Con los pies en el suelo
Septiembre 27, 2007
Cuando Bob Jones Jr. fue preguntado: ‘¿Por qué tiene usted tantos cuadros católicos?’, su respuesta fue: ‘No hay muchas pinturas protestante buenas… Tuve que comprar pinturas católicas, a pesar de la falsedad en ellas’. Aunque existen un buen número de artistas protestantes, lo que el doctor Jones quería decir es que no existen muchos pintores de arte religioso protestantes. Pasado el revuelo en contra de las imágenes que caracterizó la Reforma, nació la tendencia a pintar escenas de la vida cotidiana como los verdaderos contextos donde tenía lugar la vida espiritual de los seres humanos, en lugar de las típicas y exaltadas escenas bíblicas. Nacieron así obras y estilos como el reflejado más arriba, en donde lo espiritual no es algo solamente reservado para la Iglesia y sus altos mandos, sino que pertenece a todos en todo lugar, ya sea en el lugar de trabajo o en el hogar, con la familia o dando un paseo por el parque, en la voz pública o en el subsuelo más profundo. Lo espiritual está abierto a todos, y todos tienen acceso; todos son sacerdotes.
Uno de esos pintores protestantes que intentaron rescatar la espiritualidad de la vida cotidiana fue Rembrandt. Sus retratos de María no son glamurosos o exaltados, sino humildes, simples y bíblicos. Encontramos esta cotidianidad también en los poetas reformados. Uno de ellos, el poeta holandés Jeremías de Decker, escribe acerca de esta madre sufriente de carne y hueso (citado en W. A. Visser’t Hooft, Rembrandt and the Gospel, Westminster Press, 1957, traducido del alemán Rembrandt’s Weg Zum Evangelium, por K. Gregor Smith, 48):
He sees his mother here with half-broken eyes,
Moved to the depths of her soul
By what he has to endure,
A sword of sadness pierces her sorrowful soul
Un poema que resalta ante todo la tremenda humanidad de sus protagonistas, y en medio de dicha humanidad su tremenda espiritualidad.
Me gustaría decir que esta percepción de la realidad espiritual como algo presente en lo cotidiano del día a día, esta espiritualidad con los pies en el suelo tan típicamente protestante, se está perdiendo hoy día en nuestras iglesias. Y uno de los culpables de esta pérdida es la manera en la que hemos aprendido a leer los textos bíblicos: donde las Escrituras nos presentan con un Jesús de carne y hueso que sufre y muere, nosotros queremos encontrar un fantasma sobrenatural que se desplaza en una nube; donde las Escrituras nos hablan de las crisis de fe que pasa nuestro amado Mesías, nosotros vemos a una figura siempre segura de sí misma, que conoce el pasado, el presente y el futuro; donde la Biblia nos habla de un Jesús tentado que sufre para vencer la tentación, nosotros vemos a un héroe que nunca lo pasa mal, un Stephen Seagal casi cinematográfico que nunca falla y cuyas tentaciones no son otra cosa que una broma necesaria pero sin veneno real; donde los textos bíblicos nos hablan de Dios hecho carne, nosotros vemos una carne divina que no tiene nada de carne.
Hay muchos ejemplos en nuestras biblias que resaltan la humanidad de Jesús. Si bien es cierto que algunos de sus autores encontraron dificultades para asimilar la realidad de un Dios tan humano como este, es difícil leer la Biblia y no encontrar una y otra vez atisbos e indirectas que nos apuntan hacia el Jesús de carne y hueso que vivió entre nosotros. Uno de los autores bíblicos que más ha sabido llevarnos hasta el mismo extremo de dicha humanidad es el autor de nuestra carta a los Hebreos. Este autor parece conocer tradiciones históricas que reflejan una pasión en la que Jesús aparece aterrorizado ante la muerte que se avecina, e incluso algunas tradiciones que intentan apuntar a que al final Jesús murió sin apoyo ni consolación divina. Una de estas tradiciones es tan radicalmente distinta de lo que muchos cristianos esperaban (y esperan) de un Dios glorioso y sobrenatural, que constituye uno de los problemas textuales más interesantes de todo nuestro Nuevo Testamento. Encontramos dicho texto en Hebreos 2:8-9:
“Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos”
Todas nuestras versiones bíblicas, al igual que una buena mayoría de nuestros manuscritos, contienen la parte final de este texto tal y como yo he puesto más arriba. Sin embargo, existen dos manuscritos que contienen una versión distinta:
“Todo lo sujetaste bajo sus pies. Porque en cuanto le sujetó todas las cosas, nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas. Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que separado de Dios gustase la muerte por todos”
El cambio necesario en el griego solo va de CHARITI a CHORIS respectivamente. Aunque estos dos manuscritos están fechados en el siglo X, al menos uno de ellos (minúsculo 1739) es una copia de otro que era tan antiguo como los manuscritos más antiguos que tenemos. Aún más interesante es que el escritor cristiano Orígenes nos dice que esta segunda versión era la que aparecía en la mayoría de los manuscritos de su época. Y esta versión también aparece en textos de Ambrosio, Jerónimo, y algunos otros escritores eclesiásticos hasta el siglo XI. Por tanto, aunque hoy no disponemos de esa mayoría de manuscritos que había en aquella época, parece que esta segunda versión fue la apoyada entonces por la evidencia externa.
Está claro que de las dos versiones que tenemos, la primera es más fácil de aceptar que la segunda desde un punto de vista cristiano tradicional. Y todo parece indicar que así era también para un buen número de escribas y copistas. Existen numerosos casos textuales en nuestras biblias en los que los escribas y copistas bíblicos se encargaban de suavizar ciertos textos difíciles de leer (y aceptar) para hacerlos más sencillos y aceptables. Después de todo, esta práctica es mucho más lógica a que se dedicaran a tomar textos sencillos y fáciles de entender y los hicieran más difíciles y complicados. En los primeros años del Cristianismo, los cristianos consideraban la muerte de Jesús como la manifestación suprema de la gracia de Dios. Sin embargo, decir que Jesús había muerto ‘separado de Dios’ podría ser tomado de muchas maneras y llevado en muchas direcciones, muchas de ellas inaceptables. Dado que los escribas debieron haber creado una de estas versiones partiendo de la otra, es obvio cuál de ellas es la mejor candidata a ser modificada.
Además, si miramos a la evidencia interna del libro, resulta que de las dos versiones que tenemos la segunda encaja mejor con la teología de Hebreos que la primera. Mientras que no encontramos ninguna instancia que utilice la palabra gracia para referirse a la muerte de Jesús, sí que encontramos muchos casos en los que el autor enfatiza una y otra vez que Jesús murió completamente como ser humano, que murió una muerte vergonzosa, que murió separado del entorno de gloria del que procedía. De la misma manera, Dios no intervino en la pasión de Jesús ni hizo nada para minimizar su dolor. Así, podemos leer en versículos como 5:7 acerca de los ‘ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas’ y de su ‘reverencial miedo’ (por cierto, ese versículo es otro problema textual digno de otro estudio profundo). La imagen presentada aquí es la de un ser humano en profundo sufrimiento ante la cercanía de su muerte, una imagen de un Dios de carne y hueso.
El miedo que parece que tenemos a leer los textos bíblicos de forma abierta y dispuestos a retar nuestras presuposiciones más profundas acerca de Dios es el mismo miedo que sirve para alejarnos del Dios de carne y hueso que vino, vivió y murió entre nosotros. Nuestro afán por hacer de Dios un ente totalmente trascendente y alejado de nuestro entorno provoca la imposibilidad de siquiera imaginar a un Dios inmanente y presente en medio de nuestra vida cotidiana. El clamor protestante de hace siglos que pretendía liberar a Dios de sus cerrojos eclesiásticos vuelve a ser necesario hoy ante nuestra tendencia a encerrar a Dios en nuestras lecturas privadas (convertidas en interpretaciones divinas) de ciertos textos bíblicos. Si hemos de volver a nuestra herencia protestante es necesario también que volvamos a una lectura de los textos bíblicos con los pies en el suelo. Una nueva Reforma pasa por aprender a pelearnos con el desorden y la confusión humana de los textos bíblicos más allá de toda caja sistemática. Una nueva Reforma pasa necesariamente por rescatar la espiritualidad del día a día que tan importante ha demostrado ser desde tiempos bíblicos, comenzando por la espiritualidad del propio Jesús de carne y hueso.
¿El juicio de Dios o el nuestro?
Septiembre 23, 2007
Me ha sorprendido recientemente leer en alguna revista cristiana ciertas frases que ponen los pelos de punta acerca del juicio que España está acumulando para sí por parte de Dios. La idea detrás de frases como estas es sencilla, aunque no por ello deja de ser atrevida (quizá demasiado atrevida): yo veo con mis dos ojitos que a mi alrededor suceden cosas que no me agradan, se toman decisiones políticas con las que no estoy de acuerdo, muchas personas deciden actuar de forma que yo considero anti-democrática o incluso anti-cristiana, la moralidad de las personas que viven a mi alrededor no me agrada, etcétera…, y como consecuencia de ello, dado que mi punto de vista equivale al punto de vista de Dios (porque mi punto de vista está basado en la palabra inspirada e infalible de Dios), entonces la única conclusión posible es que Dios debe estar tan ofendido como yo estoy, y por tanto, dado que sabemos que cuando Dios está ofendido produce juicios de terror contra sus enemigos, esta sociedad pronto va a ser juzgada por Dios.
No es tan extraño como debería ser encontrar razonamientos como estos dichos a los cuatro vientos en medios de comunicación públicos, tanto cristianos como no cristianos. Hace unos meses sufrimos inundaciones muy serias en el Reino Unido. Algunas personas fallecieron como consecuencia de estas inundaciones, y miles de viviendas fueron desalojadas. El reverendo anglicano Graham Dow, obispo de Carlisle, declaró sin pelos en la lengua que dichas inundaciones no eran solamente el juicio de Dios en contra del mal uso que los seres humanos estamos haciendo de nuestra creación, sino que también eran el juicio de Dios en contra de la decadencia moral de la sociedad. Algunas de sus palabras fueron:
“Esto ha sido un juicio fuerte y definitivo porque el mundo ha sido arrogante al decidir ir por su propio camino… Estamos segando las consecuencias tanto de nuestra degradación moral como del daño medio ambiental que hemos causado… Estamos en un serio problema moral porque hoy día cualquier tipo de forma de vida ha sido legitimada… En la Biblia, al poder institucional se le llama ‘la bestia’, que se impone para controlar a las personas y su moralidad. Nuestro gobierno ha tomado el papel de Dios al decir que la gente es libre para actuar como quieran [refiriéndose a la reciente introducción de ciertas leyes favorables a la homosexualidad que, según el obispo, minan el matrimonio]… Las distintas regulaciones sobre la orientación sexual son parte de esta permisividad general. Estamos en una situación en la que el juicio de Dios, cuya intención es que nos arrepintamos, puede caer sobre nosotros”
Es cierto que la Biblia nos habla de ocasiones en las que el juicio de Dios cayó sobre una nación o incluso sobre una persona como consecuencia de sus actos inadecuados (quizá de desobediencia). Por tanto, no podemos negar que la Biblia contiene la posibilidad de tales actos de juicio divino (aunque habría hecho bien el obispo de Carlisle en repasar otros textos relacionados con los diluvios en los que Dios menciona que ‘no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio’ (Génesis 9:8-11)). Otra cosa es, sin embargo, tener el poder y la autoridad interpretativa como para mirar a nuestro alrededor y determinar con certeza qué desastres naturales (o enfermedades, o situaciones de tremendo sufrimiento) han sido causados por Dios como actos de juicio en contra de ciertas personas y cuáles no. Al hacer estas interpretaciones a la ligera, corremos el riesgo de convertir a Dios en nuestro matón personal, un matón que ‘decide’ matar precisamente en todas aquellas ocasiones en las que sucede algo contrario a nuestros principios personales de moralidad. No hacemos mal en recordar otras palabras que también se encuentran en nuestras Biblias:
“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo, luz soy del mundo” (Juan 9:1-5)
El juicio apresurado de los discípulos es detenido al instante por Jesús y sustituido por un acto de cuidado, ayuda y esperanza. Los juicios de muerte, aquellos que salen por nuestra boca con tremenda prontitud, sin ni siquiera pensarlos, son sustituidos por actos de vida. Las murmuraciones y críticas baratas que provocan tremenda oscuridad y soledad en las personas que hemos decidido marginar son sustituidas, en Jesús, por abrazos de luz. Creo que en otro texto se nos invita a ser hijos de luz, si no me equivoco…
La edad de la Tierra y la sicología humana
Septiembre 23, 2007
En los 1940s un profesor de sicología llamado Bertram Forer tuvo una ingeniosa idea para intentar analizar un fenómeno que le llenaba de curiosidad: la capacidad ilimitada de sus hermanos y hermanas humanos para dejarse engañar por timadores de todo tipo (en especial, Forer estaba interesado en los timos relacionados con la astrología y la grafología). Lo que Forer hizo fue construir un test de personalidad que entregó a su clase de sicología. Una semana más tarde Forer dio a cada uno de sus alumnos una hoja y les dijo que contenía una corta descripción de su personalidad basada en los resultados de sus tests. Forer pidió a sus alumnos que examinaran la descripción cuidadosamente, que marcaran si estaban o no de acuerdo por medio de un número entre 0 (pobre) y 5 (perfecto), y que levantaran la mano si al acabar creían que la descripción se había acercado mucho a la realidad. Los estudiantes hicieron eso: leyeron las descripciones, pusieron la nota y, uno por uno, fueron levantando la mano. Forer se sorprendió al levantar la cabeza y encontrar que todos los estudiantes habían levantado la mano. ¿Por qué se sorprendió?
Lo sorprendente de este experimento es que Forer había entregado la misma descripción a todos sus estudiantes. Lo único que había hecho era tomar un libro de astrología y copiar algunas de las frases más generales y más positivas que había encontrado (¿a quién no le gusta escuchar algo bueno sobre sí mismo?). A pesar de tener todos los estudiantes la misma descripción, el 87% de ellos habían marcado la hoja con un 4 o un 5, indicando que les describía casi a la perfección. Dicha descripción se ha hecho muy famosa desde entonces y este mismo experimento se ha repetido en muchas ocasiones con similares resultados. Lo que esto demuestra es que tanto la astrología como la grafología no tienen porqué dar descripciones precisas, siempre y cuando sean capaces de ser vistas por los demás como si lo fueran. Basta con dar descripciones suficientemente generales y nuestros cerebros harán el resto del trabajo para acondicionarlas con posibles casos reales de nuestras vidas.
Pero Forer no paró aquí. Tres semanas después el profesor dijo a su clase que las notas que habían puesto a las descripciones se habían perdido y que necesitaba que todos volvieran a poner la misma nota que habían puesto cuando hicieron el experimento (por supuesto, Forer no había perdido nada). Para su sorpresa, la mitad de los estudiantes que habían puesto un 5 a su descripción ahora dijeron que habían puesto menos nota. Lo que apunta a una conclusión más: no solo somos muy crédulos, sino que aquellos que son más crédulos prefieren auto-engañarse a reconocer y afrontar su credulidad.
Gracias a estos resultados puedo hacer la siguiente predicción: ‘El debate acerca de la edad de la Tierra (con un bando diciendo que tiene muchos millones de años y otro diciendo que tiene unos 6000) no va a terminar nunca’. Creo que los resultados lo confirman. Por un lado, disponemos hoy día de todas las evidencias que una persona racional puede necesitar desde prácticamente todas las ramas científicas imaginables apuntando en la dirección de que la Tierra es muy pero que muy mayor, teniendo muchos millones de años. Por otro lado, hay personas que se empeñan en afirmar basándose únicamente en su lectura privada de los textos bíblicos (que ellas mismas reconocen no son textos científicos) que la Tierra tiene algo así como 6000 años de antigüedad. No hay nada en los textos bíblicos que nos obligue a creer que eso es así, y sin embargo muchos cristianos hoy día siguen ‘argumentándolo’ como si su vida y su fe dependiera de ello. ¿Por qué?
Si hacemos caso a los resultados de los muchos experimentos realizados una y otra vez, la realidad es que el poder que muchos argumentos tienen en nuestra vida procede, no de sus evidencias sino pura y llanamente de dos fuentes principales: nuestra ilimitada credulidad y nuestro tremendo orgullo (aunque podríamos llamarlo también, nuestra incapacidad para reconocer que nos han timado). Resulta que tenemos tal facilidad para creernos historias sin importarnos en absoluto su procedencia que, una vez metidos en el pozo, se vuelve muy complicado reconocer que estábamos equivocados. Y cuanto más tiempo estemos en el pozo mucho peor, ya que habrá que afrontar mucho más error por nuestra parte. No es casualidad que libros como ‘The Da Vinci Code’ sigan triunfando en nuestra sociedad aún después de haber mostrado que dichos libros tienen una base histórica muy dudosa, como tampoco lo es que hoy día existan millones de personas que sigan pagando a astrólogos para que les hagan un estudio de su personalidad y de su futuro, cuando se ha demostrado una y otra vez que dichos estudios no tienen ninguna base que apunte más allá del típico timo de moda. Y de igual manera, no es casualidad que siga habiendo líderes cristianos que ‘triunfen’ en su carrera política-cristiana por el simple hecho de reafirmar ciertas doctrinas ampliamente aceptadas o por tener cierta habilidad para usar el lenguaje cristiano correcto, aún cuando un estudio de los textos bíblicos demuestra que ni esas doctrinas tienen base bíblica alguna ni dicha forma de hablar es adecuada en absoluto. A pesar de toda la evidencia en contra hay personas que siguen aceptando ser timadas y pagando por ello, y parece que siempre las habrá.
¿Quién creía Jesús que era?
Septiembre 20, 2007
He aquí el dilema: si Jesús no creyó que era el Dios encarnado, eso significa que nunca creyó estar actuando en su misión como Dios haciendo algo que todos necesitábamos que Dios hiciera; pero si Jesús sabía a ciencia cierta y sin lugar a dudas que era Dios, entonces no habría sido humano, tal y como usamos nosotros la palabra ‘humano’ – habría sabido, por ejemplo, que cualquier tentación para pecar, por muy fuerte que esta fuese, estaba condenada al fracaso y por tanto no habría estado visitando nuestro mundo terrestre y compartiendo la plena naturaleza humana. Si no sabía lo que estaba haciendo, no lo habría estado haciendo como Dios; pero si sabía a ciencia cierta lo que estaba haciendo, no lo habría estado haciendo plenamente como ser humano.
Sin embargo, es posible que haya una salida más bien sencilla a este dilema. Para encontrarla hemos de pensar por un momento acerca de la naturaleza del conocimiento humano. Los seres humanos usamos distintos términos para referirnos a aquello que creemos cierto según el grado de certitud que atribuimos a dicho conocimiento: hablamos de tener un pálpito o un presentimiento, de sospechar algo, de estar convencidos de la veracidad de un hecho, de creer que algo es cierto o de tener un conocimiento exacto de que algo es verdad. Cuando decimos estar de acuerdo con algo consideramos ese algo como parte de aquello que conocemos. Pero eso no significa lo mismo que afirmar a ciencia cierta que estamos tan seguros de algo que no existe la más mínima posibilidad de que estemos equivocados. Todo el conocimiento humano permanece por siempre bajo la sospecha de que, sea lo que sea lo que creamos saber, siempre existe dicha posibilidad de estar en un error: es cierto mientras nadie nos muestre que estábamos equivocados. O como el propio Pablo lo dijo en 1 Corintios: ‘Vemos por espejo oscuro’, y ningún ser humano se libra de eso.
Imaginemos por un momento que Jesús supo que era el Dios encarnado. Si hacemos caso a esta visión del conocimiento humano entonces hemos de suponer que Jesús, como cualquier otro ser humano (si es que fue plenamente humano), sabía que estaba en lo cierto pero igualmente sabía que podía estar equivocado. En este caso habría actuado con la intención de ser el hijo de Dios hecho carne y dispuesto a sacrificarse por el mundo, pero también habría sido consciente, en su humanidad, de que su conocimiento no podía escapar a dicha naturaleza humana y de que tendría que pasar por todas las tentaciones propias de la condición humana sabiendo, como cualquier ser humano, que podría haber sucumbido a cualquiera de ellas.
En este punto el estudio histórico de nuestros textos bíblicos viene al rescate para confirmar un dato que resulta sorprendente cada vez que nos damos cuenta de ello: aunque la gran mayoría de textos que recogen la vida y enseñanzas de Jesús fueron preservados por personas que creían firmemente que Jesús era el hijo de Dios hecho carne, la segunda persona de la Trinidad, tres de nuestras cuatro mayores colecciones de dicho material (los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas) contienen muy poca evidencia de que Jesús dijera durante su vida quién era. El cuarto evangelio, por otro lado, contiene una gran cantidad de material que parece apuntar en la dirección contraria. El único problema con ese material es que el estilo de, por ejemplo, dichos como los conocidos ‘Yo soy…’ (o aquellos otros en los que Jesús revela su gloria) es muy similar al estilo del prólogo del evangelio de Juan (un antiguo himno judío utilizado por el autor del evangelio), al de la confesión de Juan el bautista (Juan 3:31-36), y al de los dichos del cordero exaltado que se repiten una y otra vez en el libro de Apocalipsis (1:17, 18; 22:12, 13, 16), lo que nos lleva a dudar acerca de si palabras como estas se corresponden realmente con las palabras del Jesús histórico. Dado que la iglesia primitiva creía que Jesús era el hijo encarnado de Dios es probable que los autores, escribas y copistas cristianos hubieran permanecido atentos a la espera de encontrar la más mínima indirecta que indicara que Jesús había dicho con sus propios labios que era quien ellos creían que él era, y por tanto la tremenda falta de dichos textos en nuestros evangelios sinópticos nos lleva a la conclusión de que Jesús realmente nunca dijo tal cosa de forma directa, y que todos aquellos textos que intentan apuntar en esa dirección no son otra cosa que intentos de hacer decir a Jesús aquello que nunca dijo.
A esta misma conclusión llegó también Orígenes hace casi 2000 años en su Contra Celsum:
“Además voy a añadir a mi discusión la frase pronunciada por Celsus cuando piensa que Jesús mismo habló acerca de la apertura de los cielos y la bajada del Espíritu Santo sobre él en forma de paloma en el Jordán. De hecho, la Biblia no dice en absoluto que Jesús dijera que había visto eso. Pero este personaje [Celsus] no percibió que no habría sido consistente con el carácter de aquel [Jesús] que dijo a sus discípulos en la montaña de la visión: ‘No le digáis a nadie acerca de esta visión, hasta que el hijo del hombre sea levantado de los muertos’ (Mateo 17:9), que hubiera ido y dicho a sus discípulos lo que se había visto y oído en el Jordán. Hemos de notar que el hábito de Jesús era evitar hablar acerca de sí mismo. Es por eso que dijo: ‘Si hablo sobre mí mismo, mi testimonio no es cierto’ (Juan 5:31). Y por eso también, dado que él evitó hablar sobre sí mismo y quiso mostrar que era el Cristo por medio de su obras y no por medio de su palabras, los judíos le dijeron: ‘Si eres el Cristo dínoslo claramente’ (Juan 10:24)”
Si hasta aquí estamos de acuerdo, entonces tenemos dos posibilidades que podrían explicar el silencio de Jesús: o bien él nunca creyó ser el hijo de Dios encarnado, en cuyo caso tiene sentido que nunca lo hubiera dicho abiertamente, o bien creyó serlo pero nunca lo dijo ante la posibilidad de estar equivocado. Lo que me hace inclinarme a favor de esta segunda opción es que sus acciones, yo creo, apuntan en la dirección de que él debió creer que era quien muchos creían que era. Aquí tenemos a un ser humano que aprendió a hablar acerca de sí mismo por medio de sus acciones en lugar de hablar por medio de sus labios. Esta imagen no encaja muy bien en esta sociedad en la que tenemos que aprender a vendernos, a vender nuestra imagen, a vestirnos por medio de nuestras palabras porque nuestras acciones permanecen escondidas. Y tampoco encaja muy bien en medio del Cristianismo en el que abundan las palabras santas, los principios divinos, los mandatos bíblicos, las órdenes sagradas… No encaja porque lo que intenta es precisamente todo lo contrario: hablar sin hablar, y que el que tenga oídos para oír, que oiga. ¿Acaso no estáis hartos de la jerga cristiana, del lenguaje típicamente cristiano que parece decir mucho pero que no dice nada en absoluto? Quizá es hora de poner el énfasis donde realmente debe estar, que no es en la palabra.
Esta manera de hablar nos trae un mensaje muy especial en medio de este mundo donde abundan las palabras y escasean las acciones. Y esta manera de actuar aceptando la condición humana de nuestro conocimiento nos enseña también que no somos más que lo que somos, y que lo que decimos no ocupa un lugar tan elevado que consiga escapar las palabras falibles de un ser humano que puede estar equivocado. Nadie puede ver más allá del espejo oscuro, y nadie está por encima del error. Nadie es infalible, y nadie tiene derecho a hablar como si lo fuese. Ni siquiera Jesús lo hizo, y si él no lo hizo, ¿acaso nosotros estamos por encima de él?
En Cristo
Septiembre 18, 2007
Desde que el Cristianismo lleva con nosotros, siempre ha habido personas que han creído dar con la clave principal, el centro hermenéutico, que ayuda a interpretar el mensaje fundamental que se encuentra codificado en nuestras Escrituras. Se supone que ese centro hermenéutico permite a aquellos que lo poseen tomar todos los textos uno por uno e interpretarlos de forma lógica y coherente creando así todo un sistema teológico y sistemático capaz de dar sentido a toda esta mezcla textual que ha llegado hasta nosotros. En esta línea de pensadores encontramos a estudiosos tan renombrados como Schleiermacher, Schweitzer, Moule, Ogden, Sanders y muchos otros.
Entre ellos encontramos también a Adolf Deissmann, quien publicó su disertación para la Universidad de Marburg en 1892 bajo el título, Die neutestamentliche Formel ‘in Christo Jesu’. Como todos los autores mencionados más arriba, Deissmann creía haber encontrado la fórmula mágica que ayudaba a interpretar todos los demás textos de la Biblia, creía haber encontrado el centro de gravedad bíblico desde el cual todo podía ser entendido de forma adecuada, y todo ello parecía orbitar alrededor de la (muy repetida hoy) fórmula bíblica: en Cristo. Esto es lo que dice Deissmann:
“Tenemos aquí una de las ideas favoritas – o mejor aún la idea favorita en el lenguaje religioso del apóstol. Pablo formó este término con la intención de expresar algo que consideraba importante, que solo le interesaba a él; […] por medio del uso de una construcción gramatical que estaba ya en uso, creó enteramente un nuevo terminus technicus”
A través de este término, Deissmann argumentó que para el apóstol Pablo la naturaleza del Cristo exaltado era espiritual, y que cuando el apóstol decía que los cristianos estaban en Cristo lo que quería decir es que vivían en Cristo como un ‘elemento’, como un animal vive en el aire, un pez en el agua o una planta en la tierra. Y esta misma forma de pensar se extiende incluso hoy a muchas de nuestras iglesias.
Sin embargo, leyendo los textos bíblicos de manera rigurosa, no creo que esta fórmula se mantenga con ninguna fuerza en absoluto. De hecho, existen textos en los que Pablo utiliza la misma construcción gramatical (mágica) griega, por ejemplo en emoi, con significados muy distintos: ‘para mí’ en una ocasión (Gálatas 1:16) y con el significado ‘por mi causa’ en otra (Gálatas 1:24). ¿Por qué no hemos de suponer el mismo significado espacial-espiritual que habíamos de suponer antes para Jesús en esta ocasión en que nos referimos al propio Pablo? Lo cierto es que el texto no hace ninguna diferencia y no nos guía en la dirección que Deissmann pretende.
Podemos ir aún más lejos. En total en el Nuevo Testamento existen unos diez pasajes principales acerca de los cuales muchos autores coinciden en la afirmación de que dichos textos contienen una fórmula paulina que se refiere a Cristo como el ‘espacio espiritual’ en el que los creyentes viven. Los pasajes son: Romanos 8:1; 16:7; 1 Corintios 15:22; 2 Corintios 5:17; Gálatas 1:22; Filipenses 1:1; 3:8-9; 1 Tesalonicenses 1:1; 2:14; 2 Tesalonicenses 1:1. Tomemos por un momento dos de los versículos más citados en aquellos libros que se refieren a esta fórmula paulina: 1 Corintios 15:21-22 y 2 Corintios 5:17 (respectivamente). El primero de ellos dice así (RV60):
“Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”
Hay tres indicios que apuntan en una dirección distinta a tomar este ‘en Cristo’ como una fórmula que se refiere al Jesús espiritual en el que todos vivimos. Primero, podemos darnos cuenta de que en el versículo 22 no tenemos otra cosa que la repetición del versículo 21 (al estilo judío que encontramos, por ejemplo, en el libro de Proverbios). En este caso parece que la preposición ‘en’ en el segundo versículo intenta simplemente repetir la preposición ‘a través’ que se repite en el primer versículo, y por tanto al decir ‘en’ no se está diciendo otra cosa que ‘a través’. Segundo, si tomamos la preposición ‘en’ como una mera repetición con el sentido ‘a través’, el segundo versículo cobra sentido ya que ahora cuando se habla de que ‘todos mueren’ en Adán (refiriéndose a todo ser humano), igualmente hemos de tomar el segundo ‘todos’ como refiriéndose a todo ser humano. Si ‘en Cristo’ fuese una fórmula que indicara el lugar en que habitan solamente los cristianos, este paralelismo perdería su sentido. Por último, la idea (que por implicación deberíamos aceptar) de que todos los seres humanos hemos sido incorporados ‘en el espacio inclusivo de Adán’ aún no ha sido encontrada en la literatura judía.
El segundo de estos versículos dice lo siguiente:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”
Estamos tan acostumbrados a escuchar este versículo con esta puntuación que no somos ya capaces de leerlo de otra manera. Sin embargo, esta puntuación no proviene de ningún otro sitio que de nuestro muy amado dogmatismo que pretende encontrar en la traducción de este texto el muy aclamado ‘en Cristo’. Pero igualmente podríamos leer este texto griego así:
“De modo que si alguno es una nueva creación a través de Cristo, entonces todas las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”
De hecho, para sorpresa de muchos dogmáticos amantes de esta fórmula paulina, resulta que esta última traducción es la preferida por Marcion, Tertuliano, la Vulgata, y esta es la traducción que defienden estudiosos como Bachmann y Héring.
Ejercicios similares podrían hacerse con los demás versículos. Pero para que eso sea posible hace falta que nos quitemos nuestras gafas dogmáticas que solo saben buscar fórmulas y más fórmulas mágicas en nuestros textos bíblicos, y comencemos a leerlos como lo que son: textos que apuntan a Dios, nada más y nada menos. Es probable que no exista ningún centro hermenéutico… ¿y por qué habría de haberlo? El Cristianismo ya tiene su centro, y este no consiste en letra.
Norma de práctica (II)
Septiembre 13, 2007
Si se trata de encontrar listas de reglas a seguir, nuestra Biblia está bien dotada de ellas:
Apocalipsis 21:8 Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.
1 Corintios 6:9-10 ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.
Santiago 5:12 Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación.
Gálatas 5:19-21 Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.
Romanos 1:28-31 Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia.
Ay, listas y más listas… Y en ellas encontramos palabras que encajan con muchos (¿todos?) de nosotros. Se podría intentar justificar: “Pero la Biblia no habla del que cometa estos pecados una vez, sino del que los practique de manera continuada en su vida”. Ni aún así nos libramos. ¿Envidiosos? ¿Murmuradores? ¿Cobardes? ¿Mentirosos? ¡Vamos! Ni uno. Y no hablemos ya si en lugar de tomar los pecados tomamos las virtudes que deben caracterizar a aquellos que van a entrar en el Reino de Dios. Según el apóstol Pablo, por ejemplo, las cualidades que han de tener aquellos que tienen el Espíritu de Cristo dentro, es decir, los que van a ser salvos son:
Gálatas 5:22-24 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.
‘No hay Ley’. Si supiera Pablo… No nos engañemos, hermanos… Si lo que leemos en estas listas se supone que constituye nuestra ‘norma de práctica’, en términos estrictos y literales, entonces bien andamos (hablo también de literales porque me consta que hoy día en nuestras iglesias se siguen tomando algunas palabras de estas listas como ordenanzas que determinan literalmente quién va a entrar en el Reino de Dios y quién no). Y el asunto, tengo que decir, no mejora mucho cuando esta definición de ‘norma de práctica’ ha de ser aplicada también a la manera en la que hemos de organizar nuestros hogares o nuestra sociedad. No conozco a muchos cristianos (aunque sí a algunos) que, en intención honesta y sincera de aplicar esta ‘norma de práctica’ a sus vidas en el hogar tomen, por ejemplo, la primera carta a Timoteo, capítulo 2 y sigan las reglas explícitas que ahí se indican:
1 Timoteo 2:8-15 Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda. Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad. La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia.
Desde luego no se trata de que no esté claro lo que el autor está diciendo. Claro está. ¡Incluso se utiliza un argumento que apela a la creación! Vamos que se utiliza un argumento cuya validez pretende llegar a todo ser humano en toda situación. Si en verdad la Biblia fuera una ‘norma de práctica’ en sentido estricto y literal, ¿por qué no se siguen estas reglas tan claras? Pero no es así, y muchos cristianos se han dado cuenta de esto. Así, durante siglos se han desarrollado estructuras y sistemas de pensamiento sistemático que intentan salvarnos de cometer el error de aplicar reglas como estas al pie de la letra a nuestro contexto cotidiano (aunque aún así muchos siguen aplicándolas, como si nada, de manera literal).
Lo que me lleva al punto central de la cuestión: ¿Por qué hemos de desarrollar estos sistemas de salvaguarda y protección tan complejos y enmarañados? ¿No ganaríamos mucho diciendo lo que la Biblia realmente es y la función que ocupa en nuestras vidas sin usar palabras tan concluyentes y comprometedoras como ‘norma’ sin saber muy bien lo que queremos decir? Quizá sería más honesto decir que la Biblia es un libro de consulta muy útil que a veces nos ayuda a entender la postura ética de muchos seres humanos que tenían dilemas parecidos a los nuestros y, al leer acerca de sus soluciones particulares, nosotros aprendemos de sus aciertos (siguiendo su consejo) y de sus errores (intentando evitarlos).
No creo que esta forma de referirnos a la Biblia esté haciéndole daño en absoluto. Es más: ni siquiera creo que nuestras biblias intenten conseguir un estatus mayor que éste en nuestras vidas. De hecho, el texto más usado para defender la posición de las Escrituras (y recordemos que en este texto cuando se dice Escrituras se está incluyendo en ese grupo todo tipo de textos extra-canónicos), 2 Timoteo 3:16-17, no dice mucho más que esto:
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”
‘Inspirada’, o literalmente, ‘respirada por Dios’, y es verdad que al leer la Biblia se puede respirar a Dios de distintas maneras. Pero lo que se dice aquí es que esta naturaleza ‘inspirada’ convierte a la Biblia en útil, ni más ni menos. No se especifica de qué manera es útil, ni como hemos de interpretar esta utilidad. De hecho la propia Biblia muestra personas que utilizan las Escrituras de muchas formas distintas, como textos útiles, pero que no se limitan a aplicar esos textos a sus vidas de manera literal como si fueran ‘normas’ de práctica irrefutables y aplicables a todo momento en toda circunstancia. Juegan con ella, la interpretan de distintas formas, la intentan aplicar a sus contextos y, cuando eso no es posible, dejan de intentarlo y buscan otra forma de argumentar. Quizá debiéramos aprender a relajar nuestras definiciones bíblicas y poner a la Biblia en el lugar que le corresponde realmente. Quizá debiéramos dejar de buscar palabras específicas en nuestros textos bíblicos que nos ayuden a justificar nuestras opiniones acerca de aquello que creemos que está bien o que está mal. No se trata de encontrar la lista adecuada, así que dejemos de buscarla.
Nuestras biblias no son ‘listas de reglas’ a seguir, y nuestra lectura y aplicación cotidiana de esos textos nunca es inocente o falta de intereses. Por tanto, es posible que cambiar la definición ‘norma de práctica’ por otra con los pies más en el suelo como, ‘textos útiles’ sea más adecuado. Me encantaría encontrar una lista de estatutos de fe que hagan precisamente ese cambio: en lugar de ‘la Biblia es nuestra norma de práctica’, que diga: ‘la Biblia es un texto útil que leemos y del cual aprendemos en todos los sentidos’. Dejemos de intentar una y otra vez utilizar definiciones acerca de la Biblia que aporten una autoridad especial a nuestras lecturas particulares, en lugar de reconocer que todos estamos al mismo nivel. Al fin y al cabo ese fue uno de los mensajes principales de la Reforma, un mensaje que no debemos olvidar.
Norma de práctica (I)
Septiembre 13, 2007
Leo a menudo en los estatutos de fe de muchas congregaciones y denominaciones esa frase tan repetida: ‘La Biblia es nuestra norma de… práctica’, y me gustaría saber qué es exactamente lo que quiere decir esto ya que considero que el significado de esta frase tiene una relación estrecha con lo que muchos entienden por la ‘inspiración’ de las Escrituras. Y me interesa entrar en este tema, sobre todo, porque considero que al utilizar el término ‘norma’ parecería que lo que queremos decir es mucho más de lo que decimos.
Algunas de las acepciones que nos da el Diccionario de la Real Academia Española para la palabra ‘norma’ son:
- Regla que se debe seguir o a que se deben ajustar las conductas, tareas, actividades, etc.
- Escuadra que usan los artífices para arreglar y ajustar los maderos, piedras, etc.
- Precepto jurídico.
- Conjunto de criterios lingüísticos que regulan el uso considerado correcto.
Y así es precisamente como muchos se enfrentan al dilema diario de qué debemos hacer ante este o aquel caso de (lo que creemos que es) inmoralidad, o ante este problema que tiene mi vecino con su vecino: toman la Biblia intentando buscar listas de reglas que contengan el asunto en cuestión, o uno similar, para aplicar dichas reglas a la situación que tenemos delante. Y listas, la verdad, no faltan en la Biblia. Casi podemos justificar cualquier cosa si aprendemos a buscar bien. Ya se sabe: ‘el que hizo la ley, hizo la trampa’. Y yo diría que en estos siglos hemos aprendido a ser expertos en el arte de trampear para justificar nuestras acciones.
Me da la impresión de que esta capacidad que tenemos (y hemos tenido por siglos) de trampear apunta a una realidad distinta acerca de la naturaleza de nuestros textos bíblicos, una naturaleza que, yo diría, no tiene nada que ver con el término ‘regla’ o con el otro tan usado ‘norma’. Me da la impresión que al decir que nuestra Biblia establece nuestra ‘norma de práctica’, o la ‘norma que rige nuestra ética hacia el mundo’, a veces creemos que estamos diciendo mucho, cuando en realidad al llevar dicha afirmación a la ‘práctica’ real y cotidiana del día a día podemos ver claramente que esa frase no resuelve nada. Y si no resuelve nada: ¿no deberíamos quizá cambiarla?
Las creaciones bíblicas
Septiembre 11, 2007
Dios pudo habernos dado un libro científico pero no lo quiso así. La Biblia no es un libro científico. Creer que lo es equivale a intentar hacer decir a la Biblia cosas que no está diciendo. Si conseguimos entender esto entonces el debate entre creación y evolución ha acabado para nosotros, porque la Biblia nunca describe el método científico que Dios empleó para crear el mundo, sino que nos confirma que Dios fue quien lo hizo. Y esta es una afirmación religiosa, no científica. El objetivo del relato del Génesis es compartir con los seres humanos una serie de verdades básicas acerca del Dios de Israel en comparación con los otros dioses de los otros pueblos, pero no pretende mostrar en detalle una visión científica del mundo.
Nuestra lectura de la Biblia nos muestra, si tenemos ojos para ver, que existen varias historias de la creación que no corresponden entre sí. Por un lado tenemos la narración del Génesis 1. Hay algunos datos interesantes acerca de esta historia que no se tienen en cuenta muy a menudo. La pregunta es: ¿Dónde comienza el relato de la creación aquí, en Génesis 1:1 o en Génesis 1:2? Para muchos la pregunta es un tanto ridícula: comienza en el primer versículo. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que nuestro libro de Génesis no tuvo título hasta que los griegos le pusieron el que todos conocemos hoy (los hebreos lo llamaban Bereshit, ‘principio’, porque era la primera palabra del libro). Así, muchos hoy día creen que el versículo 1 del primer capítulo del Génesis servía de introducción al resto del relato de la creación, y por tanto no formaba parte de dicho relato. En este caso el versículo 1 habría servido como introducción (o título) al resto del libro del Génesis: “En el principio de la creación de los cielos y la tierra por Dios…”, algo parecido a lo que ocurre en Oseas 1:2. De hecho, con esas mismas palabras también comienza Génesis 2:4ff, el segundo relato de la creación. Y existen otros textos antiguos como el Enuma Elish que comienza con este tipo de construcción.
Si esto fuera así, en el versículo 2 comenzaría el relato de la creación del universo (“cielos y tierra” se usan para hablar del universo, ya que no había palabra para ello). Y dice el texto que “la tierra estaba desordenada y vacía” hasta que el poder de Dios entró en escena para traer el orden y llevar a cabo la creación. Entendido así no se está hablando de un Dios que crea ‘desde la nada’ sino que el acto de la creación de Dios se hace equivaler con el acto de ordenar algo que estaba desordenado. Como podéis ver existe un cierto dualismo entre ‘caos’ y ‘universo’, algo que también existía en todas las culturas antiguas de Oriente Medio. No se puede hablar de manera clara, por tanto, de un Dios que crea el ‘caos’ o ‘materia sin orden’. Decir que “Dios creó” significa que “Dios dió forma” a algo sin forma. Y así lo entiende, por ejemplo, Isaías 45:18 cuando dice: “Porque así dijo Yahweh, creador del cielo; El es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y compuso. El no la creó como caos, sino que la hizo para poder ser habitada”. Dios crea ‘dando forma’, haciendo que algo inhabitable se vuelva habitable.
Desde hace años se ha podido comprobar que estos textos están a la par con algunos mitos antiguos que relatan la batalla que libra el ‘dios creador’ con el ‘monstruo Leviatán’ para llevar a cabo su creación. Esto aparece reflejado en otro de nuestros textos bíblicos de la creación, Salmos 74:12-16 (otros muchos Salmos describen a Yahweh venciendo a los monstruos o demonios de las aguas). En textos muy antiguos de otras culturas el Leviatán era el dragón (o la serpiente) que simbolizaba el ‘caos de las aguas’. Este dragón, sin embargo, no es derrotado de manera definitiva por el mero acto de la creación sino que es algo que ha de ocurrir en el futuro (comparar con Isaías 27:1). En algunos textos apocalípticos el Leviatán es uno de los seres que serán devorados en el banquete preparado por el Mesías (2 Esdras 6:49-52; 1 Enoc 6:7-9, 24; el hecho de que Leviatán tuviera siete cabezas hace que muchos crean que se encuentra detrás de algunos de los textos de Apocalipsis).
Gracias a descubrimientos de textos muy antiguos en Siria, que cuentan historias en las que un dios llamado Bal Haddu (muy parecido al Baal de la Biblia) luchaba contra las fuerzas caóticas de destrucción y muerte llamadas indistintamente Principe del Mar, Juez del Rio o Lotan (cuyas consonantes ltn equivalen a las del Hebreo Leviatán), hoy sabemos que muchas de las alusiones de estos textos bíblicos proceden de esas narraciones y cumplen normalmente una función de anti-mito, es decir, que intentan dar un mensaje por medio del cual el Dios de Jacob es superior a todos los otros dioses de los otros pueblos. En este caso lo que el autor bíblico está intentando hacer no es crear un texto sin contexto, ‘como caído del cielo’, sino más bien utilizar textos e ideas que existían en la época para proclamar un mensaje distinto acerca de su Dios, en este caso el Dios de Israel. Hacemos muy bien en no olvidar el carácter de estos textos.
Pero además de estas dos historias de la creación que he mencionado más arriba, también existen otras en nuestras Biblias. Hoy día se reconoce que las narraciones que aparecen en Génesis 1-2:3 y 2:4ff pertenecen a dos escritores distintos (distintos términos, forma de escribir, nombres usados para referirse a Dios, etcétera). Creamos esto o no, basta con leerlas para darnos cuenta de que las historias son distintas. No vale con intentar armonizarlas de cualquier manera, como se suele intentar hacer a menudo: si las leemos de verdad nos daremos cuenta de que el orden en el que aparecen las cosas creadas es distinto en ambas historias. Esto indica que la preocupación principal de estas historias no es establecer la manera o el orden científico en el que la creación de Dios fue realizada, sino transmitir distintas ideas por medio de estos textos. Por cierto, estas tres no son las únicas historias de la creación que tenemos en nuestras biblias: en Ezequiel 28 tenemos otra.
Panes y peces
Septiembre 3, 2007
En Marcos 6 se nos relata la historia en la que una multitud de 5000 personas es alimentada cuando son presentados 5 panes y 2 peces. Dos capítulos más tarde, en Marcos 8, Jesús y sus discípulos se encuentran de nuevo en una situación sospechosamente similar a la anterior, esta vez con 4000 personas y 7 panes y unos cuantos peces, y la conversación entre ellos se repite hasta tal punto que da la impresión que los discípulos de Jesús tienen una memoria mucho más corta de lo que podríamos imaginar (o una falta de fe completamente increíble). Para sorpresa de cualquier lector, después de haber presenciado una historia muy similar solo dos capítulos antes, encontramos que los discípulos preguntan de nuevo: “¿De dónde podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?” (Marcos 8:4). Una posible explicación a esta incomprensible incredulidad puede ser que el autor del evangelio de Marcos encontrara estas dos versiones de un mismo evento por separado (en fuentes distintas) y, en una decisión editorial, las utilizara como dos historias distintas referidas a eventos distintos (esto explicaría la decisión editorial alternativa de los escritores de los evangelios de Lucas y Juan de tomar una de las dos historias y desechar la otra; ellos probablemente se dieron cuenta de que eran distintas versiones de una misma historia).
Dejando a un lado si fueron una o dos las historias acerca de esta memorable comida con Jesús, me gustaría pensar un poco acerca del milagro en sí. ¿Convirtió Jesús unos pocos panes y peces en miles? ¿Fue ese realmente el milagro? La pregunta no se basa en mi falta de incredulidad acerca de la posibilidad de que Dios pueda multiplicar comida sin apenas ningún esfuerzo. El diablo mismo, según dos de nuestros evangelios, tentó a Jesús intentando que convirtiese piedras en panes, que rompiese los límites físicos, políticos y económicos de una sociedad en la que muchos de sus habitantes estaban viviendo en la miseria, y crease una fuente inacabable de alimento para todos esos hambrientos que vivían en su entorno. Por tanto, he de suponer que el mismo diablo creyó que Jesús era capaz de realizar tales milagros (y muchas fuentes anti-cristianas atestiguan de esta posibilidad de que Jesús estuviera realizando milagros). Mi problema con este milagro en particular es que, cuando fue tentado por el diablo, la respuesta de Jesús en este caso fue negativa: no iba a convertir piedras en pan, no iba a romper los límites de la sociedad (al menos no como muchos esperaban), no era su plan crear una fuente inacabable de alimento de la que todos pudieran saciarse. De hecho, las propias bienaventuranzas resumen un mensaje muy distinto a ese de convertir piedras en pan. Lo que él parecía ofrecer era algo mucho más sutil, no agua de un pozo sino agua viva del alma, no pan humano sino pan divino. Esa fue su respuesta entonces… ¿por qué iba entonces a cambiar de plan?
Si bien es muy posible que Jesús hubiera realizado milagros en su ministerio, muchos de los relatos acerca de estos milagros han llegado hasta nosotros rodeados de mucho más material tradicional y legendario del que inicialmente debieron tener. Esto es normal: los evangelios fueron escritos decenas de años después de la muerte de Cristo, y la tradición oral era muy susceptible a adiciones y modificaciones a lo largo del proceso de comunicación. Además, no hemos de olvidar que el propósito principal de los creadores de los evangelios no era relatar fielmente los eventos históricos que habían acontecido a lo largo del ministerio de Jesús. Su propósito era otro: “Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20:31).
La pregunta es: ¿de dónde sacaron entonces los creadores de los evangelios tradiciones y leyendas de las que pudieran tomar y adjudicarlas a Jesús? Una de las fuentes principales fue el Antiguo Testamento, ya que la Iglesia primitiva creía que Jesús había venido para cumplir lo que había sido profetizado en aquellos antiguos escritos judíos, y no solo a cumplir sino a superar. Y entre las muchas historias del A.T., los relatos de los ministerios de Elías y Eliseo sirvieron como patrón de muchas de las historias que encontramos en nuestros propios evangelios (no sin razón algunos creían que Jesús era Elías). Leamos, por ejemplo, la historia que encontramos en 2 Reyes 4:42-44:
“Vino entonces un hombre de Baal-salisa, el cual trajo al varón de Dios panes de primicias, veinte panes de cebada, y trigo nuevo en su espiga. Y él dijo: Da a la gente para que coma. Y respondió su sirviente: ¿Cómo pondré esto delante de cien hombres? Pero él volvió a decir: Da a la gente para que coma, porque así ha dicho Jehová: Comerán, y sobrará. Entonces lo puso delante de ellos, y comieron, y les sobró, conforme a la palabra de Jehová”
Como vemos, ambos testamentos especifican el número de personas hambrientas (100 en el A.T. y 4000 o 5000 en el N.T., un número mucho mayor, lo que implica un milagro mucho mayor); ambos hablan de la poca comida que tienen disponible (20 panes en el A.T. y 5 en el N.T., de nuevo un milagro mucho mayor); en ambas historias los profetas dicen a sus discípulos que den de comer a la gente y en ambas los discípulos protestan ante la falta de alimento; finalmente, en ambos casos las multitudes son alimentadas y al final incluso sobra comida. ¿Es posible que cierta tradición acerca de una comida memorable con Jesús haya sido modificada en consonancia con ciertas historias del A.T. convirtiéndola así en algo un tanto distinto a lo que fue en realidad? ¿Es posible que ciertos escritores cristianos sintieran la libertad literaria como para realizar cambios de tal envergadura?
La versión que nos presenta el evangelio de Juan confirma nuestras sospechas. Mientras que en todas las historias que aparecen en Mateo, Marcos y Lucas, son los discípulos quienes tienen los panes y los peces, en Juan 6:9 se nos dice: “Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?”. La pregunta es: ¿De dónde sale este muchacho que tantos recordamos cuando pensamos en esta historia, y por qué ninguno de los otros evangelios le menciona? Es muy posible que Juan conociera la tradición (del A.T.) utilizada para la creación (o modificación) de esta historia y añadiera otros elementos que aparecen en ella y que le dan un tono aún más dramático. De hecho, si tomamos la versión de 2 Reyes 4:41-44 que aparece en la Septuaginta (LXX), ahí encontramos al muchacho (paidarion) que utiliza Juan, al igual que los panes de cebada (artous krithinous) que no menciona ningún otro evangelio excepto el de Juan. Al conocer la procedencia de esta tradición, este último autor decide tomar algunos elementos más de esta historia veterotestamentaria con la intención de añadir ciertos elementos dramáticos. Y gracias a estos elementos, Juan confirma nuestras sospechas acerca de la procedencia de los elementos tradicionales de esta historia del milagro de los panes y los peces.
Entonces, ¿es que no hubo milagro? Personalmente me inclino a pensar que sí, que hubo un milagro mucho mayor que el que hemos acabado interpretando en estas historias evangélicas. Irónicamente, lo cierto es que si leemos algunas de estas historias evangélicas, en ellas no se menciona nunca ningún milagro en absoluto. Fijaos bien en lo que se dice en una de ellas:
“Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar desierto. Él les dijo: Dadles vosotros de comer. Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta multitud. Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta. Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos. Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente. Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les sobró, doce cestas de pedazos” (Lucas 9:12-17)
No hay milagro espectacular, ni siquiera se menciona una palabra del tremendo asombro que debió causar el haber multiplicado (contra natura) unos pocos panes y peces para dar miles. Mucho menos volvemos a leer que a alguien se le ocurriera pedirle a Jesús (en vista de su capacidad multiplicativa) que volviera a multiplicarlos para dar de comer a los muchos pobres que le rodeaban (ah, sí, solo al diablo se le pasa por la cabeza tal tentación de alimentar a los pobres, pero Jesús no cae). Lo cierto es que lo único que se dice en el texto es que Jesús decidió juntarlos en grupos de 50, que dio gracias por los alimentos y que los repartió, y que al final de la comida todos habían comido suficiente. ¿Cómo? Creo que en el fondo todos sabemos cómo. En España hay un refrán que dice: ‘cuando la barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar’. Cuando creemos que hay falta de comida, intentamos esconder lo que tenemos y guardarlo para que nadie sepa que tenemos, con la intención de que los nuestros tengan suficiente. Es cuestión de instinto. A veces es un instinto que refleja la realidad, y otras veces es solo consecuencia de nuestra propia percepción de esa realidad: creemos que tenemos poco y necesitamos más, y por tanto escondemos lo ‘poco’ que tenemos de los demás. Parece que el milagro de Jesús fue conseguir contrarrestar la tremenda fuerza de ese instinto humano y hacer que (al menos en esta ocasión) todos compartiesen lo poco que tenían, dándose cuenta al final de que no era tan poco como habían imaginado al principio. Sin duda esa debió ser una comida memorable, una comida como ninguna otra, en la que la fuerza de la solidaridad, el amor y la koinonia debieron notarse tremendamente. De ahí el interés de estos cuatro escritores por mantener el recuerdo del milagro de los panes y los peces.
A ver si algún día se nos mete en la cabeza a los cristianos que el verdadero milagro que Dios espera en medio de su pueblo a veces no tiene tanto que ver con la ruptura de las leyes de la naturaleza, sino con la ruptura de las leyes de la condición humana. El verdadero milagro es la conversión del ser humano de un ser egoísta y despreciable en uno que se atreve a compartir incluso cuando no está seguro de si va a tener suficiente para mañana.
