Hace algo más de 200 años William Paley dio sus razones (principalmente religiosas) para aceptar el creacionismo: “Las marcas de que ha habido ‘diseño’ son demasiado fuertes para ser ignoradas. ‘Diseño’ necesita un ‘diseñador’. Ese ‘diseñador’ debe ser una persona. Esa persona es Dios”. Este argumento se basa en la percepción personal de un universo demasiado maravilloso y complicado para entenderlo sin necesidad de un ‘creador’ inteligente. Es importante entender que este argumento no tiene base científica: no se explica lo que el ‘diseño’ realmente es, o qué diferencia hay entre algo que ha sido diseñado por un creador inteligente y algo que ha aparecido por acción de las fuerzas de la naturaleza. William solo observa un mundo complejo y, ante la abrumadora complejidad de sus organismos, declara su fascinación por medio de esa afirmación. Una vez hecho esto se dedica a vestir esta percepción inicial con otros argumentos secundarios que puedan ayudar a convencer a otros de que lo que dice es cierto. Uno de estos argumentos es el del ‘reloj’ ( http://www.arn.org/docs/williams/pw_idaestheticsanddesignarguments.htm ). ‘Si andando por la calle encuentras un reloj, y lo coges y lo abres y lo investigas te darás cuenta de que todas sus partes son necesarias para que dicho reloj funcione. Es más, verás también que ninguna de ellas tiene sentido si no es para la formación de dicho reloj. Pues bien: eso mismo ocurre con los organismos vivos de la naturaleza’. Una vez más, la base vuelve a ser una percepción filosófica y, en forma última, religiosa.

Por supuesto, Paley escribió antes de Darwin. De hecho, fue Charles Darwin quien tuvo que lidiar con los problemas filosóficos y religiosos que sus propios descubrimientos (ley y arbitrariedad parecían bastar para crearnos) le provocaban. Una vez más: ciencia contra dogma. Con los años se consideró que Darwin tenía razón (al menos científica) y Paley estaba equivocado, por el simple hecho de que las ideas de Darwin estaban basadas en observaciones reales que todo el mundo podía comprobar mientras que las de Paley procedían de su propia opinión acerca de su Dios. Después de todo existían cristianos que no veían problema alguno con la evolución. Dios es soberano; ¿por qué no iba a elegir la evolución para crear al ser humano?

Hoy día, sin embargo, vivimos en medio de un debate completamente distinto. Si bien es cierto que las partes implicadas en el debate se asimilan en gran manera a las de entonces (con el Diseño Inteligente como los ‘hijos adoptivos’ de Paley) ambas partes claman ahora disponer de base científica. Los hijos de Paley han evolucionado; han aprendido qué argumentos deben utilizar y cuales son tabú. De hecho algunas personas que apoyan el DI ahora se enfadan cuando se les asemeja a su padre William Paley y reniegan de aquel argumento religioso. William Dembski es uno de estos: “La teoría del diseño que yo apoyo no se puede considerar como una vuelta a los argumentos de William Paley” (No Free Lunch at http://www.arn.org/docs/dembski/wd_nfl_intro.htm). La razón que da Dembski es que Paley no podía disponer de argumentos científicos reales en aquella época.

Sin embargo, por mucho que se les está pidiendo desde todos los frentes científicos, parece que tampoco esta nueva versión del ‘argumento por diseño’ dispone de argumentos científicos reales que se puedan contrastar. Lo cierto es que, como se escribía en enero del 2004 en American Biology Teacher, por mucho que algunos de ellos se nieguen a aceptarlo, ‘el movimiento del DI es una reencarnación de aquella idea de hace 200 años que llega hasta William Paley’ (‘Intelligent Design Creationism: A Threat to Society – Not Just Biology’, American Biology Teacher, Jan 2004, by Marshall Berman). Esto mismo ha parecido terminar aceptando de forma un tanto encubierta uno de los mayores seguidores (por no decir creadores) del DI, Michael Behe, del Discovery Institute. En un artículo reciente ( http://www.discovery.org/scripts/viewDB/index.php?command=view&id=2415&program=CSC&callingPage=discoMainPage ), Behe afirma: “Los parecidos que existen entre ciertas partes de la vida y ciertos mecanismos como, por ejemplo, un reloj, son mucho más fuertes de lo que el Reverendo Paley había imaginado”. Por supuesto, es muy conocida la analogía utilizada por Behe en la que sustituye aquel argumento del reloj por uno ‘nuevo’ utilizando ahora una trampa para ratones. La base, sin embargo, es exactamente la misma. Y alguien se puede preguntar: ¿Qué ha ocurrido entre Paley y Behe para que un argumento que entonces se consideraba religioso hoy se pretenda considerar científico? Y la respuesta es: ¡nada! Y eso es lo que enfada a muchos científicos.

Lo cierto (y aún no hemos conseguido salir de eso) es que para Michael Behe (y, por extensión, para la mayoría de los que apoyan el DI) el diseño inteligente es como el ‘arte’. Michael no puede explicar cómo discierne que ha existido diseño, pero sabe reconocerlo cuando lo ve (excepto, claro, cuando cree verlo en alguna estructura que luego se demuestra no cumplir las condiciones que él creía que cumplía). Tampoco puede decir quién piensa él que es el ‘diseñador’, o dónde encontrarle. Ni siquiera puede explicar en qué consistió ese acto de diseño, cómo se llevó a cabo, qué involucró o si fue una acto singular y único o muchos consecutivos. Bastante etéreo.

La verdadera controversia acerca del DI tiene una naturaleza filosófica o teológica, pero no científica. Y parte del problema tanto para Behe como para sus compañeros del Discovery Institute – muchos de ellos filósofos y teólogos – es que han fallado estrepitosamente en sentar una base filosófica o teológica adecuada para sus ideas. No solo eso. También han fallado a la hora de mantener cierta coherencia. Por ejemplo, este año George V. Coyne ha sido sustituido por Benedicto XVI como director del Observatorio del Vaticano. Como muchos saben, Coyne es conocido por haber hablado en más de una ocasión en contra del DI como un movimiento que no hace ningún favor a Dios ( http://www.catholicnews.com/data/stories/cns/0504505.htm ; http://www.catholic.org/national/national_story.php?id=18503). Quizá todo lo contrario. Como era de esperar, Bruce Chapman, director del Discovery Institute, ha hecho algunos comentarios (más bien sarcásticos) al respecto. Sin embargo, es muy iluminador el hecho de que la base de todas sus críticas contra Coyne haya sido únicamente teológica ( http://www.evolutionnews.org/2006/08/vatican_astronomer_replaced.html). He ahí una clara falta de coherencia a la hora de aproximarse al debate (comparar con este comunicado: http://www.discovery.org/scripts/viewDB/filesDB-download.php?command=download&id=565).

Para concluir, Michael Behe dice en su artículo mencionado más arriba, como intentando justificar sus creencias: “Si parece un pato, anda como un pato y hace los mismos sonidos que un pato, ante la ausencia de otro tipo de evidencia que se oponga a esta conclusión, debemos concluir que es un pato”. Este parece ser el centro del error de Behe y de sus colegas del DI. A principios del siglo XX el brillante matemático Percival Lowell concluyó, basándose en observaciones realizadas durante 23 años, que existían canales en Marte y que su existencia tenía que ser el resultado del trabajo de seres inteligentes. En 1976 volvió a cometerse un error parecido. Una foto fue publicada por la NASA,

,con el comentario: “Esta imagen es una de muchas tomadas en el norte de Marte por el Viking 1… La formación rocosa gigantesca que aparece en el centro de la imagen, similar a una cabeza humana, es una ilusión óptica provocada por el efecto de la luz y las sombras sobre las rocas”. Incluso con el comentario debajo de la imagen no faltaron personas que estaban convencidas de que la cabeza había sido creada por seres inteligentes. Sospecho que Behe y algunos otros están bajo ilusiones en cierto modo parecidas. La búsqueda de patrones entre todas las cosas que percibimos es una parte de la naturaleza humana (una de nuestras herencias evolutivas) que nos ayuda mucho en nuestra supervivencia cotidiana, pero que también puede llevarnos a errores fatales. En este caso el error es claro: para comparar con un pato, debemos saber antes ‘qué es un pato’, cosa que, por supuesto, los que apoyan el DI no pueden saber. Y es aquí donde el argumento se vuelve, y siempre se volverá, circular; es aquí donde pierde completamente su carácter científico y se vuelve filosófico o religioso. Y si a esto añadimos que la ciencia está mostrando cada vez más evidencias que muestran la forma en que el pato pudo llegar hasta nosotros por medios evolutivos, la afirmación de Behe se cae por su propio peso. Por tanto, sí, existen evidencias que se oponen a la conclusión que Behe y compañía quieren sacar. Está todavía por ver si son capaces de escucharlas de forma adecuada.

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