La evolución no es anti-Dios (II)
Septiembre 12, 2006
Es triste que hoy día existan cristianos que se empeñen en proclamar un mensaje que no se ajusta a la realidad ni científica ni históricamente. Algunos continúan afirmando en programas de radio y diversos escritos la idea de que la teoría de la evolución no es más que un mito contra el que los cristianos tenemos que luchar. Sin embargo, este mensaje al estilo apocalíptico no es, ni debe ser, aceptado por todo cristiano. De hecho, ni siquiera en la época de Darwin fue así. Como el escritor e historiador cristiano Alister McGrath escribe en su libro Dawkins’ God: “En los primeros treinta años de la publicación del Origen de las Especies de Darwin muchos dentro de la Iglesia de Inglaterra habían asumido dichas teorías y las consideraban perfectamente consistentes con la teología cristiana”. Esta actitud tan positiva hacia el evolucionismo fue notada y alabada incluso por uno de sus defensores más férreos, Thomas Huxley, quien consideró esta aceptación como una nueva posibilidad para dar un paso adelante en el discurso necesario que debía tener lugar tarde o temprano entre ciencia y fe.
Sirva este apunte histórico para mostrar de forma clara una vez más que, en palabras del propio McGrath: “es profundamente problemático sugerir que el Darwinismo necesita de ateísmo”. Al menos desde el punto de vista histórico está claro que eso no es verdad. No solo en el entorno más cercano de Darwin fue percibida esta teoría de la evolución de forma positiva. Un excelente ejemplo de que dicha actitud positiva se extendió mucho más allá de Inglaterra es B. B. Warfield, normalmente considerado como uno de los teólogos americanos más importantes de finales del siglo XIX. Aunque caracterizado por una forma de pensar conservadora dentro del Protestantismo, Warfield dejó muy claro su apoyo por el concepto de la evolución biológica. Es más: alguno se sorprendería al enterarse de que dicha teoría fue aceptada de forma mayoritaria entre los primeros fundamentalistas de Norte América. Uno de estos fue James Orr, quien argumentaba que aceptaba la nueva teoría de la evolución como la forma en la que Dios continuaba creando. Y hoy día existen muchos otros científicos creyentes que apoyan la evolución, tales como Charles D. Walcott, Theodosius Dobzhansky o el mismo Kenneth R. Miller, a quien seguro que he nombrado en alguna otra ocasión. Por último en este corto resumen podemos notar que uno de los que se nombran como ‘padres’ del neo-Darwinismo, Sir Ronald Fisher, tampoco aceptaba por un momento esta forma errónea de pensar que tienen aquellos que dicen que el Darwinismo implica ateísmo (como dejó claro en una entrevista que le realizaron en la BBC en Junio de 1947).
Como Stephen Jay Gould dice, cualquier sugerencia que se haga de que la teoría de la evolución de Darwin implica necesariamente una visión atea del mundo se aleja en gran manera de la competencia de las ciencias naturales y se adentra en un terreno donde el método científico no puede ser aplicado. Vamos, que los que afirman tal cosa, no sólo están proclamando su propia opinión, sino que en algunas ocasiones están proclamando dicha opinión como si fuera la única propia del ‘buen cristiano’; y eso no es verdad ni científica, ni históricamente. Como el mismo Gould declara: “O bien la mitad de mis colegas son enormemente estúpidos, o bien la ciencia del Darwinismo es completamente compatible con las creencias religiosas convencionales”. Sin embargo, a juzgar por lo que aún se sigue oyendo en algunos rincones del mundo evangélico, muchos optarían felizmente por la primera opción y seguirían disfrazando sus propias opiniones de cristianismo ortodoxo.