La edad de la Tierra y la sicología humana
Septiembre 23, 2007
En los 1940s un profesor de sicología llamado Bertram Forer tuvo una ingeniosa idea para intentar analizar un fenómeno que le llenaba de curiosidad: la capacidad ilimitada de sus hermanos y hermanas humanos para dejarse engañar por timadores de todo tipo (en especial, Forer estaba interesado en los timos relacionados con la astrología y la grafología). Lo que Forer hizo fue construir un test de personalidad que entregó a su clase de sicología. Una semana más tarde Forer dio a cada uno de sus alumnos una hoja y les dijo que contenía una corta descripción de su personalidad basada en los resultados de sus tests. Forer pidió a sus alumnos que examinaran la descripción cuidadosamente, que marcaran si estaban o no de acuerdo por medio de un número entre 0 (pobre) y 5 (perfecto), y que levantaran la mano si al acabar creían que la descripción se había acercado mucho a la realidad. Los estudiantes hicieron eso: leyeron las descripciones, pusieron la nota y, uno por uno, fueron levantando la mano. Forer se sorprendió al levantar la cabeza y encontrar que todos los estudiantes habían levantado la mano. ¿Por qué se sorprendió?
Lo sorprendente de este experimento es que Forer había entregado la misma descripción a todos sus estudiantes. Lo único que había hecho era tomar un libro de astrología y copiar algunas de las frases más generales y más positivas que había encontrado (¿a quién no le gusta escuchar algo bueno sobre sí mismo?). A pesar de tener todos los estudiantes la misma descripción, el 87% de ellos habían marcado la hoja con un 4 o un 5, indicando que les describía casi a la perfección. Dicha descripción se ha hecho muy famosa desde entonces y este mismo experimento se ha repetido en muchas ocasiones con similares resultados. Lo que esto demuestra es que tanto la astrología como la grafología no tienen porqué dar descripciones precisas, siempre y cuando sean capaces de ser vistas por los demás como si lo fueran. Basta con dar descripciones suficientemente generales y nuestros cerebros harán el resto del trabajo para acondicionarlas con posibles casos reales de nuestras vidas.
Pero Forer no paró aquí. Tres semanas después el profesor dijo a su clase que las notas que habían puesto a las descripciones se habían perdido y que necesitaba que todos volvieran a poner la misma nota que habían puesto cuando hicieron el experimento (por supuesto, Forer no había perdido nada). Para su sorpresa, la mitad de los estudiantes que habían puesto un 5 a su descripción ahora dijeron que habían puesto menos nota. Lo que apunta a una conclusión más: no solo somos muy crédulos, sino que aquellos que son más crédulos prefieren auto-engañarse a reconocer y afrontar su credulidad.
Gracias a estos resultados puedo hacer la siguiente predicción: ‘El debate acerca de la edad de la Tierra (con un bando diciendo que tiene muchos millones de años y otro diciendo que tiene unos 6000) no va a terminar nunca’. Creo que los resultados lo confirman. Por un lado, disponemos hoy día de todas las evidencias que una persona racional puede necesitar desde prácticamente todas las ramas científicas imaginables apuntando en la dirección de que la Tierra es muy pero que muy mayor, teniendo muchos millones de años. Por otro lado, hay personas que se empeñan en afirmar basándose únicamente en su lectura privada de los textos bíblicos (que ellas mismas reconocen no son textos científicos) que la Tierra tiene algo así como 6000 años de antigüedad. No hay nada en los textos bíblicos que nos obligue a creer que eso es así, y sin embargo muchos cristianos hoy día siguen ‘argumentándolo’ como si su vida y su fe dependiera de ello. ¿Por qué?
Si hacemos caso a los resultados de los muchos experimentos realizados una y otra vez, la realidad es que el poder que muchos argumentos tienen en nuestra vida procede, no de sus evidencias sino pura y llanamente de dos fuentes principales: nuestra ilimitada credulidad y nuestro tremendo orgullo (aunque podríamos llamarlo también, nuestra incapacidad para reconocer que nos han timado). Resulta que tenemos tal facilidad para creernos historias sin importarnos en absoluto su procedencia que, una vez metidos en el pozo, se vuelve muy complicado reconocer que estábamos equivocados. Y cuanto más tiempo estemos en el pozo mucho peor, ya que habrá que afrontar mucho más error por nuestra parte. No es casualidad que libros como ‘The Da Vinci Code’ sigan triunfando en nuestra sociedad aún después de haber mostrado que dichos libros tienen una base histórica muy dudosa, como tampoco lo es que hoy día existan millones de personas que sigan pagando a astrólogos para que les hagan un estudio de su personalidad y de su futuro, cuando se ha demostrado una y otra vez que dichos estudios no tienen ninguna base que apunte más allá del típico timo de moda. Y de igual manera, no es casualidad que siga habiendo líderes cristianos que ‘triunfen’ en su carrera política-cristiana por el simple hecho de reafirmar ciertas doctrinas ampliamente aceptadas o por tener cierta habilidad para usar el lenguaje cristiano correcto, aún cuando un estudio de los textos bíblicos demuestra que ni esas doctrinas tienen base bíblica alguna ni dicha forma de hablar es adecuada en absoluto. A pesar de toda la evidencia en contra hay personas que siguen aceptando ser timadas y pagando por ello, y parece que siempre las habrá.
Evolución = Abominación
Junio 6, 2007
En alguna ocasión, en alguno de mis mensajes, he mencionado que dentro del Evangelicalismo se pueden encontrar diferentes sectores o grupos de creyentes que mantienen distintas (incluso a veces opuestas) creencias. En alguna ocasión he expresado además mi opinión de que dicha variedad de creencias es una virtud y no una debilidad del Cristianismo. La virtud en cuestión es la de poseer un nucleo de creencias básicas (que aportan una identidad fundamental) lo suficientemente potente como para soportar la tirantez que produce el distanciamiento entre ciertos grupos que, aunque de acuerdo en dicho nucleo, aceptan además otros conjuntos de creencias respecto de los cuales es posible discrepar. Así, sabemos que dentro del Evangelicalismo podemos encontrar, por un lado, creyentes fundamentalistas que apoyan una lectura literal de las Escrituras y que derivan de ella todo un conjunto de creencias acerca del origen del universo (usualmente creado hace unos pocos miles de años) y del origen del hombre (de nuevo, usualmente creado de una pieza en un solo día en un acto creador de Dios), mientras que por otro lado también existen creyentes evangélicos que tienen una visión de las Escrituras muy distinta de la cual no derivan muchas de esas doctrinas acerca de la creación; entre estos se encuentran aquellos que aceptan la teoría de la evolución como la mejor hipótesis científica que aporta una buena explicación natural a toda la evidencia que poseemos hasta el día de hoy, sin que eso tire por tierra la validez de la Biblia para sus vidas.
Toda esta variedad de creencias no debería resultar problemática a menos que creyésemos que el nucleo de nuestra fe, aquella base de nuestro Cristianismo que nos sirve de identidad, dependiera precisamente de todo aquel conjunto de creencias derivadas de nuestra manera de leer las Escrituras. En el caso de que esto fuese así, la definición propia de Cristianismo que surgiría de esas creencias añadidas debería contener afirmaciones como: “El verdadero cristiano es aquel que cree que la Tierra fue creada hace algo así como 6000 años”, o bien, “El verdadero cristiano es aquel que niega la posibilidad de que Dios haya elegido la evolución como su método creativo”. Una definición del Cristianismo que contuviera frases como estas propondría dos caminos entre las cuales todo ser humano tendría que elegir: por un lado tendríamos el texto bíblico como el único contexto universal adecuado que nos permitiera entender nuestro entorno y a través del cual tendríamos que mirar e interpretar el resto del universo ya fuera a nivel personal, espiritual, histórico e incluso científico; por otro lado tendríamos el mundo en general y la sabiduría que viene de él, la cual se consideraría a un nivel más bajo que la sabiduría que viene de las Escrituras. Presentado ante este dualismo, el ser humano debería optar por la sabiduría de la Biblia y desechar la sabiduría del mundo si quisiera ser cristiano.
Sin duda, cuando miramos a los distintos grupos de creyentes dentro del Cristianismo encontramos personas que opinan de esa manera y cuya definición del Cristianismo contiene frases como las que he mencionado más arriba. Personalmente, como cristiano perteneciente a un grupo distinto, encuentro esa postura exclusivista, un tanto irónica y muy incoherente. Encuentro muchas veces irónica la necesidad que tienen algunas personas de tirar por tierra las teorías científicas cuando encuentran ciertas incongruencias entre dichas teorías y sus lecturas personales de sus textos sagrados. Me resulta incomprensible esa actitud de suponer que todo aquello que parece estar en contra de lo que yo creo o de la forma en la que yo veo el universo debe estar equivocado. Y este factor resulta especialmente irónico (y a la vez triste) cuando dicha actitud provoca un rechazo de hipótesis científicas que llevan con nosotros muchos años y cuya validez está siendo demostrada una y otra vez de forma clara. Me da la impresión de que muchas personas religiosas tienden a atacar a la ciencia con demasiada facilidad, sin darse cuenta de que ellos mismos hacen uso diario y constante de los avances y descubrimientos que el método científico ha hecho posible. Y esta falta de coherencia que muestran aquellos que critican las hipótesis científicas sin pensarlo dos veces pero luego se suben a un avión para ir de vacaciones demuestra una falta de humildad añadida que no debería ser tan abundante precisamente en aquellas religiones en las que la humildad es considerada como una de las mayores virtudes.
Hace poco he tenido la oportunidad de leer un artículo de J.A. Monroy que nos presenta un dualismo similar al que menciono más arriba. En este mensaje el tema de fondo es la evolución, un tema que por otro lado ha servido para sentar posiciones dentro del Evangelicalismo desde hace años: si crees en la evolución eres un liberal que no cree en la Biblia y que no cree en un Dios creador, mientras que si rechazas la evolución has dado un paso importante para entrar en el grupo de los que leen la Biblia de forma adecuada dándole el valor que ella merece. En el mensaje de Monroy podemos leer frases que ejemplifican las alternativas que he mencionado más arriba:
“La teoría de la evolución quiere que arranquemos las primeras páginas de la Biblia y las sustituyamos por otras del Origen del hombre”
“La teoría de la evolución nos pide que desconfiemos de Moisés y confiemos en Darwin”
“La teoría de la evolución pretende que neguemos la realidad de un Dios creador y aceptemos en su lugar al animalito acuático”
“La teoría de la evolución exige que neguemos a Adán y pongamos nuestra fe en el orangután”
Frases como estas, como he mencionado ya, pertenecen a un grupo determinado dentro del Evagelicalismo, un grupo que tiene unas ideas determinadas (podríamos llamarlo una ideología determinada) acerca de cómo hemos de leer las Escrituras. Si suponemos, por ejemplo, que el relato del Génesis nos está dando una descripción científica y literal de cómo Dios creó el Universo a partir de la nada, entonces tenemos que asumir que la teoría de la evolución es falsa y que cualquiera que la acepte se está desviando de la lectura correcta de las Escrituras. Sin embargo, ¿es esa suposición adecuada (o incluso bíblica) o proviene más bien de una forma de entender la fe cristiana que engloba a unos pocos pero ni de lejos al resto del Cristianismo? ¿Es verdad que si aceptas la teoría de la evolución estás negando la realidad de un Dios creador? Sin duda existen muchos científicos cristianos que no tienen ningún problema en aceptar la teoría de la evolución sin que eso implique un rechazo de un Dios creador; ¿hemos de suponer que todos ellos se han desviado de la lectura correcta de la Biblia, o incluso peor, que todos ellos se han alejado del conjunto de creencias que les identifica como cristianos?
Usaré las palabras de uno de estos científicos cristianos, Kenneth R. Miller, para responder:
“Si Dios así lo hubiese elegido, el Dios que enseñan la mayoría de las religiones occidentales podría haber creado cualquier cosa, incluso a nosotros, de la nada, a partir de Su voluntad nada más. En nuestra infancia como especie, quizá esa fue la unica forma en la que podíamos imaginar el cumplimiento de Su voluntad. Pero hemos crecido, y ha ocurrido algo grandioso – hemos comenzado a comprender las bases físicas de la vida misma… Aceptar la evolución no es ni más ni menos que el resultado de respetar la realidad y consistencia del mundo físico a través del tiempo”
Otros opinan de forma similar. Escuchemos, por ejemplo, lo que dice John Polkinghorne acerca del famoso libro de Charles Darwin, Origin of Species:
“Dos clérigos anglicanos, Charles Kingsley y Frederick Temple, ambos dieron una temprana bienvenida a la forma de entender el universo de Darwin, viendo que la evolución podría ser teologicamente entendida como la manera por medio de la cual las criaturas habían tenido el privilegio, otorgado por su Creador, de ‘hacerse a sí mismas’. El Dios de amor no ha creado un mundo similar a un teatro divino de marionetas, sino que el Creador ha dado a sus criaturas un cierto grado de independencia. La teología trinitaria no necesita ver la historia del mundo como una representación de un guión fijo, escrito por Dios desde la eternidad, sino que puede entenderla también de forma adecuada como una gran improvisación en la cual tanto el Creador como las criaturas participan”
Como vemos, parece que algunos cristianos no ven ningún problema en aceptar la realidad tal y como parece que esta es, sin necesidad de rechazar y/o atacar el método científico como si en este caso particular estuviese dando resultados erróneos. Me pregunto si afirmaciones como las que hemos leído más arriba no reflejan más bien la incapacidad que algunos tienen de asimilar ciertas realidades que les rodean y que chocan con su entendimiento privado y personal de la fe, provocando que se vuelvan de nuevo como niños, cerrando sus ojos ante aquello que les asusta en la esperanza de que desaparezca. Hace unos años, la escritora Mary Douglas hizo un estudio acerca de las ‘abominaciones de Levítico’ (“The Abominations of Leviticus”, en Community, Identity, and Ideology: Social Scientific Approaches to the Hebrew Bible, editado por Charles E. Carter y Carol L. Meyers, pp.119-134, Winona Lake, IN: Eisenbrauns, 1996). En su estudio, Mary nos ayuda a entender la manera en la que los seres humanos necesitamos imponer orden cuando percibimos el universo caótico y peligroso que nos rodea. El universo se vuelve más manejable cuando puede ser categorizado poniendo cada cosa en su sitio; pero cuando las cosas se salen de su lugar y aparecen en un lugar equivocado se genera mucha ansiedad. Mary utiliza esta verdad para iluminar el conjunto sistemático de leyes alimenticias que podemos leer en Levítico, mostrando que son precisamente aquellas criaturas que no encajan bien en los patrones marcados en otros libros de la Biblia (como Génesis, donde los animales se dividen en tres categorías, ‘tierra’, ‘agua’ y ‘cielo’) los que son impuros y producen separación de Dios. Es por esta razón, por ejemplo, que al marisco se le llama ‘abominación’ en Levítico 11:10-12, porque los peces (o animales marinos) no deberían tener patas (¡vaya faena, no poder comer marisco!).
Si podemos aplicar el estudio de Mary al ejemplo que nos ocupa, quizá una de las razones por las que seguimos presenciando reacciones tan emotivas y contundentes en contra de ciertas hipótesis científicas como la de la evolución es la ansiedad derivada de contemplar un mundo mucho más complejo y caótico de lo que nos gustaría, un mundo que está muy lejos de encajar en las cajas teológicas sistemáticas que nos empeñamos en construir pero que cada poco tiempo muestran su tremenda debilidad. Una de las actividades que llevó a cabo Jesús cuando vivió entre nosotros fue la de actuar en contra de muchas de esas cajas teológicas que forzaban la exclusión de todos aquellos grupos de personas que no encajaban bien dentro de las categorías ‘aceptadas’ y ‘ortodoxas’ de ciertos grupos religiosos. Me pregunto si no estaremos cayendo de nuevo en el error de añadir más y más condiciones a nuestra identidad evangélica provocando una nueva exclusión de aquellos que no encajan en dichos credos. Quizá deberíamos aprender a aceptar que dentro del Evangelicalismo encajan muchos grupos y una gran diversidad de ideas y creencias acerca de muchos temas, y aprender a controlar nuestras críticas manteniéndolas en el terreno del diálogo abierto y tolerante. Quizá deberíamos aceptar que la diversidad de opiniones no es algo genericamente diabólico y aprender a mostrar una actitud de diálogo en lugar de una donde predominen términos como ‘abominación’. Quizá deberíamos aprender a mirar al universo y aceptar que no todo encaja dentro de las categorías que conocemos y que quizá existan cosas que se salgan de lo que para nosotros es ‘natural’ (por mucha repulsa que nos produzca). Quizá haríamos bien en aprender a mirar al mundo y su sabiduría con cierto grado de admiración y aceptar que fuera de nuestro entorno también existe conocimiento digno de ser escuchado y del cual podemos aprender (aunque no provenga de las Escrituras o incluso aunque parezca ir en contra de nuestra forma de entender nuestros más queridos textos sagrados). Después de todo, nadie dijo nunca que el cuerpo de Cristo debería estar formado por un grupo cerrado de unos pocos que siguen mucha reglas; quizá sea todo lo contrario.
Dawkins, en busca de la verdad
Diciembre 20, 2006
Esta semana se ha publicado la siguiente carta escrita por el profesor Richard Dawkins en The Guardian:
“Una organización que se hace llamar Truth in Science ha utilizado sus (evidentemente grandes) recursos financieros para distribuir DVDs que promueven el ‘diseño inteligente’ a todos los colegios [del Reino Unido]. El líder de esa organización es el científico Andrew McIntosh, profesor de termodinámica de la Universidad de Leeds. El ha repetido en más de una ocasión que el mundo tiene 6000 años. Dado que toda la evidencia científica apunta a que la Tierra tiene realmente 4.6 billones de años aproximadamente la escala del error cometido es muy grande.
No es sorprendente, por lo tanto, que la Universidad haya hecho un comunicado oficial: ‘El hecho de que el profesor Andrew McIntosh sea el director de Truth in Science y promueva la perspectiva de esa organización no está conectado con su enseñanza o investigación… La Universidad desea distanciarse públicamente tanto de las teorías del creacionismo como del llamado diseño inteligente, ya que ninguno de ellos puede ser verificado por medio de la evidencia’.
Sin embargo la afirmación de que la perspectiva escéntrica que el profesor McIntosh tiene de la realidad está desconectada de sus enseñanzas o investigaciones como profesor de termodinámica podría ponerse en duda después de una conversación que mantuve con él hace poco en el programa de la BBC en Belfast, Sunday Sequence. En ella McIntosh declaró públicamente que la evolución es incompatible con la segunda ley de la termodinámica.
A la luz de esta clara conexión entre las ideas creacionistas de McIntosh y su entendimiento de las leyes de la termodinámica, la Universidad de Leeds tendrá que revisar su comunicado.
Richard Dawkins (Universidad de Oxford)
Hay que ver en qué líos nos podemos meter por mezclar lenguajes distintos. Parece que algunos cristianos tenemos una habilidad especial para leer mal la Biblia, y no me estoy refieriendo solamente a los relatos del Génesis. En esas ocasiones suele ocurrir, como ocurrió en el programa de la BBC mencionado, que el diálogo acaba rápido.
Distintos lenguajes
Diciembre 5, 2006
En nuestras conversaciones acerca de la relación entre la fe en Dios como Creador y la ciencia moderna debemos reconocer dos principios que considero importantes.
Primero debemos ser conscientes de que la ciencia y la teología emplean dos lenguajes distintos (o como Wittgenstein habría dicho, dos ‘juegos linguisticos’ distintos). Por un lado está el lenguaje que usa datos empíricos, conexiones causales, hipótesis y teorías probables; por otro está el lenguaje que habla por medio de símbolos, imágenes y mitos poéticos. Intentar igualar una descripción científica del origen del universo o del ser humano con las afirmaciones metafísicas de la fe y la teología bíblicas es, como dijo Karl Barth, como intentar comparar el ruido que hace una aspiradora con el sonido que sale de un órgano. Clamar que solo uno de estos dos lenguajes contiene la Verdad es arrogante y no tiene ningún fundamento. Y sin embargo esto es lo que se sigue haciendo en ambas direcciones. Sigue habiendo científicos que pretenden demostrar que Dios no existe como si una demostración empírica fuera capaz de llegar a tal conclusión teológica; y sigue habiendo teólogos que creen que sus estudios científicos les sitúan en una posición adecuada para poder mirar a la naturaleza y deducir que Dios sí existe después de todo (últimamente estamos viendo esta actitud repetida muchas veces entre los que apoyan el ‘Diseño Inteligente’, como si la falta de evidencia científica pudiera servir como base de la existencia de Dios). Ambos cometen el mismo error: confunden un lenguaje con el otro.
Segundo debemos saber que ambos lenguajes, aunque distintos, no son ni excluyentes ni incompatibles. Para ser exactos solo existen dos casos en los que ambos lenguajes podrían ser excluyentes: a) si creemos que la Biblia es un libro de texto de ciencia natural que además es infalible, o b) si pensamos que el hecho de creer en ciertas teorías científicas (como por ejemplo la evolución) implica aceptar también el ateísmo. Ambas actitudes, sin embargo, no hacen otra cosa que intentar llevar cada uno de esos dos lenguajes – científico o teológico – más allá de lo que ellos mismos pueden llegar. La verdad es que no hay nada inconsistente en aceptar tanto la teoría de la evolución como la fe en un Dios Creador. Debemos aprender a rechazar tanto el reduccionismo de algunos científicos como el imperialismo de algunos teólogos.
Lobo vestido de cordero
Octubre 19, 2006
Siendo, como es, extremadamente difícil encontrar fósiles de cualquier tipo, es curioso que año tras año los ‘huecos’ del registro fósil se sigan llenando. Si hace un tiempo hablaba de Tiktaalik, el pez-cocodrilo, esta vez tengo que hablar de Gogonasus, el fósil de un tipo de pez de 380 millones de años de antigüedad encontrado al oeste de Australia. Un poco anterior a Tiktaalik, Gogo muestra muchas características similares a los peces pero en estado intermedio de transición hacia un animal terrestre. Por ejemplo, mientras que Tiktaalik se parecía mucho más a un anfibio, Gogo realmente parece un pez. Solo por medio de cuidadosos análisis se observan pruebas de esa transición. “Este particular pez es un poco como un lobo disfrazado de cordero”, dice el Dr. John Long, del museo Victoria (http://au.news.yahoo.com/061018/21/10yx5.html).
Las evidencias se amontonan en contra de aquellos que prefieren creer en el ‘Dios de los huecos’.
¿Quién lo empuña?
Octubre 5, 2006
El error de conceptos continúa. ¿No os habéis enterado? El ‘problema del mal’ ha sido resuelto: Charles Darwin lo creó – lo digo porque, según hablan algunos, parece que el mal no existía antes de que Charles tuviera su genial idea. Seguramente todo iba mucho mejor cuando el fundamentalismo cristiano dominaba la tierra. ¿De verdad quiere alguien volver a aquellos días? Pues parece que algunos sí. He encontrado un buen ejemplo del tipo de hermenéutica intolerante y desinformada a la que me he referido en otros mensajes (foto que se encuentra en la página de http://www.answersingenesis.org/) y dice así:
“Si no le importas a Dios, no le importas a nadie. Como sociedad estamos recogiendo las consecuencias de haber aceptado de forma diaria la creencia en la evolución sin preguntar. Esa creencia reduce nuestro valor de ser ‘hechos a la imagen de Dios’ a ser meros jugadores en el juego de la supervivencia de los más fuertes.
Encuentra esperanza. Encuentra verdad”.
Todos conocemos a lo que pueden llegar ciertos grupos cristianos para asustar a los que opinan distinto a ellos e intentar hacerles cambiar de idea. Pero, ¿no creéis que esa imagen se pasa un poco de la raya?
La evolución no es anti-Dios (III)
Septiembre 12, 2006
La broma que aparece representada en esta viñeta está basada en una falacia que se está utilizando para argumentar hoy día en contra de la teoría de la evolución. La afirmación es la siguiente: ‘dado que la evolución es una teoría y no un hecho, no es necesario aceptarla; por tanto, os animamos a que aceptéis cualquier otra posibilidad, por muy extraña que parezca’. Aunque parezca un argumento muy poco razonable, esto no ha impedido que muchos hayan decidido utilizarlo. Sirvan de ejemplo estas pegatinas que algunos profesores intentaron poner en los libros de ciencia y que provocaron un juicio de alcance mundial:
Dice: “Este libro de texto contiene material acerca de la evolución. La evolución es una teoría, no un hecho, que intenta explicar el origen de las cosas vivas. Este material debería ser aproximado con una mente abierta, estudiado cuidadosamente y considerado de forma crítica”.
Por lo menos hay dos errores en esta pequeña e ‘inocente’ pegatina. Primero, que la evolución no solo es una teoría, sino también un hecho. Segundo, que la frase refleja una forma de pensar equivocada por la cual las afirmaciones científicas son, o bien teorías, o bien hechos. Esta forma de pensar demuestra un gran desconocimiento de cómo funciona la ciencia. Por supuesto, sobra decir que el juez dictó sentencia en contra de aquellos profesores y ordenó que las pegatinas fueran eliminadas de los libros donde estaban.
No nos dejemos engañar por aquellos que quieren disfrazar sus opiniones de ortodoxia y certeza. Que la ciencia no proporciona certeza plena y eterna acerca de ciertas verdades no es un descubrimiento de Karl Popper ni de ninguno de los pensadores del siglo XX. Esta noción de lo que el americano Charles Peirce llamó ‘Fallibilism’ de la ciencia llega hasta los antiguos escépticos griegos y se ha dado por sentada desde entonces por la gran mayoría de los pensadores. Sin embargo, esta noción, que se aplica no solo a la evolución sino también al resto de las teorías científicas, no resta credibilidad ni poder explicativo a la teoría de la evolución. Todas las evidencias que tenemos y que sirven de base a la teoría de la evolución pesan, y por eso se sigue enseñando.
Aunque pueda parecer sorprendente, la viñeta mostrada arriba es mucho más precisa y menos cómica de lo que se pueda creer. ¿Optaría usted por poner pegatinas donde se pidiera a los profesores del curso donde estudian sus hijos que enseñaran no solo Astronomía sino también Astrología, debido a que, dado que ambas están basadas en teorías, ambas deben estar al mismo nivel científico? Pues eso fue lo que tuvo que afirmar Michael Behe, uno de los padres del Diseño Inteligente, cuando se le pidió que declarara a favor de algunos profesores que pretendían enseñar Diseño Inteligente a la par con la teoría de la evolución como si fuesen dos teorías alternativas: “Sí, su señoría, la Astrología también entraría…”. Vamos que, en palabras de Steve Case en su artículo de hoy, “la elección entre Dios o la evolución que ha sido fabricada [por tales personas] propone una visión religiosa intolerante, anti-intelectual y muy estrecha que claramente no es compartida por la gran mayoría de los creyentes” (http://www.kansascity.com/mld/kansascity/news/opinion/15495420.htm).
La evolución no es anti-Dios (II)
Septiembre 12, 2006
Es triste que hoy día existan cristianos que se empeñen en proclamar un mensaje que no se ajusta a la realidad ni científica ni históricamente. Algunos continúan afirmando en programas de radio y diversos escritos la idea de que la teoría de la evolución no es más que un mito contra el que los cristianos tenemos que luchar. Sin embargo, este mensaje al estilo apocalíptico no es, ni debe ser, aceptado por todo cristiano. De hecho, ni siquiera en la época de Darwin fue así. Como el escritor e historiador cristiano Alister McGrath escribe en su libro Dawkins’ God: “En los primeros treinta años de la publicación del Origen de las Especies de Darwin muchos dentro de la Iglesia de Inglaterra habían asumido dichas teorías y las consideraban perfectamente consistentes con la teología cristiana”. Esta actitud tan positiva hacia el evolucionismo fue notada y alabada incluso por uno de sus defensores más férreos, Thomas Huxley, quien consideró esta aceptación como una nueva posibilidad para dar un paso adelante en el discurso necesario que debía tener lugar tarde o temprano entre ciencia y fe.
Sirva este apunte histórico para mostrar de forma clara una vez más que, en palabras del propio McGrath: “es profundamente problemático sugerir que el Darwinismo necesita de ateísmo”. Al menos desde el punto de vista histórico está claro que eso no es verdad. No solo en el entorno más cercano de Darwin fue percibida esta teoría de la evolución de forma positiva. Un excelente ejemplo de que dicha actitud positiva se extendió mucho más allá de Inglaterra es B. B. Warfield, normalmente considerado como uno de los teólogos americanos más importantes de finales del siglo XIX. Aunque caracterizado por una forma de pensar conservadora dentro del Protestantismo, Warfield dejó muy claro su apoyo por el concepto de la evolución biológica. Es más: alguno se sorprendería al enterarse de que dicha teoría fue aceptada de forma mayoritaria entre los primeros fundamentalistas de Norte América. Uno de estos fue James Orr, quien argumentaba que aceptaba la nueva teoría de la evolución como la forma en la que Dios continuaba creando. Y hoy día existen muchos otros científicos creyentes que apoyan la evolución, tales como Charles D. Walcott, Theodosius Dobzhansky o el mismo Kenneth R. Miller, a quien seguro que he nombrado en alguna otra ocasión. Por último en este corto resumen podemos notar que uno de los que se nombran como ‘padres’ del neo-Darwinismo, Sir Ronald Fisher, tampoco aceptaba por un momento esta forma errónea de pensar que tienen aquellos que dicen que el Darwinismo implica ateísmo (como dejó claro en una entrevista que le realizaron en la BBC en Junio de 1947).
Como Stephen Jay Gould dice, cualquier sugerencia que se haga de que la teoría de la evolución de Darwin implica necesariamente una visión atea del mundo se aleja en gran manera de la competencia de las ciencias naturales y se adentra en un terreno donde el método científico no puede ser aplicado. Vamos, que los que afirman tal cosa, no sólo están proclamando su propia opinión, sino que en algunas ocasiones están proclamando dicha opinión como si fuera la única propia del ‘buen cristiano’; y eso no es verdad ni científica, ni históricamente. Como el mismo Gould declara: “O bien la mitad de mis colegas son enormemente estúpidos, o bien la ciencia del Darwinismo es completamente compatible con las creencias religiosas convencionales”. Sin embargo, a juzgar por lo que aún se sigue oyendo en algunos rincones del mundo evangélico, muchos optarían felizmente por la primera opción y seguirían disfrazando sus propias opiniones de cristianismo ortodoxo.
La evolución no es anti-Dios (I)
Septiembre 11, 2006
Hace muchos siglos San Agustín dijo algo que aún hoy sigue siendo cierto: “Incluso alguien que no es cristiano sabe acerca de la tierra, de los cielos… de los distintos tipos de animales, … y ese conocimiento que tiene sabe que es verdadero por medio de la razón y de la experiencia. Ahora, es vengonzoso y peligroso que alguien que no cree tenga que escuchar a un cristiano decir tonterías sin sentido acerca de esos temas mientras se supone que da el significado de las Sagradas Escrituras: y deberíamos ser capaces de evitar por todos los medios una situación tan vergonzosa como cuando la gente muestra tal ignorancia de lo que es el cristianismo” (http://www.holycross.edu/departments/religiousstudies/alaffey/Augustine-Genesis.htm). Siglos más tarde, un seguidor de Agustín profundamente religioso, Gregor Mendel, fue el fundador de la genética. Y entre tanto, y hasta hoy, no son pocos los científicos que no perciben ningún conflicto entre los descubrimientos científicos y nuestra fe en Dios. Es más: aún son muchos los científicos que son capaces de mantener sus creencias religiosas y, aún así, afirmar el hecho de la evolución sin miedo a ser tachados de ateos, materialistas o inmorales.
Lo cierto es que hoy día necesitamos repetir una vez más, a viva voz, aquellas palabras de Agustín citadas más arriba. Necesitamos repetirlas frente a las actitudes de aquellos que predican de forma paternalista por medio de dogmas supuestamente cristianos acerca de un Dios Creador de la naturaleza, sin atreverse ni siquiera a mirar y estudiar de forma sincera esa naturaleza ‘creada’ que tanto proclaman. ¿Cómo es posible proclamar y predicar acerca de algo que no se conoce? Dios no nos pide que cerremos los ojos a todo lo que nos rodea. Tampoco nos pide que no hagamos caso a los nuevos descubrimientos. Y mucho menos que aceptemos aquel antiguo dualismo por medio del cual cada nuevo descubrimiento solo supone un nuevo ataque contra Dios y nuestra fe. La evolución no es ni anti-Dios, ni nos lleva al materialismo, ni nos convierte en animales amorales. Agustín, al menos en esta ocasión, tenía razón: todas esas afirmaciones no son otra cosa que una demostración de ignorancia, no solo científica, sino también del cristianismo. “Los cielos proclaman la Gloria de Dios”, pero solo para aquellos que se atreven a levantar la tapa y mirar más allá de su cajita.
La tostada mágica
Septiembre 7, 2006
William Dembski es uno de los ‘padres’ del Diseño Inteligente. Es, por decirlo de alguna forma, el ‘padre matemático’. Sus argumentos se centran en una percepción personal que ha sido ascendida al rango de demostración: ‘si observamos la cantidad de moléculas que se han tenido que juntar para poder llegar a formar una estructura ordenada con vida, cualquiera con un poco de sentido común podrá darse cuenta de que dicha probabilidad es muy pequeña’. La pregunta por excelencia que Dembski repite constantemente siempre que tiene ocasión comienza normalmente con, ‘¿Acaso se preguntan alguna vez cuántas mutaciones aleatorias tendrían que darse para…?’ (una línea de argumentación que repite en su página web, http://www.uncommondescent.com/, muy a menudo).
Sin embargo, como alguna persona con un tipo de ‘sentido común’ un tanto distinto al que Dembski apela podrá notar, no es muy difícil comprobar por qué el argumento que tanto le gusta usar es erróneo. Esta misma semana, el matemático John Allen Paulos ha publicado un artículo mostrando, una vez más, que el ‘argumento probabilístico’ que los que apoyan el Diseño Inteligente utilizan está basado en un error lógico (http://abcnews.go.com/Technology/story?id=2384584&page=1). Esta refutación no es sino una repetición más de algo que ya se ha dicho más de una vez (por ejemplo, Kenneth Miller lo utilizó en uno de los juicios en el que tuvo que testificar en contra del DI) pero que parece ser necesario repetir cada cierto tiempo para que no se olvide. La ventaja es que usted mismo puede comprobarlo en casa: ‘tome una baraja lo más grande posible. Mezcle las cartas aleatoriamente. Ahora vaya sacando una por una cartas y poniéndolas boca arriba y anotando la secuencia obtenida. Cuando haya acabado con el taco de cartas, ¡asómbrese! Calcule la probabilidad minúscula que tenía usted, a priori, de haber obtenido una secuencia como la que tiene escrita. Pequeña, ¿verdad? Y sin embargo, he ahí usted tiene escrita esa misma secuencia cuya probabilidad de haberla obtenido era ínfima.’ Ahora, ¿se atrevería usted a afirmar que, dada la poca probabilidad de que una secuencia como esta apareciera, esto demuestra que dicha secuencia ha sido diseñada por un ser inteligente? Eso sería como decir que, dado que es increíblemente improbable que las moléculas que forman la tostada de hace 10 años que tenemos en la imagen de arriba se reorganizaran para formar la imagen facial de esa extraña señora, es evidente que un ser inteligente no tenía otra cosa que hacer que diseñarla. Aún así, esa pieza de ‘arte inteligente’ fue vendida en el 2004 en eBay por 28.000 dólares. ¿Será esta una prueba más de la facilidad con la que nos creemos cualquier cosa?
A pesar de que está claro que el razonamiento que sirve de base a estos argumentos matemáticos está fundamentalmente equivocado, no dejan de aparecer capítulos en libros y artículos en revistas y páginas web vistiendo esa misma idea con distintas ropas para ver si quizá un mono vestido de seda, al final, se convierta en un príncipe azul.



