La edad de la Tierra y la sicología humana
Septiembre 23, 2007
En los 1940s un profesor de sicología llamado Bertram Forer tuvo una ingeniosa idea para intentar analizar un fenómeno que le llenaba de curiosidad: la capacidad ilimitada de sus hermanos y hermanas humanos para dejarse engañar por timadores de todo tipo (en especial, Forer estaba interesado en los timos relacionados con la astrología y la grafología). Lo que Forer hizo fue construir un test de personalidad que entregó a su clase de sicología. Una semana más tarde Forer dio a cada uno de sus alumnos una hoja y les dijo que contenía una corta descripción de su personalidad basada en los resultados de sus tests. Forer pidió a sus alumnos que examinaran la descripción cuidadosamente, que marcaran si estaban o no de acuerdo por medio de un número entre 0 (pobre) y 5 (perfecto), y que levantaran la mano si al acabar creían que la descripción se había acercado mucho a la realidad. Los estudiantes hicieron eso: leyeron las descripciones, pusieron la nota y, uno por uno, fueron levantando la mano. Forer se sorprendió al levantar la cabeza y encontrar que todos los estudiantes habían levantado la mano. ¿Por qué se sorprendió?
Lo sorprendente de este experimento es que Forer había entregado la misma descripción a todos sus estudiantes. Lo único que había hecho era tomar un libro de astrología y copiar algunas de las frases más generales y más positivas que había encontrado (¿a quién no le gusta escuchar algo bueno sobre sí mismo?). A pesar de tener todos los estudiantes la misma descripción, el 87% de ellos habían marcado la hoja con un 4 o un 5, indicando que les describía casi a la perfección. Dicha descripción se ha hecho muy famosa desde entonces y este mismo experimento se ha repetido en muchas ocasiones con similares resultados. Lo que esto demuestra es que tanto la astrología como la grafología no tienen porqué dar descripciones precisas, siempre y cuando sean capaces de ser vistas por los demás como si lo fueran. Basta con dar descripciones suficientemente generales y nuestros cerebros harán el resto del trabajo para acondicionarlas con posibles casos reales de nuestras vidas.
Pero Forer no paró aquí. Tres semanas después el profesor dijo a su clase que las notas que habían puesto a las descripciones se habían perdido y que necesitaba que todos volvieran a poner la misma nota que habían puesto cuando hicieron el experimento (por supuesto, Forer no había perdido nada). Para su sorpresa, la mitad de los estudiantes que habían puesto un 5 a su descripción ahora dijeron que habían puesto menos nota. Lo que apunta a una conclusión más: no solo somos muy crédulos, sino que aquellos que son más crédulos prefieren auto-engañarse a reconocer y afrontar su credulidad.
Gracias a estos resultados puedo hacer la siguiente predicción: ‘El debate acerca de la edad de la Tierra (con un bando diciendo que tiene muchos millones de años y otro diciendo que tiene unos 6000) no va a terminar nunca’. Creo que los resultados lo confirman. Por un lado, disponemos hoy día de todas las evidencias que una persona racional puede necesitar desde prácticamente todas las ramas científicas imaginables apuntando en la dirección de que la Tierra es muy pero que muy mayor, teniendo muchos millones de años. Por otro lado, hay personas que se empeñan en afirmar basándose únicamente en su lectura privada de los textos bíblicos (que ellas mismas reconocen no son textos científicos) que la Tierra tiene algo así como 6000 años de antigüedad. No hay nada en los textos bíblicos que nos obligue a creer que eso es así, y sin embargo muchos cristianos hoy día siguen ‘argumentándolo’ como si su vida y su fe dependiera de ello. ¿Por qué?
Si hacemos caso a los resultados de los muchos experimentos realizados una y otra vez, la realidad es que el poder que muchos argumentos tienen en nuestra vida procede, no de sus evidencias sino pura y llanamente de dos fuentes principales: nuestra ilimitada credulidad y nuestro tremendo orgullo (aunque podríamos llamarlo también, nuestra incapacidad para reconocer que nos han timado). Resulta que tenemos tal facilidad para creernos historias sin importarnos en absoluto su procedencia que, una vez metidos en el pozo, se vuelve muy complicado reconocer que estábamos equivocados. Y cuanto más tiempo estemos en el pozo mucho peor, ya que habrá que afrontar mucho más error por nuestra parte. No es casualidad que libros como ‘The Da Vinci Code’ sigan triunfando en nuestra sociedad aún después de haber mostrado que dichos libros tienen una base histórica muy dudosa, como tampoco lo es que hoy día existan millones de personas que sigan pagando a astrólogos para que les hagan un estudio de su personalidad y de su futuro, cuando se ha demostrado una y otra vez que dichos estudios no tienen ninguna base que apunte más allá del típico timo de moda. Y de igual manera, no es casualidad que siga habiendo líderes cristianos que ‘triunfen’ en su carrera política-cristiana por el simple hecho de reafirmar ciertas doctrinas ampliamente aceptadas o por tener cierta habilidad para usar el lenguaje cristiano correcto, aún cuando un estudio de los textos bíblicos demuestra que ni esas doctrinas tienen base bíblica alguna ni dicha forma de hablar es adecuada en absoluto. A pesar de toda la evidencia en contra hay personas que siguen aceptando ser timadas y pagando por ello, y parece que siempre las habrá.