Expiación, otra vez

Febrero 6, 2007

Vuelvo sobre el tema de la expiación con la intención de aclarar y expandir el mensaje que escribí hace unos días sobre el mismo. Durante aquel mensaje, expliqué mi desacuerdo con una de las interpretaciones que se hacen (que conste que no es la única interpretación evangélica posible) acerca de la muerte de Cristo: la que presenta a Dios como un Padre enfadado que decide sacrificar (castigar) a su hijo para calmar la ira que siente contra nosotros (se ha venido a llamar entre grupos evangélicos, la doctrina de la sustitución penal). Es mi sentir que la imagen de Dios que dicha doctrina transmite no consigue comunicar en muchos casos toda la riqueza bíblica sobre el tema e incluso puede ir en contra de la imagen de Dios que un misterio como el de la expiación comunica. A continuación, paso a mostrar lo que quiero decir. Primero me centro en lo que la Biblia dice sobre la expiación y la conclusión que podemos sacar de ello. Luego intento mostrar en qué sentido la doctrina de la sustitución penal puede ir en contra de dicha conclusión bíblica.

1. La expiación en la Biblia

En el Nuevo Testamento no encontramos nunca a nadie luchando con la doctrina de la expiación. Todos los escritores simplemente asumen que los pecadores son reconciliados con Dios, que la expiación ocurre, por medio de la cruz de Cristo. Ninguno de ellos se para nunca para explicar cómo funciona esto, cómo puede ser que la cruz de Cristo procure la expiación. Cuando alguien menciona alguna palabra en esa dirección, normalmente es tan pequeña que no somos capaces de interpretarla adecuadamente con facilidad. Veamos las ideas que algunos muestran:

a) Jesús. Se dice que el propio Jesús usó un término técnico para referirse a su muerte, cuando dijo que el Hijo del hombre tenía que dar su vida en rescate de muchos (Mateo 20:28; Marcos 10:45). Una indirecta preciosa, quizás, pero no tanto una explicación como una alusión a lo que todos parecen saber ya en su entorno. E incluso esta preciosa palabra promete demasiado, ya que es muy probable que sea más aceptable como original en este texto la variante que ofrece el códice Washington de Marcos 10:45, y tomar la palabra ‘lavamiento’ (loutron), en lugar de ‘rescate’ (lutron). La imagen a la que apunta esta palabra es la de un siervo esperando a la mesa y lavando los pies de los invitados; la muerte de un hombre como servicio y lavamiento.

Aún siendo escasas la referencias, pequeñas palabras y alusiones sueltas como estas nos apuntan en la dirección del gran ritual que sirve de base a todas ellas: el día de la expiación (Levítico 16), aquel gran día del arrepentiiento y de la reconciliación de Israel. La Carta a los Hebreos hace de este ritual un tipo de la obra expiatoria de Cristo comparándolo tanto con la víctima inmaculada como con el eterno e inmaculado sacerdote. Aunque algunos han creído por mucho tiempo que este ritual había sido añadido a las tradiciones judías de forma tardía, estudios como los del judío Jacob Milgrom han hecho entender su antigüedad. La idea más importante relacionada con el ritual es la de la limpieza (lavamiento) del templo (la creación), de las impurezas de la gente (Levítico 16:16; lo que recuerda, por cierto, a la limpieza del templo realizada por Jesús y que se repite en todos los evangélios).

Por supuesto, es cierto que esta no es la única idea primitiva que se puede encontrar en nuestras biblias relacionada con la expiación. También encontramos en nuestros textos abundantes referencias que apuntan a la creencia de que los mártires (o casi mártires) justos eran efectivos para expiar los pecados de aquellos por los que oraban (Exodo 32:3-35; Romanos 9:1-5; Josephus, War, 5:419; 1 QS 8:4-10; 4Q541). En el Targum de Génesis 22, Abraham oró lo siguiente:

“Te pido misericordia, oh Dios mi Señor, que cuando los hijos de Isaac pasen por malos tiempos Tu te acuerdes del sacrificio de Isaac su padre, y que les perdones sus pecados y que les liberes de sus problemas”.

Cuando los mártires Macabeos murieron, ellos murieron orando lo siguiente:

“Se misericordioso para con Tu gente y deja que nuestro castigo sea para Tu satisfacción. Que nuestra sangre sirva para su purificación, y que nuestras almas sirvan para rescatar sus almas” (4 Macabeos 6:28).

La teología en la que se basaban afirmaciones como estas era que la gente que había fallado en mantener la ley de Dios estaba siendo justamente castigada por su mano. Los profetas habían enseñado hacía tiempo a no culpar a las circunstancias sino a ver el sufrimiento como una consecuencia justa del propio pecado de las gentes. El Salmo 106 es una letanía acerca del castigo merecido. En este caso, el mártir tomaba sobre sí los sufrimientos de las gentes y oraba por ellos antes de morir, para que su muerte sirviera como un sacrificio por su pecado. Si la oración era agradable, Dios daría un tiempo de respiro a las gentes que sería usado para arrepentirse.

Sin embargo, cuando hablamos del sacrificio del día de la expiación al que nos hemos referido más arriba (y que parece servir de base al sacrificio expiatorio de Jesús), la imágen utilizada allí es muy distinta a la que propaga esta teología de retribución. En palabras de Jürgen Moltmann,

“En las religiones de muchas gentes, la expiación era buscada por medio del sacrificio de animales, sacrificios que se suponía tenían el poder de calmar la ira de los dioses que había sido levantada por los pecados humanos. Pero en Israel esto era distinto. Existía otro sacrificio vicario en Israel – el becerro del día de la expiación – que Dios dió, para que los pecados de las gentes fueran transferidos sobre él poniendo sus manos encima, y para que el becerro llevara esos pecados hasta el desierto, lejos de la gente”.

Este último, de nuevo, es el sacrificio del ritual de Levítico 16. Como vemos, aunque sigue sin explicarse el porqué de estas cosas (esta falta de explicación ha provocado numerosos quebraderos de cabeza a muchos teólogos), sí que podemos ver que este ritual forma parte importante de la mentalidad y el entendimiento tanto de Jesús como de los primeros cristianos acerca del misterio de la expiación. De ciertas imágenes y cortas alusiones bíblicas podemos percibir una gran riqueza de ideas que son extrajeras a nuestros oídos pero que servían de base a la idea de la expiación en la mentalidad judía.

Además, todo este ritual parece estar muy relacionado con el concepto bíblico del Jubileo, “Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia” (Levítico 25:10). En este día de la expiación, un pregonero tenía que dar un mensaje de libertad para todas las gentes. Puesto que la mayoría de judíos acabó viviendo bajo el gobierno de otras naciones, los requerimientos sociales y económicos del Jubileo fueron espiritualizados con el tiempo. La palabra clave hebrea usada en tiempos del Jubileo, deror, acabó convirtiéndose en aphesis, ‘perdón’ (como en Mateo 26:28). En este contexto encaja el ministerio de Jesús, quien según Lucas, escogió un texto típico de liberación del Jubileo (Isaías 61:1) al comienzo del mismo. Este es el tipo de expiación al que nos apunta la Biblia.

b) Pedro. Cuando nos acercamos a la primera carta de Pedro, nos encontramos con que se da un juego de imágenes completamente distinto para interpretar la muerte de Jesús, concretamente la doctrina de la bajada de Cristo al Hades y su predicación en él (3:19; 4:6). Para entender esta imágen, nos ayudará atender a los estudios de Joachim Jeremias, quien apunta que dicha historia tiene un antitipo en el libro etíope de Enoc. Los capítulos 12-16 de este libro describen cómo Enoc es enviado a los ángeles caídos del Génesis 6, para revelarles el mensaje de que ‘no encontrarán ninguna paz ni perdón’. Aterrorizados, piden a Enoc que sea portador de una petición en la que imploran la indulgencia y el perdón de Dios. Entonces Enoc es elevado al trono ardiente de Dios y recibe la contestación divina que debe llevar a los hijos caídos de Dios. Consiste en una breve claúsula de sólo tres palabras en las que se encierra la terrible sentiencia: “No tendréis paz”.

Apenas se puede dudar (dice Jeremias) de que la doctrina de la bajada de Cristo al Hades está modelada sobre este mito del libro de Enoc. Pero mientras el mensaje de Enoc expresa la imposibilidad del perdón, Cristo anuncia algo diferente: la buena nueva (1 Pedro 4:6). “Murió el justo por los injustos” (3:18). Su muerte expiatoria significa salvación incluso para aquellos que estaban perdidos sin esperanza.

No hay duda de las razones que pudieron llevar a Pedro ante tal mensaje radical de perdón: ese fue probablemente el primer efecto que las apariciones de Jesús debieron tener en la propia experiencia de Pedro, sabiendo que la última vez que Pedro había hablado en público acerca de Jesús había sido en el momento en que le negó tres veces. Es dificil imaginar la desesperación que tuvo que pasar por la mente de Pedro en aquellos días, al pensar en las consecuencias que dicha negación podría haber tenido en su profunda relación de amistad con Jesús. Muchos sabemos los efectos desastrosos que la culpabilidad puede traer a nuestras vidas. La aparición de Jesús, junto con su inundación de amor por medio de su Espíritu, debieron resultar liberadoras para Pedro, comparadas con esas cadenas de culpabilidad. Así lo entiende también Gerd Lüdemann:

“Dado que Pedro tuvo esta experiencia que rompió a través de su sentimiento de culpa, es seguro… que la experiencia del Jesús crucificado en este caso debe ser conectada directamente con el perdón de pecados”.

¡Qué mejor mensaje de Jubileo podría haber para la vida de Pedro que esas buenas nuevas de libertad y perdón de pecados! De nuevo, el mensaje de la expiación se relaciona con un mensajde gracia y liberación.

c) Pablo. Algo similar e igualmente personal encontramos en la base del pensamiento de Pablo cuando se hace referencia a la expiación. En su carta a los Gálatas, leemos una frase que muestra la intensidad y complejidad del pensamiento de Pablo sobre este asunto: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición” (Gálatas 3:13). En esta sentencia, Pablo aplica lo que encontramos en Deuteronomio 21:23 a Cristo. Quizá estamos tan familiarizados con esta frase que no nos damos cuenta de cuán extrañamente sonaba al principio. Pero tal vez nos daríamos cuenta de ello si advirtiéramos que ningún otro escritor neo-testamentario se atrevió a proferir algo que remotamente se pareciera a esta afirmación. La única explicación de esa chocante frase (según Jeremias), es que parte de ella procede del tiempo anterior al episodio de Damasco. Jesús de Nazaret debió ser considerado por muchos como un hombre maldito de Dios, en consonancia con la ley judía (como hemos visto). Esta fue la razón por la que Saulo persiguió a sus seguidores, por la que blasfemó contra él (1 Timoteo 1:13). Pero entonces el maldito se apareció ante Pablo. Después de esta experiencia, Pablo siguió diciendo “Dios hizo a Cristo maldito”, pero ahora añadía dos palabras: “por nosotros”, “por mí”. A partir de entonces, este ‘por nosotros’ se convirtió en el corazón de su existencia.

Como vemos, de nuevo el mensaje de la expiación, para Pablo, tenía un contenido de gracia, liberación del error y perdón de pecados (incluso los de un perseguidor tan feroz como él era). Recordando las palabras de Moltmann dichas más arriba, el mensaje de la expiación está lejos del mensaje de aquellos sacrificios entregados para calmar la ira de los dioses. En este caso estamos ante un regalo de Dios, por gracia. De hecho, cuando Pablo recuerda el mensaje principal del Cristianismo en 1 Coríntios 15, no se limita a repetir ciertas afirmaciones vacías de contenido, sino que en los versículo 8-10 explica el contenido que para él tuvo la muerte de Cristo: “por la gracia de Dios soy lo que soy” (1 Coríntios 15:10).

Aún así, el reto de Pablo fue el aprender a proclamar un mensaje tan profundo de liberación, amor, perdón y gracia a un grupo de personas que no tenían conocimiento del sistema de sacrificios judío y que podía llegar a malinterpretar con mucha facilidad dicho mensaje de expiación, como un acto totalmente separado de esa realidad poderosa que los apóstoles encontraban en él. Es por esto que la mayoría de las imágenes elegidas por Pablo para hablar de la expiación y de su significado a los gentiles comunican, principalmente, mensajes de gracia y perdón:

i) Un ejemplo tomado de la ley criminal. En Colosenses 2:14 leemos una poderosa imágen: “anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”.

ii) Un ejemplo tomado de la institución de la esclavitud. Las palabras claves aquí son “comprar” (1 Coríntios 6:20), “redimir” (Gálatas 3:13, donde la redención se relaciona con libertad de la Ley!), y “a precio” (1 Coríntios 6:20). Lo que Pablo quiere significar es el acto dramático de entrar en la esclavitud para redimir a un esclavo. Conocemos por la primera carta de Clemente que tal expresión de amor fraternal se daba de hecho en la primitiva iglesia (55:2).

iii) Un ejemplo de adopción. “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4:4-5).

Aunque todos estos ejemplos pueden resultar incompletos e imperfectos para englobar la totalidad del misterio de la expiación, Pablo no perdió el tiempo con legalismos oficiales, sino que eligió la forma más clara capaz de transmitir el mayor contenido de verdad con respecto a la muerte de Cristo. Es irónico que en su predicación del significado de la expiación, Pablo no se refiere a la Ley más que en términos negativos. No quiere decir esto que el pecado no fuera importante para el apóstol, sino más bien que el mensaje de la expiación transmite un mensaje de gracia relacionado con el sacrificio del Jubileo que Dios aprueba y entrega para beneficio de su creación. El mensaje es principalmente de gracia, no de ira.

Conclusión bíblica

Aunque había otras ideas e imágenes relacionadas (y un poco más extrañas a nuestros oídos), ninguna se sale de este mensaje de libertad, amor, perdón, gracia y paz para con la creación por parte de Dios. Y este debe ser el foco principal del mensaje de la expiación que anunciemos. Sea cual sea el contexto en el que vivamos, tenemos la responsabilidad de encontrar la mejor manera de llegar a aquellos que no conocen estas ‘buenas nuevas’, por medio de imágenes e ideas que comuniquen este mensaje principal, sin levantar muros que provoquen interpretaciones equivocadas y alejadas del misterio de la expiación.

La complejidad y la variedad que surge de nuestro estudio e interpretación de los textos bíblicos nos debe llevar a desarrollar y fomentar la creacíon de doctrinas mucho más cercanas a dicho mensaje de gracia, doctrinas que sean capaces de comunicar de manera efectiva dicho mensaje. Aunque en la Biblia no se dejan de tratar temas como la ira de Dios, el sacrificio, el pecado o el misterio de la cruz, también hemos visto que el mensaje elegido por Jesús para comenzar su ministerio y que lo pone en contexto para nosotros es uno de Jubileo (Lucas 4).

2. Interpretaciones de la expiación que pueden desviarnos de su contenido bíblico principal

Hace unos pocos años (en el 2003), el Reverendo y predicador evangélico Steve Chalke, uno de los líderes cristianos más conocidos del Reino Unido y creador de grupos como el Oasis Trust y el FaithWorks (que se encargan de enfocar el evangelio hacia los pobres y olvidados de la sociedad), escribió un libro titulado The Lost Message of Jesus ((Tom Wright, obispo de Durham, considera que el libro “tiene buenas raices teológicas”), en el que retaba duramente a cierta interpretación de la expiación, considerándola como una mala interpretación del caracter de Dios que descubrimos en Cristo. En palabras de Steve:

“El hecho es que la cruz no es una forma de abuso infantil cósmico – un Padre vengativo, que castiga a su hijo por una ofensa que no ha cometido. Como es lógico, existen personas tanto dentro como fuera de la Iglesia que han creído que esta interpretación tenía una moralidad dudosa y que era una gran barrera a la fe. Pero es aún más importante el hecho de que dicho concepto contradiga la afirmación de que ‘Dios es amor’. Si la cruz es una acto personal de violencia perpetrada por Dios contra la humanidad pero sufrida por su propio hijo, entonces dicha afirmación es una burla de las propias enseñanzas de Jesús que nos dicen que debemos amar a nuestros enermigos y no intentar devolver mal por mal”.

Además de escribir esto en su libro, en la revista Christianity Steve explicó de forma más extensa su argumento en contra de esta interpretación de la expiación. En ese artículo, llamaba la atención sobre los orígenes neo-paganos de dicha doctrina, así como también presentaba una interpretación alternativa basada en el Christus Victor de Gustav Aulen (Aulen argumentaba en su libro que esa interpretación de la expiación contra la que hablaba Steve no tenía raíces bíblicas reales). Por muy duras que puedan sonar sus palabras, lo único que Steve estaba intentando hacer era traer a la luz evangélica su preocupación por el riesgo de que dicha interpretación pudiera provocar malos entendidos sobre un misterio tan importante como el de la expiación (sobre todo a oídos de gentiles como nosotros).

Pero éste no es el primer escritor en mostrar esta preocupación. También lo han hecho, James Dunn, Stephen Travis, N.T. Wright, Clark Pinnock, Robert Brow, Mark Baker, John McLeod Campbell, P.T. Forsyth, Doug Pagitt y Joel Green, entre otros. Incluso algunos de los más fervorosos defensores de esta doctrina de sustitución penal, John Stott, J.I. Packer y James Denney, han llegado a criticar algunos de sus aspectos. El mismo John Stott comenta en su libro, The Cross of Christ (IVP, 1986, p.172), que, “un sacrificio que calma a un Dios enfadado, o una cruz que sirve como transacción legal en la que una víctima inocente paga la pena por los crímenes de otra” no pertenecen “al Cristianismo de la Biblia en general ni a Pablo en particular”, y dice que “es dudoso que alguna persona haya creído tal construcción”. J.I. Packer critica estas construcciones, como procedentes de una época en la que la exégesis protestante fue invadida inocentemente por formas de pensar legales y políticas. Así parece opinar también Denney cuando dice que, “pocas cosas me han sorprendido más que ser acusado de utilizar una doctrina de la expiación basada en ideas legales o juidiciales… No hay nada que me guste rechazar más pasionalmente que concepciones como esas” (Atonement And The Modern Mind, Hodder And Stoughton, 1903). Por último, la Doctora Anna Robbins, profesora de teología y cultura contemporanea en la Escuela de Teología de Londres, ha conectado esta construcción o interpretación de la expiación con la creencia de que la violencia provoca redención – algo que los cristianos que creen que Jesús estaba en contra de la violencia han rechazado.

Desde luego, ha habido protestas evangélicas por miedo a que atacar dicha interpretación de la expiación suponga un ataque contra el centro mismo del Cristianismo. La Alianza Evangélica, por ejemplo, ha protestado fervientemente en la creencia de que rechazar dicha interpretación supone un ataque contra la misma base del mundo evangélico. Como siempre, vale la pena escuchar estas voces abiertamente y hacer un autoanálisis sincero y crítico, por si acaso estamos siendo nosotros los que nos estamos desviando de la verdad. En este caso, yo creo que la Biblia ofrece, no tanto explicaciones de cómo funciona, pero sí garantías suficientes como para guiarnos hacia un entendimiento adecuado del significado que el misterio de la expiación puede tener para nuestras vidas hoy. De hecho, esta experiencia de Jubileo es normalmente la primera lección que aprendemos todos cuando conocemos a Dios de forma personal, y este mensaje es el que suele perdurar en nuestra vida. Como tal, éste debe ser el mensaje que bañe todas nuestras doctrinas. Por tanto, lejos de estar vaciando la doctrina de la expiación de su contenido bíblico, lo que intento por medio de este pequeño estudio es vaciarla de ciertos énfasis equivocados que pueden alejarnos del sentido principal y más importante (según los escritores bíblicos) que dicha muerte tuvo: gracia, perdón, libertad, amor y paz.

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Febrero 2, 2007

¿Tú qué eres: progre o fundi? No, no vale decir que no te identificas con ningún grupo. Lo cierto es que, queramos o no, tarde o temprano, alguien se enterará de alguna cosa que pensamos y nos meterá en uno de esos dos grupos. Así está el panorama. En estos tiempos vivimos, y no solo en el mundo político, sino también en el mundo evangélico. Como si no fuese suficiente con tener a los políticos discutiendo ridículamente acerca del sexo de los ángeles, los evangélicos nos hemos metido también en este tipo de descalificaciones, y hemos polarizado al máximo cualquier conversación que podamos tener. De alguna manera, en algún momento de la historia, se le ha metido a algunos cristianos en sus cabezas que la identidad cristiana depende de las etiquetas que te pongan, y del grupo de estatutos en los que digas creer. Si fallas en alguno de ellos, pierdes tu condición de cristiano de verdad. Quizá este sentir provenga de una profunda inseguridad y falta de discernimiento de lo que realmente significa ser cristiano. Quizá estas personas no sepan si son o no son, y por ello necesiten ponerse una buena etiqueta en sus frentes para intentar autoconvencerse de ello. No lo sé. Lo cierto es que hoy día parece dificil poder escapar de ellas.

Imaginemos, por un momento, que yo no me identifico con ninguno de esos dos grupos. Pero a la vez, imaginemos también que alguien se entera de que, entre mis creencias, se encuentra la de la trinidad y el nacimiento virginal. En este caso, algunos no dudarán en tacharme de fundamentalista. Aún más si descubren que acepto abiertamente la realidad sobrenatural de la fe cristiana. Puede que no sepan exactamente a lo que yo me refiero cuando hablo de la realidad sobrenatural de la fe cristiana, pero aún así, esta creencia en sí misma (creen ellos) es suficiente para tacharme de fundamentalista.

Pero esto se complica más. Imaginemos por otro lado que un tiempo después, alguien del bando opuesto se entera de que tengo mis dudas acerca de la homosexualidad, y que no consigo encontrar razones suficientes como para rechazarla (al menos no sin haber mantenido una conversación abierta y razonada sobre el tema, escuchando todas las voces). En este caso, no habrá duda en la mente de esas personas para tacharme de progresista, liberal o herético (dependiendo de qué grupo ponga la etiqueta). Incluso si yo me empeño en decir que no, que no soy liberal (si es que alguien sabe lo que dicha etiqueta significa hoy día), ellos me mirarán de forma paternalista y moveran sus cabezas en señal de desprecio, como si necesitara una desprogramación urgente del cerebro para volver a ser cristiano de verdad.

No parece haber salida. Estamos en la sociedad de las etiquetas. No parece que sea posible quedarse fuera de ellas. Pero yo me resisto a ser etiquetado. ¿Que tengo mis dudas sobre la homosexualidad, sobre la eutanasia, o sobre lo que significa la ‘inspiración’ de las Escrituras? Eso no significa que nadie me pueda meter en el grupo progresista. ¿Que no puedo sino aceptar la realidad sobrenatural de la fe, o el ‘fenómeno de hablar en lenguas’ como algo que existe, ocurre y funciona? Tampoco quiere decir que sea fundamentalista. Dejemos que los que quieran ser etiquetados (porque quizá eso les ayude a entender en qué consiste su identidad cristiana) se lo hagan a sí mismos, pero no dejemos que estas personas nos pierdan el respeto a los demás y se autoproclamen jueces del mundo evangélico, con la autoridad de etiquetar a los demás según su forma de entender el mundo. Y vivamos nuestra fe y nuestras dudas en libertad, sin miedo a que algunos inquisidores vayan a venir por detrás para quemarnos.

Yo creo que, si la Biblia ofrece un camino, un camino de verdad y luz, no se encuentra en ninguno de los extremos. Quizá sea un camino intermedio que no se podrá encontrar a menos que salgamos de este entorno tan polarizado y hablemos de tú a tú. Quizá la pregunta que he hecho al principio del mensaje sea un engaño: quizá la mayoría de nosotros no pertenezcamos completamente a ninguno de esos grupos. Quizá nadie (ni siquiera los que las usan) sepa realmente lo que dichas etiquetas significan después de todo…