Solo sinceridad
Septiembre 16, 2006
“Sean cuales fueren las diferencias doctrinales que puedan separarnos, hay una cosa que nos une, y es el común amor a la verdad y a la sinceridad y el deseo de hallar por nosotros mismos, sin más ayuda que la de la gracia divina, el camino de salud”.
Esta es parte de la respuesta que Miguel de Unamuno escribió a la Unión Cristiana de Jóvenes Evangélicos de Madrid, la cual le había felicitado mediante otra carta por el mensaje de un discurso que Unamuno había pronunciado en Valladolid el 3 de Enero de 1909. Entre las palabras pronunciadas que debieron de mover el ánimo de los jóvenes protestantes a escribir a Unamuno estarían estas:
“En el orden práctico lo que nos urge hoy es que los confesadamente no católicos no queden, como de hecho quedan, fuera de la ley común; que la heterodoxia no sea ilegal”.
¡Qué rápido olvidamos y qué rápido cambiamos los seres humanos para convertirnos justamente en aquello mismo contra lo que luchábamos hace solo unos pocos años! Está claro que Unamuno no compartía muchos de los puntos doctrinales de sus entonces ‘aliados’ evangélicos. Sin embargo todos ellos compartían algo mucho más importante que dogmas, reglas y doctrinas: “amor a la verdad y a la sinceridad”. Y esto es sin duda más importante que aquello, porque sin amor a la verdad y a la sinceridad, no hay dogmas ni doctrinas que se ajusten al Dios del cristianismo.
Me da la impresión de que ya nos hemos alejado tanto de estas palabras y de esta declaración de intenciones que parecen haber perdido todo el sentido que tenían entonces. Alguno leerá eso y dirá: “¿Sinceridad en lugar de dogma?… ¡No es posible!”. Hoy está más de moda lo otro, lo de tomar versículos bíblicos y concluir conversaciones antes de que hayan empezado. Y eso, permítaseme decir, no es amor a la sinceridad y por tanto tampoco amor a la verdad. Porque donde no es posible siquiera cuestionar ideas y dogmas de hace miles de años, ¿cómo va a ser posible cuestionar ideas y dogmas de hoy?
Así concluye Unamuno su carta:
“No rechazo el aplauso y la simpatía de nadie que con nobles propósitos me los brinde. Ustedes tienen una labor que cumplir, yo otra; pero como ustedes y yo llevamos cada cual la nuestra, puesta la vista en lo más alto, es seguro que concurren a un resultado común. De Dios depende éste”.
¡Cuán admirable convicción! Me recorre una cierta sensación de tristeza al leer hoy mensajes y comunicados que muestran justo la convicción contraria, declarando la necesidad de romper unidades en aquellos puntos donde los dogmas se superan. Lo que la ortodoxia era en tiempos de Unamuno, hoy somos nosotros: jueces que dictan normas y ponen límites a la sinceridad de los seres humanos. En vista de lo que está pasando, cada vez estoy más convencido de que será necesaria una nueva revolución religiosa, al estilo de Lutero, si es que queremos no perder el mensaje verdadero del evangelio.
