¿Quién creía Jesús que era?

Septiembre 20, 2007

He aquí el dilema: si Jesús no creyó que era el Dios encarnado, eso significa que nunca creyó estar actuando en su misión como Dios haciendo algo que todos necesitábamos que Dios hiciera; pero si Jesús sabía a ciencia cierta y sin lugar a dudas que era Dios, entonces no habría sido humano, tal y como usamos nosotros la palabra ‘humano’ – habría sabido, por ejemplo, que cualquier tentación para pecar, por muy fuerte que esta fuese, estaba condenada al fracaso y por tanto no habría estado visitando nuestro mundo terrestre y compartiendo la plena naturaleza humana. Si no sabía lo que estaba haciendo, no lo habría estado haciendo como Dios; pero si sabía a ciencia cierta lo que estaba haciendo, no lo habría estado haciendo plenamente como ser humano.

Sin embargo, es posible que haya una salida más bien sencilla a este dilema. Para encontrarla hemos de pensar por un momento acerca de la naturaleza del conocimiento humano. Los seres humanos usamos distintos términos para referirnos a aquello que creemos cierto según el grado de certitud que atribuimos a dicho conocimiento: hablamos de tener un pálpito o un presentimiento, de sospechar algo, de estar convencidos de la veracidad de un hecho, de creer que algo es cierto o de tener un conocimiento exacto de que algo es verdad. Cuando decimos estar de acuerdo con algo consideramos ese algo como parte de aquello que conocemos. Pero eso no significa lo mismo que afirmar a ciencia cierta que estamos tan seguros de algo que no existe la más mínima posibilidad de que estemos equivocados. Todo el conocimiento humano permanece por siempre bajo la sospecha de que, sea lo que sea lo que creamos saber, siempre existe dicha posibilidad de estar en un error: es cierto mientras nadie nos muestre que estábamos equivocados. O como el propio Pablo lo dijo en 1 Corintios: ‘Vemos por espejo oscuro’, y ningún ser humano se libra de eso.

Imaginemos por un momento que Jesús supo que era el Dios encarnado. Si hacemos caso a esta visión del conocimiento humano entonces hemos de suponer que Jesús, como cualquier otro ser humano (si es que fue plenamente humano), sabía que estaba en lo cierto pero igualmente sabía que podía estar equivocado. En este caso habría actuado con la intención de ser el hijo de Dios hecho carne y dispuesto a sacrificarse por el mundo, pero también habría sido consciente, en su humanidad, de que su conocimiento no podía escapar a dicha naturaleza humana y de que tendría que pasar por todas las tentaciones propias de la condición humana sabiendo, como cualquier ser humano, que podría haber sucumbido a cualquiera de ellas.

En este punto el estudio histórico de nuestros textos bíblicos viene al rescate para confirmar un dato que resulta sorprendente cada vez que nos damos cuenta de ello: aunque la gran mayoría de textos que recogen la vida y enseñanzas de Jesús fueron preservados por personas que creían firmemente que Jesús era el hijo de Dios hecho carne, la segunda persona de la Trinidad, tres de nuestras cuatro mayores colecciones de dicho material (los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas) contienen muy poca evidencia de que Jesús dijera durante su vida quién era. El cuarto evangelio, por otro lado, contiene una gran cantidad de material que parece apuntar en la dirección contraria. El único problema con ese material es que el estilo de, por ejemplo, dichos como los conocidos ‘Yo soy…’ (o aquellos otros en los que Jesús revela su gloria) es muy similar al estilo del prólogo del evangelio de Juan (un antiguo himno judío utilizado por el autor del evangelio), al de la confesión de Juan el bautista (Juan 3:31-36), y al de los dichos del cordero exaltado que se repiten una y otra vez en el libro de Apocalipsis (1:17, 18; 22:12, 13, 16), lo que nos lleva a dudar acerca de si palabras como estas se corresponden realmente con las palabras del Jesús histórico. Dado que la iglesia primitiva creía que Jesús era el hijo encarnado de Dios es probable que los autores, escribas y copistas cristianos hubieran permanecido atentos a la espera de encontrar la más mínima indirecta que indicara que Jesús había dicho con sus propios labios que era quien ellos creían que él era, y por tanto la tremenda falta de dichos textos en nuestros evangelios sinópticos nos lleva a la conclusión de que Jesús realmente nunca dijo tal cosa de forma directa, y que todos aquellos textos que intentan apuntar en esa dirección no son otra cosa que intentos de hacer decir a Jesús aquello que nunca dijo.

A esta misma conclusión llegó también Orígenes hace casi 2000 años en su Contra Celsum:

“Además voy a añadir a mi discusión la frase pronunciada por Celsus cuando piensa que Jesús mismo habló acerca de la apertura de los cielos y la bajada del Espíritu Santo sobre él en forma de paloma en el Jordán. De hecho, la Biblia no dice en absoluto que Jesús dijera que había visto eso. Pero este personaje [Celsus] no percibió que no habría sido consistente con el carácter de aquel [Jesús] que dijo a sus discípulos en la montaña de la visión: ‘No le digáis a nadie acerca de esta visión, hasta que el hijo del hombre sea levantado de los muertos’ (Mateo 17:9), que hubiera ido y dicho a sus discípulos lo que se había visto y oído en el Jordán. Hemos de notar que el hábito de Jesús era evitar hablar acerca de sí mismo. Es por eso que dijo: ‘Si hablo sobre mí mismo, mi testimonio no es cierto’ (Juan 5:31). Y por eso también, dado que él evitó hablar sobre sí mismo y quiso mostrar que era el Cristo por medio de su obras y no por medio de su palabras, los judíos le dijeron: ‘Si eres el Cristo dínoslo claramente’ (Juan 10:24)”

Si hasta aquí estamos de acuerdo, entonces tenemos dos posibilidades que podrían explicar el silencio de Jesús: o bien él nunca creyó ser el hijo de Dios encarnado, en cuyo caso tiene sentido que nunca lo hubiera dicho abiertamente, o bien creyó serlo pero nunca lo dijo ante la posibilidad de estar equivocado. Lo que me hace inclinarme a favor de esta segunda opción es que sus acciones, yo creo, apuntan en la dirección de que él debió creer que era quien muchos creían que era. Aquí tenemos a un ser humano que aprendió a hablar acerca de sí mismo por medio de sus acciones en lugar de hablar por medio de sus labios. Esta imagen no encaja muy bien en esta sociedad en la que tenemos que aprender a vendernos, a vender nuestra imagen, a vestirnos por medio de nuestras palabras porque nuestras acciones permanecen escondidas. Y tampoco encaja muy bien en medio del Cristianismo en el que abundan las palabras santas, los principios divinos, los mandatos bíblicos, las órdenes sagradas… No encaja porque lo que intenta es precisamente todo lo contrario: hablar sin hablar, y que el que tenga oídos para oír, que oiga. ¿Acaso no estáis hartos de la jerga cristiana, del lenguaje típicamente cristiano que parece decir mucho pero que no dice nada en absoluto? Quizá es hora de poner el énfasis donde realmente debe estar, que no es en la palabra.

Esta manera de hablar nos trae un mensaje muy especial en medio de este mundo donde abundan las palabras y escasean las acciones. Y esta manera de actuar aceptando la condición humana de nuestro conocimiento nos enseña también que no somos más que lo que somos, y que lo que decimos no ocupa un lugar tan elevado que consiga escapar las palabras falibles de un ser humano que puede estar equivocado. Nadie puede ver más allá del espejo oscuro, y nadie está por encima del error. Nadie es infalible, y nadie tiene derecho a hablar como si lo fuese. Ni siquiera Jesús lo hizo, y si él no lo hizo, ¿acaso nosotros estamos por encima de él?

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