Cerca del fuego

Junio 29, 2007

Aparte de los evangelios, uno de los textos más importantes para el estudio de las palabras de Jesús es el evangelio de Tomás. No se trata en este escrito de un evangelio de carácter narrativo, sino de una colección de palabras de Jesús. Aunque la mayoría de dichas palabras encuentran paralelos en nuestros evangelios canónicos, no es sorprendente encontrar algunas otras palabras que no tienen ningún paralelo canónico. Si fuésemos capaces de encontrar algunas de estas palabras no canónicas y además encontrásemos evidencias suficientes que apuntaran a su procedencia de Jesús, habríamos encontrado una de esas perlas muy poco comunes, algunas palabras de Jesús que no han sido recogidas por nuestras Biblias, tesoros que estaban enterrados y que habían escapado de las manos canónicas, palabras que siguen demostrando que existen perlas preciosas fuera del canon.

El evangelio copto de Tomás transmite como el dicho 82 las siguientes palabras atribuidas a Jesús:

“Quien está cerca de mí, está cerca del fuego; y quien está lejos de mí, está lejos del reino”

Ya conocíamos estas palabras gracias a los escritos de los padres de la Iglesia Orígenes y Dídimo. El primero de ellos dice en una de sus explicaciones del texto para las celebraciones comunitarias:

“He leído en alguna parte como palabra del salvador (y yo me pregunto si alguien tomó el papel de salvador o citó de memoria, o si, finalmente, es verdad lo que se dice); en todo caso, dice allí el salvador: ‘quien está cerca de mí, está cerca del fuego; y quien está lejos de mí, está lejos del reino’”

De la introducción que Orígenes añade al texto parece deducirse su tremendo escepticismo acerca de la procedencia de estas palabras. Sin embargo la situación es otra. Orígenes ha tomado la cita de una fuente apócrifa, probablemente del evangelio de Tomás, al cual había juzgado severamente en otro de sus escritos. Pero si lo había rechazado en otra ocasión, no podía utilizarlo más tarde como fuente digna de crédito en la que basar su argumentación. Por tanto, en su prudente introducción evita una mención expresa del evangelio de Tomás. Que por ahí van los tiros lo podemos ver claramente del hecho de que en otro sitio cita la mitad de esta sentencia sin más, como palabra de la Escritura.

Dídimo, el ciego de Alejandría, nos transmite una redacción griega de estas palabras cuyo tenor corresponde exactamente al texto latino de Orígenes y al texto copto del evangelio de Tomás. Aunque Dídimo no dice de dónde tomó la frase, es probable que la encontrase en una edición griega de dicho evangelio.

Una segunda corriente de tradiciones, independiente del evangelio de Tomás, podría reconocerse en una Explicación del Evangelio armenia, que remite a un original sirio titulado con el nombre de Efrén el Sirio. Este escrito consta de tres tratados, originalmente independientes, de los cuales el segundo contiene nuestras palabras de la siguiente manera:

“Esto es lo que dijo nuestro salvador vivificante: ‘El que se acerca a mí, se acerca al fuego, y quien se aleja de mí, se aleja de la vida’”

No sabemos de qué fuente sacó este texto el original sirio, pero probablemente no procede del evangelio de Tomás por diferencias entre ellos y por la falta de uso que se hace de dicho evangelio en todo ese texto.

Por último, el testimonio más antiguo a favor de estas palabras podría encontrarse en una alusión del obispo mártir Ignacio de Antioquía (muerto hacia el 110 d.C.). Ignacio escribe en su carta a los de Esmirna:

“Mas, ¿por qué me he entregado a mí mismo a la muerte, al fuego, a la espada, a las fieras salvajes? Sí, cerca de la espada, es cerca de Dios; en medio de las fieras salvajes, es en medio de Dios. ¡Tan sólo en nombre de Jesucristo! Para sufrir con él, soporto todo, con tal que me dé fuerza”

He enfatizado en el texto la parte que suena muy parecida a las palabras que estamos considerando. Al leerlo se hace difícil no encontrar cierta dependencia. Esta dependencia podría explicar la mención que hace el obispo del fuego en una primera instancia, y la aplicación a su propia situación en la segunda parte (como Ignacio viajaba hacia Roma para luchar allí con la espada y las fieras salvajes, pudo haber transformado aquellas palabras acomodándolas a su propia situación).

Si aceptamos las evidencias y tomamos estas palabras como palabras originales de Jesús, nos encontramos ante una tradición muy antigua. No se puede objetar que el contenido no sea posible en labios de Jesús: en algunas ocasiones podemos escuchar a Jesús diciendo, quizá refiriéndose a sus discípulos, que ‘todos serán salados con fuego’ (Marcos 9:49), o que ‘no están lejos del reino’ (Marcos 12:34). No conocemos el contexto en el que Jesús pudo soltar este paralelismo. Quizá se lo dijo a alguien que se había ofrecido a seguirle. Lleno de entusiasmo, emocionado por la alegre buena nueva, se acerca a Jesús y le pide seguirle, pero Jesús, muy sobrio, responde: ¿Has pensado lo que haces? ¡Estar cerca de mí es estar cerca del fuego! ¿A qué fuego se refiere? Quizá al fuego de la prueba, de la tribulación, del sufrimiento que aparece en otras partes de la Biblia (1 Pedro 1:7; Apocalipsis 3:18). Quizá al fuego que se revela en contra de la increíble libertad que acompaña al mensaje Cristo: el fuego de la crítica de los otros, el fuego del abandono de los amigos, el fuego de la expulsión fuera de la ortodoxia, el fuego de no tener dónde recostar la cabeza (Mateo 8:20), de no pertenecer a nadie. Bueno… si ese es el camino del reino, que así sea.

“Rage boy”, de profesión protestante. No de los de Lutero, sino de los otros, de los que protestan por todo, sea lo que sea y venga de donde venga. Si pincháis en este link veréis distintos momentos de éxito de Rage boy. Es curioso: si yo fuera periodista intentaría no acercarme mucho a un grupo grande de personas que están protestando enérgicamente (sobre todo si no estoy seguro de sus intenciones o de lo que son capaces de hacer). Sin embargo, en todas estas fotos podemos ver la cámara pegada a la cara de Rage boy, como si fuera el único protestando. Y probablemente eso no esté muy alejado de la verdad. ¿Que llegan las cámaras de la tele? Rage boy va corriendo y pone su peor cara ante la cámara, quema algunas banderas, grita algunos slogans y deja fluir toda la ira que lleva dentro. ¿Que las cámaras deciden que ya han tenido bastante? Rage boy recoge sus bártulos y para casa. Me pregunto cuántos habrá parecidos a este, cuantas personas que tengan el oficio de protestar por todo aquello que suene un poquito distinto a lo que ellos creen que debería estar bien, cuántas personas tan llenas de ira que ni siquiera pueden esperar a informarse adecuadamente acerca del tema del que quieren protestar y hablar sobre ello con otras personas que no opinen igual, como seres civilizados, sino que se lanzan sin pensarlo dos veces a gritar acusaciones, comunicados y slogans de todo tipo, independientemente del daño que puedan hacer (de hecho, cuanto más daño, mejor) o la confusión que puedan provocar entre los demás. Solo tengo un consejo para estas personas (bueno, lo cierto es que tenía dos, pero he decidido no perder el tiempo en escribir el segundo, ya que lo más probable es que hubieran protestado en contra de él)…

Consejo: Si vas a elegir la profesión de protestante, igual podrías ser listo/a y hacerte también vendedor/a de banderas – no solo no gastarás una fortuna para comprarlas, sino que puede que también hagas una fortuna vendiéndolas (y esta moraleja funciona igualmente bien en otros países como España, donde las banderas y las protestas parecen primas hermanas).

Fórmulas mágicas

Junio 26, 2007

¿Quieres poder hacer tus oraciones en este mundo que demanda tanto tiempo de tu vida? Algunos joyeros de Milán han encontrado una fórmula que te puede ayudar: un rosario en forma de tarjeta de crédito. De esta forma, podrás hacer tus oraciones sin necesidad de contar con el incómodo rosario tradicional. Solo tendrás que abrir tu cartera, encontrar tu rosario entre la Visa Oro y el carnet de conducir, y ponerte a recitar. Hay tres versiones: plástico (para aquellos que se quieran permitir pagar el mínimo precio), envuelta en cobre (para los tibios), e incluso una versión en oro con diamantes (por si tú eres de los que realmente tienen fe). Aunque esta es una invención reciente, la pasión por las fórmulas mágicas es algo que nos lleva acompañando a los cristianos desde hace mucho tiempo. Sin duda, todos somos susceptibles de dar a nuestras experiencias la categoría de fórmulas, otorgándoles así el poder implícito de solucionar nuestros problemas, de mover la mano de Dios, de alinear los planetas en una conjunción favorable, etcétera. Incluso en las propias Escrituras no es difícil encontrar evidencias de personas que modificaban los textos para introducir sus propias experiencias en ellos, convirtiéndolos así en texto sagrado. Podemos ver un ejemplo de este tipo de modificaciones en Marcos 9:29. El versículo dice lo siguiente:

“Él les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración”

Este versículo está tomado de la Reina Valera Actualizada. Con ella coinciden muchas otras versiones. Pero si tomamos nuestra querida Reina Valera de 1960 leemos la siguiente versión del mismo versículo:

“Y les dijo: Este género con nada puede salir, sino con oración y ayuno”

Entre las pequeñas variaciones que podemos notar, llama la atención, sobre todo, la que tiene que ver con la palabra ‘ayuno’. Está claro que si hiciésemos al copista que nos aporta la versión de arriba (presente en muchos manuscritos) y al que nos aporta la de abajo (igualmente presente en varios manuscritos) la pregunta: ¿cómo es que ese género de demonios tiene que salir?, las respuestas que nos darían serían un tanto distintas. Esta es una de las grandes maravillas de poder observar la experiencia humana presente en nuestros textos bíblicos en directo, de poder encontrar testimonios enfrentados de personas creyentes que creían haber encontrado la fórmula secreta para combatir demonios. Uno nos comparte que cierto género de demonios sale con oración (quizá él mismo había experimentado el poder de dichas oraciones y, en su experiencia, habían funcionado) mientras que otro se da cuenta de que en esa frase falta algo, falta el ayuno, sin el cual él no ha conseguido vencer a esos demonios. La experiencia de dos escribas enfrentada, y nosotros testigos privilegiados de la naturaleza tan humana de nuestras Escrituras.

Igualmente podríamos sorprendernos al examinar la dieta de Juan el bautista. Las langostas de Mateo 3:4 se han transformado en otro evangelio, el de los Ebionitas, en ‘tortitas’. ¿O es al revés? Bruce Metzger nos dice que por medio del cambio de una letra y la adición de otra las conocidas langostas se convierten en unas deliciosas tortitas. Quizá, dice Metzger, esos sean los cambios que haya realizado algún escriba que no consideraba adecuado que un personaje tan importante como Juan hubiera decidido desayunar tortitas con miel todos los días. Las langostas habrían encajado mucho mejor en la vida de renuncia típica de algunos grupos cristianos de los primeros siglos.

Lo cierto es que a los seres humanos nos gustan las fórmulas, las doctrinas, los estatutos de fe, las formas de encajar todo este amplio conjunto de datos que nos aporta la historia del Cristianismo en algún conjunto coherente (y creíble?) de estructuras o creencias que nos ayuden en nuestra vida diaria. Los sicólogos nos dicen que necesitamos tales estructuras, que sin ellas nos volveríamos locos, nos veríamos inundados por un mar de datos que no podríamos encajar en ningún sitio. Estas estructuras nos ayudan a encajar todos esos datos de forma más sencilla en un sistema más o menos coherente. Así, cuando llega nueva información a nuestras vidas tendemos a analizarla con mucho cuidado y, si no encaja dentro de nuestras estructuras mentales, optamos por una de estas dos opciones: o nos engañamos y nos auto-convencemos de que dichos nuevos datos son falsos y de que por tanto podemos rechazarlos, o pasamos un tupido velo y no conseguimos verlos en absoluto (ni conseguimos ver sus implicaciones para nuestras estructuras coherentes). Estos mecanismos de defensa son lógicos y necesarios: si por cada nueva pieza de información tuviésemos que reestructurar nuestra mente, sería imposible llevar una vida normal. Pero son estos mecanismos los que también nos ayudan a encontrar fórmulas que definan y resuman dichas estructuras.

Hace poco he leído acerca de la manera en la que los cristianos antiguos comenzaron a tomar textos de las Escrituras (que se hallaban dentro de diversos manuscritos) y utilizarlos como pequeñas fórmulas que les guiaban en sus problemas cotidianos. Existían incluso textos preparados para llevar colgados alrededor del cuello como amuletos o para poner debajo de la almohada para protección en contra de espíritus malignos. Entre los textos analizados en los últimos cincuenta años, hay algunos que sin duda encajan en ese grupo de amuletos mágicos: de tamaño pequeño, a menudo de una sola página doblada, a veces atados con una pequeña cuerda, y en muchas ocasiones con textos que podían ser útiles en su función de protección contra espíritus malignos. Curiosamente, el Padre Nuestro era uno de los más populares. Hay estudios que conectan esta práctica del uso de amuletos con otra bastante popular (incluso en nuestros días) relacionada con la predicción del futuro. Así, se han encontrado frases curiosas en algunas páginas del códice Bezae que encajan en esta categoría. Ejemplos son: “Espera un gran milagro”, “Vas a recibir gozo de Dios”, “Después de diez días pasará” o “Lo que buscas será encontrado”. No puedo evitar recordar aquellos pequeños paquetitos de textos sueltos de la Biblia que se venden en algunas librerías cristianas para que el cristiano saque uno del paquete en la esperanza de que pueda responder sus preguntas.

Esos paquetitos no me preocupan tanto. A veces incluso Dios puede hablar por medio de ellos. Lo que más me preocupa son las consecuencias de acostumbrarnos a utilizar las Escrituras de esta manera. Por un lado, esta forma de usar la Biblia provoca una sensación de autoridad del texto bíblico que ocupa en muchas ocasiones la posición del mismo Dios. Una actitud desequilibrada de sumisión hacia el texto bíblico (quizá por su supuesto poder de protección o de guía) puede llevarnos a olvidar la función real de las Escrituras: apuntar a Dios. De hecho, cuando muchos cristianos se refieren a la Biblia como a un libro inspirado, inerrante e infalible, muchas veces lo que están intentando decir es que la Biblia ocupa el lugar de Dios. Por supuesto, no es así como ellos lo dirían, pero eso es lo que se esconde debajo de esos adjetivos. Es por eso que sus estructuras teológicas coherentes les impiden muchas veces estudiar a fondo los textos bíblicos (con todas las consecuencias) o incluso considerar la posibilidad de que dicho libro sea más bien un testigo de la obra de Dios en las vidas de algunos seres humanos falibles y errantes, pero nada más.

Por otro lado, un uso de la Biblia tan desequilibrado puede otorgar un poder especial a las Escrituras que solo corresponde a Dios. Así, no es difícil encontrar a algunos cristianos que leen ciertos versículos de las Escrituras esperando que les den soluciones directas a problemas circunstanciales que están experimentando. Por supuesto, Dios puede hablar por medio de las Escrituras. Lo ha hecho y es probable que siga haciéndolo. Pero es preocupante encontrar a cristianos que de alguna forma leen la Biblia como si el libro mismo tuviese el poder de hablarles directamente sin mediación alguna, como si la mera lectura de los textos bíblicos fuese equivalente a una revelación directa de la voluntad de Dios para sus vidas y para las de los demás. Este mismo fenómeno es igualmente reconocible en aquellos pastores que suben al púlpito los domingos y empiezan su predicación con la frase: “este es el mensaje que Dios me ha dado hoy para vosotros”. En muchas ocasiones lo que dichos pastores quieren decir es que han leído la Biblia y han recibido (lo que ellos creen que es) la revelación directa de Dios para los problemas de algunas personas – aunque en muchas ocasiones dichas revelaciones corresponden sospechosamente con las opiniones que dichos pastores tenían antes de las supuestas revelaciones sobre esos mismos temas.

Creo que el terror que existe en algunos grupos cristianos a estudiar la Biblia de verdad, escudriñando todos los manuscritos que han llegado hasta nosotros y comparando las fuentes para poder sacar conclusiones adecuadas sobre lo que hay en ellas se basa principalmente en el miedo a perder sus fórmulas más preciadas. Hay miedo de analizar, por ejemplo, las distintas variantes del Padre Nuestro porque quizá si descubrimos que Jesús no dijo una oración larga sino muchas pequeñitas dicha oración larga perderá el poder mágico que tenía. Hay miedo a cambiar ciertas palabras de una oración o un texto por otras porque quizá esas nuevas palabras no cumplan la función de protección que cumplían las otras. Hay miedo porque quizá las nuevas conclusiones que saquemos de nuestro estudio no tengan el poder de mover la mano de Dios tan eficazmente como las otras habían conseguido. Este miedo de alejarnos de las letras mágicas nos mantiene alejados de un estudio adecuado de las Escrituras. Y el Cristianismo que surge como consecuencia de esta falta de estudio provocada por el miedo a los cambios en nuestras estructuras es uno que depende casi en su totalidad del poder mágico de ciertos textos, que adquieren a medida que pasan los años más y más poder – aunque solo poder para mantenernos encerrados en dichos textos.

Una de las características que define a los seguidores de Jesús es que han elegido seguir a la Palabra viva de Dios en la persona de Jesús, y han aprendido (o están aprendiendo) a ponerla por encima de cualquier otra palabra, por muy sagrada o poderosa que nos digan que es. Cuando miramos a Jesús no encontramos a alguien supersticioso que utiliza los textos sagrados como si fueran fórmulas con el poder de mover la mano de Dios. En su lugar encontramos a alguien que está de forma clara y evidente por encima de los textos, sean lo sagrados que sean, y que no tiene miedo a proclamar que ‘el ser humano está por encima del sábado’ y no al revés. Encontramos a alguien que no permite que ningún texto tenga el poder de separar a un ser humano de Dios. Hemos de recuperar ese equilibrio (que parecía tener Jesús) para mantener ciertas estructuras mentales básicas que nos ayuden a no volvernos locos ante cualquier nueva información que nos llegue, y al mismo tiempo no mantener demasiadas estructuras innecesarias que pongan sobre nosotros demasiado peso y que nos obliguen a mantener los ojos cerrados casi continuamente. Tenemos que recordar que somos seguidores de una Palabra viva y dinámica, no de una muerta.

Pecado original

Junio 23, 2007

En cierta ocasión alguien preguntó al novelista Evelyn Waugh cómo era posible, dado su espíritu malvado, que se llamara a sí mismo cristiano. El respondió que si no fuera por el Cristianismo, no sería humano en absoluto. Esta afirmación se encuentra debajo de algunas de las acusaciones más comunes en contra de los ateos: si no crees en Dios, ¿entonces qué te impide ser un asesino y un violador? De alguna forma, aquellos que utilizan este argumento en contra del ateísmo suponen que todos aquellos que no creen en Dios son prácticamente asesinos en serie, aunque la propia experiencia nos muestra que esto no es así (también recuerdo algo que me dijo una vez un profesor: ‘aquellos que tienen las reglas más estrictas son aquellos que tienen más secretos que esconder’, algo que he comprobado en numerosas ocasiones). Uno de los argumentos fundamentales que sirven de base a aquellos que acusan a los ateos de inmorales sin necesidad siquiera de conocer a quienes están acusando, es que todos los seres humanos somos malvados de nacimiento, por naturaleza. Si preguntamos la razón de tal inmoralidad universal a un cristiano, existe una gran probabilidad de que la respuesta que nos dé sea: el pecado original.

Aunque muchos cristianos se lanzan a citar lo que ellos entienden como referencias al pecado original en el Antiguo Testamento (como por ejemplo, Salmos 51:5), dicha doctrina no puede ser encontrada en la teología hebrea. Podéis hacer el ejercicio hermenéutico de tomar vuestras biblias, quitaros vuestras gafas neotestamentarias y leer el relato del Génesis 2-3 intentando buscar evidencias textuales que apunten a la doctrina de que a partir del pecado de Adán todos y cada uno de sus descendientes han de morir por decreto divino por herencia de dicho pecado. Por supuesto, en la época del Segundo Templo existían diversas teorías acerca del mal, de la muerte, de la vida eterna y también del pecado original. Algunos judíos (aunque sin duda no todos) creían en alguna forma de pecado original (quizá basados en textos como Exodo 20:5) y llevaban dicho pecado hasta Adán. Otros, aunque apoyando la idea del pecado original, se centraban más en otros textos como Génesis 6:2 y 1 Enoch, y creían que el pecado original había sido traído hasta nosotros por mediación de unos ‘hijos de Dios’ malvados en forma de conocimiento para destruir la creación; algunos creen que esta última interpretación es la que aceptaban los judíos de la comunidad del Mar Muerto. Y aún otros rechazaban toda esta idea del pecado original como una desviación de las Escrituras, entendiendo que los hijos no deberían ser castigados por los pecados de los padres (Ezequiel 18:20).

Las tradiciones occidentales, tanto católica como protestante, acerca del pecado original están basadas, en gran medida, en los escritos de San Agustín. Una de las conclusiones de dicho escritor cristiano fue que, debido precisamente a la herencia del pecado original, los bebés nacidos pero no bautizados irían al infierno. Muchos padres de la Iglesia siguieron a Agustín y adoptaron sus mismas conclusiones, convirtiéndose este autor en un punto de referencia para mucha de la teología desarrollada en la Edad Media. Desde entonces los teólogos han tenido que luchar con esta idea del pecado original como el pecado heredado de nacimiento por todos los seres humanos, viéndose forzados a inventar distintas soluciones intermedias a los problemas que se derivan de ella, sin que ninguna de ellas fuese realmente una solución (una de estas invenciones nos trajo la doctrina sobre el ‘limbo de los bebés’, y otra nos trajo la ‘concepción inmaculada’ de María, sin ‘pecado (original) concebida’).

Por supuesto, este no ha sido solamente un problema católico. En el lado protestante, leemos acerca del pecado original, por ejemplo, en la Confesión de Augsburgo:

“También se enseña entre nosotros que desde la caída de Adán todos los hombres que nacen de acuerdo a los principios naturales son concebidos y nacen en pecado. Es decir, todos los hombres están llenos de inclinaciones y perversiones malvadas desde el vientre de sus madres y son incapaces por naturaleza de tener verdadero temor de Dios y verdadera fe en Dios. Además, esta enfermedad de nacimiento y pecado heredado es verdaderamente pecado y condena a la eterna perdición a todos aquellos que no nacen de nuevo por medio del bautismo y del Espíritu Santo”.

La iglesia metodista, fundada por John Wesley, defiende el artículo VII de los artículos sobre la religión de su Libro de Disciplina de la Iglesia Metodista:

“El pecado original… es la corrupción de la naturaleza de todo hombre, que es engendrado de forma natural de la descendencia de Adán, por medio de la cual todo hombre está muy lejos de la justicia original, y por naturaleza está inclinado hacia el mal, y eso continuamente”.

Y esta doctrina del pecado original parece servir de base a muchas de las conclusiones teológicas del Cristianismo del siglo XXI. Incluso no resulta difícil encontrarla en las conocidas ‘4 leyes espirituales’ del evangelismo, donde el punto 1 suele afirmar en algunos casos que ‘el ser humano ha nacido separado de Dios’. De ahí la necesidad de…

Algo me dice que si los primeros judíos no se consiguieron poner de acuerdo acerca de esta doctrina del pecado original (de hecho, tampoco es algo aceptado en el Judaísmo de hoy en día) y los cristianos lo han pasado tan mal a lo largo de la historia para conseguir explicar y justificar muchos de los problemas derivados de ella, quizá no sea esta una doctrina imprescindible para explicar las buenas noticias de la gracia de Dios. Sin embargo, también sospecho que para muchos cristianos dudar de esta doctrina supone un abandono de la mismísima base del Cristianismo, y que sin ella todo el mensaje de la cruz pierde su significado. ¿Qué hacemos entonces con ella? ¿Hay alguna solución?

Los olvidados

Junio 22, 2007

Hace unos días tuve la oportunidad de ver en el cine el clásico de Luis Buñuel, Los Olvidados. En esta película, asentada en los barrios de México, se nos presenta la realidad de un grupo de jóvenes que buscan esperanza en un contexto muy complejo y plagado de pobreza. Mis palabras se van a quedar muy cortas si pretendo describir todo lo que pasó por mi mente y la mezcla de sentimientos que me invadieron mientras veía la película sentado en mi cómodo sillón. Sin embargo, cuando terminó, y después de pasar muchos minutos callado sin poder explicar lo que había visto, decidí rescatar de la estantería aquel antiguo libro de Gustavo Gutierrez, Beber en su propio pozo, y en él leí lo siguiente:

“Para muchos cristianos en América latina actualmente la posibilidad del seguimiento de Jesús se juega en su capacidad para incorporarse a la experiencia espiritual del pueblo pobre. Esto les exige una conversión profunda: se trata de hacer suya la experiencia que los pobres tienen de Dios y de su voluntad de vida para todo ser humano. Tal vez en el pasado este tipo de cristianos, formados en alguna escuela espiritual, sentían que a ellos les correspondía transmitir al pueblo sus propias experiencias e indicarle la senda de una correcta vida cristiana. Hoy, ellos mismos están llamados a dar un vuelco en esta manera de ver”.

El juego del que habla Gustavo se refiere más a una transformación copérnica de nuestra manera de entender la fe cristiana: de la teológica sistemática desarrollada en nuestro sofa y aplicable a todas las situaciones universales independientemente del contexto histórico al que nos refiramos, a una teología que surge de la experiencia espiritual contextual de un pueblo. En las palabras del propio Gustavo: “La experiencia espiritual es el terreno en que hunde sus raíces una reflexion teológica”. Por supuesto, todos conocemos la tan repetida frase: ‘Dios no cambia’ (sea lo que sea lo que dicha afirmación quiera decir). Pero nuestra nuestra reflexion teológica, sí. Y esto se debe a que nuestra propia experiencia con Dios, nuestra forma de relacionarnos con él, de hablar con él, no permanence constante con los años, ni tampoco con nuestras experiencias. A medida que crecemos (si es que aún no hemos perdido la capacidad de crecer) y cambiamos (si es que todavía existe capacidad de cambio en nuestra vida) nuestra relación con Dios también cambia. Eso sí: nuestra relación con Dios cambia solamente en el caso de que dicha relación sea una relación de tu a tu, viva, dinámica. Si nuestra relación solo consiste en nuestro conocimiento y nuestras afirmaciones teológicas acerca de Dios, entonces no tienen porqué cambiar.

Digo que este cambio de perspectiva es copérnico porque no consiste simplemente en sustituir un conjunto de frases por otras, sino en cambiar nuestra forma de construir dichas frases. Consiste en un cambio de posicionamiento del observador, de la posición de privilegio desde la cual podemos determinar qué afirmaciones acerca de Dios son correctas y cuáles no lo son, a una nueva posición de observado que ha perdido la capacidad de observar el universo como un objeto y de sacar conclusiones universales a partir de dicha observación. Leonardo Boff, en su libro Gracia y Experiencia Humana, explica bastante bien la antigua posición de control que posee el que observa desde su supuesta posición de privilegio, refieriéndose al observador científico:

“La ciencia no consiste tanto en una sistematización elaborada cuanto en una actitud básica. Tal actitud no es solo psicológica, sino también ontológica: es un modo de ser, como una vision unificadora y totalizante. Considerada como conjunto sistemático del saber, la ciencia es encarnación y proyección de esta actitud fundamental, que se caracteriza por la objetivación. Por la objetivación, el hombre se distancia de la naturaleza, se aparta de sí mismo con la intención de hacerse objeto del saber. La objetivación rompe el acuerdo inmediato entre el hombre y el mundo e inaugura un cierto dualismo que distingue entre sujeto y objeto y los mediatiza por el lenguaje”.

Si bien esta actitud básica de observador objetivo es imposible de perder, por ser una parte fundamental de la condición humana, es necesario combinarla con otra actitud casi opuesta a esa, la de observado. Martin Buber habla de este juego entre la posición de yo-ello (que equivale a la posición de observador objetivo) y la posición de yo-tu (que equivale a la de observado, a la misma altura de tu a tu con aquel que tengo delante). Necesitamos en nuestras vidas este juego constante entre esas dos posiciones. Porque si permanecemos demasiado tiempo en la primera, nos convertimos en Dios, creyendo que tenemos la autoridad y el poder de decidir qué afirmaciones son verdaderas y aplicables de manera universal con respecto a aquello que hemos decidido observar, mientras que si permanecemos demasiado tiempo en la segunda, perdemos la capacidad de aprender, de analizar, de criticar, de juzgar, de distinguir entre el bien y el mal. Quizá en otra vida podamos vivir siempre en la segunda posición y no nos haga falta la primera, pero por ahora necesitamos ambas.

Si nos permitimos aprender este juego, el observador, yo, pierdo la capacidad de sacar conclusiones universales, eternas y aplicables a las experiencias de los otros por muy distintas que sean sus experiencias. En este caso, aunque yo saque mis conclusiones desde una posición de observador, siempre existirá un factor de corrección que venga desde mi otra posición, la de observado, de modo que cada observador externo a mí, desde su experiencia particular del universo y de Dios, tenga la capacidad de reflexionar y de derivar sus propias afirmaciones sobre la realidad. Ser cristiano, en cierto modo, consiste en aprender a jugar a este juego muy bien, en hacernos expertos, en evitar que existan olvidados. Yo aún estoy en ello.

Theology

Junio 19, 2007

Como ya dije hace un tiempo, el nuevo album de Sinead O’Connor sale esta semana. Se titula Theology, y promete traer mensajes proféticos muy interesantes. Aquí os mando un anticipo de lo que llega, con entrevista incluída…

Padre Nuestro

Junio 15, 2007

Orígenes, uno de los padres de la Iglesia, escribió lo siguiente sobre la oración de Jesús que encontramos en dos de nuestros evangelios:

“Antes de nada debemos observar la opinión de muchos de que Mateo y Lucas han reproducido la misma oración, de modo que todos sepamos cómo debemos orar[…]. A los que opinan así tengo que decir que, primero, incluso reconociendo que ambas oraciones tienen un gran parecido, es importante notar que las dos versiones son distintas, como mostraré cuando las examinemos con cuidado. Segundo, es imposible que ambas oraciones fueran exactamente la misma pero pronunciada en distintos momentos – una vez en la montaña[…] en el contexto de las bienaventuranzas y de los mandamientos que siguen, y otra en ‘cierto lugar’ en el que ‘él estaba orando’ y ‘cuando paró’ dijo esta oración a uno de sus discipulos que pidió que le enseñara a orar como ‘Juan enseñó a sus discípulos’. ¿Cómo podemos imaginar que las mismas palabras fueron habladas en un sermón sin que nadie le preguntara antes, y también como respuesta a una petición como la que hemos leído?[…] Lo mejor es suponer que ambas oraciones son distintas, incluso cuando tienen algunas partes iguales”

Orígenes termina con un comentario muy interesante: “Hemos buscado en Marcos, por si acaso encontramos algún pasaje similar que se nos hubiera escapado, pero no hemos encontrado nada”. El hecho de que el Padre Nuestro se encuentre solamente en Mateo y Lucas pero no en Marcos es un dato que muchos cristianos conocen hoy día (aunque no creen que sea importante). Pero Orígenes, en sus tiempos, estaba siendo muy innovador al atreverse a hacer estas comparaciones. Detrás de esta práctica comparativa se encuentra la idea de que comparar evangelios es la mejor manera que tenemos de llegar a las palabras de Jesús y sus propósitos.

Hay dos cosas que me interesan de la actitud que muestra Orígenes en este párrafo. Por un lado, me interesa mucho su capacidad aguda e implacable de percepción que le ayuda a darse cuenta y a ser muy consciente de que Mateo, Marcos y Lucas son muy distintos. Debemos recordar que esta observación tan aguda iba en contra de muchas de las tendencias que pretendían más bien armonizar (eliminar) las diferencias que existían entre esos textos. Por otro lado, es importante darnos cuenta de que para Orígenes no parece haber ningún salto entre los textos y los eventos históricos que se encuentran detrás de ellos. Si hay dos textos que difieren en lo que cuentan, es porque hubo dos eventos distintos que sirven de base. Esa forma de pensar, hoy podría parecer un poco apologética (aunque no por eso estamos privados de ella en nuestras iglesias). Esto es debido a que hoy hemos adquirido una visión un poco más crítica que tiende a considerar aquellos textos que son muy parecidos pero presentan diferencias como variaciones de un mismo evento histórico. Hoy leemos, por ejemplo, los distintos relatos sobre el momento en el que Jesús limpió el templo de comerciantes, y suponemos astutamente que los escritores están contando la misma historia aunque con variaciones (aunque por supuesto no estamos faltos de un buen grupo de personas que se atreven a afirmar que Jesús limpió el templo dos veces, o incluso tres o cuatro).

Cuando nos acercamos a la oración del Padre Nuestro, a veces no nos damos cuenta de la gran cantidad de variaciones de que disponemos en nuestras Escrituras. Contando por lo bajo, nuestros manuscritos bíblicos nos presentan con unas 7 versiones distintas de la oración presentes en Mateo, y unas 4 versiones presentes en Lucas (esto sin olvidar que dos de nuestros evangelios no contienen ninguna versión de tan importante evento). Algunas de estas versiones son bastante parecidas entre sí, mientras que otras son muy distintas a nada que estemos acostumbrados a escuchar. Para hacernos una idea del rango de variación de que disponemos, en una de las versiones de Lucas podemos leer una frase que dice:

“Que el Espíritu Santo venga sobre nosotros y nos purifique”

¿Os suena?

No solo eso. En algunas de las versiones encontramos una palabra que se repite en varios de estos manuscritos y cuyo significado es un misterio para todos nosotros (nadie sabe lo que quiere decir). En otros encontramos algunas ambiguedades bastante grandes que aportan significados muy distintos entre las versiones de los evangelios. Todo esto ha provocado que incluso a día de hoy se utilice, por ejemplo, un Padre Nuestro en muchas iglesias de Inglaterra (que usan la palabra ‘ofensas’ o ‘pecados’) distinto del que usan las iglesias en Escocia (con ‘deudas’ en su lugar).

La actitud que muchos cristianos muestran al escuchar comparaciones como estas es la de pasar un tupido velo y dejar de escuchar, como si comparaciones de este estilo no fueran otra cosa que amenazas contra la inspiración de las Escrituras (sin embargo, es dificil saber a qué manuscritos de las Escrituras aplican dicha inspiración). Otros dejan de escuchar por motivos distintos, quizá porque algo dentro de ellos les dice que este tipo de ejercicios comparativos no va a ayudar a que su fe crezca, quizá todo lo contrario. Aún otros no consiguen ver ninguna de las implicaciones que se siguen detrás de tantas variaciones y se dan por vencidos pensando que este es un ejercicio solo para los eruditos en su tiempo libre. Sea por una razón o por otra, creo que como cristianos a veces actuamos de una manera muy egoista y desconsiderada hacia la tradición histórica cristiana que ha traído nuestras biblias hasta nosotros. Dado que tenemos el privilegio de disponer de ciertos libros finalizados y de ciertas doctrinas que protegen dichos libros, creemos que también tenemos la autoridad y el poder eclesiástico de cerrar nuestros ojos (y los de los demás) a toda la historia que existe detrás de dichos textos. Una pena, sobre todo por la cantidad de riqueza que perdemos al no estudiar esas tradiciones.

Presentados ante esta gran nube de testigos (en forma de manuscritos), tenemos otra posibilidad además de las que acabo de mencionar. Además de la posibilidad que hemos visto de cerrar nuestros ojos, también podemos abrirlos y hacer algunas preguntas acerca del texto (o de los textos) de la oración de Jesús. Si es verdad que Jesús dió una oración a sus discípulos, ¿cuál de todas estas fue la original (si lo fue alguna)? ¿Cuál fue la intención de Jesús al dar dicha oración? ¿Cuál fue el contexto original en el que Jesús hizo dicha oración? ¿Por qué habría hecho Jesús una oración como el Padre Nuestro, por un lado tan corta, y por otro tan llena de cambios de tema? Es más. Si Jesús dió una oración a sus discípulos, ¿por qué no la tenemos hoy día, y en su lugar tenemos muchas versiones? ¿No habrían sido palabras lo suficientemente importantes como para haberlas recordado, escrito y copiado con cuidado (sobre todo considerando que era una oración corta)? Si los discípulos pidieron una oración a Jesús, y Jesús se la dió, ¿cómo es que dicha oración se perdió (¡ni siquiera llegó a algunos grupos de los primeros cristianos!) y hoy solo disponemos de una gran cantidad de versiones muy distintas entre sí? ¿A qué se deben esas variaciones? ¿Es que los primeros cristianos se atrevieron a modificar las palabras de Jesús, aún sabiendo que era la preciada oración de su Señor? ¿Es esto probable?

Estamos acostumbrados a leer nuestras dos versiones del Padre Nuestro en nuestras biblias y suponer que detrás de ellas se encuentra una oración original que Jesús debió pronunciar en algún momento de su ministerio. Es sorprendente cómo algunos cristianos ni siquiera consiguen notar diferencias al leer la oración en los dos evangelios. Sin embargo, no hay nada en nuestras Escrituras que nos guíe (mucho menos nos obligue) a suponer que detrás de todas estas versiones del Padre Nuestro se encuentra una sola oración original. No hay nada en todas estas versiones que apunte a un momento en el tiempo en el que Jesús pronunció una sola oración de la que dependen todas las demás versiones. Más bien, toda esta variedad textual apunta en la dirección contraria. ¿Por qué no pudo haber dos (o más) oraciones pronunciadas por Jesús en distintas partes de su ministerio que acabaron siendo juntadas en una? Por mucho que se salga de lo que conocemos del Padre Nuestro, es igualmente posible que no hubiera una sino dos (o más) oraciones. De hecho, es muy posible que detrás del Padre Nuestro se encuentren los intentos de algunos cristianos (editores, traductores, copistas, etcétera) de recopilar algunas oraciones cortas que Jesús pronunció en algunos momentos de su vida en diversas circunstancias. De ser así, en el Padre Nuestro (tal y como aparece en los muchos manuscritos) disponemos de varios intentos de recordar ciertas oraciones que hizo Jesús, puestas en listas en el mismo estilo en el que distintas enseñanzas de Jesús acabaron formando el Sermón del Monte.

Para muchos, esta posibilidad no añade ninguna implicación importante acerca de nuestra fe. Y sin duda tienen razón en su percepción de que de ser verdad, este pequeño cambio en nuestro entendimiento del Padre Nuestro no produce grandes cambios en nuestra forma de entender lo que Jesús significa para nuestras vidas. Por otro lado, en mi opinión también es cierto que si aceptamos esta interpretación de los textos lo que recibimos es una visión un tanto distinta del personaje histórico de Jesús y de su forma de entender la oración. De ser esto así, podemos notar dos cosas que a mí me parecen interesantes. Primero, este pequeño cambio nos apunta hacia un Jesús tipicamente judío cuyas oraciones cortas podrían muy probablemente proceder, en algunos casos, de las pequeñas oraciones cortas y personales que los judíos tradicionalmente añadían como conclusión de sus oraciones diarias en el templo. Quizá sus discípulos escucharon algunas de estas cortas oraciones a su maestro al final de sus oraciones diarias y las recordaron. En otras ocasiones dichas oraciones podrían proceder de bendiciones por (que no de) los alimentos, o de alguna palabra de consuelo que hubiera dado a alguien por el camino, todas ellas recordadas con amor y cuidado. Segundo, aquí tenemos en labios de Jesús ciertas oraciones cortas, directas y al grano. ¿Quién dijo que el poder de una oración está en su repetitividad o en su duración? Directas y al grano, al igual que sus sermones en forma de parábola. Nada de treinta minutos (al menos) y tres puntos que empiecen con la misma letra. La idea no es aburrir a quien escucha sino comunicar algo importante, y eso se puede hacer en cinco minutos, o incluso en una frase (a veces no es necesario ni hablar).

Quizá muchos no vean nada de interés en un pequeño cambio en nuestra forma de entender el Padre Nuestro. Quizá muchos no vean la ironía en el hecho de que esta oración (¿o debería decir estas oraciones?) se haya convertido en el patrón por excelencia de la repetitividad y la redundancia, en una fórmula mágica que debemos repetir a cada instante que podemos para evitar que algún mal nos ocurra. Quizá muchos no se preocupen por el tipo de Cristianismo que provoca este tipo de Padre Nuestro ‘mágico’. Quizá soy un nostálgico (para algunos un hereje, sin duda) por intentar cambiar algo tan enraizado en la fe de muchos. Aún así, creo que la vida de nuestro Cristianismo depende nuestra capacidad para realizar cambios como estos.

Mis dos padres

Junio 11, 2007

Tenéis que leer esta carta que ha escrito un niño de diez años acerca de sus dos padres y que ha publicado la British Association for Adoption & Fostering. Luego me dais vuestra opinión (y vuestras razones, claro) acerca de si se debería permitir a parejas homosexuales que adoptaran…

Ateísmo

Junio 11, 2007

El primero fue Sam Harris y su The End of Faith. Luego vinieron otros: Daniel Dennett y su Breaking the Spell, Richard Dawkins y su The God Delusion, y A.C. Grayling y su Against All Gods. Y recientemente ha aparecido God is not great, del escritor Christopher Hitchens. Todos ellos con el potencial (algunos ya lo han sido) de convertirse en bestsellers. Y todos ellos ateos por convicción.

Por supuesto ha habido muchos debates y varias respuestas desde el frente eclesiástico ante tanto argumento en contra de Dios. Hace poco tuve la oportunidad de ver un debate cara a cara de más de una hora entre el mencionado Richard Dawkins y el escritor cristiano Alister McGrath. Uno de las respuestas más comunes desde el bando creyente ha sido la de presentar el ateísmo como una fe más, susceptible también de acabar en el extremo fundamentalista (susceptibilidad que existe igualmente en la mayoría de las religiones). Para una noche agradable de debate televisivo, dichos trucos pueden valer. Sin embargo, me pregunto si no podemos encontrar en estos libros un mensaje distinto, quizá un mensaje de protesta en contra de algo que no está funcionando bien en medio de las religiones y que está amenazando con transmitir un mensaje de muerte y destrucción en lugar del mensaje de vida y esperanza que dicen transmitir.

La secularización del siglo XVII no comenzó porque la gente dejó de creer en Dios. De hecho, algunas de sus principales figuras, como por ejemplo Newton y Descartes, eran creyentes. Lo que estas personas perdieron fue su fe en que las personas religiosas pudiesen vivir en paz. Católicos y protestantes habían estado luchando entre ellos por toda Europa en lo que Hobbes llamó ‘la guerra de toda persona contra toda persona’. Tenía que haber otro camino. Así, primero la ciencia, luego la filosofía, la política y la cultura fueron reconstruídas sobre otros fundamentos que no dependieran del dogma y la doctrina sino más bien de la experimentación y la observación, de la razón y la inferencia.

Hoy vivimos en tiempos similares. Sunni y shia luchan en Oriente Medio, como también musulmanes e hindús en Kashmir, budistas e hindús en Sri Lanka, musulmanes y judíos en Israel, etcétera. La pregunta principal para todos es: ¿podemos aprender a amar a aquellos que no son como nosotros? Somos animales de tribu. El conflicto está programado en nuestros genes. Los sociobiólogos llaman a esto la codificación genética. Los cristianos lo llaman el pecado original. Los judíos, la inclinación al mal. Sin embargo, la creencia que nos une a todos es que nuestro instinto no tiene la última palabra. Los genes egoístas tienen el potencial de producir personas altruistas. ¿Es esto un milagro o pura coincidencia? ¿Hay detrás un creador amoroso o un relojero ciego? Estas preguntas son interesantes, pero la pregunta más urgente es: ¿pueden un creyente y un ateo unirse en esta batalla y formar un solo bando por la paz en contra de todos aquellos que buscan una guerra global?

(Muchas de las ideas han sido sacadas de un reciente artículo de Jonathan Sacks con el cual estoy muy de acuerdo)

En alguna ocasión, en alguno de mis mensajes, he mencionado que dentro del Evangelicalismo se pueden encontrar diferentes sectores o grupos de creyentes que mantienen distintas (incluso a veces opuestas) creencias. En alguna ocasión he expresado además mi opinión de que dicha variedad de creencias es una virtud y no una debilidad del Cristianismo. La virtud en cuestión es la de poseer un nucleo de creencias básicas (que aportan una identidad fundamental) lo suficientemente potente como para soportar la tirantez que produce el distanciamiento entre ciertos grupos que, aunque de acuerdo en dicho nucleo, aceptan además otros conjuntos de creencias respecto de los cuales es posible discrepar. Así, sabemos que dentro del Evangelicalismo podemos encontrar, por un lado, creyentes fundamentalistas que apoyan una lectura literal de las Escrituras y que derivan de ella todo un conjunto de creencias acerca del origen del universo (usualmente creado hace unos pocos miles de años) y del origen del hombre (de nuevo, usualmente creado de una pieza en un solo día en un acto creador de Dios), mientras que por otro lado también existen creyentes evangélicos que tienen una visión de las Escrituras muy distinta de la cual no derivan muchas de esas doctrinas acerca de la creación; entre estos se encuentran aquellos que aceptan la teoría de la evolución como la mejor hipótesis científica que aporta una buena explicación natural a toda la evidencia que poseemos hasta el día de hoy, sin que eso tire por tierra la validez de la Biblia para sus vidas.

Toda esta variedad de creencias no debería resultar problemática a menos que creyésemos que el nucleo de nuestra fe, aquella base de nuestro Cristianismo que nos sirve de identidad, dependiera precisamente de todo aquel conjunto de creencias derivadas de nuestra manera de leer las Escrituras. En el caso de que esto fuese así, la definición propia de Cristianismo que surgiría de esas creencias añadidas debería contener afirmaciones como: “El verdadero cristiano es aquel que cree que la Tierra fue creada hace algo así como 6000 años”, o bien, “El verdadero cristiano es aquel que niega la posibilidad de que Dios haya elegido la evolución como su método creativo”. Una definición del Cristianismo que contuviera frases como estas propondría dos caminos entre las cuales todo ser humano tendría que elegir: por un lado tendríamos el texto bíblico como el único contexto universal adecuado que nos permitiera entender nuestro entorno y a través del cual tendríamos que mirar e interpretar el resto del universo ya fuera a nivel personal, espiritual, histórico e incluso científico; por otro lado tendríamos el mundo en general y la sabiduría que viene de él, la cual se consideraría a un nivel más bajo que la sabiduría que viene de las Escrituras. Presentado ante este dualismo, el ser humano debería optar por la sabiduría de la Biblia y desechar la sabiduría del mundo si quisiera ser cristiano.

Sin duda, cuando miramos a los distintos grupos de creyentes dentro del Cristianismo encontramos personas que opinan de esa manera y cuya definición del Cristianismo contiene frases como las que he mencionado más arriba. Personalmente, como cristiano perteneciente a un grupo distinto, encuentro esa postura exclusivista, un tanto irónica y muy incoherente. Encuentro muchas veces irónica la necesidad que tienen algunas personas de tirar por tierra las teorías científicas cuando encuentran ciertas incongruencias entre dichas teorías y sus lecturas personales de sus textos sagrados. Me resulta incomprensible esa actitud de suponer que todo aquello que parece estar en contra de lo que yo creo o de la forma en la que yo veo el universo debe estar equivocado. Y este factor resulta especialmente irónico (y a la vez triste) cuando dicha actitud provoca un rechazo de hipótesis científicas que llevan con nosotros muchos años y cuya validez está siendo demostrada una y otra vez de forma clara. Me da la impresión de que muchas personas religiosas tienden a atacar a la ciencia con demasiada facilidad, sin darse cuenta de que ellos mismos hacen uso diario y constante de los avances y descubrimientos que el método científico ha hecho posible. Y esta falta de coherencia que muestran aquellos que critican las hipótesis científicas sin pensarlo dos veces pero luego se suben a un avión para ir de vacaciones demuestra una falta de humildad añadida que no debería ser tan abundante precisamente en aquellas religiones en las que la humildad es considerada como una de las mayores virtudes.

Hace poco he tenido la oportunidad de leer un artículo de J.A. Monroy que nos presenta un dualismo similar al que menciono más arriba. En este mensaje el tema de fondo es la evolución, un tema que por otro lado ha servido para sentar posiciones dentro del Evangelicalismo desde hace años: si crees en la evolución eres un liberal que no cree en la Biblia y que no cree en un Dios creador, mientras que si rechazas la evolución has dado un paso importante para entrar en el grupo de los que leen la Biblia de forma adecuada dándole el valor que ella merece. En el mensaje de Monroy podemos leer frases que ejemplifican las alternativas que he mencionado más arriba:

“La teoría de la evolución quiere que arranquemos las primeras páginas de la Biblia y las sustituyamos por otras del Origen del hombre”

“La teoría de la evolución nos pide que desconfiemos de Moisés y confiemos en Darwin”

“La teoría de la evolución pretende que neguemos la realidad de un Dios creador y aceptemos en su lugar al animalito acuático”

“La teoría de la evolución exige que neguemos a Adán y pongamos nuestra fe en el orangután”

Frases como estas, como he mencionado ya, pertenecen a un grupo determinado dentro del Evagelicalismo, un grupo que tiene unas ideas determinadas (podríamos llamarlo una ideología determinada) acerca de cómo hemos de leer las Escrituras. Si suponemos, por ejemplo, que el relato del Génesis nos está dando una descripción científica y literal de cómo Dios creó el Universo a partir de la nada, entonces tenemos que asumir que la teoría de la evolución es falsa y que cualquiera que la acepte se está desviando de la lectura correcta de las Escrituras. Sin embargo, ¿es esa suposición adecuada (o incluso bíblica) o proviene más bien de una forma de entender la fe cristiana que engloba a unos pocos pero ni de lejos al resto del Cristianismo? ¿Es verdad que si aceptas la teoría de la evolución estás negando la realidad de un Dios creador? Sin duda existen muchos científicos cristianos que no tienen ningún problema en aceptar la teoría de la evolución sin que eso implique un rechazo de un Dios creador; ¿hemos de suponer que todos ellos se han desviado de la lectura correcta de la Biblia, o incluso peor, que todos ellos se han alejado del conjunto de creencias que les identifica como cristianos?

Usaré las palabras de uno de estos científicos cristianos, Kenneth R. Miller, para responder:

“Si Dios así lo hubiese elegido, el Dios que enseñan la mayoría de las religiones occidentales podría haber creado cualquier cosa, incluso a nosotros, de la nada, a partir de Su voluntad nada más. En nuestra infancia como especie, quizá esa fue la unica forma en la que podíamos imaginar el cumplimiento de Su voluntad. Pero hemos crecido, y ha ocurrido algo grandioso – hemos comenzado a comprender las bases físicas de la vida misma… Aceptar la evolución no es ni más ni menos que el resultado de respetar la realidad y consistencia del mundo físico a través del tiempo”

Otros opinan de forma similar. Escuchemos, por ejemplo, lo que dice John Polkinghorne acerca del famoso libro de Charles Darwin, Origin of Species:

“Dos clérigos anglicanos, Charles Kingsley y Frederick Temple, ambos dieron una temprana bienvenida a la forma de entender el universo de Darwin, viendo que la evolución podría ser teologicamente entendida como la manera por medio de la cual las criaturas habían tenido el privilegio, otorgado por su Creador, de ‘hacerse a sí mismas’. El Dios de amor no ha creado un mundo similar a un teatro divino de marionetas, sino que el Creador ha dado a sus criaturas un cierto grado de independencia. La teología trinitaria no necesita ver la historia del mundo como una representación de un guión fijo, escrito por Dios desde la eternidad, sino que puede entenderla también de forma adecuada como una gran improvisación en la cual tanto el Creador como las criaturas participan”

Como vemos, parece que algunos cristianos no ven ningún problema en aceptar la realidad tal y como parece que esta es, sin necesidad de rechazar y/o atacar el método científico como si en este caso particular estuviese dando resultados erróneos. Me pregunto si afirmaciones como las que hemos leído más arriba no reflejan más bien la incapacidad que algunos tienen de asimilar ciertas realidades que les rodean y que chocan con su entendimiento privado y personal de la fe, provocando que se vuelvan de nuevo como niños, cerrando sus ojos ante aquello que les asusta en la esperanza de que desaparezca. Hace unos años, la escritora Mary Douglas hizo un estudio acerca de las ‘abominaciones de Levítico’ (“The Abominations of Leviticus”, en Community, Identity, and Ideology: Social Scientific Approaches to the Hebrew Bible, editado por Charles E. Carter y Carol L. Meyers, pp.119-134, Winona Lake, IN: Eisenbrauns, 1996). En su estudio, Mary nos ayuda a entender la manera en la que los seres humanos necesitamos imponer orden cuando percibimos el universo caótico y peligroso que nos rodea. El universo se vuelve más manejable cuando puede ser categorizado poniendo cada cosa en su sitio; pero cuando las cosas se salen de su lugar y aparecen en un lugar equivocado se genera mucha ansiedad. Mary utiliza esta verdad para iluminar el conjunto sistemático de leyes alimenticias que podemos leer en Levítico, mostrando que son precisamente aquellas criaturas que no encajan bien en los patrones marcados en otros libros de la Biblia (como Génesis, donde los animales se dividen en tres categorías, ‘tierra’, ‘agua’ y ‘cielo’) los que son impuros y producen separación de Dios. Es por esta razón, por ejemplo, que al marisco se le llama ‘abominación’ en Levítico 11:10-12, porque los peces (o animales marinos) no deberían tener patas (¡vaya faena, no poder comer marisco!).

Si podemos aplicar el estudio de Mary al ejemplo que nos ocupa, quizá una de las razones por las que seguimos presenciando reacciones tan emotivas y contundentes en contra de ciertas hipótesis científicas como la de la evolución es la ansiedad derivada de contemplar un mundo mucho más complejo y caótico de lo que nos gustaría, un mundo que está muy lejos de encajar en las cajas teológicas sistemáticas que nos empeñamos en construir pero que cada poco tiempo muestran su tremenda debilidad. Una de las actividades que llevó a cabo Jesús cuando vivió entre nosotros fue la de actuar en contra de muchas de esas cajas teológicas que forzaban la exclusión de todos aquellos grupos de personas que no encajaban bien dentro de las categorías ‘aceptadas’ y ‘ortodoxas’ de ciertos grupos religiosos. Me pregunto si no estaremos cayendo de nuevo en el error de añadir más y más condiciones a nuestra identidad evangélica provocando una nueva exclusión de aquellos que no encajan en dichos credos. Quizá deberíamos aprender a aceptar que dentro del Evangelicalismo encajan muchos grupos y una gran diversidad de ideas y creencias acerca de muchos temas, y aprender a controlar nuestras críticas manteniéndolas en el terreno del diálogo abierto y tolerante. Quizá deberíamos aceptar que la diversidad de opiniones no es algo genericamente diabólico y aprender a mostrar una actitud de diálogo en lugar de una donde predominen términos como ‘abominación’. Quizá deberíamos aprender a mirar al universo y aceptar que no todo encaja dentro de las categorías que conocemos y que quizá existan cosas que se salgan de lo que para nosotros es ‘natural’ (por mucha repulsa que nos produzca). Quizá haríamos bien en aprender a mirar al mundo y su sabiduría con cierto grado de admiración y aceptar que fuera de nuestro entorno también existe conocimiento digno de ser escuchado y del cual podemos aprender (aunque no provenga de las Escrituras o incluso aunque parezca ir en contra de nuestra forma de entender nuestros más queridos textos sagrados). Después de todo, nadie dijo nunca que el cuerpo de Cristo debería estar formado por un grupo cerrado de unos pocos que siguen mucha reglas; quizá sea todo lo contrario.