Pero tengo buenas noticias: puede que esté totalmente equivocado, pero incluso en mis horas más oscuras, mi Dios de amor no ha dejado de hablar conmigo. Todo lo contrario, oigo su voz en lugares en los que nunca la oí antes, siempre diciendo las mismas cosas, de una forma u otra: estoy contigo; perdona por todo el dolor; también me duele a mí, sobre todo cuando uno de mis pequeños sufren; siempre te he amado, y siempre te amaré; haz lo mejor que puedas, pero no te preocupes; todo saldrá bien al final; confía en mí.
Y lo hago. Y espero que tú también, cuanto antes mejor.
Tu amigo,
Bart
Por supuesto, creer en Dios de la forma en la que yo lo hago es cambiar todas las reglas del ministerio – sobre todo del ministerio a los jóvenes. Aún intento convencer a los jóvenes lo mejor que puedo para que acepten a Jesús como su Señor personal y Salvador, pero no lo hago porque tenga miedo de que Dios les vaya a condenar al infierno si no lo aceptan. Al contrario, lo que quiero es que estos chicos que amo sigan a Jesús porque yo creo genuinamente que seguir a Jesús es la mejor vida posible. Dejando la eternidad a un lado, quiero que sean transformados por el evangelio aquí y ahora, por amor a ellos y a todas aquellas personas perdidas y rotas que existen por ahí y que necesitan empezar a vivir como discípulos de Jesús. Después de todo, cuanto antes empecemos todos a seguir a Jesús por medio de alimentar a los pobres y libertar a los oprimidos, antes se cumplirá la voluntad de Dios en la Tierra como en el cielo.
Sobre todo, evangelizo a personas porque, después de descubrir que son los amados hijos de mi amado Dios, no quiero que sufran ni un minuto más de los necesario sin conocer esta maravillosa verdad.
Y permanezco en la ciudad profunda, a pesar de todo el sufrimiento e injusticias que veo cada día, porque puedo. No culpo más a Dios por aquello que está fuera de su control, ni le odio por todo el dolor que sufren sus pequeños. Incluso en medio de tal fealdad, puedo permanecer aquí porque estoy lleno de fe. Puede que no esté seguro de lo que sé, pero tengo absoluta certeza de lo que espero, y la mayoría de las veces consigo vivir en esa dirección.
Permanezco aquí por una razón más, por supuesto: en lugares como estos nadie te pide que te vayas antes de tiempo porque no has sabido encontrar los límites de la gracia de Dios.
El negocio de la protesta
Junio 27, 2007
“Rage boy”, de profesión protestante. No de los de Lutero, sino de los otros, de los que protestan por todo, sea lo que sea y venga de donde venga. Si pincháis en este link veréis distintos momentos de éxito de Rage boy. Es curioso: si yo fuera periodista intentaría no acercarme mucho a un grupo grande de personas que están protestando enérgicamente (sobre todo si no estoy seguro de sus intenciones o de lo que son capaces de hacer). Sin embargo, en todas estas fotos podemos ver la cámara pegada a la cara de Rage boy, como si fuera el único protestando. Y probablemente eso no esté muy alejado de la verdad. ¿Que llegan las cámaras de la tele? Rage boy va corriendo y pone su peor cara ante la cámara, quema algunas banderas, grita algunos slogans y deja fluir toda la ira que lleva dentro. ¿Que las cámaras deciden que ya han tenido bastante? Rage boy recoge sus bártulos y para casa. Me pregunto cuántos habrá parecidos a este, cuantas personas que tengan el oficio de protestar por todo aquello que suene un poquito distinto a lo que ellos creen que debería estar bien, cuántas personas tan llenas de ira que ni siquiera pueden esperar a informarse adecuadamente acerca del tema del que quieren protestar y hablar sobre ello con otras personas que no opinen igual, como seres civilizados, sino que se lanzan sin pensarlo dos veces a gritar acusaciones, comunicados y slogans de todo tipo, independientemente del daño que puedan hacer (de hecho, cuanto más daño, mejor) o la confusión que puedan provocar entre los demás. Solo tengo un consejo para estas personas (bueno, lo cierto es que tenía dos, pero he decidido no perder el tiempo en escribir el segundo, ya que lo más probable es que hubieran protestado en contra de él)…
Consejo: Si vas a elegir la profesión de protestante, igual podrías ser listo/a y hacerte también vendedor/a de banderas – no solo no gastarás una fortuna para comprarlas, sino que puede que también hagas una fortuna vendiéndolas (y esta moraleja funciona igualmente bien en otros países como España, donde las banderas y las protestas parecen primas hermanas).

