Las creaciones bíblicas
Septiembre 11, 2007
Dios pudo habernos dado un libro científico pero no lo quiso así. La Biblia no es un libro científico. Creer que lo es equivale a intentar hacer decir a la Biblia cosas que no está diciendo. Si conseguimos entender esto entonces el debate entre creación y evolución ha acabado para nosotros, porque la Biblia nunca describe el método científico que Dios empleó para crear el mundo, sino que nos confirma que Dios fue quien lo hizo. Y esta es una afirmación religiosa, no científica. El objetivo del relato del Génesis es compartir con los seres humanos una serie de verdades básicas acerca del Dios de Israel en comparación con los otros dioses de los otros pueblos, pero no pretende mostrar en detalle una visión científica del mundo.
Nuestra lectura de la Biblia nos muestra, si tenemos ojos para ver, que existen varias historias de la creación que no corresponden entre sí. Por un lado tenemos la narración del Génesis 1. Hay algunos datos interesantes acerca de esta historia que no se tienen en cuenta muy a menudo. La pregunta es: ¿Dónde comienza el relato de la creación aquí, en Génesis 1:1 o en Génesis 1:2? Para muchos la pregunta es un tanto ridícula: comienza en el primer versículo. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que nuestro libro de Génesis no tuvo título hasta que los griegos le pusieron el que todos conocemos hoy (los hebreos lo llamaban Bereshit, ‘principio’, porque era la primera palabra del libro). Así, muchos hoy día creen que el versículo 1 del primer capítulo del Génesis servía de introducción al resto del relato de la creación, y por tanto no formaba parte de dicho relato. En este caso el versículo 1 habría servido como introducción (o título) al resto del libro del Génesis: “En el principio de la creación de los cielos y la tierra por Dios…”, algo parecido a lo que ocurre en Oseas 1:2. De hecho, con esas mismas palabras también comienza Génesis 2:4ff, el segundo relato de la creación. Y existen otros textos antiguos como el Enuma Elish que comienza con este tipo de construcción.
Si esto fuera así, en el versículo 2 comenzaría el relato de la creación del universo (“cielos y tierra” se usan para hablar del universo, ya que no había palabra para ello). Y dice el texto que “la tierra estaba desordenada y vacía” hasta que el poder de Dios entró en escena para traer el orden y llevar a cabo la creación. Entendido así no se está hablando de un Dios que crea ‘desde la nada’ sino que el acto de la creación de Dios se hace equivaler con el acto de ordenar algo que estaba desordenado. Como podéis ver existe un cierto dualismo entre ‘caos’ y ‘universo’, algo que también existía en todas las culturas antiguas de Oriente Medio. No se puede hablar de manera clara, por tanto, de un Dios que crea el ‘caos’ o ‘materia sin orden’. Decir que “Dios creó” significa que “Dios dió forma” a algo sin forma. Y así lo entiende, por ejemplo, Isaías 45:18 cuando dice: “Porque así dijo Yahweh, creador del cielo; El es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y compuso. El no la creó como caos, sino que la hizo para poder ser habitada”. Dios crea ‘dando forma’, haciendo que algo inhabitable se vuelva habitable.
Desde hace años se ha podido comprobar que estos textos están a la par con algunos mitos antiguos que relatan la batalla que libra el ‘dios creador’ con el ‘monstruo Leviatán’ para llevar a cabo su creación. Esto aparece reflejado en otro de nuestros textos bíblicos de la creación, Salmos 74:12-16 (otros muchos Salmos describen a Yahweh venciendo a los monstruos o demonios de las aguas). En textos muy antiguos de otras culturas el Leviatán era el dragón (o la serpiente) que simbolizaba el ‘caos de las aguas’. Este dragón, sin embargo, no es derrotado de manera definitiva por el mero acto de la creación sino que es algo que ha de ocurrir en el futuro (comparar con Isaías 27:1). En algunos textos apocalípticos el Leviatán es uno de los seres que serán devorados en el banquete preparado por el Mesías (2 Esdras 6:49-52; 1 Enoc 6:7-9, 24; el hecho de que Leviatán tuviera siete cabezas hace que muchos crean que se encuentra detrás de algunos de los textos de Apocalipsis).
Gracias a descubrimientos de textos muy antiguos en Siria, que cuentan historias en las que un dios llamado Bal Haddu (muy parecido al Baal de la Biblia) luchaba contra las fuerzas caóticas de destrucción y muerte llamadas indistintamente Principe del Mar, Juez del Rio o Lotan (cuyas consonantes ltn equivalen a las del Hebreo Leviatán), hoy sabemos que muchas de las alusiones de estos textos bíblicos proceden de esas narraciones y cumplen normalmente una función de anti-mito, es decir, que intentan dar un mensaje por medio del cual el Dios de Jacob es superior a todos los otros dioses de los otros pueblos. En este caso lo que el autor bíblico está intentando hacer no es crear un texto sin contexto, ‘como caído del cielo’, sino más bien utilizar textos e ideas que existían en la época para proclamar un mensaje distinto acerca de su Dios, en este caso el Dios de Israel. Hacemos muy bien en no olvidar el carácter de estos textos.
Pero además de estas dos historias de la creación que he mencionado más arriba, también existen otras en nuestras Biblias. Hoy día se reconoce que las narraciones que aparecen en Génesis 1-2:3 y 2:4ff pertenecen a dos escritores distintos (distintos términos, forma de escribir, nombres usados para referirse a Dios, etcétera). Creamos esto o no, basta con leerlas para darnos cuenta de que las historias son distintas. No vale con intentar armonizarlas de cualquier manera, como se suele intentar hacer a menudo: si las leemos de verdad nos daremos cuenta de que el orden en el que aparecen las cosas creadas es distinto en ambas historias. Esto indica que la preocupación principal de estas historias no es establecer la manera o el orden científico en el que la creación de Dios fue realizada, sino transmitir distintas ideas por medio de estos textos. Por cierto, estas tres no son las únicas historias de la creación que tenemos en nuestras biblias: en Ezequiel 28 tenemos otra.