Voces desiguales

Septiembre 29, 2006

Hay un texto que contiene un gran poder en su interior. Estoy hablando de Gálatas 2:11-21. Sin embargo el poder del que yo hablo es distinto al que se suele mencionar. “Pablo reprende la hipocresía de Pedro”, es un título común de sermones basados en este texto. La tónica general de tales sermones suele ser elegir de antemano los bandos del debate (de forma un tanto injusta, dicho sea de paso) y ponernos del lado de Pablo ya que, como leemos en su carta, él está en lo cierto. Así, es común escuchar la interpretación en la que el héroe Pablo, apóstol a los gentiles, muestra a Pedro, apóstol de la circuncisión, que está siendo un hipócrita. Ni que decir tiene que para llegar a tal conclusión lo único que hay que hacer es escuchar la voz que suena con mayor fuerza al leer la carta, es decir, escuchar la voz del propio apóstol Pablo que es quien escribe. En ese caso, el poder del texto está dictado por la voz que suena más fuerte.

¿A nadie se le ha pasado por la cabeza que puede haber alguna otra voz en ese texto que suene con menor fuerza que la de Pablo pero que sea igualmente válida? Esto es algo que ocurre a menudo en nuestras biblias, aunque suele ser más normal el hacer oídos sordos a aquellas voces que suenan más bajito. Al fin y al cabo, vivimos en una sociedad donde nos enseñan que a menos que hables fuerte y con poder, nadie te escuchará. Así que, ¿por qué no seguir el mismo método de interpretación que nos enseña nuestra sociedad al leer los textos de la Biblia? Y muchos lo siguen haciendo.

Hagamos un ejercicio distinto en esta ocasión. ¿Acaso a nadie se le ha ocurrido que quien escribe la carta es precisamente una de las partes implicadas en el debate? Cuando nos enfrentamos en nuestra vida diaria ante un problema con varios posibles puntos de vista todos sabemos que no es ni saludable ni justo elegir una de las posibilidades sin haber escuchado las demás. Si hacemos lo primero es más fácil cometer un error al juzgar la situación. En este caso nos enfrentamos a un grave problema entre apóstoles con distintos puntos de vista. Tristemente, en esta carta no tenemos la versión de Pedro; su voz es casi imperceptible. Digo casi porque lo que sí tenemos son indicios de lo que Pedro pudo querer decir. Lo que sí sabemos es que algunos de los que estaban con Pablo (sorprendentemente uno de ellos su propio maestro, que es de esperar que tuviera tanta o más madurez que Pablo) deciden ponerse del lado de Pedro en esta ocasión: para ellos, que estaban presentes allí, parece que está claro que Pedro tenía razón. Por supuesto Pablo los mete a todos en el mismo saco y los critica en la carta.

El hecho de no decir el resultado final del debate también es un poco sospechoso. ¿Creéis que una persona que escribe una carta con la intención de persuadir a sus lectores de que tiene razón no daría el resultado final de un debate que se decantara a favor suyo? No decir un resultado favorable reflejaría una muy pobre práctica retórica, sobre todo en este caso donde dicho resultado supondría un argumento muy fuerte a su favor. Teniendo en cuenta que Pablo ha mostrado ya amplias dotes retóricas al criticar a sus enemigos sin cortarse ni un pelo en lanzar su juicio personal sobre Pedro y los demás, eso sería algo sorprendente. Además, de haber sido verdad que Pablo al final tuvo razón habría sido muy inteligente ‘defender’ la integridad de los demás apóstoles añadiendo que todos entraron en razón al final y se unieron a ‘la verdad’. Habría sido una jugada perfecta: mostrar un acto de gracia al defender al final a sus enemigos reconociendo que ellos vieron que Pablo decía la verdad, y a la vez dejar claro quién había quedado encima en el debate. Sin embargo Pablo no hace eso, y tengo mis sospechas de por qué.

¿Es posible que Pedro tuviera tanta razón como Pablo al actuar de la manera que lo hizo? ¿Es posible que los que estaban allí percibieran mejor que nosotros que el tema no era tan sencillo como aparece en muchos de nuestros sermones? Quizá Pedro pretendía proteger a las ovejas de su propia misión (judíos) al igual que Pablo estaba intentando proteger a las suyas (gentiles). Y aunque Pablo percibió que la actitud de Pedro daba un mensaje equivocado a sus ovejas gentiles, Pedro pudo creer igualmente que dicha actitud era necesaria para poder ser capaz de seguir predicando a sus ovejas judías. Nadie dijo que las misiones fueran fáciles.

Por tanto, si nos atrevemos a escuchar más allá de los gritos que suenan más fuerte, yo creo que se puede percibir que el verdadero poder de este texto no está tanto en el mensaje infalible e inerrante de Pablo, sino más bien en la cantidad de voces que dicho texto contiene implícitas. Y si el Espíritu de Dios es el mismo que inspiró a Jesús a predicar a los marginados y silenciados, entonces no debe pasarse por alto la voz de los silenciados aquí.

Nada nuevo

Septiembre 28, 2006

En junio de 1958 dos residentes de Virginia, Mildred Jeter, mujer negra, y Richard Loving, hombre blanco, decidieron dejar su casa en Virginia y viajar para poder casarse en el distrito de Columbia. Luego optaron por volver a formar su vida en Virginia, por aquel entonces uno de entre varios estados que condenaban el matrimonio interracial. No tardaron mucho en ser denunciados y en entrar a juicio por violar el Racial Integrity Act of 1924, ley que prohibía el matrimonio entre blancos y no blancos. Las razones del juez son iluminadoras:

“Dios todopoderoso creó las razas blanca, negra, amarilla, malaya y roja, y las puso en distintos continentes. Y si no hubiera sido porque este arreglo fue interferido no habría habido ninguna razón para que existieran este tipo de matrimonios. El hecho de que El separó las razas muestra que El no pretendía que fueran mezcladas” (http://www.law.umkc.edu/faculty/projects/ftrials/conlaw/loving.html).

La condena, por cierto, era de prisión de entre uno y cinco años.

No hace tanto de esto. Esperemos no cometer el mismo error en otros casos parecidos pero más contemporáneos.

Persecución

Septiembre 28, 2006

Gerd Lüdemann es un teólogo, profesor de una facultad de teología e historiador, que fue perseguido por su fe. Hasta aquí todo bien – cristiano digno de nuestra admiración cristiana. Todo cambia cuando nos enteramos de que dicha fe, aunque comenzó en el cristianismo fue cambiando poco a poco hasta que ahora ya no podría llamarse fe cristiana en absoluto. Aún peor si nos cuentan que su persecución fue realizada por aquellas iglesias cristianas que intentaron persuadirle – de formas más o menos comprensivas – de que dejara su puesto de profesor en la facultad de teología para enseñar en alguna otra facultad cuando se enteraron de que su fe cristiana había cambiado. Sin embargo Lüdemann tenía la idea de que sus métodos de enseñanza seguían los mismos criterios que los de los profesores más ortodoxos y que, por tanto, los estudiantes tenían derecho a conocer los otros posibles resultados que dichos métodos podrían dar. Incluso, ante el miedo de que uno de sus profesores enseñara cosas no ‘ortodoxas’, se planteó la posibilidad de echarle. Esta situación llegó a su clímax en 1998, cuando la Confederación de Iglesias Protestantes (una de esas organizaciones cristianas que todos conocemos) de Lower Saxony pidió su expulsión de la facultad de teología. Bajo la presión sus propios compañeros de la facultad de Göttingen se unieron a esta petición por medio de dos comunicados, en abril y noviembre de ese año. Al final todo se resolvió con una carta del presidente de la universidad, fechada el 17 de diciembre de 1998, donde se confirmaba la continuidad de Lüdemann como profesor de la facultad, aunque cambiando el título de su asignatura. Con esto se conseguía una solución intermedia: no había expulsión pero tampoco se permitía que Lüdemann enseñara a aquellos alumnos que estaban siendo preparados para ser pastores.

Tengo sentimientos mezclados respecto a esta decisión. Por un lado pienso que ese instinto de protección de los futuros pastores parece lógico. Cierto es que algunas de las afirmaciones de Lüdemann pueden sonar un poco sorprendentes. Por ejemplo, puede asustar cuando dice que “investigaciones del Jesús histórico durante los últimos 250 años han demostrado que el proceso de exageración y falsificación de las palabras y acciones del hombre Jesús comenzó en el Cristianismo primitivo y que había llegado a un estado muy avanzado para el tiempo en que se escribieron los evangelios. La mayoría de las tradiciones que han quedado en nuestros Nuevos Testamentos, las cuales pretenden dar testimonios verídicos acerca de su vida, están en gran contradicción con sus palabras y acciones reales” (http://wwwuser.gwdg.de/~gluedem/eng/002001001.htm). Pero por otro lado, ¿es cierto que para proteger a los futuros pastores de ciertas ideas no ortodoxas lo mejor es cerrarles los oídos y taparles los ojos o, en otras circunstancias, enseñarles de forma totalmente parcial por qué dichas creencias e ideas están equivocadas sin darles la oportunidad de decidir por ellos mismos? Me da la impresión de que tales métodos de enseñanza están basados en el miedo, y no en el conocimiento de la verdad.

Robert Funk escribió una carta para mostrar su profunda preocupación acerca de los acontecimientos que llevaron a la persecución de Lüdemann en su lugar de enseñanza. “Estemos o no de acuerdo con sus opiniones teológicas, el hecho de haberle sancionado por su (provocativo) reto a la sabiduría teológica convencional es algo que nos preocupa mucho” (http://www.infidels.org/library/modern/features/2000/funk2.html), escribe. Una de las preguntas que Robert se hace en esta carta es: “¿A quién sirven las facultades teológicas de vuestras universidades: solamente a la iglesia o también a las necesidades de una sociedad pluralista?”. Una muy buena pregunta ya que, si no me equivoco, los futuros pastores de las congregaciones cristianas tendrán que aprender a servir y vivir en una sociedad pluralista donde la gente opina distinto a nosotros y donde, alarmantemente, parece que muchos saben en lo que creen y por qué. Sospecho que la intención de vivir en libertad religiosa se basa en un conocimiento cada vez más profundo de nuestra fe y de ser capaces de cuestionarlo todo.

En Noviembre de este año saldrá Intolerance and the Gospel (http://www.amazon.com/gp/product/1591024684/qid=1148037736/sr=1-11/ref=sr_1_11/104-0460457-0109560?s=books&v=glance&n=283155), libro donde Lüdemann expresa su convicción (http://wwwuser.gwdg.de/~gluedem/eng/003017002.htm) de que el Cristianismo y la tolerancia son términos prácticamente contradictorios, por medio del análisis de cinco capítulos de varias cartas que encontramos en nuestros Nuevos Testamentos donde se muestra una actitud intolerante hacia heréticos y no creyentes. Comprendo los sentimientos que han podido provocar esta idea en Lüdemann (porque los comparto en muchas ocasiones); solo espero que, en este caso, esté equivocado.

Por gracia

Septiembre 26, 2006

“La única manera posible es a través del contacto personal. Es realmente sorprendente cómo los sentimientos cambian cuando de repente nos enteramos de que es nuestra hija o nuestro hermano el que sale del armario. En mi caso fue mi amigo Mel”. Así respondía Philip Yancey en una entrevista realizada no hace mucho (http://www.whosoever.org/v8i6/yancey.shtml) a la pregunta: “¿Cómo pueden las iglesias evangélicas desarrollar una actitud de gracia (si no aceptación) hacia la comunidad de homosexuales cristianos?”. Cómo no, Yancey hace referencia a la necesidad imperiosa que existe en nuestro mundo (el cristiano incluido) de trabajar para conseguir una aproximación mucho mayor de nuestros horizontes con los de los demás. Y él sabe de qué está hablando. Desde que decidió no condenar públicamente a su mejor amigo ante la noticia de que era homosexual las cartas desagradables no han dejado de llegar a su casa. “Los cristianos se enfadan mucho con otros cristianos cuyos pecados son distintos a los que ellos cometen”, observa. Y parece que esa es una regla no escrita dentro de muchos grupos cristianos.

Al día de hoy Philip aún no está totalmente seguro de qué pensar acerca de este complicado tema. Pero lo que sí sabe es que aún le queda mucho por aprender. “Yo no soy ni gay ni lesbiana así que seguro que me aproximaría a este asunto de una forma muy distinta a alguien que lo sea”, explica. Por supuesto esta es la actitud de alguien que se considera como aprendiz en este mundo donde todos somos aprendices (aunque algunos aún no lo saben). Y esta actitud, dicho sea de paso, es la única que favorece el diálogo verdadero acerca de temas tan complejos e importantes como este. Quizá este ejemplo de otro cristiano más que ha optado por el diálogo en lugar de la condena nos ayude a darnos cuenta de que no estamos solos en esta lucha tan cruel y dañina que está teniendo lugar entre aprendices y ‘maestros’.

‘Infierno-cocina’

Septiembre 25, 2006

¿De dónde viene esa imágen del diablo cocinando personas con un tridente y una gran sonrisa? Seguro que esa imágen debe mucho a la imaginación popular. A lo largo de la historia la idea del infierno ha fascinado a muchos autores y artistas. Por ejemplo, en algunos libros y obras de arte el diablo ha aparecido representado como una cabra con muchas brujas alrededor. Eso seguro que tuvo algo que ver con el hecho de que muchas mujeres fueran quemadas en la Edad Media por llevar la marca de la bestia (que era básicamente alguna parte de su cuerpo donde no sentían dolor) o por ser viejas y ‘diferentes’. A estas imágenes se han añadido representaciones del tremendo sufrimiento que se espera para los desafortunados que acaben en el Inferno de Dante o que hayan jugado al temible juego del diablo del Dr Faustus.

Muchos se sorprenderían al conocer que tales imágenes son, en su mayoría, ajenas a los antiguos textos judíos del Antiguo Testamento. La idea de un Dios que “crea el mal” (Isaias 45:7) de forma literal es más aceptada por los antiguos judíos que por los modernos cristianos. Solo hace falta comprobar los problemas que las distintas versiones bíblicas encuentran para traducir este versículo de forma ‘ortodoxa’. Y sin embargo en el Antiguo Testamento abundan tales textos. En Lamentaciones 3:27 y 28 leemos: “¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno?”. Me pregunto si cuando Jesús habla de ‘arder en el infierno’ está más cerca de la imágen occidental de hoy o de la imágen judía de entonces.

Lejos de pretender defender la idea de un Dios ‘creador del mal’, mi única intención es cuestionar los numerosos dogmas e imágenes que mueven la predicación cristiana. Y la del ‘infierno-cocina’ es una de las más arraigadas. Esto lo diré susurrando: quizá ha llegado el momento en que los cristianos debamos aprender a reinterpretarla desde una hermenéutica más informada por la realidad que nos rodea. Ya puedo oír las voces de algunos acusandome de ‘reduccionista’ y ‘materialista’, o incluso el preferido de muchos, de ‘hereje’. Nada más lejos de la verdad. De hecho, esto que propongo ya fue propuesto por San Agustín y Santo Tomás de Aquino hace muchos siglos. Más cerca de nuestros días, el filósofo británico John Hick ha intentado eso mismo añadiendo al proceso de interpretación los conocimientos que tenemos hoy día acerca de la naturaleza humana.

Irónicamente, la inspiración de Hick proviene de otro padre de la Iglesia, San Ireneo, uno de los primeros teólogos cristianos. Ireneo no parte de Eva para explicar el mal, sino de Génesis 1:26, de donde él discierne dos procesos en la creación del ser humano: a la imágen de Dios – como personas morales – y, a la vez, en el proceso de alcanzar dicha imágen. La obra de William Blake de más arriba recoge esta idea muy bien: Adán es creado por Dios y aparece sobre el polvo rodeado de mal (serpiente) y sin ser capaz de mirar a Dios. La similitud entre Dios y Adán es obvia, pero Adán no es creado absolutamente perfecto. Por tanto, mientras que para San Agustín la fuente del mal es la libre elección de unos perfectos Adán y Eva al desobedecer, Ireneo y Hick la consideran como parte del trabajo creativo de Dios. Y esta última idea parece encontrar cierto apoyo en textos de antes y ahora. En Daniel 4:30 Dios maldice al rey y este acaba, curiosamente, como un ‘animal’. Pablo mismo se refiere en 2 Coríntios 3:18 a este proceso de transformación cuando explica cómo “somos transformados de gloria en gloria en la misma imágen, como por el Espíritu del Señor”. Incluso el autor cristiano C. S. Lewis expresa en su libro The Problem of Pain que Dios utiliza a veces dolor y sufrimiento para llevar a cabo sus propósitos en nosotros.

Greenberg dijo una vez, siguiendo el Holocausto, que “cualquier afirmación, teológica o de cualquier otro tipo, no debería hacerse si no es creíble en presencia de niños ardiendo”. Esta es la razón por la que el problema del mal supone un reto tan real hoy. Sea que estemos más en la línea de Ireneo, Agustín, Hick, Herbert Haag, Emmanuel Levinas, Etti Hellisum o Ivan Karamazov, está claro que los hijos de cada nueva generación deben aprender a releer y reinterpretar por sí mismos las tradiciones que han recibido, a la luz de lo antiguo y de lo nuevo. Esta es la tarea hermenéutica que aún nos queda por hacer y sin ella permaneceremos atados por mitos, tradiciones y supersticiones que no hacen otra cosa que oscurecer la realidad además de causar un daño incalculable.

Hermenéutica y homosexualidad

Septiembre 23, 2006

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La hermenéutica moderna está caracterizada por una fuerte reacción en contra del racionalismo escolástico de antaño. Su fundador, Friedrich Schleiermacher, afirmaba hace años: “En la interpretación es esencial que seamos capaces de salir de nuestra forma de ver el mundo y meternos en la del otro”. Visto así, el corazón de la hermenéutica es, en palabras de Anthony C. Thiselton: “el intento de entender la ‘otredad’ del otro”. Hans-Georg Gadamer fue (murió hace muy pocos años) uno de los filósofos que más han desarrollado esa forma de hacer hermenéutica. Uno de sus discípulos, Günter Figal, catedrático de la Universidad de Tubinga, cita la breve y sabia definición del maestro sobre la hermenéutica: “Es saber que el otro puede tener razón”. La hermenéutica empieza en términos prácticos para Gadamer cuando una persona es capaz de situarse en el punto de vista de su interlocutor y comprender sus posiciones. Esta forma de respetar al otro como ‘otro’ era, según Gadamer, la única manera de evitar la manipulación retórica y la propaganda que tanto se dan hoy. “Sería un muy pobre hermeneuta aquel que creyera que puede o debe tener la última palabra”, escribe en su libro Verdad y Método. Esto es debido a que en hermenéutica, tal y como él la entendía, uno nunca deja de escuchar al otro, sea que este ‘otro’ tome la forma de textos sagrados, personas humanas, tradiciones corporativas o instituciones sociales.

Quizá aquellos que hayan leído el párrafo anterior se puedan estar dando cuenta de por qué el debate sobre la ética de la homosexualidad parece haber llegado a un punto muerto en su forma de leer, interpretar y aplicar los textos bíblicos. La razón es que, hasta Schleiermacher, la hermenéutica consistía en la búsqueda de algún método ‘generalista’ o de algún ‘principio hermenéutico’ o clave mágica que dirigiera la interpretación de los textos de forma correcta. Y esta parece ser la forma de hermenéutica que predomina hoy. En este debate, por ejemplo, parece que hay ciertos bandos ya formados cada uno apelando a su clave o principio particular de interpretación, sea este ‘la centralidad de Cristo’, o las ‘Escrituras como un todo’, o ‘el contexto histórico adecuado’, pero que normalmente solo sirven para justificar sus propios puntos de vista o para que parezca que validan la tradición que casualmente tenía el grupo al que pertenecían. Así, cuando un grupo aplica ‘su clave’ a los textos, los demás se ponen a la defensiva y le acusan de ceguera espiritual, prejuicio o falta de integridad moral. Por tanto, una hermenéutica pre-moderna solo está sirviendo para generar circularidad, frustración, ira y una pérdida de confianza en personas, grupos y textos. Al final se acaba en un: “que cada uno crea lo que quiera”.

Si queremos poder seguir dialogando unos con otros (cosa que, tristemente, no todos quieren) estamos realmente necesitados de una hermenéutica distinta. Sin ella nuestros prejuicios seguirán dominando el debate. Y prejuicios hay en todos los sentidos. Por ejemplo, es interesante que muchos cristianos consideren la situación de una persona comprometida de por vida con otra persona del mismo sexo muy distinta biblicamente hablando a la de una persona divorciada que se ha vuelto a casar (a pesar de que, al igual que existen palabras donde se parece condenar la homosexualidad en la Biblia, casarse de nuevo después de un divorcio está expresamente prohibido por Jesús mismo en tres evangelios). Todo debate dirigido por prejuicios acabará en un ‘intento de ganar’ la conversación: no querremos escuchar al otro ya que sabremos que está equivocado de antemano.

En esta nueva hermenéutica, Gadamer habla de la ‘fusión de horizontes’ cuando se refiere a lo que debe ocurrir para que el entendimiento entre dos personas distintas tenga lugar. En nuestro caso esta fusión debe ocurrir en varios ámbitos del debate. Mencionaré dos:

1. A nivel bíblico. Debemos aprender a escuchar y entender lo que los escritores bíblicos entienden cuando mencionan la palabra ‘homosexual’ (si es que lo hacen). Es posible que hoy día tengamos un entendimiento muy distinto con respecto a los seres humanos que vivían en tiempos bíblicos de fenómenos que parecen tener el mismo nombre. Como dice Rowan Williams hablando de la homosexualidad, “es posible preguntar, sin necesidad de aceptar ninguna de las posiciones, hasta qué punto podemos estar seguros de que los ‘fenómenos’ de los que se está hablando [en la Biblia] son los mismos [que los nuestros]”. Los cristianos han preguntado esto mismo de forma bastante satisfactoria acerca del asunto de ‘prestar dinero con interés’. Sin que exista una verdadera ‘fusión de horizontes’ entre los escritores bíblicos y nosotros, no puede haber un entendimiento adecuado de lo que quieren decirnos acerca de la homosexualidad. Y desde luego aún no hemos alcanzado ni mucho menos un consenso con respecto a esto.

2. A nivel actual. Es urgente que seamos capaces de llevar a cabo una fusión de nuestros horizontes con los de aquellos que conocen y experimentan lo que es ‘ser homosexual’ en primera persona. Y esta fusión debe ocurrir en nuestro contexto actual. Informes clínicos, experiencias reales de personas implicadas, intentos fallidos de todo tipo, formas de leer y de ver la realidad… todo ello debería ser más relevante de lo que está siendo. Es fundamental aprender a escuchar al ‘otro’, en lugar de intentar encajarle en una humanidad ficticia creada por medio de etiquetas de ‘heterosexual’ y ‘homosexual’ (sobre todo cuando los expertos tienden a hablar más de un amplio espectro o escala de orientación). Esta actitud de apertura encaja perfectamente con esta nueva hermenéutica de, no solo Gadamer, sino también Ricoeur, Habermas y Betti. Todos ellos avisan de la terrible equivocación que supone etiquetar a otros antes de entrar en el largo y paciente proceso de intentar comprenderles.

Pocos días antes de ingresar en el hospital, Gadamer concedió una entrevista a una agencia de noticias en la que calificó los atentados del 11 de septiembre de “nihilismo filosófico”. Esta nueva hermenéutica propone un posible camino para evitar acabar ahí. Me gustaría creer que todos los que dicen ser seguidores de Jesús estarían dispuestos a emprender este camino. Lo único que es necesario es que todos aquellos que nos encontremos en el proceso de reflexión teológica aprendamos a poner como base de dicha reflexión la humildad, o lo que Carter Heyward llamó la teología de ‘no estar totalmente seguro’, que simplemente admite la posibilidad de estar equivocado. Al fin y al cabo, ¿no dijo Jesús: “aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Juan 16:12)?.

No temáis

Septiembre 21, 2006

Cuenta una antigua leyenda japonesa que un samurai fue a hablar con un monje Zen para pedir que le explicara los conceptos del cielo y del infierno. El monje respondió: “¡Estúpido!, ¿acaso crees que tengo tiempo para perderlo contigo?”. El samurai se llenó de ira y se avalanzó sobre el monje: “¿Sabes que podría matarte por tu insolencia?”, gritó. El monje, con voz tranquila, le dijo: “Ese es el infierno”. El samurai volvió en sí, se dio cuenta de lo que había estado a punto de hacer, se sentó en el suelo pensativo y pidió perdón al monje. Entonces el monje le dijo: “Ese es el cielo”.

A veces cambiar canales del televisor al azar puede convertirse en una actividad de alto riesgo, y no solo por la posibilidad de dar con programas del estilo de Salsa Rosa. Hay otros canales, como God Channel, que en ocasiones pueden resultar igualmente perturbadores. Hace unas semanas me topé con una película ‘cristiana’ que, con la excusa de estar presenciando una revelación del mismísimo infierno, regaló a sus espectadores varios minutos de violencia gratuita de la más agonizante. Por supuesto la intención de la película era proclamar un mensaje que se está convirtiendo en típico cristiano en muchos entornos: “si decides no creer en Dios, ¡esto es lo que te espera!” (otros ejemplos comunes pueden ser: si aceptas la evolución te convertirás en un déspota polígamo sin valores morales, si cuestionas algún texto bíblico entonces estarás cuestionando todo el libro e incluso a Dios, si aceptamos tan solo a una pareja homosexual entonces puede que mañana no haya familias normales…). Parece que cuanto más terrorífica pintemos la alternativa más posibilidades tendremos de convencer a la gente de que debe evitarla. Uno de tantos trucos para convertir a la gente en… no se muy bien en qué.

Por mucho que se repita hoy día en algunos medios, el argumento basado en el terror no pertenece de forma exclusiva a una religión: todas contienen algo de ello. El Salmo 19 nos dice en el versículo 3 de la Nueva Versión Internacional: “Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible”, hablando de la manera en que la naturaleza se desarrolla. Me gusta mucho esta traducción por su claridad: la naturaleza es grandiosa, pero su grandeza es muda y la voz de Dios en ella es imperceptible. C. S. Lewis llamó a este Salmo “el mayor poema en los [Salmos] y una de las más grandiosas letras que se hayan escrito en el mundo” en su libro, Reflections on the Psalms. Sin embargo nosotros nos sentimos tan incómodos con el silencio que Dios ha elegido que muchas veces intentamos darle voz, aunque esa voz sea la nuestra propia.

El conocido director M. Night Shyamalan estrenó El Bosque en 2004. Era la historia de un pueblo de Pennsylvania a finales del siglo XIX donde sus habitantes vivían aparentemente felices, pero bajo el reinado del miedo que era sostenido por medio de historias, leyendas y supersticiones que poseían la capacidad de atar sus mentes y actitudes hacia el mundo exterior. Es entonces cuando un joven, Lucius Hunt, decide atravesar esos límites impuestos por el temor a lo desconocido y adentrarse en un mundo enigmático, con la esperanza de que lo que pueda descubrir ‘detrás de la cortina’ sea capaz de cambiar la existencia de todos los habitantes del pueblo. Hoy vivimos en medio de muchas tensiones, una de ellas entre, por un lado, el miedo a lo desconocido y, por otro, la percepción de que quizá solo nos quede la solución de aventurarnos en este mundo enigmático que nos rodea para poder ser capaces de provocar un cambio significativo en él. Quizá haya llegado el momento de escuchar y aplicar aquellas palabras de Jesús: “No temáis” y, en lugar de vivir bajo el temor a ciertas supersticiones, debamos recapacitar, sentarnos en el suelo dejando nuestras espadas y volver en nosotros. Quizá esa sea la única manera de traer un poco de cielo a este infierno en el que vivimos.

Cuestión de géneros

Septiembre 20, 2006

Atención, pregunta con truco: “¿Qué es lo que Adán y Eva nunca tuvieron y sin embargo dieron uno a cada uno de sus hijos?”. Otra: “Si se hubieran cortado los troncos de los árboles del Paraíso Terrenal, ¿se habrían encontrado anillos de crecimiento?”. Hace unos años Bruce Felton y Mark Fowler escribieron un libro titulado, The Best, Worst and Most Unusual, donde describían “la peor disputa teológica posible” como aquella que se ha dado (¿y sigue?) entre aquellos que no se ponían de acuerdo en si Adán y Eva tuvieron o no ombligos. Además los retratos y demás obras de arte no ayudan en mucho: en algunos casos aparecen con ombligo y en otros no. Dos años antes de que Charles Darwin publicara su Origen de las Especies, Philip Henry Gosse publicó un libro, Omphalos, donde se pretendía solucionar el dilema por medio de una idea de “monstruosa elegancia”, en palabras de Jorge Luís Borges. La solución propuesta era ‘sencilla’ de explicar: Dios creó todo – y cuando digo todo me refiero a todo, uñas de Adán, corte de pelo de Eva, luz proveniente de las galaxias más alejadas de la tierra, etcétera – en seis días pero de tal forma que nos hizo creer que lo había creado hacía mucho más tiempo. Ingenioso.

Por supuesto el dilema de si Eva tuvo o no ombligo procede de una forma de entender el texto bíblico que no le hace justicia. Muchos nos aseguran hoy (y con razón) que los libros de la Biblia reflejan un amplio rango de distintos géneros. No todos los libros pretenden ser históricos, ni científicos, ni poéticos. Así, por medio de una simple lectura superficial del libro de Génesis se puede comprobar que su autor probablemente no pretende ser ni histórico ni científico. De lo contrario se habría preocupado un poco de dar una línea de acontecimientos más trabajada históricamente (como cuando Caín mata a Abel y Dios se entera y le castiga… ¿de qué gentes tiene miedo Caín por si le matan, si solo existían sus padres?, ¿con quién se casa, si solo existían tres personas en el mundo?, ¿o es que tuvo que esperar unos años a que sus padres tuvieran una hija para poder casarse con ella?). Eso no quiere decir que dichos relatos no contengan ninguna verdad: como sabemos, no todas las verdades tienen por qué proceder de evidencias históricas o científicas.

Aún así muchos se empeñan hoy en leer el libro de Génesis en contra de su género y en contra de su propósito. Lo único que se consigue así es falsear el mensaje que el libro pretende dar. Supongamos por un momento que al autor del libro de Génesis no tenía la intención de aportar evidencias de que Eva fue creada a partir de una costilla, ni de que algunas serpientes de la época podían hablar (cosa que, yo creo, no es una suposición muy desacertada). ¿Sería lícito utilizar dichos relatos para crear argumentos científicos o históricos? ¿Sería esa una actitud de respeto hacia el autor de dichos textos?

Ser razonables

Septiembre 19, 2006

¿Es verdad que los discursos del papa son examinados cuidadosamente por sus consejeros antes de tener la oportunidad de pronunciarlos? Si eso es así, en esta ocasión se les ha colado algo importante y, a juzgar por la controversia creada, nada pequeño. La desafortunada cita procede de una conversación que tuvo lugar hace siglos, y las palabras pasan de ser ‘marginales’ dentro de dicha conversación a ser el punto de partida de toda su conferencia (http://news.bbc.co.uk/2/shared/bsp/hi/pdfs/15_09_06_pope.pdf). La pregunta es necesaria: ¿por qué ascender tal comentario ‘marginal’ a la categoría de punto de partida del tan pretendido ‘diálogo’, sobre todo en los tiempos que corren? Si el papa sabía lo que decía cuando afirmó, en esa misma conferencia, que ‘no actuar conforme a la razón va en contra de la naturaleza de Dios’, en este caso es posible que él mismo haya podido ir en contra de dicha naturaleza.

Pero aprovechemos la ocasión para ser también un poco auto-críticos. Desde luego, si algunos seguidores del Islam han mostrado alguna dificultad de, en palabras del propio Ratzinger en 1996, ‘adaptarse a la vida moderna’, ellos no han sido los únicos. En estos días no dejan de aparecer grupos de creyentes que no pueden aceptar lo que tienen delante de sus propios ojos. Un ejemplo son los creyentes de la Alianza Evangélica de Kenya quienes se están manifestando de forma más o menos pacífica en contra del Museo Nacional de Nairobi por exponer ciertos fósiles humanos como evidencia de la teoría de la evolución. Su representante, el obispo Boniface Adoyo, quien clama hablar por unos 9 millones de creyentes de 35 denominaciones distintas, afirma: “Hablamos en contra del mensaje de que los fósiles exhibidos representan evidencia científica de evolución humana… Eso no es verdad. La evolución humana aún es una teoría y por tanto no pueden ser llamados evidencia” (http://www.wired.com/news/culture/0,71795-0.html?tw=rss.culture). ¿Y la solución propuesta? En algunos casos, esconder los fósiles ‘detrás de la cortina’, y en otros quitar de las palabras explicativas cualquier alusión a la evolución humana. Si ‘actuar a favor de la naturaleza de Dios es ir a favor de la razón’, entonces todos – y no solo algunos – debemos comenzar a ser razonables.

Detrás de la cortina

Septiembre 18, 2006

Recuerdo cómo hace unos años se nos recomendó la lectura de un libro en mi seminario. El objetivo de dicha lectura era, supuestamente, fortalecer la idea de que el estudio racional no tenía por qué separarnos de Dios. También recuerdo como algunos nos preguntábamos : ¿Desde cuándo es necesario leer libros que nos ayuden a aceptar que el estudio no tiene por qué separarnos de Dios?, ¿acaso alguien puede creer que si yo me paso doce horas leyendo a, por ejemplo, Nietzsche, acabaré doce kilómetros más alejado de Dios? Y sin embargo sospecho que esta idea predomina en muchos rincones evangélicos.

Solo hizo falta abrir el libro para darme cuenta de la solución que proponía: ‘para no perder el contacto con Dios mientras nos dedicamos a leer ‘ciertos’ libros, no olvidéis mantener vuestros devocionales’. Me inclino a pensar que existe en el mundo cristiano la presuposición, a mi entender profundamente equivocada, de que lo espiritual y lo racional van cada uno por su lado: “Sí, sí, tienes que leer de todo y la lectura no está reñida con Dios, pero no olvides también orar, no sea que pierdas tu conexión con El”. ¡Como si Dios no hablara por medio de la lectura! No solo eso: Dios habla incluso cuando leemos de forma abierta y receptiva (intentando comprender el punto de vista del autor) a Nietzsche. No solo eso: es posible incluso que Dios nos transforme más por medio de una hora de lectura de Nietzsche que por medio de diez horas de oración a solas. Esa es la grandeza de nuestro Dios: sus caminos no son los nuestros.

La preparación teológica no consiste en repetir lo que ya ‘sabemos’ con otras palabras, ni en memorizar más fechas, ni en aprender a leer a ‘ciertos’ autores habiéndolos juzgado ya de antemano. Eso: ni es preparación ni es teológica. El dualismo extremo entre lo secular y lo religioso, entre lo pagano y lo cristiano, no es más que una cortina creada por algunos ‘padres espirituales’ para proteger a sus ‘bebés’ de que les alumbre la luz directamente a los ojos. No hay que tener miedo de mirar detrás de la cortina o de, como cantaba Bono, ‘mirar al sol directamente’. Si estamos en la verdad, la verdad prevalecerá. Si no, mejor será darnos cuenta cuanto antes. No deja de ser irónico que, en muchos casos, seamos los cristianos los que nos dediquemos al oficio bien pagado y mejor visto de crear cortinas. Y digo que es irónico porque precisamente somos nosotros los que solemos creernos en la verdad. ¿A qué viene entonces tener miedo a leer con una mente abierta y receptiva a otros teólogos, filósofos, y demás pensadores ya sean creyentes, agnósticos o ateos? ¿Acaso ya lo sabemos todo?, ¿no tenemos nada más que aprender de nadie? Y así nos va.