Paradigmas proféticos
Abril 30, 2007
Hace poco tuve la oportunidad de leer una respuesta que escribió el autor Sam Harris a un cristiano que le había criticado fervientemente. A continuación, reproduzco parte de dicha respuesta. Sam Harris es autor de libros tan conocidos como The End of Faith o Letter to a Christian Nation, que han causado conmoción desde su publicación:
“Los cristianos a menudo afirman que la Biblia predice futuros eventos históricos. Por ejemplo, Deuteronomio 28:64 dice, ‘Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo; y allí servirás a dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres, al leño y a la piedra’. Jesús dice en Lucas 19:43-44, ‘Porque vendrán días sobre ti, cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiarán, y por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación’. Se supone que tenemos que creer que estas frases predicen la historia futura de los judíos de una forma tan precisa que no quedaría más remedio que admitir que la única explicación posible es supernatural[…] Pero solo imagina por un momento cuán precisas dichas profecías deberían ser si fueran realmente el producto de una mente omnisciente. Si la Biblia fuese tal libro, nos daría predicciones específicas y falsificables acerca de eventos humanos. Podríamos esperar frases como, ‘En la segunda parte del siglo XX, la humanidad va a desarrollar una red mundial de ordenadores – los principios de los cuales explico en Levítico – y este sistema se llamará internet’. Sin embargo, la Biblia no contiene nada ni siquiera parecido a esto. De hecho, no contiene ni una sola frase que no pudiera haber sido escrita por un hombre o una mujer viviendo en el primer siglo.”
Quizá Sam Harris dió con algún cristiano que le explico ‘amorosamente’ que la veracidad o falsedad del Cristianismo depende de si se cumplen o no las profecías (o predicciones) bíblicas. Y luego Sam decidió abrir este libro mágico y leer dichas predicciones, y lo que encontró, lejos de ser frases del estilo que él menciona en su párrafo, eran más bien frases ambiguas y difusas que en algunos casos anunciaban ciertos eventos que en ocasiones ni siquiera llegaban a cumplirse. Y por tanto llegó a la conclusión de que dicha religión debía estar basada en una forma de pensar errónea acerca de dicho libro sagrado.
Sin embargo, si este es el entendimiento que los cristianos tenemos de cómo funcionan las profecías bíblicas, creo que lo hemos debido entender mal en algún punto del camino. No me parece cierta la creencia popular de que la intención principal de las profecías bíblicas fuera la de dar predicciones acerca del futuro. Y esto no lo digo porque tenga ganas de negar la fe cristiana (a la que pertenezco) y mucho menos porque no crea en el poder de Dios para predecir eventos futuros (en el caso de que eso fuera en lo que Dios estuviera interesado). Lo digo más bien basándome en el texto que tenemos en nuestras biblias y que tenemos la respondabilidad de leer adecuadamente para no llevar a confusión a aquellos que nos preguntan acerca de nuestra fe. Si seguimos diciendo que el entendimiento que debemos tener los cristianos acerca de las profecías bíblicas es uno de predicciones futuristas emanadas por un ser omnisciente, es normal que cualquier persona honesta que abra la Biblia y la lea acabe convencida de que en ese caso la propia Biblia demuestra que dicho entendimiento está equivocado. Tomemos un ejemplo. En Ezequiel 26:7-14 leemos la siguiente profecía:
“Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí que del norte traigo yo contra Tiro a Nabucodonosor rey de Babilonia, rey de reyes, con caballos y carros y jinetes, y tropas y mucho pueblo. Matará a espada a tus hijas que están en el campo, y pondrá contra ti torres de sitio, y levantará contra ti baluarte, y escudo afirmará contra ti. Y pondrá contra ti arietes, contra tus muros, y tus torres destruirá con hachas. Por la multitud de sus caballos te cubrirá el polvo de ellos; con el estruendo de su caballería y de las ruedas y de los carros, temblarán tus muros, cuando entre por tus puertas como por portillos de ciudad destruida. Con los cascos de sus caballos hollará todas tus calles; a tu pueblo matará a filo de espada, y tus fuertes columnas caerán a tierra. Y robarán tus riquezas y saquearán tus mercaderías; arruinarán tus muros, y tus casas preciosas destruirán; y pondrán tus piedras y tu madera y tu polvo en medio de las aguas. Y haré cesar el estrépito de tus canciones, y no se oirá más el son de tus cítaras. Y te pondré como una peña lisa; tendedero de redes serás, y nunca más serás edificada; porque yo Jehová he hablado, dice Jehová el Señor”
La fecha de la profecía la tenemos en Ezequiel 26:1, para que conste en acta. Sin embargo, unas páginas más tarde encontramos otra profecía fechada unos 16 años más tarde (Ezequiel 29:17), donde el profeta parte del hecho de que el ataque de Nabucodonosor contra Tiro había sido un fracaso:
“Hijo de hombre, Nabucodonosor rey de Babilonia hizo a su ejército prestar un arduo servicio contra Tiro. Toda cabeza ha quedado calva, y toda espalda desollada; y ni para él ni para su ejército hubo paga de Tiro, por el servicio que prestó contra ella. Por tanto, así ha dicho Jehová el Señor; He aquí que yo doy a Nabucodonosor, rey de Babilonia, la tierra de Egipto; y él tomará sus riquezas, y recogerá sus despojos, y arrebatará botín, y habrá paga para su ejército. Por su trabajo con que sirvió contra ella le he dado la tierra de Egipto; porque trabajaron para mí, dice Jehová el Señor” (Ezequiel 29:18-20)
Aquí tenemos un caso sorprendente de una profecía que sustituye a otra: la profecía original no ocurrió, Tiro no cayó y Nabucodonosor no había tenido su recompensa por todos sus ataques, y por tanto Dios le da Egipto.
Hay algo importante que debería hacernos pensar cuando leemos historias como estas en la Biblia (historias que, por cierto, se repiten en muchas ocasiones; podéis encontrar otro ejemplo en Jeremias 22:19 comparado con Jeremias 36:30). Si os fijais bien en lo que hemos leído aquí, el autor no muestra ningún problema mental ni ninguna crisis de fe a la hora de escribir en su libro tanto la profecía como el no cumplimiento de la misma. Ahora, si dicho autor entendiera el acto de anunciar una profecía como equivalente al de anunciar una predicción futurista, ¿no sería lógico que intentara explicar el aparente no cumplimiento de la misma de alguna manera? Si el autor fuera uno de tantos creyentes fundamentalistas, ¿no encontraría algún problema con poner ambas historias tan cerca una de la otra que el lector puediera darse cuenta del fracaso profético? La respuesta es que el autor no era un creyente fundamentalista. Todo lo contrario. Dado que estos episodios se repiten en varias ocasiones en la Biblia, parece que sus autores asumían un paradigma profético distinto del que se predica en nuestras iglesias hoy.
Sugiero (aunque no soy yo el primero en sugerir algo así), como posible idea a considerar, que los profetas bíblicos no tenían como objetivo principal la predicción de hechos que iban a ocurrir muchos años (incluso siglos) más adelante. No creo que la función principal de las profecías fuera la de informar de ciertos eventos que iban a ocurrir en un futuro lejano: ‘Hey, chicos… quería que supiéseis que dentro de tres siglos ocurrirá algo que no os va a gustar mucho’. No creo que esta frase hubiera significado mucho para aquellos judíos que no tenían pensado vivir tres siglos, y menos aún cuando muchos no creían en una vida después de la muerte. Frases como esas no habrían tenido ningún potencial para cambiar las sociedades en las que estaban viviendo los profetas. Lo que necesitaban eran voces autoritarias (la voz de Dios) que amenazaran con traer calamidades o bendiciones dependiendo de las actitudes de los oyentes. Lo que los profetas necesitaban eran afirmaciones que ayudaran a provocar un cambio en la sociedad del momento. Y por tanto las profecías debían tener un contenido relevante y muy real para el momento presente de quienes las anunciaban.
Encontramos este mismo paradigma también en los libros del Nuevo Testamento, donde las profecías que se citan del A.T., se citan con la única intención de mostrar la manera en la que dichas afirmaciones han cobrado vida para dar un mensaje actual y relevante para quienes escriben y escuchan. De esta forma, se repite el hecho de que la función principal de dichas profecías no es mostrar el valor histórico y contextual que tienen cuando se dijeron hace muchos años, sino más bien el valor y significado que podrían tener en estos momentos. Lo que realmente importa de dichos textos no es lo que significan historicamente, sino lo que nos están diciendo a nosotros en nuestra situación. Eso parece decir al menos 1 Pedro 1:10-12:
“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles”
Como veis, para los autores del N.T. los antiguos profetas no habían profetizado para aquellos tiempos antiguos, sino que habían estado hablando de lo que iba a ocurriren un futuro lejano. Y este sentir de que todas aquellas voces con autoridad del pasado hablaban sobre nosotros y sobre nuestro tiempo se repite en numerosas ocasiones. No hace falta más que leer los evangelios para encontrar una infinidad de supuestas profecías que se cumplen en la vida del Mesías. Digo supuestas porque los que las habían pronunciado en el pasado probablemente no habían estado profetizando cosas para dentro de varios siglos, como hemos dicho ya, sino para sus tiempos actuales. Pero en tiempos de Jesús pareció adecuado a algunos autores el tomar frases sueltas y aplicarlas al Hijo de Dios, como para dar más autoridad a su vida y su existencia, o quizá para otorgar continuidad entre las antiguas escrituras y el advenimiento del Mesías.
Así, no es dificil encontrar casos en los que ciertas afirmaciones del pasado adquieren un nuevo significado en la esperanza de comunicar un mensaje relevante a las personas y situaciones actuales que viven en el mismo momento del que escribe. En muchos de estos casos dichas supuestas profecías no son tales, sino que se convierten en intentos de encontrar en las antiguas escrituras ciertos secretos guardados acerca del Mesías que solo los judíos del primer siglo parecían capaces de descifrar (cuidado, no estoy diciendo que todas las afirmaciones encajen dentro de este grupo). De nuevo, doy un ejemplo. En Mateo 2:14-15 leemos:
“Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo”
El pasaje al que se refiere el autor se encuentra en el profeta Oseas:
“Cuando Israel era muchacho, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 11:1)
En dicho texto está claro que el profeta no está hablando del Mesías, sino de Israel. De hecho, el profeta no está hablando acerca del futuro en absoluto, ni está pronunciando una predicción que se cumplirá en muchos años. Sin embargo, el autor de Mateo toma esas palabras como si el profeta hubiera estado profetizando acerca del Mesías. (De hecho, si imaginamos que realemente las Escrituras estaban llenas de tantos mensajes proféticos como nos quiere hacer creer el autor de Mateo, resulta complicado entender cómo es posible que a tanta gente se le escapara la llegada del Mesías.)
Hay algo que tienen en común los dos ejemplos que he puesto aquí, tanto el del A.T. como el del N.T. Si os fijáis bien, en ambos casos los autores están intentando hablar con autoridad acerca del presente que están viviendo. En el caso del A.T. dicha autoridad viene del hecho de que, según ellos, es Dios mismo hablando por medio de sus labios. En el caso del N.T. la autoridad viene de otro lugar, de aquellos profetas a los que Dios habló de forma directa. Pero en ambos casos lo que dichas personas intentan hacer es hablar con autoridad acerca del tiempo y las circunstancias que les toca vivir. Ninguno de ellos está intentando predecir ningún evento que ocurrirá dentro de muchos muchos años. Lo que intentan es que las personas que viven a su alrededor les lean o escuchen, y tomen ciertas decisiones que ellos consideran adecuadas. Por tanto, podríamos decir que las profecías bíblicas no son predicciones, sino que son intentos de hablar con autoridad en un momento histórico determinado y con una intención (política o social) determinada. Y es muy importante saber ver que la forma (que no el fondo) de la autoridad de la que proceden dichos intentos no permanece fija, sino que se adapta al momento, al contexto y a la situación en medio de la cual están hablando.
Lo cual nos trae al presente y a la manera en la que los textos bíblicos se usan muchas veces para provocar cambios y para hablar con autoridad en ciertas circunstancias. Visto lo visto, podemos decir que Sam Harris tiene razón con respecto a las profecías bíblicas: no son muy buenas predicciones. Pero quizá porque nunca intentaron serlo. De hecho, en todo el asunto profético, lo importante no parece ser el texto (por mucho que sea lo que siempre se quiera enfatizar) sino la capacidad para provocar cambios sociales y políticos. El texto es más bien una excusa: en unos tiempos sirvió para dar una forma determinada a la autoridad con la que se estaba hablando (“Dios puso sus palabras en mis labios”), mientras que en otros sirvió para dar otra (“Los antiguos profetas hablaron de parte de Dios y dijeron…”). El texto sirve funciones distintas en ambos casos, pero esas funciones y sus formatos determinados no son lo importante de los mensajes, sino que lo que importa es el contenido y la intención.
Sobra decir que hoy vivimos en unos tiempos distintos a los tiempos bíblicos, y por tanto las formas han cambiado. Hoy no funciona proclamar que nuestras palabras proceden de la misma boca de Dios, y no tiene porqué. Tampoco funciona tomar textos del pasado y afirmar (por medio de diversos términos teólogicos) que tienen autoridad para obligarnos a hacer ciertas cosas que no queremos hacer. Ninguno de esos formatos consigue comunicar el mensaje que los cristianos tenemos que comunicar. De hecho, dichos formatos no hacen otra cosa que empañarlo. Y por ello nosotros tenemos la responsabilidad de ser personas de nuestro tiempo, personas que son capaces de utilizar los textos de forma responsable para provocar cambios importantes en nuestra sociedad. No es el texto el que está por encima del ser humano, sino el ser humano el que está por encima del texto. No estamos atados a los formatos antiguos, ni tenemos la obligación constante de repetirlos de una forma u otra. Hay momentos en los que hay que cambiar los odres viejos por unos nuevos, o si no el vino se echa a perder. Y el vino se está echando a perder demasiado en nuestros días por culpa de las formas en las que creemos que debemos comunicar nuestro mensaje. Los profetas y escritores bíblicos sabían eso muy bien, y por ello usaban dichos textos con la fluidez suficiente como para no permanecer atados a las formas antiguas.
Kahlil Gibran fue un escritor, poeta y pintor que murió el siglo pasado. Una de las líneas más notables que nos han quedado de dicho escritor procede de una colección de poesías (o parábolas) llamada, Sand and Foam (1926), y dice lo siguiente: ‘La mitad de lo que digo no tiene sentido, pero lo digo para que la otra mitad pueda alcanzarte’. En la primera mitad del siglo pasado, el mundo vió nacer una de sus obras maestras, The Prophet. En este libro se recogen las enseñanzas que un profeta, Almustafa, dejó a aquellos que le escuchaban antes de dejarles. Entre todas las cosas que el profeta llega a decir, algunas de ellas nos recuerdan a las antiguas profecías de escritores como Isaías o incluso Jesús:
“La tierra te entrega su fruto y nunca tendrás necesidad si sabes cómo llenarte las manos. Por medio del intercambio de los dones de la tierra encontrarás abundancia y serás satisfecho. Sin embargo, a menos que dicho intercambio sea en amor y bondadosa justicia llevará a unos a la avaricia y a otros al hambre”
“De la misma forma que tanto el santo como el justo no podrán elevarse por encima de lo más alto que hay en vosotros, así tampoco el malvado y el débil podrá caer más abajo de lo que hay en vosotros”
Textos como estos siguen apelando a los seres humanos porque tienen un alto contenido profético. Y eso ocurre también con obras de arte, canciones, poesías, etcétera. El mensaje profético no ha cambiado inmensamente en todos estos siglos que han pasado desde los grandes profetas bíblicos. Pero, así como el mensaje profético no ha cambiado, las formas sí lo han hecho y tenemos que, al igual que hicieron los profetas bíblicos, encontrar la manera de comunicar dichas profecías de forma que la sociedad nos escuche. Tenemos que aprender a elegir nuestras batallas adecuadamente y dejar de levantar muros allí donde no los hay. Tenemos que aprender a escuchar a los profetas que tenemos en nuestros tiempos, en nuestra sociedad, y ayudar a que su mensaje llegue, no quemarlos porque sus formas no nos gustan o no se ajustan a los formatos bíblicos. Tenemos que aprender a tirar los odres viejos, antes de que el vino se pierda.
Fatiga editorial
Abril 25, 2007
Nuestros evangelios contienen muchas huellas que nos permiten apreciar las manos de los autores que insertaron sus propias ideas a la hora de redactar sus obras maestras. Hay un tipo especial de huellas, llamado fatiga editorial, que resulta divertido comprobar, si un día tenemos tiempo y nos apetece un poco de estudio bíblico. Pondré tres ejemplos de cómo funcionan dichas huellas, y vosotros podéis buscar más:
1. En su relato sobre la muerte de Juan el Bautistas, Marcos 6:14-29 considera a Herodes siempre como el rey Herodes. Mateo 14:1-12, por otro lado, corrige adecuadamente este término y le llama ‘tetrarca’. Este cambio es apropiado: Herodes no era un rey, sino un mero sirviente al cual era más correcto llamar tetrarca (Josefo le llama así en sus Antiguedades, 17.188; 18.102, 109, 122). Por tanto, es más que sorprendente encontrar que Mateo comete un lapso de memoria y llama a Herodes el ‘rey’ a mitad de su historia (Mateo 14:9), tal y como hace Marcos en 6:26.
2. En Mateo 8:1-4 se relata el momento en el que Jesús limpia a un leproso. El autor de este evangelio utiliza la misma historia que aparece en Marcos 1:40-45, pero él la situa justo después del sermón del monte, con lo que tiene que decir que “cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente” (Mateo 8:1). Sin embargo, el autor no es capaz de mantener este cambio y, para nuestra sorpresa, leemos al final de la historia que Jesús le comenta al leproso: “Mira, no lo digas a nadie” (8:4), justo las palabras usadas por Marcos (aunque en el caso de Marcos sí que encajan).
3. Uno de los ejemplos más divertidos es el que aparece en la parábola de los talentos/minas (Mateo 25:14-30 y Lucas 19:11-27). La versión de Mateo es la más simple de las dos (por ello quizás también la más popular). En ella, hay tres siervos que reciben una cantidad determinada de talentos, y se espera que consigan beneficios. En Lucas, en honor de la originalidad, se cambia la historia y aparecen 10 siervos en lugar de 3. Sin embargo, cuando vuelve el hombre noble, lo que leemos es que recompensa al “primero” (19:16), al “segundo” (literalmente o deuteros, 19:18), y finalmente “al otro” (literalmente o eteros, 19:20). Parece que el autor de estos cambios tenía en mente tres siervos después de todo.
Como estos tres, podéis encontrar muchos ejemplos más. Estas variantes editoriales nos muestran una vez más el tipo de literatura que tenemos entre manos cuando leemos nuestros evangelios. Al contrario de lo que muchos piensan, los autores de las historias que abundan en los evangelios gozaban de una gran libertad literaria y artística, con capacidad de invención, adaptación, inserción y edición cuando era necesario. Y esto no debería extrañarnos: al fin y al cabo estaban componiendo sus pequeñas obras maestras. Por tanto, cuando sospechamos acerca de una narración, no lo hacemos por simple cinismo, ni por afán de atacar los elementos supernaturales de la Biblia. Simplemente estamos mirando a estas obras de arte como sus propios autores esperaban que fueran miradas, siendo fieles al tipo de literatura que leemos. Estas historias no fueron escritas para ser leídas de manera literal, sino para ser aprovechadas desde un punto de vista muy distinto. No son relatos orientados a proporcionar una cronología exacta de la vida de Jesús, ni una narración histórica de los hechos tal y como sucedieron, sino más bien historias con el único propósito de fomentar la fe del que escucha o lee. Y como tales, podemos ver que han tenido bastante éxito.
El muro
Abril 25, 2007
Hace poco he tenido el privilegio de ver en el cine la historia de una conversión. No hablo, por supuesto, de una conversión de las de aceptar un conjunto de afirmaciones religiosas y doctrinales que invitan a entrar en cierto grupo de amistades. Me refiero a la conversión que alguien experimenta cuando comienza a pensar y se da cuenta de que antes estaba equivocado, y llora al reconocer su antiguo error. Ocurrió en una película de las que deberían verse, pensarse y debatirse, Das Leben der Anderen (La Vida de los Otros). No es una de esas películas de actores conocidos y de historias esperadas y facilonas a las que nos tienen acostumbrados ciertas productoras. Esta ayuda a mantener una cierta sensación de malestar e incomodidad, a la vez que mueve en el interior del espectador unas ganas terribles por escribir y hablar en contra de la opresión que muchas veces se ejerce desde fuera con el único propósito de controlar y de ejercer un poder que nadie debería poder ejercer sobre ningún otro ser humano. ¡Qué sería de nuestro mundo sin ese afán de poder y de control que muchos tienen! ¡Qué sería de nuestras iglesias si se inspirasen esos sentimientos de libertad y de pasión para poder escribir y hablar en contra de la opresión, en lugar de invitar al silencio cómplice para mantener cierto status quo que solo beneficia a algunos!
En la película se recuerdan las obras de otro pensador, Bertolt Brecht, autor cuyo objetivo al escribir obras de teatro era que la gente no fuera al teatro solamente a pasar un buen rato sumergidos en el mundo de fantasía que el jefe (director/guionista) había preparado cuidadosamente para ellos, sino que se atrevieran a pensar. Lo intentó, pero sin mucho éxito. A sus audiencias les costaba pensar. Les gustaba más la magia del escenario, perderse en el mundo de reglas que el autor había creado para ellos, sin atreverse a cuestionar ninguna de ellas. Es cierto que los seres humanos somos muy dados a dejarnos llevar por otros, y eso suele venirles muy bien a esos pocos ‘otros’ que quieren ejercer el poder de controlarnos. Aún recuerdo la magistral obra de teatro de Brecht, Galileo, en la que el científico intentaba que las altas jerarquías eclesiásticas fueran capaces de abrir sus ojos y mirar lo que tenían delante. Parecía increíble que seres humanos pensantes (como nosotros?) no fueran capaces de abrir sus ojos y de reconocer su tremendo error. Pero así ocurría. Y así ocurrió. Y luego, se le silenció; la única forma que queda de ejercer poder cuando el show parece que no tiene efecto sobre el espectador. Los insultos, el silenciamiento, los ataques personales… Como decía Schopenhauer, ‘insultar es un arte’, uno que muchos dominan a la perfección.
Y luego el muro. No hablo de Nesta, que algunos solo saben hablar de fútbol. Sino del otro, el que cayó un bonito día de 1989. A veces algunos muros caen, y esas caídas traen un atisbo de esperanza a aquellos que se pasan la vida denunciando que dichos muros nunca debieron estar ahí, sino que fueron puestos por aquellos que ya no sabían cómo mantener su poder. En tiempos de Jesús hubo uno. En todas las generaciones, y en todos los contextos hay muros. En nuestras iglesias también. Los estamos levantando diáriamente. O bien los levantamos, o bien nos sentamos cómodamente en nuestras sillas y permitimos que otros los levanten, mientras disfrutamos del show que tan comidas nos tiene las cabezas. Pero tarde o temprano caen. Caerán. Por muchos insultos, por muchos ataques, por mucho poder que se ejerza para acallar las voces de los ‘otros’, esos muros caerán. Gracias a Dios por ello.
Etsi Deus non daretur
Abril 20, 2007
“No podemos ser honestos sin reconocer que es necesario que vivamos en el mundo etsi Deus non daretur [como si Dios no fuese dado]. Llegados a la mayoría de edad, hemos de reconocer de forma más verdadera nuestra situación ante Dios. Dios nos hace saber que es preciso que vivamos como seres humanos que llegan a vivir sin Dios. ¡El Dios que está con nosotros es el que nos abandona (Mc 15.34)! El Dios que nos deja vivir en el mundo sin la hipótesis de trabajo ‘Dios’ es aquel ante el cual estamos constantemente. Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios. Dios se deja desalojar del mundo y clavar en cruz. Dios es impotente y débil en el mundo y sólo así está con nosotros y nos ayuda. Mt 8.17 nos indica claramente que Cristo nos ayuda, no por su omnipotencia, sino por su debilidad y sufrimientos.”
En este mundo de sufrimiento sin sentido y de torturas intolerantes, Dios habla con voz potente y clara. Quizá no con la voz que muchos quieren (o esperan) escuchar, sino más bien con la voz de la solidaridad con el que sufre, desde el sufrimiento. Este es el único Dios que supo traer consolación a Bonhoeffer en sus últimos días en prisión – “Sólo el Dios sufriente puede ayudar”. Este es el Dios revelado, el Dios que ninguna sabiduría humana, ninguna religión, se ha atrevido a proponer (Arnaud Corbic). Un Dios que habla con igual potencia a creyentes y a no creyentes, ambos habitantes sufrientes del mundo.
“Me pregunto a menudo por qué un instinto cristiano me inclina con frecuencia hacia las personas que no son religiosas, más bien que hacia las que son. Y esto no con una intención misionera, sino casi fraternalmente. Mientras que, frente a personas religiosas, con frecuencia no me atrevo a pronunciar el nombre de Dios – porque tengo la impresión de que produzco un sonido falso y de que no soy honesto – (…) frente a personas no religiosas puedo ocasionalmente nombrar a Dios con toda tranquilidad y como algo que cae por su propio peso.”
Aún hay cristianos que aman la vida y la tierra lo bastante como para luchar por su liberación de todo tipo de terror fundamentalista. Aún quedan cristianos que entienden el significado de palabras como paz y libertad, más allá de toda abstracción, no solo como términos teóricos, sino como herramientas políticas para construir comunidades de seres humanos adultos. Y digo seres humanos… porque todos estamos en el mismo barco.
Identidad evangélica
Abril 19, 2007
Se dice que nuestra identidad evangélica depende de nuestra capacidad para someternos a un libro, la Biblia. Y que aquellos cristianos que no son capaces de someterse a dicho libro no son evangélicos y, además, son unos arrogantes y soberbios. Se dice que ser un fundamentalista que lee dicho libro (al que hay que someterse) de forma literal no es algo malo, sino que hace gala del buen gusto conservador que todo evangélico debería tener. Se dice que el verdadero evangélico pone dicho libro y su predicación por encima de todo; que vale más predicar el mensaje de salvación a una sola persona que dar de comer a cien mil (por supuesto, ellos seguro que comen lo suficiente); que eso es realmente lo que significa ser cristocéntrico, poner a Cristo por encima de todo y de todos. Quizá en sus libros no vengan todas las palabras que dijo ese mismo Cristo al que dicen predicar, ¿o acaso no fue Cristo quien dijo que si no das de comer a una persona que lo necesita no estás dándole de comer a él? En mi libro sí puedo leer eso.
Es curioso encontrar que aquellos que claman leer la Biblia de forma literal acaban creyendo en invenciones tan humanas como el rapto de la Iglesia, la satisfacción de Dios por medio de la muerte de Su hijo, el pecado original, la inerrancia de las Escrituras, etcétera, invenciones que no encuentran ningún apoyo en las propias Escrituras. Es curioso encontrar que aquellos que claman un sometimiento tan profundo a las palabras de dicho libro, no lo estudian lo suficiente como para conocer las distintas variantes textuales que contiene, ni para entender su gran variedad de géneros. No deben ser tan importantes las palabras de dicho libro si cuando se encuentran diferencias y errores se pasan tupidos velos para evitar tratar con ellas. No debe ser tan importante dicho libro si existen dentro de él algunos textos (libros incluso) que nunca se han leído por la tremenda dificultad de interpretación que provocan. Y como, según nos dicen también, el significado de las Escrituras debe ser tan sencillo y plano que cualquiera, niño o adulto, debe poder entenderlo, entonces cuando no lo entienden lo que hacen es dejar de leerlo, a ver si es que el Espíritu no quiere iluminarlo porque han hecho algo malo.
Por último, se dice que el significado de las Escrituras es el que todos pueden entender, pero cuando unos cristianos discrepan con otros en cuanto a dicho significado entonces el que vale es el que ellos proponen. Se dice que el verdadero evangélico es el que aprende a criticar las interpretaciones basadas en métodos críticos textuales (o casi cualquier otro método similar) y a tomar aquellas que les vienen dadas por sus lecturas individuales. Sin embargo, cuando dichas lecturas individuales no son obvias porque las Escrituras no explican bien lo que quieren decir (o aportan varias explicaciones contrapuestas), entonces se dice que el verdadero evangélico es el que es capaz de aceptar la interpretación que los otros verdaderos evangélicos han hecho durante siglos acerca de lo que dichos textos quieren decir. “Es cuestión de autoridad,” se dice, “si no aceptas la del papa ni la de la Biblia (o lo que yo digo que la Biblia dice), entonces debes quedarte con la tuya… y todos sabemos que eso sería evidencia de una tremenda arrogancia”. Así que, se dice que la verdadera identidad evangélica depende de tu capacidad, no solo de someterte a un libro, sino también a aquellos otros verdaderos evangélicos que tienen la autoridad de interpretarlo.
Pero por supuesto, no todo está tan claro como los verdaderos evangélicos nos intentan decir. No es dificil encontrar cristianos que también se creen evangélicos pero que no comparten dicha opinión. Un ejemplo es F. F. Bruce, un conocido teólogo cristiano evangélico. Escojo a este autor porque no hay riesgo de que nadie le tache de liberal (hoy día hay que andar con un ojo…). Pongo algo que escribió hace unos años:
“Hace unos años hablé a un grupo de estudiantes de teología en una universidad británica acerca de un tema que ellos habían elegido – los principios y los métodos del criticismo bíblico. Al igual que yo, ellos pertenecían a la tradición evangélica. En una parte de mi charla les ilustré ciertas afirmaciones haciendo uso de las estructuras, la fecha y la autoría de una sección particular de las Escrituras. Yo sabía que algunos de ellos habían crecido en un contexto que les había enseñado a tachar de erróneas las conclusiones a las que, en mi juicio, toda la evidencia relevante estaba apuntando; de hecho, ninguna de dichas conclusiones contradecía ninguna afirmación bíblica, ni tampoco podían ser atacadas como el afán por no aceptar los elementos supernaturales que encontramos en la revelación divina… Por lo tanto, si estas eran las conclusiones a las que las evidencias estaban guiando, yo pregunté que por qué se empeñaban en objetar a ellas. Ellos se quedaron pensando y después uno de ellos respondió: ‘Lo que usted dice parece bastante lógico, pero algunos de nosotros sentimos que si llegásemos a aceptar esas conclusiones estaríamos dejando por los suelos el lado evangélico’. Esta respuesta me pareció que era llevar demasiado lejos la lealtad a una tradición”.
Lo mismo que siente F. F. Bruce en este pasaje es lo que sentimos muchos cristianos a los que se nos tacha de herejes por mencionar que la evidencia, tanto externa a la Biblia como interna a ella, nos apunta en la dirección de que, por ejemplo, Mateo no escribió Mateo. ¿Acaso es eso una herejía? ¿No ganaremos mucho más si tomamos este libro y estudiamos la evidencia al respecto, en lugar de echar pestes contra aquellos que dicen algo que nos suena mal, o que parece ir en contra del ‘lado evangélico’? Y quien habla de Mateo habla también de muchos otros temas que hoy día no se tratan en nuestras iglesias. Hacemos bien en escuchar estas palabras de Bruce y en darnos cuenta de que en ocasiones estamos llevando nuestra supuesta lealtad a una tradición demasiado lejos. Muchos evangélicos disfrutan criticando a los adherentes a otras religiones por su seguimiento ciego a ciertas personalidades infalibles. Pero rara vez se paran a pensar que quizá ellos están haciendo lo mismo en sus vidas. Creen estar sometiéndose a un libro, cuando en realidad lo que hacen es seguir la tradición interpretativa que les hace sentirse más cómodos. Y cuando alguien se atreve a sugerir un cambio de interpretación de ciertos textos, se les tacha de herejes, soberbios o arrogantes. “Uy, no, no… esa persona ha dicho que Mateo no escribió Mateo, así que debe ser un hereje de cuidado… cuanto más lejos, mucho mejor”.
Es cierto que la identidad evangélica no es algo sencillo de definir. Pero como su nombre indica, evangélica proviene de evangelio, y el evangelio es Cristo. A él tenemos que seguir, y solo a él. El es quien define nuestra identidad, y bajo el cobijo de su amor entran muchos más de los que muchos querrían encontrar.
Abril 17th, 1906
Abril 17, 2007
Hoy hace 101 años del avivamiento pentecostal que estalló en un centro de la calle 312 Azusa Street, en Los Angeles, donde se reunían personas de distintas razas. Aparentemente fue inspirado por un pastor evangélico británico, William Seymour, quien había comenzado reuniones en dicha calle. Dichas reuniones se llenaron con el tiempo de fenómenos pentecostales. Miles de personas fueron para presenciar dichos fenómenos y recibieron el don de lenguas, llevándolo a sus respectivos hogares y países. Hoy hay en torno a 51 millones de pentecostales en todo el mundo.
Como ocurre con todo aquello que no es sencillo de etiquetar, este movimiento ha creado todo tipo de sensaciones de gusto y disgusto tanto dentro como fuera del Cristianismo. En todas las iglesias siempre hay alguien dispuesto a compartir las desgracias y los cotilleos que se conocen de distintos grupos donde fulanito acabó levantando las manos, diciendo frases sin sentido y haciendo un ruido insoportable. Es normal que aparezcan dudas cuando se ven muchas de las cosas que se ven en ciertos grupos cristianos. Es normal dudar cuando se descubren los abusos que supuestos poderes espirituales ayudan a cometer en contra de personas pobres y desvalidas. Es normal ofenderse e incluso asustarse ante ciertos espectáculos de todo tipo, donde toda clase de ruidos parecen ser la tónica habitual. Todo eso es normal. Yo lo entiendo y lo comparto. Pero nada de eso dictamina la veracidad o falsedad del asunto de los dones espirituales.
Lo cierto es que el tema de las experiencias pentecostales no puede (ni debe) ser decidido por medio de prejuicios procedentes de ‘historias para no dormir’ que hemos oído o presenciado. No hay muchos cristianos, ya sean conservadores, liberales o entre medias, que se atrevan a afirmar que la experiencia del Espíritu Santo no fue la base del ministerio de los apóstoles. No hace falta ser un lince para ver que la manera habitual por medio de la cual Pablo elige defender sus argumentos es por medio de la experiencia del Espíritu Santo, y su manifestación en la vida de los creyentes. Y cuando Pablo habla de manifestación, se está refiriendo a manifestación real, visual, auditiva y evidente a todos los presentes. Así nos lo muestra en la mayoría de sus cartas.
Sin embargo, resulta un tanto sorprendente comprobar que el tema de los dones espirituales encuentra poco lugar en los estudios bíblicos de nuestras iglesias. Sí, es cierto que se habla del don del servicio, la enseñanza, la hospitalidad… Pero se suelen pasar por alto el don de lenguas, el don de interpretación, el don de profecía, de sabiduría, o de fe, aunque todos están en las mismas listas de dones. Me da la impresión de que unos dones provocan más inseguridad que otros entre los creyentes. Sin duda, cuando tocamos el tema de los dones espirituales, estamos tocando un tema tan controvertido que ha dividido iglesias. Y cuando los cristianos están dispuestos a dividirse ante un tema así, es que el tema levanta muchas sensibilidades, inseguridades y preocupaciones. Y por tanto, parece que la mejor opción para muchos es dejarlo guardadito en la Biblia, que es donde mejor está.
Pero por mucho que se quiera esconder, ahí está, y no puede ser solucionado de un plumazo pasando un tupido velo por encima de él. No se puede hacer eso porque, de ser verdad que los dones espirituales constituyen la sabia que alimenta al cuerpo de Cristo (como Pablo parecía creer), nuestras iglesias no van a ningún sitio sin ellos. Debemos superar nuestro miedo y nuestras inseguridades y aprender a hablar libremente acerca de los dones espirituales. Tenemos mucho que aprender de la libertad que Pablo muestra, no solo al hablar en contra de la Ley, sino también, por ejemplo, al atreverse a compartir lo mucho que él habla en lenguas cuando está solo orando. Necesitamos compartir acerca de ello en nuestras iglesias, en libertad y honestidad. Compartir nuestros miedos, nuestras vulnerabilidades y nuestras inseguridades. No dividirnos, sino compartir. ¿O es que ni siquiera somos capaces de compatir acerca de lo que el Espíritu de Dios hace en medio de su pueblo? ¿Hemos llegado ya a este punto de incapacidad comunicativa? ¿Es que somos muy capaces de gritar dogmas y doctrinas acerca de cientos de textos de la Biblia pero cuando vamos a hablar de nuestra experiencia espiritual con Dios nos sonrojamos y pasamos la página de la Biblia con temor y temblor?
Me encantaría que hubiera más grupos de cristianos capaces de compartir unos con otros sus dudas, sus miedos o sus experiencias espirituales con Dios, más allá de las etiquetas denominacionales. Me encantaría que hubiera más reuniones como las que organizaba William Seymour, en las que ocurrieran cosas inexplicables que despertaran a los cristianos de su letargo invernal y les hicieran volver a sus casas con los ojos como platos. Y me alegro mucho de que, como me han confirmado recientemente, esto siga ocurriendo hoy en algunas iglesias. El Espíritu de Dios sigue vivo, moviéndose y levantando huesos.
La Biblia de Pablo
Abril 17, 2007
Decir que las Escrituras que usó Pablo equivalen a nuestro Antiguo Testamento es un error que la propia Biblia nos ayuda a descubrir. Existe un texto, Exodo 12:40-41, que nos da una información bastante precisa acerca del tiempo que estuvieron los hijos de Israel en Egipto:
“El tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto fue de cuatrocientos treinta años. El mismo día en que se cumplían los cuatrocientos treinta años, todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto”
Pocos serán capaces de cuestionar el significado de estas frases: los hijos de Israel estuvieron 430 años en Egipto, y al final de esos 430 años salieron. La entrada en Egipto sobre la que se están midiendo esos 430 años se refiere, más allá de toda duda, a la entrada de Jacob y su familia, una entrada narrada de manera muy cuidadosa en Génesis 46.
Ahora quiero que consideréis un texto en el que Pablo se refiere a la misma cifra. El apóstol está comentando acerca de la Ley y sobre la prioridad de la promesa sobre la Ley de Moises. La promesa fue dada a Abraham y la Ley vino más tarde con Moises:
“Esto, pues, digo: El pacto previamente ratificado por Dios en Cristo no puede ser anulado por la Ley, la cual vino cuatrocientos treinta años después; eso habría invalidado la promesa” (Gálatas 3:17)
Pablo utiliza la misma cifra, 430 años, para referirse al tiempo en el que acabó el éxodo y se dió la Ley al pueblo; pero él mide esta cifra, no con respecto al momento en el que el pueblo entró en Egipto por primera vez, sino con respecto al momento en el que Abraham recibió la promesa de Dios, una fecha muy anterior.
La pregunta es: ¿por qué hace eso? La respuesta es que Pablo no estaba leyendo nuestro Antiguo Testamento para llegar a esa conclusión, sino que usó la Septuaginta, es decir, una traducción griega de muchos manuscritos hebreos que circulaba en la época de Pablo y que había sido realizada unos doscientos o trescientos años antes del Cristianismo. Y en la Septuaginta el texto que acabamos de leer más arriba dice así:
“El tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto y en la tierra de Canaán fue de cuatrocientos treinta años; y ocurrió que después de los cuatrocientos treinta años, todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto” (Exodo 12:40, LXX)
Es complicado saber cuál de las dos versiones es la más correcta. Un fundamentalista lo pasará ciertamente mal para argumentar que la correcta es la que tenemos en nuestras biblias, ya que en ese caso parece que Pablo cometió un error. Por otro lado, afirmar que dado que Pablo no puede cometer errores él tenía razón hace de nuestro libro de Exodo un texto menos infalible de lo que muchos desearían. ¿Quién cometió el error al escribir dichos números? Quizá la pregunta no esté bien hecha; quizá nadie cometió un error, sino que cada uno de esos escritores usó los manuscritos que tenía a mano. Es posible que los traductores de la Septuaginta conocieran unos manuscritos distintos de los que han sido aceptados en nuestras biblias como canónicos. De hecho, esta multiplicidad de manuscritos parece un hecho evidente cuando leemos otras versiones del mismo texto, como por ejemplo la versión que aparece en la Biblia Samaritana:
“El tiempo que los hijos de Israel y sus padres habitaron en la tierra de Canaán y en Egipto fue de cuatrocientos treinta años…” (Exodo 12:40)
Sin entrar en los problemas que ejemplos como estos pueden causar a quienes defienden una doctrina de la inspiración de las Escrituras literalista, podemos ver con claridad en este ejemplo que Pablo no usó las mismas Escrituras que nosotros tenemos en nuestros Antiguos Testamentos. Por tanto, cuando Pablo dice que algo es ‘conforme a las Escrituras’ (1 Coríntios 15), no se refiere a los textos con los que estamos tan familiarizados. En ocasiones había diferencias sutiles y a veces había diferencias no tan sutiles. Incluso asumiendo que la única diferencia entre las Escrituras de Pablo y nuestros Antiguos Testamentos hubiera sido que Pablo leyó una traducción de unos manuscritos distintos a los que nosotros usamos, las diferencias solamente entre dichos manuscritos a veces son bastante significativas.
Pero aún hay más, porque nuestras biblias también muestran que este fenómeno no solo pertenece a Pablo, sino que existen también otros escritores bíblicos que utilizaban varios libros judíos distintos de nuestros canónicos como base para sus argumentos teológicos, convirtiendo a dichos libros en textos útiles para enseñar y fundamentar doctrinas. Uno de tales escritores es, como muchos saben, el autor de la carta de Judas. En su carta dice lo siguiente:
“De estos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: ‘Vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él’” (Judas 14-15)
El libro de Enoc fue escrito unos años antes de Cristo y fue muy leído tanto antes como después de la época de Jesús. Con el tiempo dejó de leerse y por ello no entró en nuestro canon bíblico. Sin embargo, algunas tradiciones como la Etíope lo han seguido manteniendo en sus Escrituras, reconociendo su importancia explicativa e iluminadora de las antiguas profecías. Así parece entenderlo también el escritor de la carta de Judas, quien da la impresión de aceptar completamente la autoridad de dicho libro, usándolo incluso como base de todo el argumento principal de su carta. Es más: al igual que ocurre con todos los profetas antiguos, Enoc es aludido como si fuera un profeta inspirado, y es por ello que le parece lícito al escritor de la carta el usar dicho libro como su base argumentativa. Para él parece que no hay duda de que los escritos de Enoc tienen su lugar entre los grandes profetas que encontramos entre nuestros libros canónicos.
Y lo que hace el escritor de la carta de Judas lo hacen otros también. Agarraos a la silla. En 2 Timoteo 3:8 (en un contexto que se refiere a la inspiración de las Escrituras y tan solo unos pocos versículos antes del tan utilizado 3:16!) leemos:
“Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también estos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe”
¿Alguien puede decirme de qué Escrituras inspiradas provienen estos dos nombres? ¿De qué tradición judía fueron sacados? Sea de la que sea, está claro que para el autor de 2 Timoteo merece un lugar entre los textos inspirados. ¿O de dónde procede la idea de que algunos profetas sueron ‘aserrados’ (Hebreos 11:37), si no del Martirio de Isaías? ¿Y la tradición (utilizada por Unamuno en uno de sus libros) de que Miguel peleó con el diablo por el cuerpo de Moisés (Judas 9)?
No deja de ser irónico que nuestras biblias no sean solamente punteros a Dios, sino que también sirvan para apuntar a otras muchas Escrituras que los autores bíblicos leían y consideraban útiles para enseñar, redargüir, corregir, instruir en justicia, etcétera. Y no deja de ser triste que nosotros las hayamos despreciado como meros textos apócrifos sin importancia. La razón por la que nuestras biblias tienen la osadía de apuntar a esos otros textos fuera de ella no es otra que el hecho de que los textos bíblicos no fueron escritos en un vacío (o dictados por Dios más allá de todo contexto humano) sino en un período histórico determinado y en medio de una gran marabunda de otros textos que servían para ayudarse e iluminarse unos a otros. Al actuar en nuestros días como si cualquier otro texto no canónico no fuera importante en absoluto, hemos dejado de leer y estudiar todos aquellos textos que nos deberían servir de ayuda para entender nuestras biblias mejor, y por tanto hemos perdido la capacidad de iluminar y entender mucho de lo que leemos, pasando al plan B (=que el Espíritu nos ilumine el significado del texto) o al plan C (=inventarnos nosotros la interpretación que más se adapte a mi forma de entender el Cristianismo), muchas veces equivalente al anterior. Sin embargo, no deja de ser cierto que los escritores bíblicos (Pablo incluído) mostraban una actitud muy distinta ante dichos escritos ‘no canónicos’. Quizá vaya siendo hora de que los cristianos ampliemos nuestra visión cuadriculada de la Biblia y aprendamos a leer las Escrituras de manera más abierta, como las leían Pablo, Jesús y compañía. No hay duda de que la Biblia de Pablo no es la nuestra, pero quizá podamos hacer mucho más de lo que hacemos para igualarlas.
Chocolate con leche
Abril 8, 2007
Esta escultura del canadiense Cosimo Cavallaro que representa un Cristo de chocolate con leche ha causado conmoción. Se iba a mostrar en un hotel de Nueva York pero ante las protestas de varios grupos cristianos ha sido cancelada. Cavallaro es bien conocido por sus muchos trabajos haciendo uso de la comida como una forma de arte. El autor tenía esperanzas de que los asistentes a la presentación no se limitaran a observar la obra sino que se lanzaran a reflexionar más profundamente acerca de lo que un Cristo de chocolate podía representar. Incluso podían acercarse y lamer la escultura. Según el autor, la idea no era ser irrespetuoso, sino explorar circunstancias profundamente espirituales al permitir a la audiencia tocar y saborear la dulcura de la figura representada. Después de todo, dijo, los cristianos reciben ‘el cuerpo y la sangre’ de Cristo usando símbolos alimenticios en el acto de la Cena.
¿Qué opinas? ¿Es esta una obra sacrílega o una bella representación con potencial de hacernos pensar de manera profunda? Y en cualquier caso, ¿es adecuado que ciertas personas tengan el poder de limitar la libertad artística de otras personas, poniendo su propia libertad por encima de la del resto?
La Pasión
Abril 8, 2007
Hoy se ha podido escuchar en la BBC Radio 4 el sermón del Doctor Jeffrey John. Si podéis leerlo o incluso escucharlo, seguro que os hace pensar. El tema principal del sermón, como no podía ser de otra manera esta semana, ha sido el de la expiación. Y ya ha habido críticas pronunciadas por aquellos que no comparten su opinión. Uno de estos críticos ha sido el obispo de Durham, Doctor Tom Wright, quien ha expresado su disconformidad a la BBC por permitir un sermón tan provocativo en una semana tan especial. El motivo de su protesta se centra en la interpretación que el Dr John tiene acerca de la expiación. Sin embargo, a pesar de las protestas, hemos de recordar que no existe una sola interpretación de la crucifixión que haya alcanzado un consenso pleno en la historia de la Iglesia, ni siquiera una interpretación que sea considerada la interpretación ‘ortodoxa’ o correcta. En su lugar, lo que tenemos son múltiples teorías de la expiación que son objeto de intenso debate entre los cristianos de todo el mundo. Y mi pregunta es: ¿por qué no vamos a dedicar una semana tan especial como esta para pensar, discutir, reflexionar y meditar sobre un tema tan importante como este? Es con esta intención que voy a compartir tres puntos mencionados en dicho sermón, esperando que podáis leerlo entero si tenéis tiempo.
1. En una parte de su mensaje, el Dr John nos recuerda un texto de la Biblia que no ha recibido suficiente atención. Se encuentra en Lucas 13:1-4 y dice así:
“En aquella misma ocasión, algunos estaban allí contándole de ciertos galileos cuya sangre Pilato había mezclado con la sangre de sus sacrificios. Respondiendo Jesús les dijo: ‘¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron estas cosas, habrán sido más pecadores que todos los galileos? Os digo que no; más bien, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que ellos habrán sido más culpables que todos los hombres que viven en Jerusalén?’”
Este texto parece echar por tierra un tipo de teología, la llamada teología de la retribución, que ha permanecido muy arraigada a nuestra fe durante siglos. Durante todo su ministerio, Jesús mostró en más de una ocasión que tal teología no era una que describiera a Dios tal y como él es. Al decir, “Bienaventurados los pobres”, o los que lloran, o los que tienen hambre, Jesús está hablando en contra de tal teología. Si hay algo que textos como estos nos confirman, es que Dios no actua como muchos piensan. No vale con mirar a una persona, si está sana o tiene riquezas o es feliz, para decidir que esa persona está siendo favorecida o castigada por parte de Dios. No funciona así, y Jesús nos lo recuerda en más de una ocasión. Y si esa forma de pensar es falsa, la pregunta es: ¿por qué habríamos de aplicarla a la expiación – alegando, por ejemplo, que la crucifixión es el castigo que Dios da por ciertos pecados?
2. En otro momento, el Dr John habla acerca de Fr Robert Llewellyn a quien, cerca del momento de su jubilación, se le asignó el cuidado del santuario de la mística del siglo XIV Julian of Norwich. Hasta ese momento, Robert siempre había recitado, sin pensar mucho en ello, las confesiones de su libro de oraciones que hablaban de la ‘ira de Dios y su indignación contra nosotros’. Sin embargo, las enseñanzas de Julian cambiaron su vida, porque por medio de ella se encontró con un Dios que no necesitaba se aplacado. En su lugar, él menciona que fue ‘sumergido en el amor de Dios’. Se dio cuenta, como hace siglos también le ocurrió a Julian, de que la ira de Dios no era otra cosa que una proyección humana y de que para que Dios fuera Dios, no podía ser menos misericordioso y amoroso que el mejor de los seres humanos. En palabras de la propia Julian,
“ira y amor son dos contrarios… Porque yo he visto que no hay atisbo de ira en Dios, ni por poco ni por mucho tiempo”
3. Por último, he de mencionar que para el Dr John la expiación parece una declaración de amor de parte de Dios, por medio de la cual Dios decide sufrir con los que sufren de la manera más radical posible, a pesar de que eso signifique parecer a los ojos de los hombres como un Dios débil, o un maldito (como dice la Ley judía). Esta fue la misma conclusión a la que llegó el premio Nobel y superviviente del holocausto Elie Wiesel. En su libro, Night, Wiesel describe su experiencia en Auschwitz. Ante la crueldad de aquel campo de concentración muchos perdieron la fe, mientras que otros alcanzaron a encontrar a un Dios distinto al que habían conocido antes, un Dios radicalmente cercano en el sufrimiento. En una de las historias, Wiesel habla de un jóven que fue castigado por robar comida. Fue colgado de un cable mientras que los prisioneros eran forzados a pasar por delante de él y mirar cómo moría:
“Por más de media hora aquel chico estuvo allí, luchando entre la vida y la muerte, muriendo en lenta agonía delante de nuestros ojos. Todos fuímos forzados a pasar por delante de él, pero no se nos permitía mirar a otro lado, bajo la amenaza de ser colgados nosotros también. Cuando yo pasé por delante de él, la lengua del chico aún estaba roja, y sus ojos podían ver aún. Detrás de mí escuché a un hombre susurrar: ‘¿Dónde está tu Dios ahora?’ Y yo escuché una voz en mi interior que le respondía, ‘¿Dónde está? Está ahí. Está colgando del cable’”.
Sea que estemos de acuerdo con Jeffrey John o que tengamos una interpretación muy distinta de él, este es un momento adecuado para poner nuestras ideas en común y reflexionar acerca de la muerte de Cristo, además de profundizar en las consecuencias radicales que dicha muerte tiene para nuestras vidas.
Sexismo cristiano
Abril 5, 2007
Existen ciertos textos en nuestras biblias que fomentan las actitudes sexistas entre cristianos. Se ha hablado en más de una ocasión, por ejemplo, de lo que se ordena a las mujeres en textos como 1 Timoteo 2 y 1 Corintios 14, o de la posición que se asume para estas en otros como Efesios 5. Sin embargo, a pesar del abundante uso que se hace en nuestras iglesias de dichos textos, a veces es recomendable intentar ir más allá de una mera lectura superficial y averiguar las presuposiciones que tanto los escritores bíblicos como sus audiencias están haciendo, los argumentos que se están usando para apoyar dichas afirmaciones y si, una vez que conocemos todo ello, podemos encontrar suficientes razones como para opinar en contra de ellos. Tomemos uno de estos textos, Efesios 5, y hagamos un poco de ejercicio hermenéutico, metiéndonos en los zapatos de aquellas gentes bíblicas.
En Efesios 5:22-24 tenemos una declaración utilizada en más de una ocasión para justificar un orden social (y universal) donde el hombre tiene una posición privilegiada con respecto a la mujer. De hecho, en muchas iglesias estos versículos son percibidos como unos de los más equilibrados (cuando se comparan con los dos mencionados más arriba) acerca de las relaciones entre hombre y mujer. Dice así:
“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo”.
En la versión bíblica que he usado, la Reina-Valera de 1960, el texto suena un poco mejor de lo que debería, comparado con el griego. Lo que se está diciendo a las esposas en este texto es que deben ‘someterse’ a sus maridos, ‘estar bajo su autoridad’. Así lo traduce, por ejemplo, la Biblia de las Américas. Y la razón que se da para que exista este sometimiento no ilumina demasiado. Simplemente se dice que “el marido es la cabeza de la mujer”. Nada más. Eso es suficiente. Para muchos hombres cristianos, esta frase es suficiente para hacerles asumir una posición de superioridad (a veces sicológica y otras veces también física) con respecto a sus mujeres, tanto en sus hogares como en las iglesias, con las consecuencias obvias de opresión, humillación y sometimiento forzado sobre ellas. En estos casos, el hombre se convierte en el lider, el jefe, el que gobierna, el cabeza, el que piensa. No es extraño escuchar a hombres que, apoyados en estos textos bíblicos, deducen que, dado que el hombre es la cabeza de la mujer, él es el que debe tomar las decisiones finales tanto en el hogar como en la iglesia. La función de la mujer es callar, escuchar, someterse a dichas decisiones y aprender de ellas. El hombre decide de manera racional y lógica lo que debe ocurrir, mientras la mujer expresa sus sentimientos de aceptación (buena mujer) o de rechazo (mala mujer). El orden universal está servido y cada uno debe asumir el lugar que Dios le ha dado.
Y todo ello porque en una de las frases se dice que: “el hombre es la cabeza de la mujer”. Y yo me pregunto, ¿qué quiere decir eso? Porque desde luego no tiene el significado que muchos cristianos asumen. Una de las explicaciones que más abunda en el terreno cristiano es la que muchos verían como la obvia: el hombre es la cabeza de la mujer porque el hombre es la parte racional de la pareja, mientras que la mujer es la parte emocional. Por tanto, el hombre es la parte de la pareja que toma decisiones racionales, mientras que la mujer es la que revolotea por la casa expresando todo tipo de sentimientos acerca de dichas decisiones. Hace unos meses escuché una conferencia que daba una mujer cristiana y homosexual donde se mencionó algo que no había escuchado en ninguna hermenéutica heterosexual (para que luego algunos digan que no necesitamos fomentar la diversidad de hermenéuticas). Resulta que la Biblia no apoya en absoluto esta interpretación que muchos asumen sobre el texto de la cabeza. Me gustaría que aquellos cristianos que asumen la explicación que he mencionado más arriba sobre el texto de Efesios abran sus biblias y las lean. Me gustaría que tomen, por ejemplo, el libro de Proverbios y busquen todas aquellas veces en que se menciona la palabra ‘cabeza’, y que deduzcan cuáles son los usos de la misma. En la Reina-Valera de 1960 solo hay cinco apariciones, y en todas ellas la cabeza solo sirve para soportar cosas: adornos (1:9, 4:9), bendiciones (10:6, 11:26), y, sorprendentemente, ascuas (25:22). No se menciona más. No se hace ni una mención acerca de los pensamientos, de las decisiones, de la racionalidad. Nada. Y esto se repite por todas las Escrituras, hasta Apocalipsis, donde el mayor uso que la cabeza tiene es el de soportar diademas (19:12).
La razón de esto es que, como muchos habrán adivinado, en nuestras biblias la parte pensante del cuerpo no es la cabeza sino el corazón. Y una lectura rápida de las menciones que el libro de Proverbios hace de la palabra ‘corazón’ (más de 50) evidencia este hecho: el corazón tiene sabiduría, prudencia, guarda mandamientos, recuerda leyes, menosprecia, maquina pensamientos inicuos, codicia, conoce la amargura del alma, entiende, piensa para responder, y un largo etcétera. No solo ocurre esto en el libro de Proverbios; toda la Biblia está llena de expresiones como estas, de principio a fin. Cuando el autor de Hebreos habla de la palabra de Dios, viva y eficaz, lo que ella discierne son los pensamientos e intenciones del corazón, no de la cabeza. Me pregunto si todos aquellos cristianos que han asumido durante todos estos años que la Biblia les apoyaba al creer que su posición dentro de su familia era la de tomar las decisiones (o, españolamente hablando, llevar los pantalones), han abierto alguna vez sus biblias y las han leído por sí mismos. Porque no es eso lo que la Biblia dice. Dice que son la cabeza, pero desde luego no porque sean la parte que piensa o toma las decisiones. Debe haber otra razón, y a eso vamos ahora.
Si la posición de autoridad que se quiere argumentar para el hombre con respecto a su esposa en el hogar no depende de su racionalidad, ni de su capacidad de decidir o pensar, ¿entonces de qué depende? No debe ser porque el hombre es el que mejor sabe llevar las diademas, ascuas, adornos o bendiciones. Tiene que haber alguna otra justificación que nos explique dicha supuesta posición de autoridad en el hombre. Y el camino a seguir en este punto, como muchos hermeneutas expertos nos dirían, es dejar que la Biblia se interprete a sí misma. Busquemos circunstancias o momentos en los que se mencione en nuestras biblias que el hombre es la cabeza de la mujer, y veamos si existe alguna explicación que nos aclare este texto de Efesios. Y si buscamos bien, encontramos, al menos, un texto que menciona que el hombre es la cabeza de la mujer:
“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo” (1 Coríntios 11:3)
Aquí Pablo menciona casi la misma frase que se menciona en Efesios. La justificación que el apóstol da a esta frase aparece un poco más tarde:
“Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón” (1 Coríntios 11:8-9)
Así que el hombre es la cabeza de la mujer porque ella procede de él y además fue creada para él. Esta justificación, más que explicar nada, lo único que hace es aludir a un texto del Antiguo Testamento, la segunda historia de la creación en Génesis 2, donde la mujer es creada a partir de una costilla del hombre, y con la intención de ayudarle de alguna forma. Este razonamiento parece ser el único que Pablo usa para explicar la posición de superioridad del hombre con respecto a la mujer (en un momento de su ministerio en el que se encuentra muy falto de argumentos, como vemos por su uso más bien curioso de los ángeles en ese mismo capítulo). Y no es el único escritor que opina así. El autor de 1 Timoteo 2:11-14 tiene ideas semejantes:
“La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión”.
La idea es la misma: Adán fue formado primero. Pero en este caso el autor añade una nueva parte a su propio razonamiento, procedente de Génesis 3, en la que Eva es la culpable (como él mismo parece decir) de que ambos caigan de la gracia de Dios. En esa historia Dios condena a Eva con estas palabras:
“Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3:16).
La última parte del versículo no quiere decir otra cosa que: ‘él tendrá dominio sobre tí’, ‘será tu amo’, ‘gobernará sobre tí’. ¿Aclaran de alguna forma estos dos textos el razonamiento que se está usando en Efesios? Pues yo diría que sí. Si dejamos que la Biblia se interprete a sí misma, lo que nos dice es que cuando se menciona la posición de autoridad que el hombre tiene sobre la mujer, o se le llama a él ‘cabeza’ sobre ella, el único razonamiento que sirve de base a dicha afirmación es el que procede de los capítulos 2 y 3 del libro de Génesis. Ningún otro. Ningún experimento, ninguna encuesta, ningún estudio de ningún tipo. Solo uno de los textos míticos que describen una de las posibles creaciones de Dios.
Esto me hace pensar, y mucho. Porque es bien sabido que los relatos de la creación que encontramos en nuestras biblias (Génesis 1, Génesis 2, Salmos 74, Ezequiel 28, etcétera), no son otra cosa que relatos míticos que intentan responder a otros muchos mitos sobre la creación del mundo y la formación del ser humano que existían en aquellos tiempos. Cuando leemos estas historias no estamos tratando con textos históricos, sino con un género muy distinto, con relatos que nos aportan mensajes acerca de la creación del mundo. Y como tales, no pueden ser leídos de forma literal; más que nada, porque nunca fue esa la intención de su escritor. Si así hubiera sido, seguramente habría tenido mucho más cuidado para que todos los relatos encajaran literalmente unos con otros. Pero, para sorpresa de muchos, si leemos Génesis 1 y Génesis 2 con los ojos abiertos, nos damos cuenta de que el orden de las historias no coincide en absoluto. No estamos tratando con un relato que deba leerse de manera literal, sino con un mito (más bien con un anti-mito, es decir, textos que responden a los mitos que tenían otros pueblos). Y como relato mítico, hacemos bien en leerlo de esa misma manera: lejos de estar sentando el orden universal que todos debemos seguir en nuestras vidas, hogares e iglesias, lo que hacen es darnos pequeños mensajes de tipo, ‘no fue el dios Sol quien creó el universo, sino que de hecho Elohim creó al dios Sol’.
Quizá deberíamos aprender un poco acerca del uso que Jesús hizo de textos como los de la creación (lo cual no se sale de nuestro ejercicio hermenéutico). Muchos cristianos enfatizan a menudo que Jesús usó ciertos textos del Antiguo Testamento (como los de la creación), como si eso justificara la posición de extrema infalibilidad que dichos textos tienen en sus hermenéuticas particulares, bajo la creencia de que Jesús opinaría de la misma forma que hacen ellos. Sin embargo, pocos dedican tiempo a investigar el uso real, la frecuencia y la actitud con la que Jesús utiliza dichos textos. Si lo hiciesen verían que aunque Jesús utiliza en ocasiones textos como los de la creación, dicho uso casual y puntual se limita a aquellos casos particulares en los que Jesús podía hallar un texto que apoyara lo que él había decidido hacer de antemano. La evidencia que llega hasta nosotros de los propios evangelios nos pinta a un Jesús un tanto ambiguo: por un lado, es evidente que Jesús acepta la autoridad de las escrituras judías y utiliza sus imágenes en su ministerio; por otro lado, también está claro que dichas escrituras no controlan su vida de manera absoluta. Jesús no estaba atado por las antiguas escrituras, y las sobrepasó en numerosas ocasiones. Sus enseñanzas no eran interpretaciones de los antiguos escritos sino más bien una externalización de quién él era como persona, con la confirmación de las escrituras cuando era apropiado. De la misma manera, tampoco hay evidencia en los evangelios que inviten a creer que Jesús planeaba o tenía la intención de que sus seguidores tuvieran un ‘nuevo’ testamento de escrituras que fuera a acompañar a los antiguos escritos judíos. Tanto en las enseñanzas de Jesús como en el resto de las palabras del Nuevo Testamento tal y como ha llegado hasta nosotros, la comunicación del mensaje cristiano y el criterio básico de evaluación de la fe no descansan en ninguna escritura en absoluto.
El camino, por tanto, no va de la Escritura hacia el ser humano, sino al contrario. Parafraseando a Jesús: “La ley es para el hombre, no el hombre para la ley”. Y este orden de importancia está claro tanto en sus palabras como en sus acciones. No se trata, pues de encontrar una regulación universal y literal en las Escrituras y aplicarla a nuestras vidas incluso cuando no tenga ningún sentido y parezca atentar contra todos los pilares espirituales y morales que consideramos bíblicos. No se trata de imitar aquellos argumentos sin sentido que se repiten en más de una ocasión, ni aquellas frases que intentan promulgar quién es la cabeza sobre quién aunque no sepamos lo que dichas afirmaciones quieren decir o sus implicaciones para nuestras vidas, simplemente porque hemos leído en un texto mítico antiguo que Eva fue creada después de Adán. Sospecho que el paso de niños a adultos que tanto se pide en nuestras biblias pasa por darnos cuenta de que “ya no estamos bajo tutor” (Gálatas 3:25). Quizá de esta forma sea posible dejar a un lado las cosas de niños, dejar a un lado el tremendo sexismo cristiano que continua ensuciando nuestras iglesias y las excusas que lo siguen alimentando.
