Agar

Agosto 29, 2007

Contar historias es la esencia de la vida. Stephen Jay Gould dijo en cierta ocasión:

“El cerebro vertebrado parece operar como un dispositivo sintonizado para reconocer patrones. Cuando la evolución nos dio el don de la consciencia sobre este órgano característico de la especie humana, la antigua necesidad de buscar patrones se desarrolló para convertirse en la tendencia a organizar estos patrones como historias, y a explicar el mundo que nos rodea a través de las narraciones expresadas en dichas historias”

Esta tendencia a organizar nuestra realidad a modo de historias se puede detectar de forma clara en la Biblia. Si vamos al A.T., observamos que la mayoría de los escritos constituyen historias narrativas que intentan comunicar mensajes de distinto tipo. Si vamos al N.T., el mensaje del reino de Dios en labios de Jesús es explicado por medio de cortas historias, llamadas parábolas, que intentan imaginar un mundo distinto al que la audiencia conoce y bajo el cual viven. Y así es también transmitido el mensaje de Jesús en las generaciones siguientes, por medio de cuatro evangelios, no uno solo, que demuestran que lo importante del mensaje de Jesús puede ser transmitido a través de varias historias (distintas versiones) de su vida.

Existe el riesgo, quizá debido a nuestro afán por comodidad, de elegir ciertas historias de la Biblia que encajan bien con nuestra construcción de la realidad y olvidar otras que resultan un tanto incómodas. Estas historias incómodas no son predicadas en los púlpitos, ni se leen en los hogares, y cuando toca leerlas en las escuelas dominicales (si es que alguna vez toca), se pasa un tupido velo para no hablar de ciertos asuntos a los que el texto apunta pero que no se sabe muy bien cómo tratar.

Mi intención aquí es ir a uno de estos incómodos textos y leerlo de verdad, escuchando todas las voces que aparecen reflejadas en el texto, incluso aquellas que el autor no deja oír con mucha claridad. Una ventaja del regalo de la inspiración divina (ventaja que es a menudo olvidada o manipulada), es que dicho regalo no murió cuando se completó el canon, sino que sigue con nosotros hoy al leer estos textos; el Espíritu sigue hablando por medio de ellos, a veces para mostrarnos cosas nuevas que no habíamos visto antes. Me gustaría que leyésemos ‘La historia de Agar’ (Génesis 16:1-16; 21:9-21) (esa es mi única intención, leer) dejándonos inspirar – quizá nos sorprendamos de las nuevas voces que podemos escuchar. ¿Lo habéis leído ya? A continuación voy a compartir algunas ideas acerca del texto…

Aunque Abraham es el símbolo típico de la fe utilizado al menos en tres de las religiones monoteístas, esta historia no se centra en este personaje tan importante, sino que se desarrolla más bien entre dos mujeres, Sara y Agar. Sus posiciones al inicio de la historia son muy distintas: Sara es la esposa de un hombre rico (13:2), y tiene los privilegios y poder que otorgan las sociedades patriarcales, mientras que Agar es una sierva sin voz. Sin embargo, Sara es estéril (11:30), lo cual le hace dudar de que el plan que Dios parece tener de darles un heredero a ella y su marido vaya a ser posible. Esta duda provoca un plan alternativo, tener un hijo de su sierva sin voz, que aunque pobre y esclava, también es joven y fértil.

Al convertir a Agar en la ‘esposa’ de Abram (16:3), y no su concubina, Sara ha disminuido su propio status con respecto al de su sierva (hasta ahí parece llegar su desesperación). Sin embargo, aún así sigue manteniendo un control total sobre Abram, su marido, que no parece realmente un patriarca tan poderoso como nos han hecho saber todos estos años. Cuando la sierva sabe que está embarazada, se da cuenta de que su posición ha cambiado en esta familia; ahora está a la misma altura que su señora, un equilibrio que Sara encuentra bastante molesto. Entonces decide culpar a Abram de este problema, llegando incluso a pedir el juicio de Dios sobre esta situación que se ha creado. Sara ha decidido recuperar el status que ha perdido a toda costa.

La primera vez que Abram habla (16:6), no dice mucho, la verdad… Y no parece capaz de evitar lo que se avecina. Así que Sara decide afligir a su contrincante. El verbo que se utiliza aquí para referirse a dicha aflicción es uno muy fuerte (que recuerda muy de cerca al verbo utilizado acerca de las aflicciones de Israel bajo Egipto). Ahora, irónicamente, es Israel quien aflige a Egipto. El oprimido se ha convertido en opresor. A veces da la impresión de que la línea que separa ambos es demasiado fina.

Agar huye. Pero sigue sin hablar, o por lo menos seguimos sin poder escuchar su voz. Quizá el autor ha olvidado que en esta historia hay dos personajes importantes y no solo uno. Agar está junto a una fuente (qué distinta imagen a la del pueblo de Israel huyendo de Egipto), y está a las puertas de su casa. Su liberación está cercana, unos pasos más y habrá llegado. Entonces el ángel de YHWH le encuentra. Agar tiene el honor de ser la primera persona en la Biblia que recibe una visita de este carácter divino. Además, por primera vez alguien habla con Agar y le llama por su propio nombre. También es esta la primera vez que oímos hablar a Agar. Al final parece que tenía voz, aunque muy bajita. La respuesta de Agar a la pregunta que se le hace es curiosa: ‘huyo de Sara, mi señora’. Parece que la huída no ha eliminado su mentalidad de esclava; la libertad corporal no implica la libertad mental (como con Israel, ahora ocurre con Agar).

Pero su gozo en un pozo. Las dos órdenes siguientes nos hacen recordar la severidad que había sufrido Agar a manos de Sara, ya que son palabras muy parecidas. Estas dos órdenes nos presentan con unas palabras de terror (sí, aquí en medio de nuestras Biblias) contra esta mujer abusada. Chocan también estas órdenes con la actitud de Dios hacia la esclavitud de Israel, ‘he visto el sufrimiento de mi pueblo…’. Aquí la historia es otra: Agar tiene que volver para seguir siendo afligida. No seré yo quien juzgue estas palabras. Es suficiente con encontrarlas y no cerrar nuestros ojos ante ellas. Conozco cristianos cuya experiencia con Dios es similar: Dios me ha dicho que debo quedarme aquí, a pesar de lo que esta situación está haciendo conmigo y mi familia.

Pero Agar también recibe promesas. Ella es la primera mujer en recibir estas promesas de Dios, aunque fuera del contexto del pacto. La promesa de Dios ofrece un poco de esperanza, a la vista de la aflicción que llega. Estas promesas implican una mezcla curiosa: consolación y desolación; a menudo la experiencia cristiana. La sierva que pudo imaginar su liberación y que tan cerca estuvo de ella, ahora es invitada a imaginar una nueva posibilidad de esperanza por medio de la futura concepción de su hijo, y Agar decide llamar a Dios: ‘Dios que todo lo ve’. No conoce bien a este Dios, pero sabe de primera mano algo que no muchos saben: Dios es el ‘Dios que todo lo ve’. O quiza le conozca mejor que muchos de nosotros…

Saltamos al capítulo 21. El drama se desarrolla de forma similar al anterior, aunque con dos nuevos caracteres, Ismael e Isaac. Ahora que Sara tiene un hijo, tiene más poder que nunca en este hogar. Y por tanto Agar tiene menos que antes, si cabe. Los niños juegan. Nadie sabe con certeza qué matices deben ser añadidos al término utilizado aquí, ‘jugando’. Puede que estuvieran jugando normalmente como dos chavales, o que Ismael estuviera jugando con Isaac (abusando?), o algunas posibilidades más. Lo que está claro es que Sara no va a permitir el más mínimo reto por parte del hijo de su sierva. Y aprovecha la situación, aún plagada de ambigüedades (¿dos críos jugando?), para decidir echar a Agar. ¿Cuántos padres se vuelven tan protectores con sus hijos que hacen de ellos unos inútiles inaguantables? La palabra utilizada para ‘echar’ es similar a la usada por el faraón en Exodo, cuando decir ‘echar’ a los Israelitas para proteger a su primogénito. Este cambio de papeles es curioso. De nuevo, la sierva egipcia toma el papel de Israel, y la mujer israelita toma el papel de Faraón.

Abraham, el gran patriarca, no sabe qué hacer. Dios habla para convencerle de que lo mejor es que se vayan. Es muy chocante la manera en la que Dios se refiere al hijo de Agar como ‘ese chaval’, y a su madre como ‘tu esclava’. ¿Estamos oyendo aquí las palabras de Dios, o las palabras del autor? Abraham ‘deja ir’ a Agar, recordando al momento en que Faraón dejó ir al pueblo de Israel. Con una diferencia: en esta ocasión Agar no está tan segura de querer irse, porque parece estar marchando a una muerte segura. Así parece que se usa el término que indica que ‘andaba errante’. Después de haber imaginado un futuro de esperanza, y de haber visto a Dios, ahora encontramos a Agar intentando no ver lo que se avecina, la muerte de su hijo. De nuevo, ante el llanto de una mujer desconsolada (algunos creen que el llanto es el del niño), el ángel de YHWH se aparece de nuevo. Esta vez Agar no tiene la oportunidad de responder a la pregunta que se le hace. Su voz queda en silencio. Pero Dios abre sus ojos de nuevo a una nueva esperanza, y le muestra un nuevo pozo.

El reto en esta historia es conseguir escuchar la voz de Agar en medio de estas estructuras de poder y opresión que le rodean y que rodean a nuestro texto. Tampoco resulta sencillo escuchar la voz de Dios en todo este relato. El autor cubre todo con su percepción de la realidad. Las palabras y promesas de Dios pasan por el filtro de un autor que se resiste a aceptar que esta esclava pueda ser realmente el personaje principal de la historia. Podemos notar una y otra vez los intentos del autor por acallar la voz de Agar y por justificar las acciones de Sara. Esta historia, yo creo, lleva nuestra fe en la capacidad del texto bíblico para mostrar la acción liberadora de Dios hasta lugares insospechados. La esclava Agar es esclava en varios sentidos: nacionalidad, clase y sexo; no solo con respecto a los otros personajes de la historia, sino también con respecto al narrador. Aún así, ella es la primera persona bíblica a quien visita este agente divino, y la primera que nombra a Dios. Agar es Israel huyendo de la esclavitud. Agar soy yo, y eres tu. Sara es el faraón, obrando sin piedad. Y Dios aparece en momentos clave para ofrecer nuevas posibilidades de esperanza a esta esclava en exilio. Una interpretación un tanto distinta a la que Pablo hace en Gálatas 4:21-31. Como digo, el Espíritu sigue inspirando hoy nuevas lecturas, dejándonos imaginar nuevas realidades, como por ejemplo la de un Dios cuya sutil voz puede ser escuchada incluso en medio de un entorno (y un autor) en contra.

Jesús y el divorcio

Agosto 22, 2007

Estudiamos los textos bíblicos para encontrar el mensaje de verdad que nos hace libres. Pero no solo eso: también los estudiamos para intentar impedir que un uso equivocado (o abuso) de estos textos nos separe de dicho mensaje de verdad. Se está extendiendo la práctica de tomar textos bíblicos y utilizarlos de manera literal sin tener en cuenta ninguna consideración, ni del contexto ni de la naturaleza de los mismos. No es difícil encontrar hoy día sermones creados y fundamentados solamente en una palabra o incluso en un tiempo verbal dentro de un versículo, como si esa palabra hubiera sido escrita de esa manera con la intención de comunicar un mensaje secreto ‘espiritual’ a través de los siglos. Nada más lejos de la verdad: el mensaje del evangelio no depende de una palabra, ni tampoco de si el tiempo verbal de otra está en el presente continuo o en el pasado perfecto. Y sin embargo algunos leen esas palabras como si estuviesen leyendo el Código da Vinci, algún conjunto de letras mágicas universales y eternas que nos dicen lo que debemos hacer tanto nosotros como los que están a nuestro alrededor.

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Solo las obras

Agosto 13, 2007

La Biblia nos ofrece varios ejemplos de cómo una misma historia puede ser interpretada de distintas formas con distintas intenciones igualmente válidas. La historia de Abraham está registrada en el libro del Génesis 11:26-25-10. Lo que tenemos aquí es una serie de relatos aislados, todos ellos girando alrededor de este importante patriarca, que fueron expandidos por distintas manos judías y transformados en una narración más o menos coherente. En el Nuevo Testamento, esta figura es mencionada en nada menos que 79 ocasiones, mucho más que cualquier otro personaje del Antiguo Testamento, a excepción de Moisés. De todas estas menciones, dos de las más controvertidas son las que hacen los apóstoles Pablo y Santiago en sus respectivos textos (aunque es probablemente cierto que la carta de Santiago fue compilada después de la muerte del apóstol, también es cierto que no existen razones para desechar la posibilidad de que dichos textos nos lleven hasta las palabras del mismo Santiago). Ambos autores citan un texto, Génesis 15:6, ‘Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia’:

‘Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia’ (Romanos 4:3)

‘Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios’ (Santiago 2:23)

Sin embargo, aunque inicialmente usando los mismos textos, ambos autores sacan conclusiones completamente opuestas (o, podríamos decir que ambos autores interpretan los mismos textos de formas distintas de acuerdo con las audiencias a las que están aludiendo, y de acuerdo al contexto y los énfasis determinados contra los que están intentando argumentar). La conclusión de Pablo es: ‘Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley’ (Romanos 3:28). La de Santiago es: ‘Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe’ (Santiago 2:24).

Desde el punto de vista de los que intentan encontrar un sistema coherente de términos y definiciones sin contradicciones aparentes, la solución a esta contradicción es obvia: no existe. Y después de varios siglos de historia cristiana hemos aprendido a dominar esta versión de los hechos. La versión de la solución que me enseñaron a mí fue: dado que no puede haber contradicción, y dado que Pablo tiene prioridad sobre Santiago, la fe es más importante que las obras y viene primero, y las obras vienen después como consecuencia de la fe verdadera. Por supuesto, nunca se me explicó con todas las palabras, pero esto es lo que se quería decir. Esta es la versión que abunda en las iglesias protestantes y que proviene, en un amplio sentido, de los extremos y excesos alcanzados en tiempos de Lutero por la Iglesia. En aquellos tiempos pareció adecuado enfatizar que las obras no daban la salvación, como algunos habían llegado a pensar, sino que la fe era un elemento fundamental en todo este proceso. Y el énfasis resultó liberador. En aquellos tiempos se decidió olvidar por unos instantes el texto de Santiago (de hecho, ¡incluso se intentó sacar del canon!) y enfatizar el de Pablo, que por razones contextuales parecía haber sido olvidado. Así surge uno de los principios de la reforma.

Sin embargo, para cualquiera que lee la carta de Santiago, parece imposible pasar por alto que la relación entre fe y obras para este autor es mucho más cercana de lo que muchos han decidido aceptar hoy día. Su contexto, por supuesto, era muy distinto al de Lutero, y en aquel tiempo pareció adecuado enfatizar hasta tal punto las obras que es en esta carta donde leemos frases tan contundentes como: ‘¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?’ (Santiago 2:20). Irónicamente, esta forma que el autor tenía de interpretar los textos procedentes de la historia de Abraham no estaba en disonancia con las lecturas más comunes dentro del Judaísmo de la época. Existían diversos textos judíos que hablaban de las ‘obras de Abraham’, algunos de ellos incluso las enunciaban, y una de estas obras, el sacrificio de su hijo Isaac, era considerada como una de las mayores (Libro de los Jubileos 18:15f; 1 Macabeos 2:51-52). Vernon K. Robbins considera este tema de las pruebas que pasó Abraham como uno de los temas más importantes que sirven de base a todo el documento de Santiago. De hecho, para sorpresa de muchos, es Pablo quien se sale de la forma típicamente judía de interpretar estos textos y los lleva más allá de lo que muchos se habrían atrevido a hacer en aquellos días. Después de todo, la audiencia y el contexto al que Pablo había sido llamado también eran distintos a los que la mayoría de judíos estaban acostumbrados. La extraordinaria misión de Pablo le obligó a interpretar los textos de forma extraordinaria.

Leídos de esta manera, los textos bíblicos nos presentan con una tensión sin solución entre estas dos interpretaciones de los mismos textos del Antiguo Testamento, interpretaciones orientadas a contextos muy distintos. Y cualquier intento por solucionar o armonizar esta tensión lo único que hace es desviarnos de lo que las Escrituras simplemente presentan ante nosotros. A lo largo de la historia ha habido momentos en los que los cristianos nos hemos desviado y hemos enfatizado un extremo por encima del otro. En esos momentos hemos tenido que esperar a que alguna voz profética nos ayudara a entender esta desviación, y nos proveyera con alguna interpretación correctiva que nos llevara de nuevo al centro. Esos principios correctivos, sin embargo, tienen un carácter estrictamente contextual: sin la desviación original, no hace falta la interpretación correctiva. Es por esto que tomar alguno de estos principios correctivos como fundamentales a expensas del otro extremo, provoca una nueva desviación en el sentido contrario que vuelve a necesitar, irónicamente, de nuevas voces proféticas.

Me pregunto cuál es el contexto en el que vivimos los cristianos protestantes hoy. Me pregunto si algunos de nuestros principios más amados, quizá considerados fundamentales, se han convertido en una nueva forma de esclavitud. Me pregunto si ha llegado el momento de reinterpretar el mensaje del evangelio de modo que algunas de estas ideas que en ciertos contextos fueron enfatizadas sobre manera deban ser dejadas a un lado por un momento con la intención de enfatizar los otros extremos que han sido olvidados hoy. No se trata de cambiar un extremo por otro, sino más bien de dejar a un lado aquello que no hace falta repetir más porque está de sobra en nuestras mentes, y comenzar a considerar la posibilidad de que haya algún extremo que tengamos que volver a recuperar del pozo en el que había caído.

Propongo un ejemplo. Cuando se habla de ‘ser salvo’, lo que se tiene en mente normalmente es un proceso de dos pasos: ‘arrepentimiento personal e individual’ y ‘oración aceptando a Jesús como Señor y Salvador’. En este proceso, el ingrediente fundamental es la fe: ella es necesaria para creer que estamos perdidos sin Dios, y ella es necesaria para creer que haciendo una simple oración ya somos salvos e iremos al cielo para siempre. Incluso una palabra tan basada en obras como es ‘arrepentimiento’, ha sido interpretada como un mero acto mental de examen de conciencia. En todo este proceso las obras se han convertido en algo secundario, no tienen voz ni voto a la hora de efectuar nuestra salvación, sino que sirven únicamente como la confirmación de que dicha salvación ha ocurrido. Son algo que debe seguir, que debe aparecer poco a poco. Son los frutos. Aunque, para ser exactos, nadie sabe muy bien qué tipo de obras son esas que definen cuándo la oración ha sido hecha de forma correcta (hemos sido realmente salvos) y cuándo no. Para unos, las obras correctas son: leer la Biblia cada día, ir a la iglesia cada semana, orar de vez en cuando, y ser buen ciudadano. Para otros, las obras son: dar de comer a los pobres, mandar dinero a los que no tienen, e ir a la iglesia una vez al mes. Para otros, se trata más de una cuestión moral: si no eres homosexual, y no haces ninguna de las cosas más gordas que puedas pensar (matar, hmm…, eso, matar), entonces eres salvo. En la mayoría de los casos estas son decisiones más bien subjetivas. De hecho, la Biblia aporta listas de qué debemos y no debemos hacer para entrar en el Reino de los cielos en numerosos sitios, y en muchos de ellos se nombran pequeñas cosillas como no mentir, o no jurar, o no murmurar, junto a otros pecados mayores (si es que se puede hacer distinción). Sin embargo, a menudo encontramos que los cristianos hacen sus propias listas de cuáles de estos pecados son más importantes (tanto como para demostrar que alguien no hizo la oración con la fe necesaria) y cuáles son meros problemillas que poco a poco se irán resolviendo (y aunque no se resuelvan no pasa nada porque no influyen en absoluto en tu salvación).

Tal y como yo lo veo, me parece que estas discusiones entre qué listas son mejores y cuáles son peores provienen en buena medida de una lectura muy desviada de los textos bíblicos que han provocado una definición de ‘salvación’ muy distinta de la que tenían los escritores bíblicos y nos han convertido en personas que intentan hacer oraciones lo más honestas posibles para ser salvos, y una vez hechas nos consideramos salvos por siempre. Me parece que esta forma de leer el mensaje de salvación cristiano es una desviación provocada precisamente por una lectura inadecuada de ciertos principios protestantes que, aunque quizá una vez fueron liberadores, hoy se han vuelto todo lo contrario. Es necesario encontrar una nueva definición de ciertos principios protestantes; en este sentido es necesaria una nueva reforma, una nueva lectura de los textos. Quizá un primer paso puede ser sacar del anonimato a Santiago, reconocer la tensión implícita en nuestros textos, y pensar en las profundas implicaciones que esa otra lectura de la realidad debe tener en nuestra forma de entender asuntos tan básicos dentro del Cristianismo como la salvación, la redención, la gracia, la lectura de la Biblia, y la libertad cristiana. Quizá escuchar a Santiago de nuevo sea solo un primer paso en todo es nuevo proceso de relectura, pero es sin duda un paso importante.

Pan

Agosto 12, 2007

Los textos son eso, textos. Y como tales son susceptibles de ser interpretados y utilizados de distintas maneras, algunas radicalmente opuestas a otras. En Lucas 13:10-17 se nos presenta la historia de una mujer que por dieciocho años había vivido encorvada. Jesús decide sanarla en el día de reposo, decide dejar que repose. Entonces llega el principal de la sinagoga y se ofende ante este acto que él interpreta como una ofensa en contra de la Ley. Y Jesús se ofende igualmente ante esta interpretación de la Ley que hace el principal de la sinagoga. Fijaos bien en lo que está ocurriendo: el principal de la sinagoga (junto con un buen número de judíos de la época) ha leído los textos de las Escrituras y los ha interpretado de una manera determinada, imaginando un mundo de acuerdo con esa interpretación, de modo que, con el paso del tiempo, esa forma de ver la realidad es la que ha ganado consenso y ha sido aceptada hasta tal punto que todos han creído que esa forma de leer los textos es la única posible, todos han creído que los textos simplemente dicen eso y ya está; por otro lado Jesús le deja ver que lo que él cree que es la verdad de la Ley de Dios, no es otra cosa que la forma privada de leer los textos de muchos judíos (él incluido), forma que han convertido en oficial y ortodoxa. Entonces le llama ‘hipócrita’, porque actúa como si lo que dice que dicen los textos fuese la verdad, pero en el fondo sabe que no lo es, y así lo demuestra en su propia vida.

Ante esta forma de imaginar la realidad a través de una lectura determinada (y, digámoslo, legalista) de los textos bíblicos, Jesús plantea una nueva lectura de esos mismos textos, imagina una nueva realidad en la que esta mujer, que según la lectura ortodoxa y aceptada por muchos no es más que una enferma inútil y sin valor, es ahora una hija de Abraham, una en cuyo cuerpo se cumplen las promesas de Dios de forma poderosa. Y ella acepta esta nueva versión de la realidad, se pone en pie y glorifica a Dios. Los mismos textos, las antiguas historias de la Ley judía, sirven a uno para mantener a esta mujer esclavizada ante su enfermedad, y a otro para sanarla. Jesús no decide buscar nuevos textos, porque no es necesario. Los textos son los que son. El problema no son los textos (algo que repetiría en su momento el apóstol Pablo, Romanos 7:7-14) sino quienes los leen y utilizan para imaginar una nueva realidad. Jesús se atreve a tomar estos textos que han sido domesticados por medio de la interpretación ortodoxa de muchos, releerlos y convertir en pan aquello que era piedra.

La palabra que he usado ha sido imaginar. Algo me dice (y no solo a mí) que está naciendo una nueva forma de hacer teología, una forma en la que muchas de las antiguas categorías están siendo reconsideradas. Los textos de esta nueva teología no son nuevos, son los mismos de siempre. Pero esta nueva forma de acercarnos a ellos nos está ayudando a entender que las fórmulas y principios antiguos que creíamos que fluían directamente de los textos mismos, no eran más que la forma solidificada, aceptada y reinante por medio de la cual los habíamos leído durante muchos años (bueno, no tantos si miramos a la historia general del Cristianismo). Es cierto, los términos que usamos son los mismos: seguimos hablando de pecado original, de Adán y Eva, de la cruz de Cristo, del sacrificio del cordero… Pero no es lo mismo, porque nos estamos dando cuenta de que la forma en la que dichos términos habían sido leídos, la interpretación que se les había dado, no era algo que venía implícito en ellos mismos, sino que era solamente un disfraz, una máscara que pertenecía a aquellos que se la habían dado en el contexto histórico (y en medio de los problemas circunstanciales) de sus vidas. Y al darnos cuenta de eso, también estamos viendo que, al igual que dichos términos podían ser interpretados por medio de esas máscaras, también podrían ser interpretados por medio de otras, quizá más útiles en nuestros tiempos.

Por tanto, quizá al gritar nuestro muy amado ‘Sola Biblia’, hagamos bien en ser conscientes de que ese grito dice algo con respecto a los textos, pero no a su interpretación. Queda de nuestra mano convertir ese ‘Sola Biblia’ en una piedra con la que golpear, o en pan con el que alimentar.

El ojo falible

Agosto 3, 2007

El ejemplo que usó Sartre fue el de una cerradura. Por medio de esta imagen el popular filósofo existencialista francés nos lleva directamente al corazón de la experiencia humana vista a través de los ojos de los demás. A través de la cerradura observamos la experiencia ajena, desde el lugar secreto, y nos llenamos de satisfacción al ver lo bueno y lo malo de los demás, como creyendo entender y poseer al otro, con un conocimiento que (nos parece) nos otorga poder sobre el observado. Esta visión de la experiencia humana desde el punto de vista del observador eterno (y la sorpresa de Sartre al darse cuenta de que él mismo está siendo también observado por una cerradura que hay detrás de él) lleva al filósofo al vómito, a la nausea. Todo lo contrario, parece, de lo que ocurre en nuestra sociedad. A través de libros, revistas, televisión o cine, las experiencias de los demás son presentadas ante nuestros ojos para satisfacción del observador indiscreto. Así nos imaginamos a nosotros mismos como el ojo que todo lo ve, el Gran Hermano, que ve y juzga, y que por medio de esa observación posee, controla, conoce y comprende todo lo que hay que comprender sobre el observado; casi como si fuese un conocimiento puro, sin intermediarios, sin dominadores, sin dominados.

En su última obra antes de morir, Clarice Lispector nos deleita con una lectura distinta acerca de la visión de la experiencia humana a través de la historia de una joven brasileña narrada desde el ojo de la cerradura de un narrador masculino. En A hora da Estrela, la estrella es Macabea, una joven que nadie nota, que nadie ve, cuya experiencia escapa incluso al narrador, quien pasa tremendas dificultades para siquiera conseguir penetrar en esta vida tan elusiva. Ella (según él) no sabe leer los signos de los tiempos, no sabe leer los códigos de la cultura dominante y ni siquiera parece darse cuenta de que no sabe hacerlo. Parece que, ante la frustración de su narrador, este chica solo puede fijarse en las cosas pequeñas e ‘insignificantes’, en comparación con Olímpico (su único novio), quien ha aprendido a leer dichos códigos de supervivencia, a ver las cosas ‘importantes’ de la vida, demasiado bien.

Aquí tenemos a un narrador que cree estar mirando a través del ojo de la cerradura, que se cree capaz de observar fríamente la experiencia de esta joven, y capaz de relatarla sin aspavientos. Es por eso que (cree él) esta historia solo podría haber sido relatada por un hombre; porque una mujer estaría inmersa en un mar de lágrimas con cada línea (aún hoy hay personas en nuestro entorno que repiten estas mismas palabras). Sin embargo, este narrador encuentra tremendos problemas para conseguir ‘ver’ a este carácter tan esquivo. No es hasta la mitad del libro que escuchamos por primera vez el nombre de esta joven, cerca del momento en el que el autor está tan lleno de angustia que decide dejar de escribir por unos días, a ver si consigue volver a recuperar la compostura y seguir ‘explicando’ a un personaje que le saca tanto de quicio. La satisfactoria experiencia de observar por el ojo de la cerradura en secreto se convierte, en la mente de este narrador, en una razón de desesperación ante la incomprensión ajena. Sus intentos por controlar la historia, por dominar a su personaje, por domesticar lo que ve, se vuelven una y otra vez intentos fallidos. Aunque el narrador se cree capaz de acceder con libertad a la experiencia de Macabea, lo cierto es que parece estar separado por cientos de barreras, y solo llega a describirla por medio de estereotipos (masculinos y de clase media, vale la pena decir).

Pero también vale la pena recordar que esta no es sino la historia de una joven narrada por un hombre, toda ella narrada por una mujer, Lispector. Y como tal la propia experiencia del narrador queda por siempre lejana de nuestros ojos (cosa que, no dudo, Lispector tuvo en cuenta al escribir). Este juego de máscaras masculinas (en manos femeninas) y femeninas (en manos masculinas) no es sino una imagen de la tremenda paradoja de nuestra sociedad, en la que creemos conocer y poseer, pero muy dentro sentimos estar realmente muy lejos de poder empezar a comprender la experiencia ajena. Es este un juego capaz de retar la autoridad textual de cualquier escritor, la experiencia privilegiada de cualquier sector. Es un juego que muestra la falibilidad del narrador, así como la del narrador del narrador. E incluso la del lector. Nos cuesta poner plenamente nuestra confianza en este narrador, ya que percibimos claramente su falibilidad. Pero es esta falibilidad la que permite a la narradora escribir sin la limitación de tener que asumir una posición de omnisciencia plena. Gracias a este narrador falible intermedio, Lispector encuentra la posibilidad de acercarse a la experiencia de esta joven, sin afán de control ni posesión ni violación. Y es precisamente la muerte de ese afán lo que permite una aproximación más genuina, más cercana a la experiencia real. No mirando desde el otro lado de la cerradura, sino desde dentro de la habitación.

Es este un libro admirable en el que el narrador (y la narradora) se proponen contar la historia de una joven de forma objetiva, y donde nos cuesta oír siquiera una vez la voz interna de Macabea. Ni siquiera es capaz de mostrar el narrador ni un poco de simpatía, mucho menos empatía. El valor de esta joven (desde los ojos de este hombre) reside en su capacidad de ser buena trabajadora, en su capacidad de usar sus armas de mujer con los hombres, en su capacidad de reproducirse y dar hijos, en su inteligencia, en su compostura. Según los cánones sociales Macabea es defectuosa. Es él quien tiene el bolígrafo y escribe su historia. El narrador utiliza palabras, ellas son la base de su historia, mientras que esta joven casi no sabe leer. El usa palabras complejas, mientras que ella no sabe siquiera poner dos palabras juntas con sentido (¿quién define el sentido?). El define las reglas sociales aceptables, mientras que ella ni siquiera es consciente de que sus muchos hábitos se salen de dichos moldes.

Me acuerdo de Agar. Esta egipcia cuya historia se nos relata por judíos, en un entorno judío. La historia de un anti-Exodo fallido, de una escapada que no llega a ser tal. La historia de una mujer sin voz, solo con llanto. La historia de una mujer malinterpretada, mal escuchada, cuya experiencia ni siquiera es entendida. Solo una voz le da esperanza, la del hijo del hombre, el ángel de Dios. Pero ni siquiera esta voz escapa a la mano falible del narrador, que no consigue comprender la necesidad de libertad y liberación en esta mujer. Una mujer que (quizá) grita por ser escuchada, por ser conocida, pero plenamente, de verdad, sin estereotipos, sin manos que controlan, sin cerraduras que transforman en objetos. También me acuerdo del Salmo 139. De un narrador que desea huir del Gran Hermano, del ojo omnisciente de Dios, del ojo que todo lo ve, que todo lo escucha, que todo lo observa. Un narrador lleno de nausea que no quiere ser violado, que no quiere perder su independencia, que no quiere que su experiencia sea observada, manipulada, utilizada en su contra, malinterpretada, no entendida, perdida entre palabras que no dicen nada. Ni siquiera por Dios. Pero que de repente se da cuenta de que el ojo de Dios provoca todo lo contrario. El conocimiento de Dios libera. Es esta capacidad de Dios por conocernos, hasta lo más profundo de nuestras entrañas, que resulta más liberador: nunca seremos perdidos en la incomprensión, nunca quedaremos solamente en un conjunto de palabras que no supieron ser interpretadas adecuadamente (porque ni siquiera nosotros sabíamos qué queríamos decir). Somos conocidos, pero ese conocimiento solo cumple una función, y esa no es controlar, poseer, manipular o violar, sino liberar.

Es posible que este descubrimiento haya sido uno de los más grandes en mi vida. Quizá es posible volver a hablar, a intentar expresarme, sin la ansiedad provocada por el miedo a quedarme sin ser conocido. Ya lo soy. Es posible que este descubrimiento de la falibilidad humana en su afán por conocer (y en su incapacidad de lograrlo) sea una puerta abierta que nos permita entrar a dialogar. Créeme, escritora anónima, que yo también sufro para poder expresarme, y entenderte, y entenderme. Quizá el silencio sea la única solución para evitar la incomprensión. Para qué gastar saliva (o tinta). O quizá podamos hacer un último esfuerzo y entrar en la habitación donde está el otro… y charlar sin miedo.

Pues parece que para algunos no. No entiendo la manía que tienen algunas personas de ponerse a la defensiva cuando se les propone dialogar con otras que opinan distinto a ellas. No puedo evitar pensar que la única razón para ponerse a la defensiva es que aún mantienen una forma de pensar sobre el diálogo como una batalla campal, en donde hay vencedores y vencidos, en donde tienes que sacar todas tus armas para convencer, en la que el conocimiento es poder, pero poder que se ejerce contra los demás, bien para someterlos, bien para humillarlos, bien para ‘convertirlos’ (en qué, Dios lo sabe). Se les menciona el diálogo y se ponen de uñas: comienzan a llamarte liberal, que has perdido el norte, que no tienes principios, que apoyas el sincretismo, o el pluralismo, que no crees en nada realmente, que eres un indeciso, que solo intentas sustituir una filosofía por otra. Y no te cuento ya si se propone un culto unido entre católicos y protestantes, o si se propone un estudio del Corán, o si se lee algún libro de Bultmann, o de Barth, o de Tillich, o de Boff. Y si ya se te ocurre, en un acto de tremenda rebeldía, el montar un seminario interdenominacional (pero de verdad), o incluso uno donde se fomente el diálogo entre religiones, no se conforman ya con dejarte en la calle sin sueldo ni pan; casi casi te crucifican. Qué habrá hecho la palabra ‘diálogo’ para ganar tan mala reputación. ¿Qué ocurre con estas personas? ¿A qué le tienen miedo?

Es cierto que los seres humanos necesitamos los moldes para vivir. Nos construimos ciertas imágenes de la realidad que nos ayudan a aprender y a vivir, y poco a poco esas imágenes, hasta cierto punto asentadas en nuestra forma de entender nuestro entorno, van cambiando según cambia nuestro conocimiento y nuestra experiencia de la realidad. En este sentido los moldes no son ni malos ni buenos. Pueden serlo. Pueden ser buenos si son la tienda de campaña intermedia en la que vive nuestro ser en nuestro peregrinaje por la vida, que utilizamos para aprender, para experimentar, para crecer, y que dejamos atrás para movernos a otra tienda distinta cuando llega el momento. Y como medio de vivencia transitoria, son buenos si evitamos que se vuelvan más que eso, si evitamos que se solidifiquen y se conviertan en un barrera que limite nuestro conocimiento y experiencia de la realidad. Pueden ser malos si dan el paso de transformarse de una tienda de campaña temporal y transitoria en nuestro hogar eterno, si pasan de ser un medio transitorio de aprendizaje a ser un fin que engloba todo lo que es verdad para nosotros y para siempre, si se convierten en nuestro dios, en nuestra única fuente de verdad, en la única verdad objetiva, universal y eterna que nos dice lo que debemos o no debemos creer.

El diálogo cumple funciones muy distintas en estos dos casos. En el primero, el diálogo puede ser una herramienta más para conocer, experimentar y vivir en nuestro entorno y con nuestros parientes, hermanos, amigos y enemigos. Por medio del arte de la conversación aprendemos que hay personas que pasan por las mismas cosas que nosotros, que hay personas que opinan como nosotros, y también que hay personas que opinan muy distinto a nosotros. Escuchamos testimonios que retan todas nuestras presuposiciones y que nos invitan a plantearnos una vez más nuestra visión de la realidad. En este caso el diálogo es una herramienta útil que sirve para deconstruir nuestra tienda ideológica, y quizá para ayudarnos a formar una nueva, nuestro próximo hogar en este proceso de aprendizaje en el que vivimos.

En el segundo caso, sin embargo, el diálogo cumple una función muy distinta. Dado que no se contempla el paso de un molde a otro como algo beneficioso sino más bien como la pérdida del hogar en el que habíamos decidido vivir para siempre, pérdida de la verdad que ya habíamos encontrado y que poseíamos, el diálogo entendido de la forma que hemos visto arriba es un enemigo: es la esencia de una tolerancia que no quiere más que obligarnos a aceptar a aquellos que odiamos (aunque no lo digamos abiertamente) en nuestro hogar, incluso sabiendo que hacen mal con sus vidas y que encima no quieren cambiar para adaptarse a mi visión de la realidad (que por cierto es la única válida); es una invitación a la conversación con todas esas otras tiendas de campaña que nos rodean, todas esas religiones (y denominaciones) demoníacas que han construido sus tiendas en nuestro jardín y que fomentan un sincretismo religioso que solo puede ser antibíblico; es el primer paso de la caída hacia un relativismo moral que no puede llevarnos a otro sitio que a un mundo lleno de hogares (eternos) separados, hijos perdidos, padres confusos, sociedades rotas. El diálogo, visto a través de los ojos de estas personas, es un truco de Satanás, de la bestia que nos intenta convencer por medio de sus palabras suaves y dulces, por medio de sus argumentos lógicos y atractivos, por medio de su ciencia y de su arte. Es un intento más, típico de los últimos días (no sé cuántas veces tengo que escuchar el muy repetido: “esto no ocurría hace 30 años…”), por desviar al remanente espiritual de su camino de verdad hacia uno de mentira. Y por tanto deciden no participar en este engaño de Satanás, deciden no dialogar porque creen que nada bueno puede ser sacado de ello. La alternativa que les queda es ‘santificar’ la herramienta del diálogo y convertirla en una nueva herramienta que solo debe ser usada para la conversión ajena. El diálogo, en este caso, es un arma de guerra que solo debe ser utilizada si es con vistas a evangelizar al otro. Al fin y al cabo, ¿no dicen las Escrituras que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?

Nadie dice que el diálogo tenga la clave a todos nuestros problemas. Puede que no sea así. ¿Pero por qué no vamos a poder intentarlo? Después de todo llevamos ya muchos años en un molde que fomenta todo lo contrario, que fomenta un tipo de verdad situada en lo universal, abstracto y eterno, un tipo de verdad que está ahí para ser descubierta por el observador objetivo que llevas dentro, y que si tú tienes la suerte de descubrirla (sea por revelación divina o como sea) esa verdad que has descubierto y que posees es aplicable a todo ser humano, y por tanto no hace falta diálogo a menos que sea para con-vencerte acerca de la (mi) verdad. Llevamos ya muchos años intentando vivir con esta idea de una verdad universal que podemos poseer, y ha dado ya muchos frutos, algunos buenos y otros malos. La teología sistemática es uno de los resultados de esta mentalidad. Y la forma de enseñanza que se fomenta en muchos seminarios cristianos, esa enseñanza que se dedica a la repetición constante de estas verdades encontradas, es otro. Resultados que han producido un cierto avance de la sociedad y del Cristianismo, pero también un retroceso. ¿Por qué no podemos cambiar ahora e intentar algo nuevo? ¿Es que estamos atados ya de forma irremediable a esa forma de entender la verdad, a ese molde anti-diálogo?

No quiero que nadie se confunda. No estoy diciendo que tengamos que pasar de un molde de patrones universales y abstractos a otro. No me cabe duda de que el diálogo puede ser transformado en una filosofía abstracta más, una nueva máscara que prometa nuevas verdades universales y eternas al estilo del molde que estamos intentando dejar atrás. Es normal que este riesgo exista: es la consecuencia inevitable de intentar aplicar nuestro molde de verdades abstractas, universales y eternas al diálogo mismo, convirtiéndolo así en nuestra verdad, en el fin de sí mismo. Pero el riesgo de que ocurra este tipo de transformación no es excusa para dejar de dialogar. Quizá sí que es un aviso para darnos cuenta de que nuestras presuposiciones y nuestra visión de la realidad es difícil de dejar atrás. No es tarea fácil, pero no por ello hemos de desesperar.