Saber sospechar
Marzo 22, 2007
La hermenéutica es ambas cosas, arte y ciencia. Al menos, así opinaba Paul Ricoeur. Y su hermenéutica de la sospecha representó su intento personal de retener ambos, ciencia y arte, al mismo tiempo que intentó que ninguno se convirtiera en absoluto. En sus palabras, “la hermenéutica me parece animada por esta doble motivación: deseo de sospechar, y deseo de escuchar”. Y así, en este camino de sospecha, nos encontramos con sus tres heroes, “tres maestros… que dominan la escuela de la sospecha: Marx, Nietzche y Freud”. Estos tres, para Ricoeur, cumplían la dificil función de “limpiar el horizonte en busca de una palabra más auténtica, de un nuevo reinado de la Verdad”. En otras palabras, cada uno de estos tres pretende, a su manera, desenmascarar falsas conciencias, falsas formas de entender los textos, por medio de una crítica de sospecha, en la esperanza de que pueda resultar un verdadero entendimiento de la realidad. Cada uno de ellos, dice Ricoeur, “representa tres caminos convergentes de desmitificación”. (Sí, aquella palabra tan odiada por algunos cristianos defensores de algún tipo de ortodoxia reaparece en Ricoeur, nada menos).
Podríamos decir que la profundidad que aporta Ricoeur en este punto es esencialmente válida. Resulta demasiado sencillo, cuando leemos un texto bíblico (sobre todo aquellos que nos resultan más familiares), hacerlo reflejando una rigidez y complacencia que no hacen otra cosa que congelar el significado de manera irrevocable. Esta forma de leer el texto no consigue más que matarlo, absolutizarlo, encerrarlo en nuestra propia perspectiva, en nuestra pequeña cajita, y dar a esa cajita un valor absoluto e irrevocable sobre todas las demás. Y estos ‘textos absolutos’ provocan aquello que se ha dado en llamar ‘bibliolatría’, que aunque aporta mucha comodidad a cierto tipo de cristianos, no creo que fuera lo que dichos textos pretendían aportar. Si escuchamos a Ricoeur, pero de verdad, escucharemos la invitación a leer el texto bíblico con cierta sospecha, a preguntar si lo que parece que dice el texto, lo dice realmente o yo me estoy equivocando. Necesitamos, si seguimos esta hermenéutica, sospechar, no solo del texto, sino también de nosotros mismos, porque nosotros también somos capaces de autoengañarnos con tal de mantener aquellas ‘verdades absolutas’ que nos hacen sentir bien y nos dan comodidad.
Yo creo que aún no hemos acabado de sospechar. De hecho, me da la impresión de que aún muchos (incluídos, irónicamente, aquellos que claman apreciar la hermenéutica de Ricoeur) ni siquiera han empezado. En cierto modo es normal: resulta complicado atreverse a leer aquellos textos que nos aportan seguridad de una forma distinta a la que estamos acostumbrados. Pero eso es precisamente lo que la hermenéutica de la sospecha nos invita a hacer. Me da la impresión de que cuando la gente se acerca al texto bíblico, le cuesta mucho sospechar, porque tiene en la cabeza palabras como infalible, inerrante e inspirado (palabras que, quiero recordar, nadie sabe cómo definir). Esas palabras matan este proceso hermenéutico (de Ricoeur) antes de que haya podido empezar. Y lo gracioso es que el propio texto bíblico en sí mismo nos pide a gritos que sospechemos de él. Y nos lo pide porque precisamente su función no es la de ser Dios, sino la de apuntar a Dios. Eso sí, a un Dios que se escapa a cualquier texto y teología, por muy bien pensada que esté.
Una cosilla más. Los efectos que la hermenéutica de la sospecha ha tenido en ciertas teologías, como la de la liberación, son evidentes. Tomemos un ejemplo. J.L. Segundo sigue esa práctica de la sospecha para criticar diferentes ideologías. De hecho, Segundo mantiene que, “el pecado del mundo es la ideología”. Como consecuencia de ello, “liberación significa… optar por el ejercicio de una sospecha ideológica con el objetivo de desenmascarar las estructuras ideológicas inconscientes que dominan y que favorecen a una poderosa y privilegiada minoría”. Por supuesto, como muchos cristianos se empeñan en recordarnos, la propia teología de la liberación ha caído en el mismo error de convertirse en una ideología (a menudo de sabor marxista). Bueno, ya sabemos eso. Han pasado ya muchos años desde que surgió dicha teología para que tengamos ahora que volver a reinventar las antiguas críticas en contra de la teología de la liberación. Aún así, sigue teniendo cosas buenas, y esas cosas no pueden ser perdidas u olvidadas.
Sospecho (ya que estamos en la tarea de sospechar) que un buen número de cristianos aún no han aprendido a sospechar lo suficiente del texto bíblico. ¿Es que nos hemos vuelto ciegos de repente? ¿Acaso hemos perdido la capacidad de mirar al texto bíblico que tenemos delante de nuestras narices? La multitud de manuscritos que tenemos, la multitud de variantes textuales, la abundante evidencia de manipulación en la edición de estos textos, el gran número de teologías bíblicas que han quedado silenciadas pero que reaparecen una y otra vez en el texto bíblico, el gran número de textos de terror que pretenden manipular a los lectores, o el gran número de historias que podemos leer y entender sin necesidad de hacer un gran esfuerzo hermenéutico, todo ello invita a la sospecha. Y si hemos perdido la capacidad de sospechar, entonces hemos perdido la capacidad de mirar al texto tal y como realmente es. Si a muchos cristianos les parece que palabras como pecado, Dios, mesías, expiación e infierno están tan literalmente claras en su versión de la Biblia, entonces tendrán que mostrarnos a todos los demás que todos aquellos textos y variantes que invitan a la sospecha no tienen razón, que no existen, que no están ahí o que pueden ser explicados y entendidos. Y si esta forma de leer la Biblia no les parece bien, entonces Ricoeur no es su hermeneuta.
Marcos 1:41
Marzo 15, 2007
¡Qué buen ejemplo bíblico para mostrar algunas verdades sobre nuestras biblias! Este versículo se traduce en la Reina-Valera de 1960 así:
“Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio”
La parte que nos interesa de este versículo es: “teniendo misericordia de él”. Así se traduce también en la gran mayoría de las versiones bíblicas que podemos comprar hoy día en nuestra tienda de biblias. La Reina-Valera Actualizada cambia un poco las palabras y dice: “movido a compasión”, pero aún así el sentido que intenta transmitir es el mismo. Y coinciden con ellas las versiones en otros idiomas. La King James Bible y la New American Standard Bible dicen: “moved with compassion”, y la New International Version se asemeja a ellas con: “filled with compassion”. Y en francés, solo mencionaré la Nouvelle Edition Geneve, que dice: “ému de compassion”. Podríamos seguir, pero el resultado sería, por lo general, similar.
Por otro lado, es normal que halla tal unanimidad. ¿Qué sería más normal que encontrar a Jesús teniendo misericordia de un leproso que implora ser sanado? Sin embargo, hay muy buenas razones para pensar que, al menos en este versículo, nuestras versiones bíblicas no han sido infalibles. El Códice Bezae nos da otra versión de la actitud de Jesús al escuchar el imploro del leproso:
“Y Jesús, enfadándose, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio”
La pregunta es: ¿Cuál es la verdadera o más cercana al texto original? Si se les diera a elegir a los cristianos de nuestras iglesias entre estas dos posibilidades, la gran mayoría elegiría imaginar a un Jesús misericordioso antes que a un Jesús enfadado ante un leproso en necesidad. Sin embargo, por sorprendente que nos parezca, a veces nuestros sentimientos y nuestras suposiciones acerca de Jesús pueden confundirnos y hacernos creer algo que no es así (como habéis imaginado, eso no solo ocurre cuando leemos la Biblia, sino también cuando juzgamos a los demás como si supiésemos lo que Jesús diría en tal o cual situación). En casos como estos, vale la pena que dediquemos unos minutos a pensar en las razones por las que creemos que la primera versión de nuestro versículo es la versión que debería ser aceptada. Quizá nos cueste un poco al principio el aprender a pensar de forma práctica y racional frente al texto bíblico; estamos demasiado acostumbrados a creer lo que leemos, sin cuestionarlo. Pero ese es precisamente el tremendo error que cometemos, porque el texto bíblico está ahí no para ser creído a ciegas, sino para ser cuestionado, escudriñado, testeado en nuestras vidas, etcétera. Muchas veces pecamos de crédulos ante la Biblia, cuando la propia Biblia nos invita a cuestionar y pensar acerca del texto bíblico.
Por eso os invito a que dediquéis unos minutos a escudriñar el texto bíblico antes de sacar vuestras conclusiones acerca de quién es Jesús. Creo que él lo merece. Dedicad unos minutos a leer todos los manuscritos que encontréis y que contengan este versículo. Comparadlos. Dedicad también unos minutos a comparar las distintas versiones bíblicas que tenemos en nuestras propias biblias sobre esta historia, entre los evangelistas. Preguntáos por qué existen diferencias, qué razones pudieron llevar a tal escritor a cambiar los textos que estaba copiando o editando. Cómo es posible que existan diferencias y dudas acerca de textos tan importantes como estos, que se refieren a la vida del propio Mesías. Y al final de vuestra investigación me gustaría que os atreviéseis a compartir vuestras conclusiones, no solo conmigo (si es que queréis) sino también con todos aquellos que creen que conocen la Biblia, que creen que lo hay que hacer para entender la Biblia es creerla a ciegas, que piensan que Dios está encerrado en un conjunto de unos pocos libros que alguien eligió una vez para que formaran un canon determinado. Es posible que al final encontréis, ante vuestra sorpresa, a un Jesús enfadado en lugar de uno misericordioso (al menos en este caso). Quizá encontréis a un Jesús un tanto distinto al que esperábais.
Antes de acabar, me gustaría responder a una pregunta que más de uno se estará haciendo en estos momentos: ¿Para qué voy a dedicar unos minutos de mi vida a estudiar un versículo que no es importante para mi fe? ¿Qué más da si Jesús estaba enfadado o tuvo misericordia? Seguro que tuvo sus razones para hacer lo que hizo, fuera lo que fuera. No es la primera vez que oigo estas preguntas, y seguramente seguiré escuchándolas. Es dificil ver la importancia de las pequeñas cosas. Nos agradan mucho más los grandes milagros, y estamos acostumbrados a pasar por alto aquellos que vivimos todos los días a nuestro alrededor. En este caso ocurre igual. Una pequeña diferencia entre manuscritos, una pequeña falibilidad del texto bíblico, puede ser algo insignificante para muchos, pero no es así. La realidad es que esta pequeña minucia muestra mucho más acerca de nuestros textos bíblicos de lo que queremos aceptar: nuestras biblias son traducciones de textos, tradiciones, ediciones y copias que pasaron de boca en boca acerca de personas como Jesús. No tenemos originales y sí tenemos miles de copias de dichas tradiciones, todas distintas unas de otras. Esta realidad nos obliga a reconsiderar nuestras deficiones de términos como infalibilidad, inspiración e inerrancia. Nos obliga a reconsiderar el objetivo mismo que la Biblia debe tener en nuestro caminar cristiano y ético.
Pero, ¿acaso es posible que un pequeño versículo provoque cuestiones de tal magnitud? Pues sí. La razón es que lo que ocurre con este versículo, ocurre con muchos otros (la gran mayoría), unos más importantes y otros menos. Ocurre, por ejemplo, en Mateo 5:32. ¿Os parece este versículo más interesante? Es posible que sí. Es posible que sorprenda más saber que no sabemos las palabras exactas que Jesús pronunció acerca del divorcio. Y aún más sorprendente puede ser el hecho de que no sepamos sus intenciones exactas al hacerlo. Por supuesto, las iglesias han creído saberlo durante varios siglos, y ha elegido algunas de esas palabras para manipular y condenar a un buen número de divorciados y divorciadas. Pero la realidad, que un pequeño versículo sirve para alumbrar, es que no disponemos de las palabras de Jesús acerca de divorcio.
Con esto en mente, hacemos bien en escuchar lo que dice Juan 5:39, “Escudriñad las Escrituras, porque os parece que en ellas tenéis vida eterna”. Más vale que las escudriñemos bien, con todas las consecuencias.
Espejos políticos
Marzo 15, 2007
Nuestras biblias son libros bañados por las ideas políticas de sus escritores. Esto es evidente en un gran número de textos en los que la persona que escribe intenta que los que leen piensen que Dios estaba del lado del autor cuando éste decidió llevar a cabo diversos actos. Las razones para intentar poner a Dios de nuestro lado pueden ser muchas y variadas: es posible que no tengamos argumentos suficientes para justificar algo que hemos hecho y lo único que nos quede por decir sea que Dios nos dijo que lo hiciéramos; es posible que nos demos cuenta de que cometimos un error y ante el temor a que nos acusen usemos a Dios como escudo echándole las culpas a él; es posible que estemos convencidos de que todo lo que nosotros creemos equivale a lo que Dios cree (vamos, que tenemos la mente de Dios); o es posible que nos acostumbremos tanto al sabor que deja la autoridad sin límites ni restricciones que para poder seguir disfrutándolo necesitemos utilizar el nombre de Dios (ya que, por nosotros mismos, no podríamos). Hoy día se dan dentro del Cristianismo todos estos casos, y muchos más. Y el nombre y la autoridad de Dios se siguen utilizando como moneda de cambio para provocar ciertos cambios políticos y forzar ciertas reacciones en personas que no quieren pensar.
En nuestras biblias existe una gran diversidad de razones por las que los escritores ponen a Dios de su lado, incluso a veces razones enfrentadas entre sí. En ocasiones se utiliza el nombre de Dios para justificar matanzas; otras veces se ponen en labios de Dios distintas ordenanzas y mandamientos que instituyen un cierto orden social y familiar (que normalmente favorece a unos y perjudica a otros); a veces incluso se escucha a Dios ordenando una matanza (niños incluídos), para luego encontrarlo más tarde condenando dicha atrocidad. Estos últimos casos resultan especialmente útiles para aquellos cristianos que aún mantienen cierta capacidad de pensamiento crítico porque ayudan a abrir los ojos a la realidad humana del texto bíblico.
Encontramos un ejemplo de esto último en 1 Reyes 19:15-17, donde leemos lo siguiente:
“Y le dijo Jehová: Ve, vuélvete por tu camino, por el desierto de Damasco; y llegarás, y ungirás a Hazael por rey de Siria. A Jehú hijo de Nimsi ungirás por rey sobre Israel; y a Eliseo hijo de Safat, de Abel-mehola, ungirás para que sea profeta en tu lugar. Y el que escapare de la espada de Hazael, Jehú lo matará; y el que escapare de la espada de Jehú, Eliseo lo matará”.
Aunque el cumplimiento de este evento se retrasa hasta después de los días de Acab – por razones que podéis leer en 1 Reyes 21:27-29 (las cuales darían para otro largo mensaje acerca de la ética bíblica) – todo tiene lugar al final tal y como había sido ‘ordenado’, muriendo un gran número de personas (2 Reyes 9 y 10:1-17). Así leemos en 2 Reyes 10:11, por ejemplo, que:
“Mató entonces Jehú a todos los que habían quedado de la casa de Acab en Jezreel, a todos sus príncipes, a todos sus familiares, y a sus sacerdotes, hasta que no quedó ninguno”.
Según el escritor de este libro, la conclusión que todos los lectores deben sacar de esta matanza es:
“Y Jehová dijo a Jehú: Por cuanto has hecho bien ejecutando lo recto delante de mis ojos, e hiciste a la casa de Acab conforme a todo lo que estaba en mi corazón, tus hijos se sentarán sobre el trono de Israel hasta la cuarta generación” (2 Reyes 10:30).
Hasta aquí todo bien, por lo menos para algunos. La pregunta es: Si Jehú hizo de verdad lo que era recto a los ojos de Dios y lo que estaba en su corazón, ¿por qué dice Dios a Oseas (1:4), “ponle por nombre Jezreel; porque de aquí a poco yo castigaré a la casa de Jehú por causa de la sangre de Jezreel, y haré cesar el reino de la casa de Israel”? ¿Acaso Dios decidió hacer algo primero y cambió de idea después? Y si es así, ¿qué hay entonces de los muchos que murieron a manos de Jehú? ¿Quién tiene la culpa de eso? ¿O es posible que alguno de estos dos escritores bíblicos (o incluso quizá ambos) haya decidido poner a Dios de su parte para justificar ciertos actos, sin que eso fuese realmente así? ¿Es posible que las ideologías de los escritores bíblicos les lleven tan lejos como para asumir una autoridad de parte de Dios que realmente no tienen?
Si este hubiera sido el único caso que encontramos en nuestras biblias donde algo así ocurre, podríamos hacer algún ejercicio de hermenéutica de última hora para salvar la situación. Sin embargo, esta no es la primera vez que encontramos versiones enfrentadas de ciertos eventos en nuestras biblias. Y no debemos sorprendernos ante ello: después de todo los escritores bíblicos fueron seres humanos con pasiones e intenciones muy variadas. Cuando Santiago decidió comparar la Biblia con un espejo (1:23), quizá estuvo más acertado de lo que muchos pueden creer en un principio. Es posible que la Biblia sea un reflejo mucho más fiel de nuestra realidad humana de lo que queremos creer en muchas ocasiones. Quizá ganemos mucho si hacemos caso a esa comparación y aprendemos a ver reflejada en ella nuestra falibilidad, humanidad, inmoralidad y demás características humanas. De hecho, quizá ese fue siempre el objetivo que dichos textos tenían: mostrarnos cómo somos realmente y enseñarnos a lo que podemos llegar si no tenemos cuidado. Es irónico que muchos se empeñen por encontrar en la Biblia precisamente lo contrario: infalibilidad, inerrancia… Es irónico que, en lugar de un espejo, muchos crean tener en la Biblia alguna otra cosa muy distinta, una especie de ventana cristalina que les muestra la mente de Dios de manera clara y coherente. Quizá esa sea la ironía: que la Biblia, por ser humana y ser leída por humanos, siempre estuvo condenada a ser malinterpretada y a ser convertida en algo que ella misma nunca pretendió ser. Quizá la Biblia esté condenada a ser convertida una y otra vez en todo aquello que los humanos necesitamos para ser menos humanos de lo que somos; otra característica muy humana, esa de malinterpretar…
¿pensar?
Marzo 13, 2007
Un buen amigo (ahora residente en Barcelona) me ha mandado este artículo. No tiene desperdicio. Me quedo con la apreciación siguiente, que comparto completamente:
“Los intelectuales, religiosos o no, han casi desaparecido, porque la educación recibida por los jóvenes no enseña a pensar. Por eso hay una carencia de pensamiento, sobre todo en la juventud. El defecto está en que los intelectuales que debían hacernos pensar han desaparecido casi por completo”.
Y la educación en el mundo cristiano, yo creo, no escapa a esta afirmación.
Mortales
Marzo 12, 2007
“Ahora vemos por espejo, en oscuridad” (1 Coríntios 13:12)
En una de las historias cortas de Jorge Luis Borges, titulada El Inmortal, hay un párrafo que resume de alguna manera las diferencias entre los llamados ‘Inmortales’ y todo el resto de los ‘mortales’ como nosotros:
“La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales”.
Este párrafo puede ser aplicado a las ambiciones que algunos cristianos tienen con respecto al texto bíblico. Porque, aunque no se diga de esta manera, algunos cristianos aspiran a la inmortalidad hermenéutica. Pretenden que su lectura de la Biblia sea la mejor, infalible y aceptada por todos los cristianos. Y esto no puede ser, precisamente porque todos somos mortales, y nuestras interpretaciones y visiones de la vida están todas bañadas por el ‘don de la mortalidad’. Ya lo decía el editor del libro de Santiago: “La vida es un suspiro”. Nuestra condición humana (y la humanidad de nuestra condición) no puede ser superada en esta vida: vemos a través de un espejo oscuro. ¡Qué le vamos a hacer! Es por esto que la tarea hermenéutica aún no ha acabado, ni nunca terminará, “hasta que llegue lo perfecto”.
No digo que la verdad no exista. Yo creo que sí existe. Y de hecho la busco, con pasión y con ganas. Pero nunca pierdo de vista que mi visión de la realidad puede estar equivocada, y que a lo mejor mi interpretación de la Biblia es errónea. Y así es, porque soy mortal. Puedo equivocarme. Pero si me equivoco, prefiero ser yo mismo el que haya metido la pata, a que otros la metan por mí. Prefiero, si algún día tengo que dar explicaciones a alguien por mi visión de la realidad, explicar mis razones, y no las de otro: “Mire, señor, es que fulanito me dijo que esto era verdad y yo le creí”. Es por esto que no puedo dejar de cuestionar y de indagar. Es por esto que no puedo dejar de buscar. Y el que busca, halla. Pero solo el que busca. No vale que otros busquen por ti.
Por eso me gusta cuando hablo con gente que está en su propia búsqueda. Me gusta escuchar sus razones, y su caminar. Me gusta escuchar sus hermenéuticas, y sus argumentos. Me gusta porque vale la pena contrastar nuestras ideas y nunca dejar de hacerlo. Puede que yo estuviera equivocado y por medio de esa conversación me diera cuenta de ello. Puede que no, y esa conversación me haya reafirmado en lo que yo creo que es verdad. Es por esto que necesitamos (y digo, necesitamos) otras lecturas de la Biblia y de los textos sagrados. Necesitamos lecturas nuevas y lecturas viejas. Necesitamos escuchar a otros que lean mis mismos textos y me digan lo que ellos ven a través de sus espejos. Quizá vean algo que yo no vi. Y no solo eso: también necesitamos que estas conversaciones sean lo más abiertas posibles, sin restricciones ni limitaciones, siendo todos conscientes de nuestra condición de mortales y falibles.
Pondré un ejemplo. Hace tiempo leí un libro titulado, Texts of Terror, escrito por Phyllis Trible. Esta mujer me enseñó a leer ciertos textos de una manera distinta, y me enseño a ver cosas que yo no había visto antes en ellos. Si no hubiera sido por su hermenéutica, yo no habría visto lo que ella vio. Y doy gracias por las hermenéuticas de otros, que nos ayudan a ver la vida de forma un poco más cercana a como es en realidad. Doy gracias por la teología de la liberación, por la teología feminista, y por todas las demás. Doy gracias porque nos ayudan a ver que la nuestra no es la última y definitiva hermenéutica. Aunque ellas tampoco sean las últimas y definitivas, al menos cumplen la función de ayudarnos a ver que la realidad es mucho más compleja y variada de lo que creíamos en un principio. Nos ponen en nuestro sitio mortal y falible. Nos ayudan a percibir que nuestros juicios no son muchas veces todo lo acertados que podrían ser. Que a veces juzgamos a los demás desde nuestro punto de vista y desde el estado de ánimo en el que nos encontramos en ese momento. Que somos capaces de echar por tierra a otras personas en un momento dado, sin darnos cuenta de que las razones por las que les criticábamos se dan en nuestra vida una y otra vez. Vemos las espinas de todos los ojos, pero nos olvidamos de sacar la viga del nuestro.
Por tanto, ¿por qué no vamos a seguir releyendo y reinterpretando la Biblia? No hay ninguna lectura final de los textos bíblicos a la que ya hayamos llegado y que supere de manera evidente a todas las demás. Ni siquiera disponemos de la hermenéutica de Jesús – sospecho que esa no era su guerra. Lo único que nos quedan son unos cuantos relatos escritos por varios personajes distintos que interpretan a su manera lo que Jesús debió decir. ¿Acaso no parece evidente que no se trata de conseguir poseer la interpretación final e infalible de los textos?
Infalible
Marzo 2, 2007
En la primavera, el papa publicará un libro acerca de la vida de Jesús titulado Jesús de Nazaret. La controversia ha estallado cuando algunos han leído las palabras que Ratzinger ha escrito en el prólogo, describiendo el libro como un trabajo que no debe ser considerado como doctrina católica sino más bien como una “expresión de mis investigaciones personales”. Es por ello que continúa diciendo que, “cualquiera es libre para [en este caso] contradecir mis conclusiones”. Esta última frase ha creado controversia en las mentes de ciertas personas que no entienden muy bien la diferencia entre el ‘papa infalible’ y el ‘papa falible’. ¿Cómo es posible que un mismo papa, diciendo cosas importantes sobre Jesús, sea a veces falible y a veces no?
Y la pregunta no es mala. No puedo evitar imaginar a más de un cristiano protestante frotándose las manos ante la gran contradicción que dichas afirmaciones parecen envolver. Y sin embargo, tampoco puedo evitar recordar que la misma contradicción aparece cuando muchos protestantes hablan del texto bíblico. Por la simple razón de que la misma Biblia que ellos han puesto en el más alto lugar de infalibilidad máxima (el mismo que parece ocupar el papa en la tradición católica), al contrario de lo que muchos creen, contiene partes en las que los autores consideran que las palabras que están diciendo son falibles. Sin ir más lejos, en 1 Coríntios 7:10-12 leemos:
“Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer. Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone”.
Un dualismo que me recuerda al de Ratzinger. Y no solo al de ellos, sino al que todos experimentamos en más de una ocasión. Porque… ¿cuándo son nuestras palabras infalibles y cuándo no lo son? ¿Es un pastor infalible al subirse a un púlpito y predicar, si ha orado antes? ¿Es su predicación infalible si ha mencionado algún texto bíblico? ¿O el único test de infalibilidad es la confirmación de la gente que ha escuchado? ¿Y si el pastor no ha orado al subir al púlpito? Preguntas todas ellas interesantes, que recibirán distintas respuestas dependiendo de la denominación y tradición cristiana de la que procedamos.
Pero aún quiero ir más lejos… ¿Tiene sentido alguno hablar de una Biblia infalible? ¿Acaso no leemos todos la Biblia y, al leerla, la interpretamos desde nuestro contexto y desde nuestro punto de vista? En este caso, ¿no estaremos hablando más de la infalibilidad de nuestra interpretación de la Biblia, y no de la infalibilidad de la Biblia en sí misma? Me gustaría que todos aquellos que creen que la Biblia es infalible en todo lo que dice definan lo que eso quiere decir. ¿Cuándo es la Biblia infalible? ¿Lo es siempre, en todas las cosas que dice, sean las que sean? Si así es, ¿por qué tiene Pablo que diferenciar entre lo que dice él mismo (y no el Señor) y lo que dice el Señor? Aún recuerdo aquel argumento tan repetido que fundamenta la inspiración de la Biblia en que la propia Biblia dice de sí misma que es inspirada. Un argumento claramente circular, pero que se usa en más de una ocasión para justificar que si la Biblia dice de sí misma que es inspirada, entonces debe serlo porque eso está escrito en la Biblia (¿Nadie recuerda aquel texto en Juan 5:31 en el que aparece Jesús diciendo esta frase: “Si yo doy testimonio acerca de mí mismo, mi testimonio no es verdadero”?). Hay personas que quieren poner tal autoridad en la Biblia que se olvidan de que los autores mismos diferenciaban entre las palabras que allí encontramos, unas del Señor y otras no.
Quizá la propia experiencia cristiana tenga mucho que decir acerca de la infalibilidad de la Biblia. Quizá la infalibilidad bíblica no dependa tanto de si está ahí escrito o no, sino más bien de la confirmación que el Espíritu de Dios hace (o no hace) de ciertos textos, opiniones o palabras, en nuestras vidas y en nuestras circunstancias particulares (experiencias de familia, de pareja, de iglesia, etcétera). Por supuesto, siempre habrá personas que necesiten una voz mucho más fuerte y agresiva que la del Espíritu Santo (sobre todo cuando hable a los demás, y no a nosotros). Pero sin embargo esa es la única voz con autoridad suficiente (sea lo sutil que sea) de inspirar de nuevo los textos bíblicos, al igual que ocurría en tiempos bíblicos. No es la letra la infalible, sino el Espíritu de la letra. Quizá todos los seres humanos hablemos demasiado fuerte como para ser infalibles, y esa cualidad solo pueda pertenecer a aquella voz que sea lo suficientemente sutil y amorosa. Quizá por ello ningún ser humano pueda nunca poseer toda la infalible Verdad, por mucho que gritemos y creamos poseerla…