Con los pies en el suelo

Septiembre 27, 2007

Cuando Bob Jones Jr. fue preguntado: ‘¿Por qué tiene usted tantos cuadros católicos?’, su respuesta fue: ‘No hay muchas pinturas protestante buenas… Tuve que comprar pinturas católicas, a pesar de la falsedad en ellas’. Aunque existen un buen número de artistas protestantes, lo que el doctor Jones quería decir es que no existen muchos pintores de arte religioso protestantes. Pasado el revuelo en contra de las imágenes que caracterizó la Reforma, nació la tendencia a pintar escenas de la vida cotidiana como los verdaderos contextos donde tenía lugar la vida espiritual de los seres humanos, en lugar de las típicas y exaltadas escenas bíblicas. Nacieron así obras y estilos como el reflejado más arriba, en donde lo espiritual no es algo solamente reservado para la Iglesia y sus altos mandos, sino que pertenece a todos en todo lugar, ya sea en el lugar de trabajo o en el hogar, con la familia o dando un paseo por el parque, en la voz pública o en el subsuelo más profundo. Lo espiritual está abierto a todos, y todos tienen acceso; todos son sacerdotes.

Uno de esos pintores protestantes que intentaron rescatar la espiritualidad de la vida cotidiana fue Rembrandt. Sus retratos de María no son glamurosos o exaltados, sino humildes, simples y bíblicos. Encontramos esta cotidianidad también en los poetas reformados. Uno de ellos, el poeta holandés Jeremías de Decker, escribe acerca de esta madre sufriente de carne y hueso (citado en W. A. Visser’t Hooft, Rembrandt and the Gospel, Westminster Press, 1957, traducido del alemán Rembrandt’s Weg Zum Evangelium, por K. Gregor Smith, 48):

He sees his mother here with half-broken eyes,

Moved to the depths of her soul

By what he has to endure,

A sword of sadness pierces her sorrowful soul

Un poema que resalta ante todo la tremenda humanidad de sus protagonistas, y en medio de dicha humanidad su tremenda espiritualidad.

Me gustaría decir que esta percepción de la realidad espiritual como algo presente en lo cotidiano del día a día, esta espiritualidad con los pies en el suelo tan típicamente protestante, se está perdiendo hoy día en nuestras iglesias. Y uno de los culpables de esta pérdida es la manera en la que hemos aprendido a leer los textos bíblicos: donde las Escrituras nos presentan con un Jesús de carne y hueso que sufre y muere, nosotros queremos encontrar un fantasma sobrenatural que se desplaza en una nube; donde las Escrituras nos hablan de las crisis de fe que pasa nuestro amado Mesías, nosotros vemos a una figura siempre segura de sí misma, que conoce el pasado, el presente y el futuro; donde la Biblia nos habla de un Jesús tentado que sufre para vencer la tentación, nosotros vemos a un héroe que nunca lo pasa mal, un Stephen Seagal casi cinematográfico que nunca falla y cuyas tentaciones no son otra cosa que una broma necesaria pero sin veneno real; donde los textos bíblicos nos hablan de Dios hecho carne, nosotros vemos una carne divina que no tiene nada de carne.

Hay muchos ejemplos en nuestras biblias que resaltan la humanidad de Jesús. Si bien es cierto que algunos de sus autores encontraron dificultades para asimilar la realidad de un Dios tan humano como este, es difícil leer la Biblia y no encontrar una y otra vez atisbos e indirectas que nos apuntan hacia el Jesús de carne y hueso que vivió entre nosotros. Uno de los autores bíblicos que más ha sabido llevarnos hasta el mismo extremo de dicha humanidad es el autor de nuestra carta a los Hebreos. Este autor parece conocer tradiciones históricas que reflejan una pasión en la que Jesús aparece aterrorizado ante la muerte que se avecina, e incluso algunas tradiciones que intentan apuntar a que al final Jesús murió sin apoyo ni consolación divina. Una de estas tradiciones es tan radicalmente distinta de lo que muchos cristianos esperaban (y esperan) de un Dios glorioso y sobrenatural, que constituye uno de los problemas textuales más interesantes de todo nuestro Nuevo Testamento. Encontramos dicho texto en Hebreos 2:8-9:

“Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”

Todas nuestras versiones bíblicas, al igual que una buena mayoría de nuestros manuscritos, contienen la parte final de este texto tal y como yo he puesto más arriba. Sin embargo, existen dos manuscritos que contienen una versión distinta:

“Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que separado de Dios gustase la muerte por todos”

El cambio necesario en el griego solo va de CHARITI a CHORIS respectivamente. Aunque estos dos manuscritos están fechados en el siglo X, al menos uno de ellos (minúsculo 1739) es una copia de otro que era tan antiguo como los manuscritos más antiguos que tenemos. Aún más interesante es que el escritor cristiano Orígenes nos dice que esta segunda versión era la que aparecía en la mayoría de los manuscritos de su época. Y esta versión también aparece en textos de Ambrosio, Jerónimo, y algunos otros escritores eclesiásticos hasta el siglo XI. Por tanto, aunque hoy no disponemos de esa mayoría de manuscritos que había en aquella época, parece que esta segunda versión fue la apoyada entonces por la evidencia externa.

Está claro que de las dos versiones que tenemos, la primera es más fácil de aceptar que la segunda desde un punto de vista cristiano tradicional. Y todo parece indicar que así era también para un buen número de escribas y copistas. Existen numerosos casos textuales en nuestras biblias en los que los escribas y copistas bíblicos se encargaban de suavizar ciertos textos difíciles de leer (y aceptar) para hacerlos más sencillos y aceptables. Después de todo, esta práctica es mucho más lógica a que se dedicaran a tomar textos sencillos y fáciles de entender y los hicieran más difíciles y complicados. En los primeros años del Cristianismo, los cristianos consideraban la muerte de Jesús como la manifestación suprema de la gracia de Dios. Sin embargo, decir que Jesús había muerto ‘separado de Dios’ podría ser tomado de muchas maneras y llevado en muchas direcciones, muchas de ellas inaceptables. Dado que los escribas debieron haber creado una de estas versiones partiendo de la otra, es obvio cuál de ellas es la mejor candidata a ser modificada.

Además, si miramos a la evidencia interna del libro, resulta que de las dos versiones que tenemos la segunda encaja mejor con la teología de Hebreos que la primera. Mientras que no encontramos ninguna instancia que utilice la palabra gracia para referirse a la muerte de Jesús, sí que encontramos muchos casos en los que el autor enfatiza una y otra vez que Jesús murió completamente como ser humano, que murió una muerte vergonzosa, que murió separado del entorno de gloria del que procedía. De la misma manera, Dios no intervino en la pasión de Jesús ni hizo nada para minimizar su dolor. Así, podemos leer en versículos como 5:7 acerca de los ‘ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas’ y de su ‘reverencial miedo’ (por cierto, ese versículo es otro problema textual digno de otro estudio profundo). La imagen presentada aquí es la de un ser humano en profundo sufrimiento ante la cercanía de su muerte, una imagen de un Dios de carne y hueso.

El miedo que parece que tenemos a leer los textos bíblicos de forma abierta y dispuestos a retar nuestras presuposiciones más profundas acerca de Dios es el mismo miedo que sirve para alejarnos del Dios de carne y hueso que vino, vivió y murió entre nosotros. Nuestro afán por hacer de Dios un ente totalmente trascendente y alejado de nuestro entorno provoca la imposibilidad de siquiera imaginar a un Dios inmanente y presente en medio de nuestra vida cotidiana. El clamor protestante de hace siglos que pretendía liberar a Dios de sus cerrojos eclesiásticos vuelve a ser necesario hoy ante nuestra tendencia a encerrar a Dios en nuestras lecturas privadas (convertidas en interpretaciones divinas) de ciertos textos bíblicos. Si hemos de volver a nuestra herencia protestante es necesario también que volvamos a una lectura de los textos bíblicos con los pies en el suelo. Una nueva Reforma pasa por aprender a pelearnos con el desorden y la confusión humana de los textos bíblicos más allá de toda caja sistemática. Una nueva Reforma pasa necesariamente por rescatar la espiritualidad del día a día que tan importante ha demostrado ser desde tiempos bíblicos, comenzando por la espiritualidad del propio Jesús de carne y hueso.

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